Herberto Helder

El prestigio de la poesía


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El prestigio de la poesía es menos el que no acabe nunca que el que realmente empiece. Es un inicio perenne, nunca una llegada, sea a lo que fuere. Y nos quedamos tendidos en las camas, afrontando la perturbada imagen de nuestra imagen, así, mirados por las cosas que miramos. Aprendemos entonces ciertas astucias, por ejemplo: es preciso atrapar la ocasional distracción de las cosas, y desaparecer; huir hacia otra parte, donde ellas ni sospechen de nuestra conciencia; y atraparlas cuando cierran los párpados, un instante, rápidas, y rápidamente ponerlas bajo nuestro dominio, atrapar las cosas durante su distracción fortuita, un interregno, un instante oblicuo, y enriquecer e intoxicar la vida con esas misteriosas cosas robadas. También robamos la cara llameante a los espejos, robamos a la noche y al día sus inextricables imágenes, robamos la vida propia a la vida común, y somos conducidos por ese robo a un equívoco: la condenación o condañación de inquilinos de la irrealidad absoluta. Lo que excede la insolvencia biográfica: con los nombres, las cosas, los sitios, las horas, la pequeña medida de cómo se respira, la muerte que no se refuta con ningún verbo, ningún argumento, ningún latrocinio.
Vivimos demoníacamente toda nuestra inocencia.

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Herberto Helder. O Prestígio da Poesía (de Servidões)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O Prestígio da Poesía

O prestígio da poesia é menos ela não acabar nunca do que propriamente começar. É um início perene, nunca uma chegada seja ao que for. E ficamos estendidos nas camas, enfrentando a perturbada imagem da nossa imagem, assim, olhados pelas coisas que olhamos. Aprendemos então certas astúcias, por exemplo: é preciso apanhar a ocasional distracção das coisas, e desaparecer; fugir para o outro lado, onde elas nem suspeitam da nossa consciência; e apanhá-las quando fecham as pálpebras, um momento, rápidas, e rapidamente pô-las sob o nosso senhorio, apanhar as coisas durante a sua fortuita distracção, um interregno, um instante oblíquo, e enriquecer e intoxicar a vida com essas misteriosas coisas roubadas. Também roubámos a cara chamejante aos espelhos, roubámos à noite e ao dia as suas inextricáveis imagens, roubámos a vida própria à vida geral, e fomos conduzidos por esse roubo a um equívoco: a condenação ou condanação de inquilinos da irrealidade absoluta. O que excede a insolvência biográfica: com os nomes, as coisas, os sítios, as horas, a medida pequena de como se respira, a morte que se não refuta com nenhum verbo, nenhum argumento, nenhum latrocínio.
Vivemos demoniacamente toda a nossa inocência.


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