Álvaro Cunqueiro

Linajes sirénidos en el Occidente europeo


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En la revista Le Blason Flamant el profesor Jean Van Oestel publica un hermoso trabajo sobre aquellos linajes antiguos de Europa occidental que de alguna manera están relacionados con sirenas. Ya el llorado etnógrafo portugués doctor Fernando de Castro Pires de Lima se ocupó de este asunto; y, en su hermoso libro Adral, que ahora mismo llega a los escaparates de las librerías, el profesor Filgueira Valverde le dedica una nota referente a los linajes gallegos.

Por cierto, que a todo curioso lector gallego le recomiendo la lectura de este libro, en el que hay tanta noticia de los días pasados y tanta novedad galiciana fruto del saber del gran maestro pontevedrés.

Volviendo al tema. Resulta que en Normandía hay tres linajes que se precian de descender de sirenas, otros tres en Bélgica y Holanda, uno en Dinamarca, dos en Escocia y cuatro en Irlanda. No figura en la lista el linaje gallego de los Mariño, apellido que llevaba en segundo lugar mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira.

Mariños, Padín, Goyanes, dicen descender de una sirena. Lo que no sabemos es si de la misma sirena, ni cuál fue el suceso que dio origen a la leyenda; que tuvo necesariamente que haberlo. Supongamos un naufragio a la altura de Sálvora, o de la isla de Ons, y que de él se salva una hermosa dama de dorado cabello, que canta con dulcísima voz, y que se casa con un hidalgo del país, y tiene descendencia. Las gentes la tomarían, a la bella señora, por la sirena del mar. Y de estas bodas vendría el poner, la familia hidalga gallega, en su escudo una sirena sobre tres aguas azules.

Los Padín dicen que la sirena de la que descienden, y tienen cartas ejecutivas aprobadas en la Real Cancillería de Valladolid, tuvo amores nada menos que con don Roldán, marqués de Bretaña, el amigo de Carlomagno muerto en la rota de Roncesvalles. De estos amores quedó encinta la sirena –su nombre no nos ha llegado–, y cuando le vino la hora de dar a luz, se encontró cerca de una playa gallega, sin duda que en las Rías Bajas y aún más concretamente en la de Arosa. Dio a luz a un hermoso niño al que, por ser hijo de don Roldán, le pusieron en el bautismo Palatinus, de donde, por corrupción, viene Padín. Y de este doncel descienden todos los Padín que en Galicia han sido.

La historia estará siempre incompleta porque nunca sabremos quien recogió y crio a Palatinus, a quien se lo dejó la sirena. Palatinus, al parecer, nació sin rastro alguno en su cuerpo del linaje materno, sin cola como las sirenas, sin escamas, y en ninguno de sus descendientes, que se sepa, hubo salto atrás y salió ninguna nueva sirena.

De Palatinus descienden igualmente, al parecer, los Mariño y los Goyanes. Aunque bien habría podido ser que otros gallegos hubieran tenido amores con las sirenas que los rondaban, que rondaban las playas nuestras en los atardeceres de verano. Porque parece probado que es en el tiempo de verano y a la caída de la tarde cuando más y mejor canta la sirena, y que es difícil oírla matinal, salvo en la mañana de san Juan.

Con mi afición a poner por teatro, por autos y por misterios los sucesos prodigiosos, puedo imaginar que la playa donde dio a luz la sirena fue la de La Lanzada, y el recién nacido, depositado a los pies de Nuestra Señora que allí tiene antigua y famosa capilla. Podemos imaginar que la sirena fuera cristiana y que al dejarle el hijo suyo a la Virgen, se volviera al mar cantando el Ave Maria Stella.

En el estudio de Van Oestel se dice que los descendientes holandeses de una sirena tenían en el lomo derecho una mancha escamosa, y esto durante varias generaciones. De un linaje irlandés con ascendencia sirénida se dice que, al llegar la hora de morir, las mujeres que tenían mala voz y que quizá nunca habían cantado a lo largo de su vida, ahora, al final, se ponían a cantar en extraña lengua doloridas canciones que turbaban y hacían llorar a los que las escuchaban y, en algunos casos, en algún deudo suyo, los llevaban a la locura.

Cómo engendran y cómo daban la luz las sirenas no lo sabemos. Quienes más supieron de sirenas fueron los canónigos de la catedral de Ruan, en Normandía, que intentaban incluso cobrarles impuesto a estas señoras. Y si se moría ahogado un joven en la desembocadura del Sena, les echaban la culpa y las citaban para que remontaran el río y se presentaran en la Puerta Matilde, donde serían juzgadas y condenadas.

Lo que se sabe de las sirenas es que no tienen ombligo y que se les conoce la edad en los dientes, que con los años se les van poniendo azules. Las sirenas pueden vivir hasta trescientos años, y viven en anarquía, en el mar. Y que es cierto que además de ser encantadoras y de conquistar a los hombres con su belleza y con la dulzura extraña de su canto, que escucharlo es como drogarse, es verdad que poseen grandes tesoros escondidos que regalan a los hijos que tienen. Así, el Palatinus de nuestros arenales recibió de su madre, la amante de don Roldán, un gran tesoro y alhajas en abundancia.

En fin, el padre Feijoo no creía en las sirenas, aunque por otra parte creía en los tritones, si bien su voz, decía, no había sido escuchada modernamente.

Yo confieso que moriré un poco frustrado por no haber escuchado nunca cantar a la sirenita del mar.

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Traducción de Linaxes serénidas no Occidente europeo, texto leído por el autor en Andar e ver por Galicia, programa emitido por Radio Nacional de España entre 1979 y 1980

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