Manuel Antonio

De cuatro a cuatro

.
Hojas sin fecha de un diario de abordo

Al capitán D. AUGUSTO LUSTRES RIVAS
Con el recuerdo de las navegaciones hechas a la par

.

Intenciones

Llenaremos las velas
con la luz náufraga de la madrugada.
Colgando de dos puntos cardinales,
el esbelto columpio
del pailebote blanco.
Con sus doradas manos
saludan mil adioses las estrellas.

Inventaremos frustradas descubiertas
a barlovento de los horizontes
para acelerar los abolidos corazones
de nuestros veleros defraudados.

Halaremos del chicote
de un meridiano innumerado.

En la isla anónima
de cada singladura
espiaremos el remordimiento de la ciudad.
Ella, noctámbula, deshojará
como una margarita prostibularia,
la Rosa de los Vientos de nuestro corazón.

Enlazaremos adioses de espuma
hacia todas las playas perdidas.
Reuniremos cuadernos en blanco
de la novela errante del viento.
Pescaremos en la red de los atlas
estelas de Simbad.

Y cazaremos la vela
sobre el torso rebelde de las tormentas
para trincar la escota de una ilusión.

La fragata vieja

Tienes los ojos distantes
decorados de rostros joviales
que los viejos marineros
permutaron en los climas antípodas.

Llevas en el timón
un impulso de brazos tensos
que retorcieron los dilatados
horizontes del mar.

El viento,
atortorando,
deshojó de los velámenes
otoños de juventudes.

Comprabas collares circunmeridianos
en los bazares de estrellas.
Amarrabas faros dispersos
con el cimbrador calabrote de la estela.
Floreciste en el Mar
primaveras amargas
de espumas y escamados.

Aunque el viento se encalme
tembletea en tus velas
una ráfaga de transmigraciones.

En ese tu corazón innumerable
también crecen y descienden
las mareas de mi corazón

Travesía

Troqueles reiterados,
el reloj y el Sol
acuñaron monedas efímeras
que repetían todas
la misma cara y la misma cruz.

La costa y el Mar
escamotearon unánimes dorsos
permutadores de la misma
lejana evasión.

Tenemos un desvencijado diagrama
recosido por todos los ovillos del horizonte
que viraron proa, y la Rosa de los Vientos.

En la silueta de los barcos anónimos
puestos a flote por la madrugada,
extraviados en el derrotero del ocaso,
persistieron siempre
la misma espuma en la roda y la misma estela.

Ese intercambio de radiogramas
que reeditaron los faros y las estrellas
nos dio la multiplicación monótona
de las mismas letras del mismo morse.

¿Fue la última ráfaga de viento
lo que nos deshojó de todos los recuerdos?

El Mundo,
que ya no sabe
más que repetir un giro consabido,
rasgó clandestinamente
las hojas imprevistas de los calendarios.

Con nuestras manos suicidas
esparciremos en el carrusel de los vientos
los cuatro puntos cardinales.
Mientras
el timonel
arrumbará proa a Ningún Sitio.

Repetiremos los cansados corazones
cronometrando monotonías.

En las velas indecisas
hojea el viento un indeleble
álbum de leitmotivs.

El minutero
—tic-tac—
asumió el compás de las travesías.

De codos en la baranda

Encontramos esta madrugada,
en la trampa del Mar,
una isla perdida. (1)

Armaremos de nuevo la trampa.
Va a salir el Sol
improvisado y desorientado.

Tenemos ya tantas estrellas
y tantas lunas sumisas
que no caben en el barco ni en la noche.

Juntaremos pájaros sin geografía
para jugar con las distancias
de sus alas abrazadoras.

Y los adioses de las nubes,
mudos e irremediables.

Y armaremos una red de estelas
para recuperar las añoranzas
con su viaje realizado
por los océanos de nuestro corazón.

_____
1. Mar adentro es una isla de agua rodeada de cielo por todas partes.

Solos

Fuimos quedándonos solos
el Mar, el barco y nosotros.

Nos han robado el sol.
El paquebote esmaltado
que cosía con sedales de humo
ágiles cuadros sin marco.

