João Cabral de Melo Neto

El número cuatro


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Es el número cuatro hecho cosa
o la cosa por el cuatro cuadrada;
sea espacio, cuadrúpedo, mesa,
siempre está racional en sus patas;
cosa plantada, al margen y encima
de todo lo que intenta agitarla,
inmóvil al viento, terremotos,
del mar marea o del mar resaca.
Ni el tiempo, que ama lo impar inestable,
puede contra esa cosa, o evitarla,
pues la rueda, criatura del tiempo,
es una cosa en cuatro, gastada.
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João Cabral de Melo Neto. O número quatro
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O número quatro

O número quatro feito coisa
ou a coisa pelo quatro quadrada,
seja espaço, quadrúpede, mesa,
está racional em suas patas;
está plantada, à margem e acima
de tudo o que tentar abalá-la,
imóvel ao vento, terremotos,
no mar maré ou no mar ressaca.
Só o tempo que ama o ímpar instável
pode contra essa coisa ao passá-lá:
mas a roda, criatura do tempo,
é uma coisa em quatro, desgastada.


Moncho Alpuente

Danza de los Orangutanes


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Antropoides con corbata
y otros con el pecho lleno
de medallas de hojalata.

Antropoides humanoides
con tendencias esquizoides,
grandes monos con cartera,
gorilas con cartuchera.

Pobre Darwin… –Pobre Darwin…–
pobre Darwin si viviera.
¡No vive! ¡No vive! ¡No vive!
¡Que no vive!

Tecnócratas platirrinos,
grandes monos asesinos,
chimpancés consumidores
y mandriles entre flores.

Ahora es un mono gibón
quien preside la reunión,
y promete –¿qué promete?–
¡aumentar los cacahuetes!
Manííí…

Veinte monos con diarrea
reunidos en asamblea,
discutiendo con desgana
el déficit de banana.
Banana, banana, bananahhh…

Monos que dirigen cine
o fabrican calcetines.
Chimpancés aficionados
al estudio de mercados.

Orangutanes cantantes
de ritmos elucubrantes
y monas de exportación
que van a la Eurovisión.
Oh ah, oh ah… Ahhh!

Cuadrumanos que, a su vez,
hacen todo con los pies
mientras que el mono desnudo
sufre la ley del embudo.
Udo, udo, udohhh…

La humanidad oprimida
por mil simios homicidas
y Tarzán, que no hace nada
por evitar sus monadas.
Nada, nada, nada…

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youtube: Desde Santurce a Bilbao Blues Band – Danza de los Orangutanes

El viento en el faro

Ven a volar,
podrás seguir preguntándotelo
hasta el final de las algas,
pero no te quedará más remedio
que joderte y flotar los días
en la convexidad del mar,
en la humedad del río,
allí donde el orden regresa al caos,
el mapa no está equivocado
aunque le falten pequeños detalles,
tampoco para mí,

el arroyo bajo los tojos,
la hosca y helada belleza
de las yermas islas del norte,
los pájaros sobrevuelan la duna,
la orilla y los arrecifes,
cuando el conejo perdió su abanico,
no sabes quién eres a mediodía
y esa misma madrugada
crees que ya puedes entenderlo todo,
vuelven las aves al negro oleaje
desde el principio del frío,

agua de muerte en vida,
dibuja el pez arabescos
en la honda humedad del río,
donde se oculta el frío,
saliva sudor y semen,
polvo en la arena,
huelo el humo, avento el viento,
subiendo voy, bajando vengo,
jusqu’ à la fin, en pleine soleil,
y en los meandros yo me entretengo,
ahuyento el viento,
por las mimbreras desgasto el tiempo,
en la fría profundidad del río,

después de la noche de fin de año
el faro alumbra sobre la peña,
pájaros vuelan,
el viento revuelve
el pelo blanco de las negras olas
que las sirenas cabalgan,
tampoco creo
que nunca susurraran para mí,

