Carlos Drummond de Andrade

Cantiga de engañar


.
El mundo no vale el mundo,
mi bien.
Yo planté un pie-de-sueño,
brotaron veinte rosales.
Si me corté en todos ellos
y si todos me tiñeron
de un vago chorro de sangre
a antojo de las espinas,
la culpa no fue de nadie.
El mundo,
mi bien,
no vale
la pena, y la faz serena
vale la faz torturada.
Aprendí hace tiempo a reír,
¿de qué? ¿de mí? ¿o de nada?
El mundo, valer no vale.
Tal como sombra en el valle,
la vida baja… y si sube
sonido de este declive,
no es el grito del pastor
convocando a su rebaño;
no es flauta, no es canto
de amoroso desencanto:
no es suspiro de ansiedad,
voz nocturna de corrientes,
no es madre llamando al hijo,
no es siseo de serpientes
olvidadas de morder,
como absortas en la luna.
No es el llanto de un niño
para convertirse en hombre;
tampoco respiración
de soldados y de enfermos,
de chiquillos de internado
o de monjas en clausura.
No son cuerpos sumergidos
en glaciares de entresueño
y que dejan desprenderse,
menos que simple palabra,
menos que hoja en otoño,
la partícula sonora
que la vida, y aun la muerte,
contiene, el mero registro
de energía concentrada.
No es ni esto, ni es nada.
Sonido antes de la música,
sobrante en los desencuentros
y los encuentros fortuitos,
los malencuentros y de los
espejismos condensados
o bien disueltos en otras
absurdas figuraciones.
No tiene el mundo sentido.
El mundo y sus canciones
de timbre más conmovido
están callados, y el habla
que de una a otra sala
oímos en cierto instante
es silencio que hace eco
y que vuelve a ser silencio
en el negror circundante.
Silencio: ¿qué quiere decir?
¿Qué dice la boca del mundo?
Mi bien, el mundo es cerrado,
si es que no está vacío.
El mundo es tal vez: y solo.
Tal vez ni sea tal vez.
El mundo no vale la pena,
pero la pena no existe.
Mi bien, hagamos el cuento
de sufrir y de olvidar,
de recordar y gozar,
de escoger nuestros recuerdos
y revertirlos, acaso
nos recuerden demasiado.
Hagamos, mi bien, el cuento
—pero  el cuento no existe—
de que todo es cual si fuese,
o que, si fuera, no era.
Mi bien, usemos palabras.
hagamos mundos: ideas.
Dejemos el mundo a otros
ya que lo quieren usar.
Mi bien, seamos fuertísimos
—pero la fuerza no existe—
y en la más pura mentira
del mundo que se desmiente
recortemos nuestra imagen,
más ilusoria que todo,
pues ¿habrá mayor falsedad
que imaginar a alguien vivo,
como si un sueño pudiera
darnos el gusto del sueño?
Pero el sueño no existe.
Mi bien, así despejados,
así lúcidos, severos,
o así abandonados,
dejándonos a la deriva
llevar en la palma del tiempo
—pero el tiempo no existe—,
seamos como si fuéramos
en un mundo que fuese: el Mundo.
.


Carlos Drummond de Andrade. Cantiga de enganar
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Cantiga de enganar

O mundo não vale o mundo,
meu bem.
Eu plantei um pé-de-sono,
brotaram vinte roseiras.
Se me cortei nelas todas
e se todas se tingiram
de um vago sangue jorrado
ao capricho dos espinhos,
não foi culpa de ninguém.
O mundo,
meu bem,
não vale
a pena, e a face serena
vale a face torturada.
Há muito aprendi a rir,
de quê? de mim? ou de nada?
O mundo, valer não vale.
Tal como sombra no vale,
a vida baixa… e se sobe
algum som deste declive,
não é grito de pastor
convocando seu rebanho.
Não é flauta, não é canto
de amoroso desencanto.
Não é suspiro de grilo,
voz noturna de nascentes,
não é mãe chamando filho,
não é silvo de serpentes
esquecidas de morder
como abstratas ao luar.
Não é choro de criança
para um homem se formar.
Tampouco a respiração
de soldados e de enfermos,
de meninos internados
ou de freiras em clausura.
Não são grupos submergidos
nas geleiras do entressono
e que deixem desprender-se,
menos que simples palavra,
menos que folha no outono,
a partícula sonora
que a vida contém, e a morte
contém, o mero registro
da energia concentrada.
Não é nem isto, nem nada.
É som que precede a música,
sobrante dos desencontros
e dos encontros fortuitos,
dos malencontros e das
miragens que se condensam
ou que se dissolvem noutras
absurdas figurações.
O mundo não tem sentido.
O mundo e suas canções
de timbre mais comovido
estão calados, e a fala
que de uma para outra sala
ouvimos em certo instante
é silêncio que faz eco
e que volta a ser silêncio
no negrume circundante.
Silêncio: que quer dizer?
Que diz a boca do mundo?
Meu bem, o mundo é fechado,
se não for antes vazio.
O mundo é talvez: e é só.
Talvez nem seja talvez.
O mundo não vale a pena,
mas a pena não existe.
Meu bem, façamos de conta.
De sofrer e de olvidar,
de lembrar e de fruir,
de escolher nossas lembranças
e revertê-las, acaso
se lembrem demais em nós.
Façamos, meu bem, de conta
— mas a conta não existe —
que é tudo como se fosse,
ou que, se fora, não era.
Meu bem, usemos palavras.
Façamos mundos: ideias.
Deixemos o mundo aos outros,
já que o querem gastar.
Meu bem, sejamos fortíssimos
— mas a força não existe —
e na mais pura mentira
do mundo que se desmente,
recortemos nossa imagem,
mais ilusória que tudo,
pois haverá maior falso
que imaginar-se alguém vivo,
como se um sonho pudesse
dar-nos o gosto do sonho?
Mas o sonho não existe.
Meu bem, assim acordados,
assim lúcidos, severos,
ou assim abandonados,
deixando-nos à deriva
levar na palma do tempo
— mas o tempo não existe —,
sejamos como se fôramos
num mundo que fosse: o Mundo.


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