Antón Avilés de Taramancos

En la llanura más larga


.
En la llanura más larga,
larga sin fin, terriblemente larga,
circular y tirante como un tambor de acero
donde el sol no es Padre ni hermano ni amigo
sino un viajero malicioso y siniestro
que consume con rabia los huesos templados.
En la tierra del joropo, del jaguar, del papayo,
en las riberas del Guaviare, del Meta, del Vichada,
en el corazón de la selva, en el corazón del mundo,
a mil quinientos kilómetros del hombre
llegó lleno de niebla a visitarme el mar.

Y lloré como un hombre, como un lobo atrapado:
no lloré de nostalgia ni de amor ni de ira,
fue el llanto de un tigre malherido y lejano,
el germinar del hombre marinero que un día
ahogué en el agujero más hondo de mi sangre.

Vino a visitarme el mar:
el mar de Finisterre, el mar de la Vida
el mar abierto de los pailebotes ágiles,
oliendo a aceite de linaza de ropa marinera,
a grasa y sargazo,
a espuma fresca, a brea, a alquitrán.
Y fue un temporal mi aliento:
oceánicas olas agitaron la selva
porque vino a visitarme el mar.

Oh, qué salada llovizna me entumeció el cuerpo
a mil quinientos kilómetros del hombre:
el amigo, el compañero de perfecta entraña,
el capitán de mis veleros claros,
el mar feliz arrullador de dornas
tan amado por mí que no me olvida.

Marinero: Una noche cantaremos los dos,
borrachos como Ulises en el malecón de un puerto,
cubiertos de salitre y de sureste, los dos
oliendo a mar, a libertad, a vino.
Una noche cantaremos los dos
y el mar estará alegre como un padre regresado.

Una noche cantaremos los dos tan virilmente
que estallará el amor más poderoso,
un atómico amor de fuerza única
nacido a la orilla del mar y la ternura.

Hoy mi esqueleto es un gran astillero
a donde llegan heridos los navíos de antaño,
las altas proas de blancura intacta
con nombres de mujer, nombres de rosa,
nombres llenos de azul, de sal, de olas:
–Olga – Flor del Barquero – Lealtad–
que ahora los hombres toscos del progreso
hacen navegar a gasoil y odio.

(Yo amo los paquebotes silenciosos,
las agudas corbetas vigilantes,
amo la máquina en sí,
amo la energía.
Pero aborrezco el crimen tan oscuro
de asesinar veleros triunfadores).

Oh, hermano mar:
aquí en el inmenso llano,
en el llano del Vaupés, del Casanare,
me llegó el apretón honrado de tu brazo
y aullé en la selva, demudado,
hasta que la sal de las lágrimas me empujó
una ribera extensa sobre el labio.
.


Antón Avilés de Taramancos. Na terra chan mais longa
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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