Hilda Hilst

Amavisse


A la memoria de Ernest Becker
A la memoria de Vladimir Jankelevitch
.

…tener un día amado (amavisse)
Vladimir Jankelevitch

.

Puerco-poeta que me sé, en la ceguera, en la charca,
a la espera de Tu Hambre, permíteme la pregunta,
Señor de puercos y de hombres:
¿Has oído acaso, o te es familiar,
un verbo que en los bajíos de aquí mucho se oye,
el verbo amar?

Porque en la ceguera, en la charca,
en la trama de los vocablos,
en la decantada lámina enterrada,
en mi axila de pelo y de carne,
en la estera de paja que me envuelve el alma,

del verbo apenas he entrevisto el contorno breve:
es algo como morir y matar pero con sonido de sonrisa.
Sangra, despedaza, devora, y por eso
de entenderle el meollo no he encontrado la hora.

¿Es verbo?
¿O sobrenombre de un dios pleno de humor
en la ardua aventura de la conquista?

I

Llévame contigo, Pájaro-Poesía,
cuando cruces el Mañana, la luz, lo imposible,
porque de barro y paja ha sido este viaje
que hago a solas conmigo. Exenta de trazado
o de complicada geografía, sin equipaje alguno,
he de traer apenas el vértigo y la fe:
para tu cuerpo de luz, dos leves fardos.
Dejaré palabras y cánticos. Y movedizas,
engañosas rutas de Ilusión.
No he cantado lo cotidiano. Te he cantado solo a ti,
Pájaro-Poesía,
y al paisaje-límite: el hoyo, el extremo,
la convulsión del Hombre.

Llévame contigo.
En el Mañana.

II

Como si te perdiera, así te quiero.
Como si no te viera (habas doradas
bajo el amarillo) así te aprehendo, brusco,
inamovible, y te respiro entero,
un arcoíris de aire en aguas profundas.

Como si fuera todo lo que me permitieras,
a mí me fotografío en unos portones de hierro,
ocres, altos, y yo misma diluida y mínima
en lo disuelto de toda despedida.

Como si te perdiera en los trenes, las estaciones,
o bordeando un círculo de agua,
removiente ave, así te sumo a mí:
de redes y de anhelos inundada.

III

Desde un hambre de caricias, tigres pálidos
vienen a unirse a mí en la noche hueca.
Y yo misma despedazada, llena de soledades,
intento regresar a la luz que me fue dada
y poso las manos en las aterciopeladas patas.

Desde un hambre de sueños
intento regresar a aquellas geografías
de un Hacedor de versos y su permanencia.
Aliso los grandes dorsos,
memorizo este ser que me soy,

y sobre los fulcros dentados, allí
es donde paseo y deslizo mi hambre.

Entonces se aquietan de pura madrugada
mis tigres de herrumbre. Recogidas las garras
en una agonía de ser, tan indivisa
como si también la muerte los excluyera.

IV

Si viene alguien, di que vivo mi anverso.
Que hay un vivaz escarlata
sobre el pecho donde antes palidez, y linos chispeantes
sobre las flacas caderas, e inquietantes cardúmenes
sobre los pies. Que la boca no se ve, ni se oye la palabra,

pero hay fonemas sílabas sufijos diagramas,
rodeando mi cuarto de atrás sin comienzo.
Que la mujer parecía correcta la noche anterior
y amaneció como si viviera bajo las aguas. Crispada.
Fluctisonante.

Diles especialmente
que hay un hueco fulgente en un todo muy abierto.
Y una negrura de trazo en las paredes de cal
donde la mujer-anverso se ha metido.
Que ella no está la tarde de este domingo, correcta.

Y que tomó algalia,
y les gritó a las gallinas que hablaba con Dios.

V

Las manzanas al relente. Dos. Y lo viscoso
del Tiempo sobre la boca y la hora. Las manzanas
déjaselas a quien devora esta cruda agonía:
mi instante de penumbra salivosa.

