Carlos Drummond de Andrade

La máquina del mundo


.
Y como yo anduviera vagamente
un sendero de Minas, pedregoso,
y una campana ronca al caer la tarde

al ruido se mezclara de mis pasos,
que era calmo y seco; y aves pendieran
del cielo de plomo, y sus negras formas

lentamente se fueran diluyendo
en más oscuridad, la de los montes
y de mi propio ser desengañado,

la máquina del mundo se entreabrió
para quien de romperla se rehuía
y ya haberlo pensado lamentaba.

Se abrió majestuosa y circunspecta,
sin un sonido hacer que fuese impuro
ni un destello mayor que el tolerable

por las pupilas mustias del examen
continuo y doloroso del desierto,
y por la mente exhausta de evocar

toda una realidad que aun trasciende
la propia imagen suya dibujada
en la faz del misterio, en los abismos.

Se abrió en calma pura, e invitando
a cuanto sentido e intuición quedasen
a quien de usarlos ya los ha perdido

y nunca deseara recobrarlos,
si en vano repetimos para siempre
sin rumbo un similar triste periplo,

a todos invitando, y en cohorte,
a allí aplicarse sobre el pasto inédito
de la esencia mítica de las cosas,

así me dijo, empero voz alguna
o soplo o eco o simple percusión
probase que alguien, sobre la montaña,

a otro alguien, nocturno y miserable,
en diálogo se estaba dirigiendo:
«Lo que has buscado en ti o fuera de

tu ser restricto y nunca se ha mostrado,
incluso afectando darse o rendirse,
y más en cada instante retrayéndose,

mira, repara, ausculta: esa riqueza
que excede a toda perla, esa ciencia
sublime y formidable, aunque hermética,

esa entera explicación de la vida,
ese nexo primero y singular,
que ni concibes ya, pues tan esquivo

se revela ante la búsqueda ardiente
en que te has consumido… nota, observa,
abre tu pecho para recibirlo».

Los más soberbios puentes y edificios,
o lo que en los talleres se elabora,
lo que pensado fue y pronto alcanza

distancia superior al pensamiento,
domados los recursos de la tierra,
las pasiones, impulsos y tormentos,

todo cuanto define al ser terrestre
o se prolonga hasta en los animales
y llega a las plantas para embeberse

del sueño rencoroso mineral,
rodea el mundo y vuelve a sumergirse
al raro orden geométrico de todo,

y el absurdo original, sus enigmas
y sus verdades más altas que tantos
monumentos a la verdad erguidos;

y el rastro de los dioses, y el solemne
sentimiento de muerte, que florece
del tallo del existir más glorioso,

todo se presentó en ese atisbo
y me llamó hacia su reino augusto,
al fin sometido a la vista humana.

Mas, como resistiera responder
yo a la llamada tan maravillosa,
pues la fe se ablandaba, e incluso el ansia,

la esperanza más mínima —ese anhelo
de que se aclare la densa tiniebla
que entre los rayos del sol aún se filtra—;

como difuntas creencias convocadas
presto y vibrante no se persuadieran
a de nuevo teñir la neutra cara

que voy por los caminos enseñando,
y como si otro ser, que no aquel
habitante de mí hace tantos años,

pasase a gobernar mi voluntad
que, ya de sí voluble, se plegaba
semejante a esas flores reticentes

en sí mismas abiertas y cerradas;
como si un don tardío ya no fuera
apetecible, más bien desdeñable,

bajé los ojos, incurioso, laso,
rehusando coger la cosa ofrecida
que gratuita se abría a mi intelecto.

Tiniebla inexorable ya bajaba
al sendero de Minas, pedregoso…
la máquina del mundo, repelida,

fue minuciosamente restaurándose,
mientras que yo, evaluando lo perdido,
seguí vagando, flácidas las manos.
.


Carlos Drummond de Andrade. A Máquina do Mundo
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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