Diego Moraes

La literatura no es competición


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El primer puñetazo acertó en la nariz. El segundo me cerró el ojo izquierdo. El tercero abrió un reguero de sangre en mi boca que resbalaba por la imagen de John Fante dibujada en mi camiseta blanca. Permanecí tirado en el asfalto durante horas. El agua de la lluvia llevándose un trozo de mí por el riachuelo. Alguien apareció en el apogeo del temporal y me cargó en brazos. Lanzó mi cuerpo gordo en una cama y cuidó de mí varias semanas. Pasaron años hasta que vi a mi oponente bebiendo solo en el bar de la esquina de la casa de mi ex-mujer. Tenía el pecho hinchado y pomposo, como un pavo real, exhibiéndose al sol de la tarde de domingo. Abrí mi cuaderno de notas y comencé a leer a pocos metros de distancia. Él se echó a reír de manera burlona. Las miradas de los borrachos de las mesas del local se volvieron hacia mí, estupefactos con la narrativa de mi cuento lleno de caballos, esclavos y prostitutas húngaras desnudas corriendo de felicidad en una hacienda de Eslovaquia. Yo leía, la brisa estallaba las cristaleras de las confiterías y las rosas de la floristería comenzaron a ponerse moradas como el rostro de mi enemigo que se convulsionaba en el suelo convertido en un adolescente epiléptico. Había perdido el conocimiento. Estaba medio muerto cuando cerré el cuaderno y le dije bajito que la literatura no tiene nada a ver con la competición. Que la literatura abraza a quien mejor cultiva la soledad. Los aplausos se hicieron pájaros a mis espaldas. Antes de girarme y ver a mi oponente por última vez, una lluvia de papeles triturados cae del cielo. Subo al tranvía que Lima Barreto cogía para morir todos los días en la secretaría y cierro los ojos hasta volverme un poema amarillento dentro de un libro usado en el último estante de una librería de viejo de Río de Janeiro.

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Diego Moraes. Literatura não é competição
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Literatura não é competição

O primeiro soco acertou o nariz. O segundo fechou meu olho esquerdo. O terceiro abriu um riacho de sangue na minha boca que escorria pela imagem de John Fante desenhada na minha camiseta branca. Fiquei jogado por horas no asfalto. A água da chuva levando um pedaço de mim pelo córrego. Alguém apareceu no auge do temporal e me botou nos braços. Jogou meu corpo gordo numa cama e cuidou de mim por semanas. Passaram-se anos até que vi meu opositor bebendo sozinho num bar da esquina da casa da minha ex-mulher. Ele estava de peito inflado e pomposo feito um pavão exibindo-se para o sol da tarde de domingo. Abri meu caderno de anotações e comecei a ler a poucos metros de distância. Ele começou a rir de maneira debochada. Os olhares dos bêbados das mesas do recinto se voltaram para mim, estupefatos da narrativa do meu conto cheio de cavalos, escravos e prostitutas húngaras nuas correndo de felicidade numa fazenda da Eslováquia. Eu lia, a brisa estalava as vidraças das confeitarias e as rosas da floricultura começaram a ficar roxas como o rosto do meu inimigo que convulsionava no chão feito um adolescente epilético. Ele tinha perdido a noção. Estava semi-morto quando fechei o caderno e disse baixinho que a literatura não tinha nada a ver com competição. Que a literatura abraça quem cultiva melhor a solidão. Aplausos viraram pássaros nas minhas costas. Antes de virar e ver meu opositor pela última vez, uma chuva de papéis picotados caem do céu. Subo no bonde que Lima Barreto pegava para morrer todos os dias na repartição e fecho os olhos até virar um poema amarelado dentro de um livro velho na última prateleira de um sebo do Rio de janeiro.