Juan Eusebio Nieremberg

De la verdad de los monstruos fabulosos


Sobre si hay tritones. Se cuentan notables historias

También la fama, que es más blanda que la cera para formar cualquier mentira, ha hecho pasar por hombres a los tritones. Aquí se han de examinar los mismos dos puntos: si existen estos monstruos y si son hombres. Tan cierto es lo primero como falso lo segundo: son monstruos marinos con forma humana y de ellos está poblado el Océano. Y la verdad del caso es que existen, y se han encontrado tanto en tiempos pasados como en los presentes. Antiguamente en Portugal se vio a un hombre que salía del mar tocando con la boca una caracola. Y, más recientemente, en el año 1523 se encontró en Roma, en Ribera Mayor, un hombre medio pez con las demás señas con que Apolonio en sus Argonautas describió al Tritón. También los que han ido a las Indias los han encontrado, como escriben Pedro Mártir y Francisco Hernando en sus Manuscritos. Diacometo Bonifacio también aseveró haber visto uno en España, el cual le trajeron conservado en miel desde el extremo de Mauritania. Demonstrato escribe que vio otro con sus ojos. Lo mismo atestigua Pausanias de uno que se mostraba muerto en Roma. Scalígero cita entre otros testigos de vista de estos monstruos a Sebastián Garado, soldado de su padre, a Georgio Malacasa, a Constantino Paleocapo y a Valerio Tesira Valenciano.

Sobre si hay nereidas y sirenas. Se refieren cosas raras

Lo mismo ha de decirse de las nereidas, que son peces con la mitad superior del cuerpo de mujer. En tiempos de Augusto fueron vistas en Portugal. Eliano escribe que se hallan cerca de Trapobana. Masario atestigua que las han visto los navegantes. En el río de Cauna, en Mozambique, se halla el pez mujer, el cual tiene medio cuerpo de hembra, y da mucho que hacer a los portugueses, en cuidar de que sus esclavos no vayan a tener cópula con estos peces, porque van al río con esta intención, como a una casa pública. Pero sobre todos estos es ilustre el testimonio de Alejandro Neapolitano, que cita a Teodoro Gaza, quien las vio con sus ojos. Y no hace muchos años que apareció una en Frisia; era un monstruo marino, la mitad con figura de doncella y la mitad de pez, la cual vivió algunos años y aprendió a hilar, según afirman Cardano, Belonio y nuestro Cornelio. Si bien algunos las llamaron sirenas, engañados por la opinión del vulgo, que a las sirenas cree medio peces, no son sino aves. Teopompo, Itacio, Calescro, Albrio y Bocato así lo juzgaron, coincidiendo en esta opinión los gramáticos griegos y latinos. De la contienda que tuvieron con las Musas, de la que escribe Pausanias, se deduce que las hay; y así con sus plumas pudieron tejerse coronas las nueve hermanas. Casi no hay antiguo que las tenga por acuáticas; esta y otras mentiras debe el vulgo a los pintores.

Sobre si hubo cinamolgos. Se describe uno que trajeron a Francia

Donde la fama mintió menos y donde se engañó más fue acerca de los cinamolgos o cinocéfalos, teniéndolos por hombres con rostro de perro. Megástenes y Ctesias Gnidio fueron los que la sembraron; la han sustentado Plinio, Eliano y Solino; la mantuvieron Juan de Plano, o de Plancarpio, y Vicencio Burgundio; la renovaron Marco P. Veneto y el beato Odorico. En su tiempo dice Vicencio que trajeron uno de aquellos monstruos a Francia para que lo viera el rey, y da señas exactas de él: tenía cabeza de perro, los demás miembros humanos; los muslos, manos y brazos tan sin pelo como los nuestros; el cuello también, y era blanco, pero tenía pelo en la espalda. Se mantenía derecho como un hombre, se sentaba como nosotros, comía la carne cocinada, bebía vino de buena gana y tomaba el bocado en la mano con educación y modestia y lo llevaba a la boca. Marco Polo confirma en parte la aseveración de Megástenes: dice que se hallan en la India, en la isla de Angamán, y que comen carne humana. El beato Odorico dice también que en Nicouberta, ciudad precisamente de la India, los hay.

De la imaginación de Nabucodonosor y de la licantropía

Hay otras imaginaciones que son solo enfermedades. Es célebre la que llaman los griegos licantropía, otros alcatrab o catrab, o cucubut: cuando alguien piensa que es un lobo, y anda toda la noche como lobo, rondando los cementerios y sepulcros. Fernelio habla de uno de ellos que pasó catorce noches sin dormir. Magio escribe de Antonio Donchio al que encontraban en los sepulcros de noche y que había llenado su casa con huesos de muertos. Quizá refiriéndose a esta locura dijo Plino que algunos hombres se transformaban en lobo. Nabucodonosor pasó enfermo siete años en los campos con una especie de licantropía. Lo que Aristóteles dice de Antiferonte parece cosa de imaginación.
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Juan Eusebio Nieremberg. Curiosa y oculta filosofía, 1649

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