Álvaro Cunqueiro

Doce poemas apócrifos


1. Cuando fallece un hombre

Cuando fallece un hombre, muere una ciudad.
Se va él, pero no solo.
Se lleva sueños, palabras, deseos que fueron, besos,
tristezas, amistades, grandes carcajadas. Todo esto
en el hatillo que le fue entregado.
Pero también se lleva de los otros:
el aroma de aquel rincón, aquella hora
de sol de invierno en la plaza, la fuente
bajo los plátanos, el olor a miel de la confitería, unos
¡buenos días, señora Pepa!, y ella sonriendo, gorda;
la discusión en el Comité: ¡yo estoy por la
mejora del ganado negro! No sabía por qué.
Él amaba un cierto paisaje, una cierta
forma de las estrellas, y la hierba, y el canto del gallo,
una cierta voz en los hombres, y un color en las vacas.
Y la ciudad —el mundo— decía: Mijail me está viendo también.
Y seguía, seguían las horas, las estaciones, los siglos.
El mundo, porque alguien lo miraba, seguía yendo.
Pero un día cualquiera cien Mijail mueren
y el mundo se acaba, perdido, solo, sin que nadie lo mire
amorosamente, como es debido.

(Firmado como Decio Arveanu, rumano. Publicado el 9 de agosto de 1964).

2. Erikson se vuelve para escuchar a su juventud

Y cuando se dio cuenta, se quitó la gorra
para llenarla con las flores del prado.
—Pero las flores están solamente
en un sueño, mecidas por una brisa tibia,
que también era sueño, sueño, sueño.—
Había tenido los años como trigo dorado
en las manos, en el corazón, en las palabras.
—En los ojos también, sí, con los que medía
el talle de la muchacha y la carrera de las estrellas.—
Pero no lo supo entonces.
Ahora que por vez postrera sueña
que escucha al cuco en el ciprés,
con la gorra parda en la mano y los huesos
solamente calentados por los recuerdos,
—¡oh hondo pozo negro, vida agotada,
perros sueltos del corazón, violín sin cuerdas!—
se vuelve: la perdida juventud debe estar cantando
más allá de las colinas, del mar, de las colinas,
del mar. Aún cantando.

(Firmado como Sigurd Hallkness con el añadido “Da Paixón de Erikson”, ‘De la Pasión de Erikson’. Publicado en 1966).

3. Yo quisiera tener las voces

Yo quisiera tener todas las voces,
las que sirven para decir amor.
La voz de la madre que desde la ventana
¡adiós! dice al hijo que se va al mar.
—Y la voz de la madre, que desde la puerta,
¡bienvenido seas! dice al hijo que viene del mar.—
Y también al hombre, o al amante.
Para decir amor tiene que haber voces como de bosque
o de río en cascada, y aun otras
suaves como una piel suave.
La voz de Francisco para decir amor a toda cosa
y voces de amor carnal, casi suspiros.
Y al final, cuando tuviera todas las voces,
—¡adiós, enamorada mía, que vas a mondar
arroz a las lagunas; adiós, dama de Duino
que lloras lágrimas de oro y encaje de Venecia!—
al final, digo, ser dueño de esa voz secreta
que solamente un oído escuche,
que viene como viene la noche,
sin saber de dónde,
poniéndose su blusa de estrellas.

(Firmado como Enzo Carletti da Murona, italiano. Publicado el 10 de julio de 1966).

4. El vagabundo

Metí todos mis días en un hatillo remendado
y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos,
—infancia, juventud, madurez, vejez—
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.

(Firmado como Eliano Ardeanu, rumano. Publicado el 23 de noviembre de 1969).

5. Ya fue la tierra

Ya fue la tierra, ya no es.
O mejor dicho, se fue la tierra,
quizá por el aire, quizá por el mar.
—Nube e isla deberían tener
la misma definición en las geografías.—

Ya fue la tierra. Desde donde vivo prisionero
no puedo dar testimonio de que haya
árboles, pastizales, ríos, montes,
el desierto de Arabia, y aquella planicie
cenagosa, donde en una colina estaba el pueblo en que nací,
y desde donde veía como el Adigio iba hacia el mar.

Cemento y cemento, hierro y hierro. Solo.
Pero, cuando vuela una golondrina y yo sé que es abril,
o cuando llueve, o cuando nieva,
¿podría yo decir que no hay tierra, que ya fue,
que es cosa de historia, desde el tragaluz
de la celda de cemento en la que vivo?

