Michael Meyerhofer

El problema con los martillos


.
El problema de tener martillos es
que hay que ponerlos en algún lugar,
en clavijas o en un cajón, o haciéndoles
sitio en la caja de herramientas,
mucho después de construida la casa
y que el circo se plegara como un envoltorio
en la trasera de extraños camiones,
toda la noche de Maine a Hollywood.
Yo querría tener tres nombres como
un niño actor o un asesino en serie.
Mi padre guardaba los martillos
en una caja y un día que vino
por aquí cuando yo estaba fuera,
clavó un listón robado de una obra
bajo los cojines de mi sofá.
Yo guardo mis martillos en el armario,
pero él logró encontrarlos. Creo que
a mí me gustaría ser martillo
y golpear todo el día las cabezas
de los incautos y delgados clavos,
aunque no soy demasiado violento
ni estoy sin medicación, si eso importa.
Cierto que nunca se me dieron bien
las mates, desde aquel tercer premio
en quinto curso, y sé que no se debe
comenzar un discurso diciendo,
ni tampoco escribirlo en un poema,
lo nervioso que uno está, pero creo
que hay más clavos y hay más martillos
que personas, y estoy harto de esos
continuos recordatorios de que nada
construido después de las pirámides
puede seguir en pie mucho tiempo,
no solo las relaciones, sino otras cosas
como las estanterías, los gobiernos
o el nuevo acuerdo sobre la circuncisión.
Dicen que la primera herramienta
del ser humano fue el martillo, lo que tiene
sentido ya que no puedo imaginarme
a los monos usando el goniómetro,
ni el sextante bajo las húmedas estrellas.
Pero cada vez que golpeo puedo
sentir mi cabeza aflojándose en su eje
de hueso pulido, y sé bien que cuando
salte, nunca más volverá a encajar.
.


Michael Meyerhofer. The Trouble With Hammers
troublewithhammers.com
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

The Trouble With Hammers

The trouble with owning hammers
is that you have to store them somewhere,
on pegs or at least in a drawer
or inside an emptied out tackle box,
long after the house is built
and the circus folded like an envelope
on the backs of unfamiliar trucks,
all night from Maine to Hollywood.
I want to go by three names
like child actors and serial killers.
My father kept hammers in a drawer
and once, when he stopped by
but I was out, he nailed a two-by-four
he stole from a construction site
under the sagging cushions of my couch.
I keep my hammers in the closet
but he found them anyway. I would
like to be a hammer, I think,
and swing all day down on the heads
of thin, unsuspecting nails
even though I am not particularly
violent or unmedicated, if that matters.
It’s true, I was never any good
at math ever since that one bronze
star in fifth grade, and I know
you’re not supposed to begin a speech
or say in a poem how nervous
you are, but I think there are more nails
than people, and more hammers
than people, and I am weary of these
constant reminders that nothing
built after the pyramids
seems able to hold together for long—
not just relationships, but other things
like bookshelves, governments,
the new consensus on circumcision.
They say Man’s first tool was a hammer,
which makes sense since I can’t
imagine apes working a protractor,
much like a sextant under the wet stars.
But each time I swing, I can feel
my own head loosen from its shaft
of lacquered bone, and I know
once it flies, it will never be tight again.


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