Guillaume Apollinaire

El músico de Saint-Merry


.
Tengo por fin derecho a saludar a seres que no conozco.
Pasan ante mí y se amontonan a lo lejos
mientras todo lo que en ellos veo me es desconocido
y su esperanza no es menos fuerte que la mía.

No canto a este mundo ni a los demás astros;
canto a todas las posibilidades de mí mismo fuera de este mundo y de los  astros,
canto a la alegría de errar y al placer de morir.

El 21 de mayo de 1913,
barquero de los muertos y las marías mordonantes,
millones de moscas aventaban un esplendor,
cuando un hombre sin ojos, sin nariz y sin orejas
dejando el Sebastopol entró en la calle Aubry-le-Boucheur.
Joven, el hombre era moreno, y ese color de fresa en las mejillas.
Hombre. ¡Ah, Ariene!
Tocaba la flauta y la música dirigía sus pasos.
Se detuvo en la esquina de la calle Saint-Martin
tocando la tonada que yo canto y que yo inventé.

Las mujeres al pasar se detenían junto a él,
venían de todas partes,
cuando de súbito las campanas de Saint-Merry rompieron a sonar.
El músico dejó de tocar y bebió de la fuente
que se encuentra en la esquina de la calle Simon-Le-Franc.
Luego Saint-Merry calló.
El desconocido reanudó su tonada en la flauta
y volviendo sobre sus pasos fue hasta la calle de la Verrerie
en la que entró seguido por la multitud de mujeres
que salían de las casas,
que venían por las calles adyacentes, idos los ojos,
las manos tendidas hacia el melodioso raptor.
Él se iba indiferente, tocando su tonada;
se iba terriblemente.

Luego, en otro sitio,
¿a qué hora sale el tren de París?

En ese momento
las palomas de las Molucas excretaban nueces moscadas.
Al mismo tiempo,
misión católica de Bôma, ¿qué has hecho con el escultor?

En otro lugar
ella cruza el puente que enlaza Bonn con Beuel y desaparece por Pützchen.

En el mismo instante
una muchacha enamorada del alcalde.

En otro barrio…
Rivaliza pues, poeta, con las etiquetas de los perfumistas.

En resumen, oh reidores, no habéis sacado gran cosa de los hombres
y apenas habéis obtenido un poco de manteca de su miseria.
Pero nosotros, que morimos de vivir lejos uno del otro,
extendemos nuestros brazos y sobre estos raíles rueda un largo tren de mercancías.

Tú llorabas sentada junto mí en el fondo de un taxi.

Y ahora
te pareces a mí, te pareces a mí desgraciadamente.

Nosotros nos parecemos, como en la arquitectura del siglo pasado
esas altas chimeneas semejantes a torres.
Ahora vamos más arriba y ya no tocamos el suelo.

Y mientras, el mundo vivía y variaba.

La comitiva de mujeres, larga como un día sin pan,
seguía por la calle de la Verrerie al músico feliz.

¡Comitivas, oh, comitivas!
Como cuando antaño el rey marchaba a Vincennes,
cuando los embajadores llegaban a París,
cuando el flaco Suger se apresuraba hacia el Sena,
cuando el motín se apagaba en torno a Saint-Merry.

¡Comitivas, oh, comitivas!
Las mujeres desbordaban, tan grande era su número,
por todas las calles colindantes
y se apresuraban, tensas como balas,
para poder seguir al músico.
¡Ah, Ariane! y tú Pâquette y tú Amina
y tú Mia y tú Simone y tú Mavise
y tú Colette y tú la bella Geneviève.
Pasaron temblorosas y ausentes
y sus pasos ligeros y prestos se movían según la cadencia
de la música pastoril que guiaba
sus ávidos oídos.

El desconocido se detuvo un momento ante una casa en venta.
Casa abandonada,
con los cristales rotos;
es una vivienda del siglo dieciséis,
el patio sirve de cochera para vehículos de reparto.
Allí entró el músico.
Su música, alejándose, se volvió lánguida.
Las mujeres lo siguieron a la casa abandonada
y allí entraron todas confundidas en rebaño.
Todas, todas entraron sin mirar atrás,
sin añorar lo que dejaban,
lo que abandonaban;
sin añorar el día, la vida y la memoria.
Pronto no quedó ya nadie en la calle de la Verrerie
salvo yo mismo y un sacerdote de Saint-Merry.
Entramos en la vieja casa
pero allí no encontramos a nadie.

Cae la tarde,
en Saint-Merry es el Ángelus lo que suena.
¡Comitivas, oh, comitivas!
Como cuando antaño el rey regresaba de Vincennes.
Llegó un grupo de sombrereros,
llegaron los vendedores de plátanos,
llegaron soldados de la Guardia Republicana.
¡Oh, noche!
Bandada de lánguidas miradas de mujeres.
¡Oh, noche!
Tú, mi dolor y mi vana espera.
Oigo morir el eco de una flauta lejana.
.


Guillaume Apollinaire. Le musicien de Saint-Merry
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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