(Firmado como Carlo da Marjolana, italiano, con el añadido “de De cando vivía soio, 1958, na cadea de Rusia”, ‘de De cuando vivía solo, 1958, en la prisión de Rusia’. Publicado el 15 febrero de 1970).

6. Aún no sé para qué…

Debe haber por ahí gente
a la que le sobre un poco de tiempo de su vida,
y podría dármelo a mí, que agoto el mío
echado en mi asiento, al lado de la arena caliente
y del esqueleto del ciervo que creía
que al norte había fuentes de agua fresca.
Mis ojos ya no saben distinguir un árbol en otoño
de una mujer que se yergue del suelo
después de haber parido un niño rubio
y lo levanta sobre su cabeza.
No diferencio las lenguas ni los vientos
y he olvidado ya el regazo de mi madre
y a Katty, a la que besé en una oreja y lloró.
Muriendo, pido una limosna de tiempo
aunque no sé para qué…

(Firmado como Erik Triggvason, sueco, con el añadido “De Vidas e mais vidas”, ‘De Vidas y más vidas’. Publicado el 21 de junio de 1970).

7. El tiempo de los pobres

Los pobres tienen mucho más tiempo que los ricos
—y también más frío, más hambre, más soledad,
más lluvia, más sol, más luna, más viento—.
Se conocen entre ellos, y tienen una lengua propia
hecha de miedo y de rabia, humildosa en la corteza
y por dentro llena de dientes afilados.
Entre los pobres de mi isla aprendí
que cuando muere un niño la gente olvida el habla,
y solo al día siguiente vuelve aprender a hablar,
primero los otros niños, después la madre, después los perros.

(Firmado como Argret Svaden, danés, con el añadido “de As outras vidas”, ‘de Las otras vidas’. Publicado el 12 de julio 1970).

8. La nao de Sigvar Sigvarson

¡Vamos, halcón de la ribera, del mar mayor!
Pinté una serpiente de oro en mi vela
y en mi pecho me tatuaron el nombre de mi perro,
Sok, mi perro pastor, el que guarda mi rebaño.
Quiero, cuando yo vaya por el gran mar
y no vea tierra al este,
que mis guerreros lean en mi pecho
el nombre de mi perro; yo tumbado en un lecho de cueros,
echando una siesta, pero oyendo decir ¡Sok!
y soñando con los pastizales de Bjora, donde mi perro
reúne el rebaño al anochecer y ladra contando
las pardas ovejas al entrar en el redil
mientras mansamente cae la nieve.
Y mi nave navegando por riberas
de sol, limoneros, viñas y olivares.

(Firmado como Argret Svaden, igual que el anterior y publicado en la misma fecha).

9. Tantos caminos busqué

No para volver a mi casa
sino a aquella ciudad mencionada en el viejo libro,
acostada en la llanura polvorienta, entorno a una torre,
muchos caminos busqué, entré y salí por laberintos
y en la boca de la cueva saludé a la Polar.
En ligeros veleros pasé el mar con ella.
Y siempre yo, libre y virgen, entre las muchachas desnudas
bajo los puentes de ríos sin nombre,
o a las puertas de un burdel, con mi gorro rojo,
por curiosidad de ver mujeres tan usadas.
Yo soñaba aquella ciudad del viejo libro
en días de vendimia, cuando entran en ella
los burros negros con canastos llenos de racimos.
Ya solo con pasar dos hojas más del libro
yo me encontraba en la bodega catando vino tinto.
Un solemne calor me henchía y yo llegaba
a ser un rey allá abajo,
galopando a la sombra de los abedules.
Pero, verdaderamente, soñaba con aquella ciudad
porque no existía,
y yo vivía en una isla llamada Tulé,
de oficio remendador de redes, veinte años, cojo y soltero.
El libro había llegado a Tulé por el mar, en una botella.
Cosas que les suceden a los soñadores.

(Firmado como Frank Sigmundson, sueco, con el añadido “do libro O soñador en Tulé”, ‘del libro El soñador en Tulé’. Publicado el 18 de julio 1970).

10. Aquellos otros ríos

Nacido en una isla pequeña, peñascosa;
yo nunca había visto un río, pero soñé un centenar.
En el mapa de la escuela eran venas azules.
Y cuando por primera vez un río,
corriendo el agua oscura por entre sauces, vi,
y pasar bajo un puente de ocho arcos, lloré,
mientras lo llamaba por su nombre,
dulce como un nombre de mujer.
Y del río surgió aquella del rubio cabello,
y poniendo un dedo sobre sus labios
me dijo: «Calla, y no lo despiertes.
Vete enseguida, no te bañes en sus aguas,
que se tragará tu mirada.
¡Que nada hay que le guste tanto a un río
como un joven extranjero con los ojos vírgenes
de mirar ríos!»
Y la hermosa acariciaba el lomo del río
como si se tratara de un buey bien cebado,
como mi madre el lomo de un buey en la era de la casa
antes de que los criados salieran con él para la feria de las Quendas de mayo.
Aquellos otros ríos azules de los sueños y del mapa,
¿dónde estaban, dónde están, hermosa del rubio cabello,
Lorelei, Lorelei, que me salvaste la vida?