quizá podrías probar
a dejarlo todo tal como está
en el envés del azogue,
espejos y espejos, nuevos espejos
lanzando a lo lejos viejos reflejos,
esta es la mentira en la que creemos,
arena lluvia sal,
venid y oíd,
cervezas enlazadas en canciones,
sabida oscura duda:
corazón de saliva en el cristal,
ven a bailar
al cíclico círculo intemporal,
dame spritz y sexo astral,

puedes seguir preguntándote
cuál es la esquiva pregunta
y recontando en la pared
los azulejos del cuarto de baño,
el viento es fugaz testigo
de la fugacidad de la roca,
de la eternidad del silencio
y de la vanidad de las promesas
que se hace el hombre a sí mismo,
ponme otro spritz

mientras los pájaros marinos
vuelan hacia el interior del océano,
mar afuera,
donde habita la realidad,
aceleras un poco más,
el faro sobre el peñasco
ya no vigila el mar,
acaso los ocasos
son trozos de pedazos,
la solución origina el problema
y la pregunta resuelve el enigma,
acaso los acasos
son subterfugios del caos,

se desmenuza la arena en la playa
rodando en la arena
y chillan volando los pájaros
como las niñas mujeres,
hacia la densidad de la neblina
donde el conejo perdió su abanico,
sin saber de los embustes
que el niño le cuenta al mar,
sujetas firme el volante,
el faro sobre la peña,
acero en la piedra, sangre en la roca,
las olas constantes como el silencio
son un rumor allá abajo,
entre la espuma y las algas,
tal vez aún podrá amanecer,

solo tendrás la respuesta
cuando conozcas cuál es la pregunta,
la bruma en la línea del horizonte
mira pasar a los pájaros,
charranes, fumareles y pagazas,
hacia el final del mar,
mueren las revoluciones,
tsunamis, terremotos y ciclones,
si se pueden televisar,
se ha detenido el motor
contra el gastado granito del faro,
olas, viento, voces,
y cuando sepas cuál es la pregunta
entenderás la respuesta,
suave en las algas mojadas
ahora empieza a llover

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ēgm. 2015
→Las habitaciones polares (versión con hipertexto)

Álvaro Cunqueiro

Postrera elegía a Manuel Antonio


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Diríamos que piedra para tu frente fría
—para tu alma mar y viento duro—.
Tú sí poeta, fallecido de algas verdes
tu único cuerpo, silencioso y breve.

Ahora escucha ahí, en ese otro lado,
donde a las mareas y a Dios y a la sombra toda
como el Nordeste se repite, fondo extraño,
viajero antiguo, gaviota en tu sangre.

Nosotros no lloramos. Finalmente tristes
desconsolado oído inacabable somos.
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Álvaro Cunqueiro. Derradeira elexía a Manoel Antonio
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Derradeira elexía a Manoel Antonio

Diríamos que pedra para a túa fronte fría
—para a túa ialma mar e vento duro—.
Ti sí poeta, fenecido de algas verdes
o teu único corpo, silencioso e breve.

Agora escoita ehí, nese outro lado,
onde ás mareas e a Deus e á sombra toda
coma o Norés se repite, fondo estrano,
viaxeiro antergo, gueivota no teu sangue.

Nós non choramos. Finamente tristes
desconsolado ouvido inacabábel somos.


Hadi Kurich

Alicia (Fragmento de la escena IV)