Las manzanas las comí como quien seduce. Tocando
largamente la piel desnuda. Después mordí la carne
de manzanas y sueños: su albura porosa.

Y me acosté como quien sabe el Tiempo y lo rojo:
brevedad de un paso en el paseo.

VI

Que las barcazas del Tiempo me devuelvan
la primitiva urna de palabras.
Que me devuelvan a ti y tu rostro
como desde siempre lo he conocido: punzante
pero centelleando de vida, renovado
como si el sol y el rostro caminaran
porque de uno venía la luz del otro.

Que me devuelvan la noche, el espacio
donde sentirme tan vasta y pertenecida
como si las aguas y maderas de todas las barcazas
se hicieran materia rediviva, adolescencia y mito.

Que yo te devuelva el hambre de mi primer grito.

VII

Aquella fina línea de colina
quiero atrancar en la cancela
del alma. Alimento y medida
para las muchas vidas del después.

Curva de un devaneo inalcanzado,
un todo extendido adolescente,
aquella fina línea de la colina
ha de vivir en el paisaje de la mente,

como la distancia habita en ciertos pájaros,
como el poeta habita en lo ardiente.

VIII

Os guardo, mañanas de terracota y azul,
cuando mi pecho teñido de encarnado
vivía disolviéndose en pasión.
El prado calcinado por las quemas
tenía el olor de la vida, y los estrechos
atajos tenían mucho que ver con lo desmedido
y las aguas del universo eran escasas
para ahogar mi verso. Os guardo, iluminadas,
fragantes mañanas tan irreales en el hoy
como hacer nacer girasoles en el topacio
y de los rubíes, granadas.

IX

Amor llagado, de púrpura, de deseo
moteado. Regreso a la savia de cuerdas
de guitarra y relleno de sonidos tu yacija.
Regreso empolvorada de vestigios, arboleda de oro
de lo que fuimos, gotas de sal en la llanura del olvido
para olfatear tu hambre.
Amor de sombras, de ocasos y de ovejas.
Regreso como quien suma la vida entera
a todos los otoños. Regreso nuevísima, incoherente,
conocida,
como quien ve y escucha el núcleo de la semilla
y desde la altura de dentro ya sabe su nombre.

Y reverdezco
en el rosa de unas mandarinas
y en los azules de todos los comienzos.

X

Hay un incendio de angustia y sonidos
sobre los instantes. Y en el cuerpo de la tarde
se ha abierto una herida. La mujer ha emergido
desacompasada en lo de dentro de la otra:
Una mujer de mí en los incendios de la Nada.
Tenía la espalda de algunos ríos: quebradiza
y terrosa. El pecho cargado de amatistas.
Una mujer me vio en el rojo de las celadas:
esculpiendo de nuevo tu rostro en el vacío.

XI

Los punteros de añil en lo delgado de las aguas.
Tu sombra azulada repensando los ríos
y agudísimas horas atravesando el lecho
de las barcazas.
Ha sido noche extrema. Finos hilos
surcando de sangre las esperanzas.

Los punteros de añil. Nuestras dos vidas
devastadas, en un lago de eneros.

XII

Si tuviese madera e ilusiones
haría un barco y pensaría el arcoíris.
Si te pensase, amigo, la Tierra toda
sería de saliva y de llegadas.
Te moldearía en una carne anterior,
sin nombre o Paraíso.

Si me pensases, Vida, ¿qué materia,
qué colores para mi posible supervivencia?

XIII

Extrema, toco tu rostro. De ti me viene
a la punta de los dedos el oro voluptuoso
y el encantado glabro de los helechos. De ti me viene
la noche teñida de matices, fluctuante
de mitos y de aguas. Inaudita.
Extrema, toco tu boca como quien precisa
mantener el fuego para la propia vida.
Y húmedo de celo, de inocencia,
es a la nostalgia de mí a lo que me condenas.