Nos han robado el viento.
Aquel velero que se evadió
por la cuerda floja del horizonte.

Este océano desatracó de las costas,
y los vientos de la Roseta
se orientaron al olvido.
Nuestras soledades
vienen de tan lejos
como las horas del reloj.
Pero también sabemos la maniobra
de los navíos que fondean
a sotavento de una singladura.

En el cuadrante estático de las estrellas
se quedó parada esta hora:
El cadáver del Mar
hizo del barco un ataúd.

Humo de pipa. Añoranza.
Noche. Silencio. Frío.
Y nos quedamos nosotros solos.
Sin el Mar y sin el barco,
nosotros.

…Al ahogado

Se te llevaron los ojos,
relingadores de lejanías
y pescadores de profundidades.

Se te llevaron la voz,
sumergida en la gruta giróvaga
por donde se escurren las tempestades.

Se te llevaron las fuerzas,
enmalladas en la red sonora
de los cordajes erectos.

El viento aún excavaba
con sus garras de espuma,
en la rompiente
más sepulturas.

Ibas reuniendo soledades.
Por un agujero del Mar
te hundiste un día, buscándote.

La novia goleta,
enlutada de blanco,
que cose rutas olvidadas,
agita en el viento sus velas
como el pañuelo de las despedidas.

Guardia de 12 a 4

Envergada en un mástil de la Luna
nos aguarda la medianoche.

La campana de proa,
emotiva voz astral,
zarpó bogando despedidas.

Se extraviaron los pasos del Mar
por los senderos del viento desertor.
Y se perdió por la popa,
desamarrada,
la estela.

Fuimos transbordándonos
al cabotaje de las constelaciones.
Inventores de pseudocontinentes
que hemos de descubrir,
observamos las rutas
balizadas de luceros.

Con un farol en la mano
cronometramos el pulso de las tormentas
que predicen los semáforos astrales:
—¡Se avecina un naufragio
con la ausencia cómplice del Sol!

Ven, ventecillo del mar,
ven, ventecillo marero.
Ven, ventecillo del mar,
vente, nuestro compañero.
(popular)

Y las horas a sotavento
van desviándose de nosotros.

El alba intrusa
dio las cuatro horas.
Era la campana de proa
que volvía del Mar,
la voz desarbolada,
el velamen frustrado.

Recalada

Encontraremos en el muelle
las hojas evadidas
del calendario de nuestros sueños.

Las nuevas calles de siempre
exhibirán el escaparate
de las mismas novias inéditas.

Fumaremos en las pipas despectivas
todas las transeuntes
hostilidades mudas.

El vaso deslabiado en otro puerto
lo acabaremos aquí, en este mismo bar,
junto al marinero desconocido
que nos repite la misma
ubicua sonrisa rubia.

En los burdeles ya saben
que nuestra moneda
tiene el anverso de oro
y el reverso sentimental.

Los ecos imprevistos
de nuestra canción sonámbula
apagarán las farolas de la madrugada.

Mañana despertaremos
en la ausencia de esta jornada.
Se soslayó una página
del diario afectivo.

Éramos los espectadores
en la prestidigitación
de una hora artificial.

Navy Bar

Este bar tiene balanceos.
Y también está listo
para hacerse a la vela.

Nos llenaron los vasos
con toda el agua del Mar
para componer un cóctel de horizontes.

Colgados de las horas
atlas geográficos de esperantos
están sin traducción.
Y tartalean las pipas
con el ademán políglota de las banderas.

Esa canción improvisada
es la misma
que ya se improvisó en algún lugar.

¿Quién ha llegado a avisarnos
de esa cita nocturna que tenemos
con el viento al N.E.
en la encrucijada de las estrellas apagadas?

Aquí bebe de incógnito
el Marinero Desconocido
—sin geografía ni literatura—.
La noche de los naufragios
con su brazo salvavidas
aferrará con nosotros una vela de chubascos.

El último vaso
estaba lleno de despedidas.

Por las calles dispersas
íbamos encerrándonos
cada uno dentro de su alta-mar.