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CONEJO: (Entrando) ¡Llego tarde! Por mis bigotes que llego tarde, y la Reina no me perdonará, pobre de mí. Me cortará la cabeza y la culpa de todo esto la tienes tú.
ALICIA: No entiendo. ¿De qué me está hablando?
CONEJO: ¡Ladrona! ¿Dónde está mi abanico?
ALICIA: ¿Qué abanico?
CONEJO: Mi abanico.
ALICIA: Probablemente donde lo dejó.
CONEJO: ¡Mentira! Lo dejé aquí. Aquí mismo cuando hablaba con el Árbol y ahora no está.
ALICIA: Mire, lo buscaremos por aquí y seguro que lo encontraremos.
CONEJO: ¡No!
ALICIA: ¿Por qué no?
CONEJO: Porque me parece muy sensato, y eso no es propio de un ministro.
ALICIA: Yo no lo he visto, de verdad. ¿Seguro que estaba aquí?
CONEJO: Claro que sí. ¡Ladrona!
ALICIA: Y ¿qué dice que ha perdido?
CONEJO: Mi reloj. Y no lo he perdido.
ALICIA: ¿Reloj?
CONEJO: Bueno, ¡mis gafas de sol!
ALICIA: ¿No dijo antes que fue el abanico lo que perdió?
CONEJO: Sí, abanico. Pero da lo mismo. Lo importante es que creo que lo robaste tú.
ALICIA: Que lo crea no es suficiente para acusar a alguien. Hay que tener pruebas.
CONEJO: El Árbol es mi testigo.
ALICIA: ¿Qué dice? Si el Árbol duerme como un tronco.
CONEJO: Aquí mi palabra es una prueba suficiente. ¿Sabes con quién estás hablando?
ALICIA: Con un conejo bastante extraño.
CONEJO: Loco, querrás decir.
ALICIA: Hombre, si insiste.
CONEJO: Insisto. Porque soy el ministro de la Locura de este país.
ALICIA: Encantada.
CONEJO: Yo no. Tengo muchísima prisa por llegar a la Corte y tú no me dejas.
__________(El Conejo pone la mano esperando un soborno)
ALICIA: ¿Pero qué tengo que ver yo?
CONEJO: Todo. Si te esforzaras un poco.
__________(Pone la mano de nuevo. Ella no reacciona.)
El abanico es un regalo de la Reina y si aparezco sin él, me cortará la cabeza. Tenías que haber robado otra cosa.
ALICIA: ¡Pero yo no he robado nada!
CONEJO: ¡Anda ya! ¿Sabes qué voy a hacer?
ALICIA: Ni idea.
CONEJO: Te acusaré del robo ante la Reina y así ella te cortará la cabeza a ti y no a mí.
__________(Pide el soborno otra vez. Alicia, enfadada, le golpea la mano.)
Te arrepentirás. Voy a la Corte enseguida. Adiós.
ALICIA: Eso no es justo. Además, yo también quiero hablar con la Reina. Necesito su permiso para salir de aquí.
CONEJO: No es mi problema.
ALICIA: ¡Pero sí que es el mío y se supone que los ministros tendrían que preocuparse por los problemas de los demás.
__________(El Conejo ya se ha marchado)
Demasiado tarde. Ya se ha ido. Pobre país que tiene un ministro de locura.
GATO: (Off) ¿Quieres decir que el tuyo no lo tiene?
(…)

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Hadi Kurich. Alicia

Juan-Eduardo Cirlot

Tres símbolos


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Mi conocimiento de la simbología solo secundariamente proviene de libros, y del contacto personal con el doctor Marius Schneider. Con frecuencia, mis sueños, poemas e incluso actos de mi existencia poseen un carácter «otro» que me obliga a buscarles un sentido: ese significado suele ser simbólico y me revela verdades «objetivas», que luego corroboro en obras de simbólogos, o que permanecen en estado, bien sea de problema resuelto provisionalmente por mi intuición, o de problema no resuelto, abierto a la claridad de un amanecer sin día, como cuerda que pende en el vacío.