Extrema, innominada, me toco a mí.
Antes, tan memoria. Y tan joven ahora.

XIV

Oteros, atrios, palomas y vendimias.
En otro tiempo
viví la eternidad de esas rimas.
Pastora, entre animales fue como crecí. Y les pensaba
el pelo y la hermosura. Señora, tuve la casa
de los de mi estirpe. Agrandados vestíbulos
y aves y frutales, y por fidelidad perecí.
De humildes aldeas y de casas grandes
transité entre las vidas. Después amé,
extremante y taciturna. A quien me amaba maté.
Por eso en esta vida temo amor y cuchillos.
Por eso en esta vida

canto canciones así de compasivas,
en la lengua olvidada.

XV

Juncos y empalizadas
y agudos gritos de un pájaro en los humedales.
Ha sido este un tiempo de presagios.

Tejida de carmín en el trazado de las horas
la vida se rehace:
Un rastro de sonrisa en los ojos luminosos,
un haber visto
el trazado de lo extenso en el inalcanzable Paraíso.

Y de nuevo, en el instante,
juncos y empalizadas.
Y agudos gritos de un pájaro en los humedales.

XVI

¿Debo vivir entre los hombres
si soy más pelo, más dolor,
menos garra y menos carne humana?
Y no teniendo armadura,
y teniendo casi mucho de cordero
y casi nada de mano que empuña el cuchillo,
¿debo continuar la caminata?

¿Debo continuar diciéndote palabras
si la poesía se pudre
entre las ruinas de la Casa que es tu alma?
Ay, Luz que permanece en mi cuerpo y cara:
¿cómo ha sido que desaprendí de ser humana?

XVII

Las barcas hundidas. Centelleantes
bajo el río. Y es así el poema. Centelleante
y oscura barca ardiendo bajo el agua.
Palabras, yo las he hecho nacer
dentro de tu garganta.
Húmedas algunas, de transparente raíz:
un encharcado de lenguas y dientes.
Otras de geometría. Finas, angulosas,
como son las tuyas
cuando hablan de poetas, de poesía.

Las barcas hundidas. Mis palabras.
Pero podrán arder lunas de eternidad.
Y doctas, de ironía las tuyas,
solo a través de mi vida van a vivir.

XVIII

¿Será que aprehendo la muerte
perdiéndome cada día
en el rellano sin fin del sentimiento?
O, quién sabe, aprehendo la vida
oscureciéndome anárquica en la tarde,
o si pudiera,
tomara en mi pecho la vastedad,
el camino de los vientos,
el descomedimiento del cántico.

¿Será que aprehendo la suerte
entrelazando la ceniza del morir
al semen de tu vida?

XIX

Empozada de instantes, crece la noche
descosiendo las hablas. Un poema entre-muros
quiere nacer, de carne jubilosa
y largo cuerpo oscuro. Me pregunto
si la perfección no sería el no decir
y dejar sosegadas las palabras
en los nocturnos desvanes. Un poema pulsante

aunque imperfecto quiere nacer.

Estando sobre la mesa el gran cuerpo
envuelto en su bruma. Espiro amor y aire
sobre su nariz. Nace intensa
y luciente mi cría
en el azulear de la tinta y a la luz del día.

XX

De gruesos muros, de hojas aplastadas
es como caminan las gentes por las calles.
De dolorido jugo y de duras frentes
es como están hechas las caras. Ay, Tiempo,

atardecido de sonidos que no entiendo,
miradas que se vuelven bofetadas, pasos
cóncavos, hondos, venidos de un alto pozo,
de una siniestra Nada. Y bocas tortuosas,

sin palabras.
¿Y qué va a ser de mi boca de inventos
en este atardecer. Y del oro que sale
de la garganta de los locos, qué va a ser?
.


Hilda Hilst. Amavisse. Obra poética reunida (pdf)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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