Juan-Eduardo Cirlot

Tres símbolos


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Mi conocimiento de la simbología solo secundariamente proviene de libros, y del contacto personal con el doctor Marius Schneider. Con frecuencia, mis sueños, poemas e incluso actos de mi existencia poseen un carácter «otro» que me obliga a buscarles un sentido: ese significado suele ser simbólico y me revela verdades «objetivas», que luego corroboro en obras de simbólogos, o que permanecen en estado, bien sea de problema resuelto provisionalmente por mi intuición, o de problema no resuelto, abierto a la claridad de un amanecer sin día, como cuerda que pende en el vacío.

Carcassonne

Hacia 1960 fui a la ciudad de Carcassonne, solo, en enero. Desde siempre, atraído como me siento por todo lo medieval, había anhelado contemplar sus murallas y torres; pero en aquel momento no solo era esto. Percibía que alguien o algo «me llamaba» desde allí. Llegué a Carcassonne a las once de la noche, fui al hotel, donde pasé la noche en vela y, a la mañana siguiente, me dirigí desde la ciudad baja a la «cité», en lo alto de una colina, con su doble recinto, sus agujas restauradas por Viollet-le-Duc (abusivamente, suele decir se). Era un día gris, llovía. Me paseé incansable, hice la circumrotación de la ciudad murada tres veces, por el exterior, por lo alto de los muros, por el interior, y oí misa en la iglesia gótica, maravillosa, que se halla dentro del recinto murado. Por la tarde, me acerqué de nuevo; no llovía, me senté en el campo cerca de las más altas torres. Luego, recorrí la ciudad baja, asistí a un oficio religioso en una iglesia de ella. Regresé al hotel, y tras otra noche de insomnio emprendí el regreso a Barcelona. En el tren, cerca de Narbonne me hice casualmente un corte terrible en la mano derecha, con una bombilla del lavabo. Significación: yo no era digno de penetrar en el «recinto» y me herí, castigándome inconscientemente por mi audacia. Quien me llamó tampoco había creído que tenía «aún» que acercárseme. O existía solo en mi imaginación. Pero, por qué existía (y existe)?

Blanco y azul

En un tiempo no muy lejano tuve casi una pequeña colección de obras de arte actual. Entre ellas había dos obras extraordinarias: un cuadro azul y otro blanco, abstractos. Me atraían mucho. Pero mi sentimiento era ambiguo, ambivalente. Primero sentí necesidad de desprenderme del cuadro azul, luego del blanco. Años más tarde recordé que, en el umbral de mi adolescencia, me habían regalado dos libros cuyos temas eran del mayor interés para mí: uno de ellos versaba sobre los persas y sus conquistas militares; el otro sobre las tribus de amerindios. La encuadernación de ambos era en tela; la del uno, en blanco; la del otro, en azul. No tardé en venderlos, impulsado por una fuerza superior y sintiéndolo mientras lo hacía. Solo en fechas muy recientes he empezado a entender el posible sentido de este doble desprendimiento análogo. Cuando trabajé sobre simbología intensamente (1954-1958), no averigüé nada, ni el problema me llamó la atención —pues aún no se había producido el hecho de los cuadros—; pero hará dos años vi una película cinematográfica vulgar, protagonizada por Kirk Douglas, cuyo argumento aludía a la lucha contra los nazis por la resistencia escandinava. Continuamente el paisaje era «azul» (cielo) y «blanco» (nieve, que cubría la tierra).
Entonces comprendí que el eje blanco-azul es descendente, es decir, contrario al eje blanco-rojo (ascendente, en alquimia, conducente al «aurum philosophorum») y que, de otro lado, el eje azul-blanco evocaba la muerte, pues señalaba el paso del cielo a la tierra (la nieve es tierra transfigurada, o agua solidificada, siendo la humedad lo propio del reino de los muertos). Nada peor, pues, que permanecer frente a lo azul y lo blanco, para el inconsciente de quien no quiere desprenderse aún de su existencia vital, de su vida instintiva.

El despeñado

En mi infancia veía con frecuencia un libro de grabados, e inadvertida pero invariablemente, mi mirada se detenía en uno, que representaba a un joven muerto, caído al pie de un acantilado. En letras todavía decimonónicas se leía: «El despeñado». ¿Por qué, entonces, me sugestionaba tanto esa imagen? Hace pocos años, al ver en el cine la mediocre «Cleopatra», de Manckiewicz (con escenas extraordinarias de «lo romano» como la defensa de la Puerta de la Luna de Alejandría por la «tortuga» legionaria y la cremación de los cadáveres tras Farsalia), oí a César, mejor dicho, a Rex Harrison, referirse angustiadamente a los sueños en que se veía caído, despeñado desde su «altura». ¿No es la angustia de no ser, de haber caído de lo que he llegado a ser, o creído que he llegado a ser, el motivo permanente de mi tortura moral?

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Juan Eduardo Cirlot. Tres símbolos, publicado en La Vanguardia Española, página 17, el viernes 13 de diciembre de 1968

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