Marqués de Santillana

La llaga


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En el plácido tiempo las sirenas
gimen y lloran presintiendo el mal;
en el adverso, alegres cantilenas
cantan y esperan, pase el temporal.

Mas, ¿qué será de mí, que estas mis penas,
llantos, dolor y palidez mortal
jamás varían ni son nunca ajenas,
sea el destino o un camino fatal?

Ya que grabadas mi alma y mi mente
las tienen, como en piedra la escultura,
fijas, estables, sin ir a mejor.

El cuerdo cambia, mas no el demente;
la muerte veo y no aflige si cura:
¡Tal es la herida del dardo de amor!



En el próspero tiempo las serenas
plañen e lloran recelando el mal;
en el adverso, ledas cantilenas
cantan e atienden el buen temporal.

Mas, ¿qué será de mí, que las mis penas,
cuitas, trabajos e langor mortal
jamás alternan nin son punto ajenas,
sea destino o curso fatal?

Mas enprentadas el ánimo mío
las tiene, como piedra la figura,
fixas, estables, sin algún reposo.

El cuerdo acuerda, mas non el sandío;
la muerte veo e non rae do cura:
¡Tal es la llaga del dardo amoroso!

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Versión en español actual de Enrique Gutiérrez Miranda

Antón Avilés de Taramancos

En la llanura más larga


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En la llanura más larga,
larga sin fin, terriblemente larga,
circular y tirante como un tambor de acero
donde el sol no es Padre ni hermano ni amigo
sino un viajero malicioso y siniestro
que consume con rabia los huesos templados.
En la tierra del joropo, del jaguar, del papayo,
en las riberas del Guaviare, del Meta, del Vichada,
en el corazón de la selva, en el corazón del mundo,
a mil quinientos kilómetros del hombre
llegó lleno de niebla a visitarme el mar.

Y lloré como un hombre, como un lobo atrapado:
no lloré de nostalgia ni de amor ni de ira,
fue el llanto de un tigre malherido y lejano,
el germinar del hombre marinero que un día
ahogué en el agujero más hondo de mi sangre.

Vino a visitarme el mar:
el mar de Finisterre, el mar de la Vida
el mar abierto de los pailebotes ágiles,
oliendo a aceite de linaza de ropa marinera,
a grasa y sargazo,
a espuma fresca, a brea, a alquitrán.
Y fue un temporal mi aliento:
oceánicas olas agitaron la selva
porque vino a visitarme el mar.

Oh, qué salada llovizna me entumeció el cuerpo
a mil quinientos kilómetros del hombre:
el amigo, el compañero de perfecta entraña,
el capitán de mis veleros claros,
el mar feliz arrullador de dornas
tan amado por mí que no me olvida.

Marinero: Una noche cantaremos los dos,
borrachos como Ulises en el malecón de un puerto,
cubiertos de salitre y de sureste, los dos
oliendo a mar, a libertad, a vino.
Una noche cantaremos los dos
y el mar estará alegre como un padre regresado.

Una noche cantaremos los dos tan virilmente
que estallará el amor más poderoso,
un atómico amor de fuerza única
nacido a la orilla del mar y la ternura.

Hoy mi esqueleto es un gran astillero
a donde llegan heridos los navíos de antaño,
las altas proas de blancura intacta
con nombres de mujer, nombres de rosa,
nombres llenos de azul, de sal, de olas:
–Olga – Flor del Barquero – Lealtad–
que ahora los hombres toscos del progreso
hacen navegar a gasoil y odio.

(Yo amo los paquebotes silenciosos,
las agudas corbetas vigilantes,
amo la máquina en sí,
amo la energía.
Pero aborrezco el crimen tan oscuro
de asesinar veleros triunfadores).

Oh, hermano mar:
aquí en el inmenso llano,
en el llano del Vaupés, del Casanare,
me llegó el apretón honrado de tu brazo
y aullé en la selva, demudado,
hasta que la sal de las lágrimas me empujó
una ribera extensa sobre el labio.
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Antón Avilés de Taramancos. Na terra chan mais longa
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Na terra chan mais longa

Na terra chan mais longa,
longa sen fin, terriblemente longa,
circular e tirante como un tambor de aceiro
onde o sol non é Pai nin irmán nin amigo
senón un viaxante galopín e sinistro
que ensome con carraxe os ósos temperados.
Na terra do xoropo, do xaguar, do papaio,
nas ribeiras do Guaviare, do Meta, do Vichada,
no corazón da selva, no corazón do mundo
a un mil e cincocentos kilómetros do home
chegou cheo de brétema a visitarme o mar.

E chorei como un home, como un lobo atrapado:
non chorei de saudade nin de amor nin de ira,
foi o pranto dun tigre malferido e lonxano
o agromar do home mariñeiro que un día
acorei no burato mais fondo do meu sangue.

Veu a visitarme o mar:
o mar de Finisterre, o mar da Vida
o mar maior dos pailebotes áxiles,
arrecendendo a aceite de liñaza de roupa mariñeira,
a saín e argazo
a escuma fresca, a brea, a galipote.
E foi un temporal o meu alento:
oceánicas foulas abalaran a selva
porque me veu a visita-lo mar.

Ouh que salgado orballo me atereceu o corpo
a un mil e cincocentos quilómetros do home:
o amigo, o compañeiro de perfecta entraña
o capitán dos meus veleiros claros
o mar feliz arrolador de dornas
tan amado de meu que non me esquece.

Mariñeiro: Unha noite cantarémo-los dous
bébedos como Ulises no malecón dun porto
cubertos de salitre e de sueste, os dous
ulindo a mar, a libertade, a viño.
Unha noite cantarémo-los dous
e o mar estará ledo como un pai regresado.