En el residuo de algún vaso
todas las noches naufraga el Bar.

Balada del pailebote blanco

Escuchábamos al viento,
riéndose malévolo
debajo de su disfraz.
Y también contó el barco
la historia del piloto,
la del gaviero y la del rapaz.
Vosotros ya lo sabéis todo.
Eso que dicen las estampas
del libro de Simbad.
Pero él nos contó el resto:
«Estrenaba el horizonte
una largura audaz…»
El barco fue recorriendo
las cicatrices sentimentales
que le dejaron viejos navegantes.
Y los adioses que lleva en la vela,
grabados por miradas
tristes definitivas y distantes.
Un día se hizo a la mar
con la palabra segada en los labios.
Y ya nunca volvió.
Ahora yo busco a un viejo marinero,
o una historia del pailebote blanco,
o cualquier cosa…
¿qué sé yo!

Escuchábamos al viento
riéndose malévolo
debajo de su disfraz.
Mas la historia del pailebote blanco
no la sabía el piloto,
ni el gaviero,
ni el rapaz.

El portafolio del viento

El viento perdió las hojas
de su portafolio.
—¿Esas que los chubascos,
mecanógrafos,
teclean en el manual de los mástiles?

Las gaviotas no tienen quitasol
pero hacen raudos equilibrios
sobre el alambre transparente
de todas las ortodrómicas del cielo.

El pailebote sin velas
—¿Serán esas que el viento
se llevó en su portafolio?
también hace equilibrios en la estela.

Con la boca abierta
—se le cae la baba—
está mirándonos, bobalicón, el Sol.

Lied ohne Worte

Fluctúa un desbordar de marejadas
tanteando los cielos sin hallar la Luna.
Pero la Luna esta noche
desertó de los calendarios.
Marchita entre dos hojas
—violetas, pensamientos—
del manual póstumo
—otoño, madrigales—
que versifiqué yo.

Suaves olas unánimes
se reorganizan detrás del viento.
Cuando pase la última ráfaga
nos dirá adiós
con el pañuelo blanco del gaff topsail.

Alude a un fracaso
de hojas amarillas;
y se renueva la sonrisa de los mástiles,
siempre con ramas nuevas y joviales.

Novia mía,
vestida de luna,
que romantizas
¡tan cursi!
en el jardín.

Me senté a proa
fumándome una pipa.
Pero otra noche pensaré en ti.

La estrella desconocida

Yo te he visto a menudo asomada
a aquella ventana
—¡tan a trasmano!—
que colgaste de una constelación.

El horizonte arrancaba cada día
para ti
la hoja de calendario de una vela.

Pero nunca se ennmalló
en la falsa red de los mapas celestes
tu rubia virginidad.
Cómplice la noche,
enjaulaba el sextante de los marinos
ingenuas perversiones catalogadas.

Viuda reiterada de todos los veinte años
que los marineros repiten
cada vez que se ahogan,
Jamás supieron los cadáveres sin rumbo
que tú los amortajabas con tu mirar.

Aproábamos ya la medianoche.
A sotavento de nuestra singladura
va a menudo una nube desarbolada.
Con su esponja de sombra
borró para siempre tu mudo perfil.

El alba nueva me ha sorprendido
rebuscando entre los luceros
una despedida que se me perdió.

Calma de 6 a 8

Por la rompiente se desliza el Sol
tras los ausentes oleajes.
Las velas flojas,
póstumo rompeolas de los chubascos,
cosen los jirones con hilos de sol tibio.

Una gaviota ventrílocua
picoteando el aullido inmortal
que los ahogados dejaron flotando.

La puesta de sol se cerrará
dentro del más intacto disco.
Nuestras pipas atentas,
placenteramente acodadas.
En un instante el vapor intruso
cosió de prisa la relinga del horizonte.

Allende el mundo
está el castillo de proa.
Hay un viejo marinero
que viene de vuelta de todos los naufragios
y trae el hilo de las aventuras
—no se sabe el final—
que las dársenas estáticas
han visto evadirse a bordo de los bricbarcas.
—El capitán Pardeiro
no se ahogó.
“Se perdió” con el bergantín.—

Se ha ajustado en sordina,
alargada como una nuestra mirada,
la bocina del Mar.
Oscila en la mareta ligera
un remordimiento o pesadilla.
El navío,
las manos trincadas,
va borrando la estela con los pies.