Carcassonne

Hacia 1960 fui a la ciudad de Carcassonne, solo, en enero. Desde siempre, atraído como me siento por todo lo medieval, había anhelado contemplar sus murallas y torres; pero en aquel momento no solo era esto. Percibía que alguien o algo «me llamaba» desde allí. Llegué a Carcassonne a las once de la noche, fui al hotel, donde pasé la noche en vela y, a la mañana siguiente, me dirigí desde la ciudad baja a la «cité», en lo alto de una colina, con su doble recinto, sus agujas restauradas por Viollet-le-Duc (abusivamente, suele decir se). Era un día gris, llovía. Me paseé incansable, hice la circumrotación de la ciudad murada tres veces, por el exterior, por lo alto de los muros, por el interior, y oí misa en la iglesia gótica, maravillosa, que se halla dentro del recinto murado. Por la tarde, me acerqué de nuevo; no llovía, me senté en el campo cerca de las más altas torres. Luego, recorrí la ciudad baja, asistí a un oficio religioso en una iglesia de ella. Regresé al hotel, y tras otra noche de insomnio emprendí el regreso a Barcelona. En el tren, cerca de Narbonne me hice casualmente un corte terrible en la mano derecha, con una bombilla del lavabo. Significación: yo no era digno de penetrar en el «recinto» y me herí, castigándome inconscientemente por mi audacia. Quien me llamó tampoco había creído que tenía «aún» que acercárseme. O existía solo en mi imaginación. Pero, por qué existía (y existe)?

Blanco y azul

En un tiempo no muy lejano tuve casi una pequeña colección de obras de arte actual. Entre ellas había dos obras extraordinarias: un cuadro azul y otro blanco, abstractos. Me atraían mucho. Pero mi sentimiento era ambiguo, ambivalente. Primero sentí necesidad de desprenderme del cuadro azul, luego del blanco. Años más tarde recordé que, en el umbral de mi adolescencia, me habían regalado dos libros cuyos temas eran del mayor interés para mí: uno de ellos versaba sobre los persas y sus conquistas militares; el otro sobre las tribus de amerindios. La encuadernación de ambos era en tela; la del uno, en blanco; la del otro, en azul. No tardé en venderlos, impulsado por una fuerza superior y sintiéndolo mientras lo hacía. Solo en fechas muy recientes he empezado a entender el posible sentido de este doble desprendimiento análogo. Cuando trabajé sobre simbología intensamente (1954-1958), no averigüé nada, ni el problema me llamó la atención —pues aún no se había producido el hecho de los cuadros—; pero hará dos años vi una película cinematográfica vulgar, protagonizada por Kirk Douglas, cuyo argumento aludía a la lucha contra los nazis por la resistencia escandinava. Continuamente el paisaje era «azul» (cielo) y «blanco» (nieve, que cubría la tierra).
Entonces comprendí que el eje blanco-azul es descendente, es decir, contrario al eje blanco-rojo (ascendente, en alquimia, conducente al «aurum philosophorum») y que, de otro lado, el eje azul-blanco evocaba la muerte, pues señalaba el paso del cielo a la tierra (la nieve es tierra transfigurada, o agua solidificada, siendo la humedad lo propio del reino de los muertos). Nada peor, pues, que permanecer frente a lo azul y lo blanco, para el inconsciente de quien no quiere desprenderse aún de su existencia vital, de su vida instintiva.

El despeñado

En mi infancia veía con frecuencia un libro de grabados, e inadvertida pero invariablemente, mi mirada se detenía en uno, que representaba a un joven muerto, caído al pie de un acantilado. En letras todavía decimonónicas se leía: «El despeñado». ¿Por qué, entonces, me sugestionaba tanto esa imagen? Hace pocos años, al ver en el cine la mediocre «Cleopatra», de Manckiewicz (con escenas extraordinarias de «lo romano» como la defensa de la Puerta de la Luna de Alejandría por la «tortuga» legionaria y la cremación de los cadáveres tras Farsalia), oí a César, mejor dicho, a Rex Harrison, referirse angustiadamente a los sueños en que se veía caído, despeñado desde su «altura». ¿No es la angustia de no ser, de haber caído de lo que he llegado a ser, o creído que he llegado a ser, el motivo permanente de mi tortura moral?

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Juan Eduardo Cirlot. Tres símbolos, publicado en La Vanguardia Española, página 17, el viernes 13 de diciembre de 1968