Unha noite cantarémo-los dous tan barilmente
que estalará o amor mais poderoso
un atómico amor de forza única
nado á beira do mar e da tenrura.

Hoxe o meu esqueleto é un gran estaleiro
a onde chegan feridos os navíos de antano,
as altas proas de brancura intacta
con nomes de muller, nomes de rosa,
nomes cheos de azul, de sal, de ondas:
—Olga — Flor do Barqueiro — Lealdade—
que agora os homes brosmos do progreso
fan navegar a gas-oil e odio.

(Eu amo os paquebotes silandeiros,
as agudas corvetas vixiantes,
amo a máquina en si,
amo a enerxía.
Pero aborrezo o crime tan escuro
de asesiñar veleiros triunfadores.)

Ouh irmán mar:
eiquí na inmensa eira
na eira do Vaupés, do Casenare,
chegoume a apreta honrada do teu brazo
e ouveei na selva, aqueloutrado,
ata que o sal das bágoas me arrepuxo
unha ribeira extensa polo labio.


Wang Wei

Visita al Templo de la Conservación del Incienso


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Sin saber dónde estaba el templo
viajé muchas leguas por colinas neblinosas,
a través de viejos pinares, sin buenos caminos,
hacia las campanas que sonaban entre profundos desfiladeros.
Arroyos gorgoteantes desde las altas rocas;
lejano sol en las ramas del abeto.
Sentado en la noche junto al estanque de la montaña
buscaba reinar sobre el Dragón.

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Wang Wei (699-761)
Un poema de la dinastía Tang: Visitando el Templo Conservación de Incienso
Fuente original: La Gran Época (sin mención del traductor)

Albtraum (El sueño del elfo)

Hoy voy a mostraros, hermosa dama,
los secretos maravillantes
de las profundidades del abismo
y de las leyes de la ignodinámica,
un elfo dormido en tu pecho izquierdo:

vaguedades hacia aquí
y herméticas neblinas contra allá,
en la oquedad del viejo nogal
del fondo del huerto aún
habitan seres de otros cosmos,

no susurres mi nombre,
no grites en la penumbra,
y no te despiertes, sigue soñando,
las dimensiones del tiempo
acechan detrás de la irrealidad,

el caos es una forma del orden
y el orden, la sublimación del caos,
y yo sigo bien en mi nube,
los dioses se acercan a hablarme
de lo que creen que debo creer,

y no quiero estar mejor ni peor,
mas hoy voy a descubriros, dulzura,
los hondos arcanos mistéricos
en las hialinas simas de luz
y de la vieja amiga oscuridad,

buscábamos un cosmos habitable
en la lobreguez del huerto,
y tres segundos después del bigbán
el cerebro se reestructura,
¿qué tú eres?

helio y nebulosas aquí,
galaxias no evidentes tras allá,
en el confín de este universo
soy el dueño del rayo positrónico,
frecuentemente cortocircuitado,

en los cúmulos me cierno,
viajo lejos
a través de los espejos
que aboceto en mi cuaderno
con el lápiz eviterno,

maldita a hora en que pra aquí eu vin,
micra a micra, ámstrong a ámstrong,
y tres femtosegundos más,
mecago en la sombra de mis cojones,
dime, ¿tú sabes jugar?

aunque en la salobral isla asolada,
sin punto ni coordenada,
sí que sí,
toronjil y ajonjolí,
sobre mi nube asoleada,

buscando un mundo más perfecto,
y no me despiertes, sigue ensoñando,
concluimos conformándonos
con un paraíso imperfecto,
en los asteroides la gravedad

no nos deja apenas pensar,
después de la inesperada erección
del relámpago positrónico,
desmenuza, silabea mi nombre,
no mientas en la tiniebla,

y ahora veo que no,
nada de lo que yo preciso
existe en este paraíso,
ay, carámbanos, oh,
ajonjolí arrorró,

muñequita que no te coscas
de que te solfea el aliento
mientras Jean-Luc besa a Pauline
por encima de los subtítulos,
oh, cuernímbanos, mi amor,

el exceso de orden
suele conducir al desorden:
este es el séptimo principio,
damita, de la ignodinámica,
el llamado teorema de Wothreed,

donde mi subrazón subsiste,
cambiaba de amigos como de amantes,
quizá a veces sí y a veces tampoco,
de las procacidades del abismo
como una mierda flotando en el mar,

maldita hora en que aquí vine a dar,
donde solo yo soy yo mismo,
es el caos mi patria
y trece zeptosegundos después
el lóstrego eyaculó,

si olvidas cuál es la causa
confundirás causa con consecuencia,
así roznaba el profeta al chamán
y un yoctosegundo antes del bimbán
ya nadie quedaba allí,

las dimensiones del tiempo
en los vértices del día,
las disensiones del tiempo, mi ardor,
en los vórtices del sueño
resueñan la realidad,

cierto es que yo nunca pude
cumplir los requisitos del sistema,
la consecuencia es la causa olvidada
a la sombra de mis neutrinos,
nadie ha ido, nadie irá

al fondo del frondoso huerto
donde el viento cimbra al laurel,
para llegar a ser feliz
lo único necesario es no ver,
así me dijo la bruja en el antro,

entre el pantano y el cañaveral
bajo la niebla irreal
al alba del primer día fatal
en que la física halló su final
igual que un truño aboyando en la sal,

el equilibrio absoluto es el caos:
esta pues es la decimonovena
ley de la protoentropía,
y lo que tú crees tu realidad,
princesita de celofán,

es la ensoñación de un elfo borracho,
m’petite bâtardette,
y todo lo demás no es nada más
que lo que tú jamás sabrás
del sexo, la poesía y la muerte.
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ēgm. 2013