Ya no vendrá el viento
pues la noche cerró todas las puertas.
—Esa luz desvelada
en la ventana de la Luna.—

Al dar la hora imprevista del relevo
cosió las cuentas sueltas
del toque de las Trinidades.
El cielo se ha ido, macilento y friolero.

¿Todo ha acabado?
¡Oh milagro!
Las mismas estrellas
aún están,
aún están allí.

Descubierta

¿Quién cerró esta noche
la ventana azul del Mar?
Este Mar fugitivo
de todas las orillas.
Náufrago de la neblina
que desvió el rumbo
de los puntos cardinales.

Se quedaron las gaviotas
tres singladuras a sotavento.
Se desorientaron los delfines,
entrometidos e impunes.

Hoy nadie da con la relinga
con que aferrar el paño del horizonte.
Y este atardecer tampoco
atraparemos al Sol.

El Sol era un pájaro triste
que se posaba en el penol.

Ocio

Gaviotas que llevan en el pico
las cartas de los marineros enamorados.
Vapores burgueses
que nos ofrecen el reembroque de su humo.
Pero nuestras velas encalmadas
espantan a bandazos
las horas como a moscas.

Vigo está tan lejos
que se han desorientado las cartas marinas.

Una pipa más,
con calma,
hasta ver la hora que da el reloj.
¿Entra un viento gélido?
—¡Muy bien!

Se enrollará la pausa
en sus espirales.

Y no sabemos
(basta ya de paréntesis)
añadirnos otra vez
a todo eso que se nos olvidó.

S. O. S.

Todos presentíamos que la noche
preparaba algún sofisma.
Y el faro extraviado
lanzaba un S-O-S
en el morse
—clave Orión—
de las estrellas.

Esos brazos abiertos de la vela
son los mismos del viento
que se ha desperezado.
En la mano del Mar olvidadizo
los luceros picotean su alimento.
La estrella de los cabarets,
con un cigarrillo en los labios,
pide lumbre a los cuatro puntos cardinales.
Por la Galaxia llena de cuarcillos
un astro viejo va con su farol.

¿Qué prevén los almanaques
para esta medianoche?
Pero aún no sabemos
de qué parte llegará la medianoche.
Y el faro extraviado
agotará su stock de S-O-S.

Al reverso de la noche

Luceros degollados
se desangran de oro en el Mar.

A la par de nosotros,
la Luna
traza estelas infecundas.

Mientras ensueña, la mareta
va hojeando el libro de las velas.

Irredentos velámenes exhaustos
resignados a colgar de la cruz.

Estrellas inconscientes
mecanizan el obseso tictac.

El agua toda de los océanos
se absorbió en una lágrima.

Y el pañuelo blanco del nuevo día
enjugará los ojos del cielo.

Adiós

Entre la calima,
trasponiendo mi mirada,
se rehuyó el velamen.
Nos dejó la bahía
llena de su ausencia
y la mañana, sin perspectiva.

Ahora en tierra,
separado de mi mismo
por un océano de singladuras,
el viento de la Ría
va pasando la hoja de cada emoción.

—El Sol indeferente.
Sirena aguardentosa de los vapores.
Un retazo de humo
en el rompeolas del paisaje.
Los engranajes de la grúa
trituran la tibia mañana.—

Debajo de mis pasos
brota la estela de la Villa natal.
Ella, con los brazos llenos de sueño,
se obstina en salvarme de un antiguo naufragio.
Y mis oídos incautos
quieren dormir en el regazo
de las cantigas viejas.

Yo registraba todos los secretos
de mis manos vacías,
porque algo hubo que se me perdió en el Mar.

…alguien que llora dentro de mí
por aquel otro yo
que se va en el velero
para siempre,
como un muerto,
con el peso eterno de todos los adioses.
.


Manuel Antonio. De catro a catro
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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