(Firmado como Knut Tellanken, supuestamente traducido por M. Mª Seoane a partir de una traducción del islandés al inglés de W. S. Potter. Publicado el 27 septiembre 1970).

11. Los tres reyes

Melchor estaba esperando
a Gaspar y Baltasar.
Hicieron fuego en un alto
y le añadieron piedras preciosas.
Siete palabras de oro dijo uno,
siete de incienso dijo otro,
siete de mirra dijo el negro,
y los tres a coro otra secreta;
que así se hace, con un fuego encendido,
una estrella.
—¿Por qué parte queda el mundo?
Se preguntaban los tres.
La estrella alumbraba en el cielo.
—¡Ay!, ¿por qué parte quedará Belén?
Y un zagal que recogía broza
los oyó y se rio y les gritó:
—Mira qué tres sabios de Oriente,
mira qué tres Magos de pimpirimpel:
Déjense guiar por la estrella,
y ya llegarán a Belén.
Y el zagal dejó la broza
y saltando se echó a andar,
y llegó a Belén antes
que Melchor, Gaspar y Baltasar.

(Firmado como Enzio Buoncompagni, italiano, con el añadido “Do Libro das cousas sinxelas”, ‘Del Libro de las cosas sencillas’. Publicado el 27 de diciembre 1970).

12. Desde aquellas ventanas

¡Si aquella mujer, en aquella ventana,
fuera una mujer joven y hermosa
y tuviera una vista tal que pudiera
contemplar mi rostro, y percatarse
de cuánta hambre de amor tengo!
¡Os juro que no puedo vivir sin mujer!
El mismo perro mío, que me lame los pies, lo sabe.
Pero, ¿por qué iba a tener ella esa divina mirada
que deja ver de ventana a ventana
a través de la ancha plaza, y ella no tiene amor,
y yo, en cambio, que tengo todo el amor del mundo,
no puedo ver siquiera, sobre los castaños de Indias,
si ella es joven, si es hermosa?
Y si llora cuando yo lloro, corazón, corazón vacío.
¿Por qué no habrá, ¡oh Dios!, esas miradas?

(Firmado como Giorgio Cantalupo, italiano, con el añadido “De Ninguén ensina a soñar, o seu derradeiro libro, 1970”, ‘De Nadie enseña a soñar, su último libro, 1970’. Publicado el 17 de enero de 1971).
.


Nota
Entre 1964 y 1980 Álvaro Cunqueiro publicó en las páginas del diario Faro de Vigo varios centenares de traducciones al gallego de poetas de múltiples orígenes, desde Shakespeare y Dante a Jack Kerouac, Leonard Cohen o incluso Li Po. Pero entre ellas Cunqueiro deslizó una docena de poemas de autoría propia que disfrazó como traducciones de distintos idiomas y firmó con nombres falsos. Todos habrían sido traducidos al gallego por un supuesto Manuel María Seoane, excepto el primero de los publicados, firmado como Álvaro Labrada.
No son raras estas imposturas entre poetas, traductores y mistificadores de toda capa. Así en algunas antologías de poesía griega y romana publicadas en España figura algún que otro poema de la mano exclusiva del propio traductor.
Del olvido en el que yacían en la profundidad de las hemerotecas fueron rescatados estos poemas de Álvaro Cunqueiro por Iago Castro Buerger en su trabajo de 2004 Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunqueiro. Si bien se incluye allí un poema, “Os rizos da señora MacKenzie”, de autor real, el periodista y poeta italiano Antonio Barolini, que por un doble error tipográfico aparece como Bariolim, pero que efectivamente es autor de las Elegie di Croton, 1959, que Cunqueiro cita en su versión.
Los poemas fueron impresos por primera vez en libro en Álvaro Cunqueiro, Poesía 1933-1981, editorial Galaxia 2011, editados por Xosé-Henrique Costas y Iago Castro Buerger, con el epígrafe Poemas apócrifos. Se repite la inclusión de Antonio Barolini (Google hubiera ayudado) y aparece un poema antes ignorado, Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade.


Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunmqueiro
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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