Wallace Stevens

Las auroras de otoño


I

Es aquí donde la serpiente habita, la incorpórea.
Su cabeza es aire. Bajo su punta en la noche
se abren los ojos observándonos en cada cielo.

¿O es otra culebreando al salir del huevo,
otra imagen al final de la cueva,
otra incorpórea mudando de piel su cuerpo?

Es aquí donde la serpiente habita. Es este su nido,
estos campos, estas colinas, estas matizadas distancias,
y los pinos encima y a lo largo y junto al mar.

Es esta la forma engullendo tras la informidad,
piel fulgurante anhelando desapariciones
y el cuerpo de la serpiente fulgurando sin piel.

Es esta la emergente altura y su base
estas luces que pueden al fin alcanzar un polo
en mitad de la medianoche y hallar a la serpiente allí,

en otro nido, la dueña de la confusión
de cuerpo y aire y formas e imágenes,
inexorable en posesión de la felicidad.

Es este su veneno: que deberíamos dudar
también de esto. Sus meditaciones en los helechos,
cuando se movía tan levemente para asegurarse el sol,

nos dejaron no menos seguros. Vimos en su cabeza,
perla negra sobre la roca, el moteado animal,
la móvil hierba, el indio en su claro del bosque.

II

Adiós a una idea… Una caseta sigue en pie,
abandonada, en la playa. Es blanca,
como por una costumbre o de acuerdo a

un motivo ancestral o como consecuencia
de un proceso infinito. Las flores contra la pared
son blancas, un poco secas, una especie de marca

que recuerda, que intenta recordar, un blanco
que era diferente, otra cosa, el año pasado
o antes, no el blanco de una tarde envejecida,

ya fuera más fresco o más apagado, de nube
o de cielo invernal, de uno a otro horizonte.
El viento remueve la arena en el suelo.

Aquí ser visible es ser blanco,
es ser de la solidez del blanco, la culminación
de un exaltado en un ejercicio…

La estación cambia. Un viento frío hiela la playa.
Sus largas líneas se hacen más largas, más vacías,
la oscuridad se concentra aunque no desciende

y la blancura se vuelve menos vívida en la pared.
El caminante se queda desconcertado sobre la arena.
Observando cómo el norte extiende siempre el cambio,

con sus gélidos brillos, sus rojo-azules lavados
y ráfagas de grandes deflagraciones, su verde polar,
un color de hielo y fuego y soledad.

III

Adiós a una idea… El rostro de la madre,
el propósito del poema, llena la habitación.
Están todos juntos, aquí, y hace calor,

sin nada de la presciencia de los sueños que se acercan.
Anochece. La casa anochece, medio disuelta.
Solo la mitad que ellos nunca poseerán permanece,

aún-estrellada. Es la madre que poseen,
quien da transparencia a su paz actual.
Ella hace más amable cuanto puede ser amable.

Y sin embargo también ella se disuelve, se destruye.
Ella da transparencia. Pero ha envejecido.
El collar es una talla y no un beso.

Las suaves manos son un movimiento, no un roce.
La casa se desmoronará y los libros arderán.
Están a salvo en un refugio de la mente

y la casa es de la mente y ellos y el tiempo,
juntos, todos juntos. La noche boreal
semejará escarcha al acercárseles

y a la madre mientras va adormeciéndose
y le van dando las buenas-noches, buenas-noches. Arriba
las ventanas se iluminarán, mas no las habitaciones.

Un viento esparcirá su ventada magnificencia en derredor
golpeando como un culatazo contra la puerta.
El viento dominará sobre ellos con invencible sonido.

IV

Adiós a una idea… Las anulaciones,
las negaciones no son definitivas. El padre se sienta
en el espacio, donde quiera sentarse, con desolada mirada,

como alguien que es fuerte en el matorral de sus ojos.
Dice no al no y sí al sí. Dice sí
al no; y al decir sí, dice adiós.

Mide las velocidades del cambio.
Salta de cielo en cielo con mayor rapidez
que los ángeles malos saltan del cielo al llameante infierno.

Pero ahora se sienta en el tranquilo y qué-verde-día.
Asume las grandes celeridades del espacio y las agita
de nuboso a despejado, de despejado a punzante claridad

en vuelos de ojo y de oído, el más alto ojo
y el más bajo oído, el oído profundo que discierne,
al anochecer, cosas a las que atiende hasta que escucha

los sobrenaturales preludios de sí mismo,
en el momento en que el ojo angelical define
a sus actores acercándose, en compañía, con sus máscaras.

Señor, oh señor, sentado junto al fuego
y aun así en el espacio e inmóvil y aun así
del movimiento el siempre-esplendente origen,

profundo, y aun así el rey y aun la corona,
mira este presente trono. ¿Qué compañía,
con máscaras, puede ser coro del viento desnudo?

V

La madre invita a la humanidad a su casa
y a la mesa. El padre trae narradores de cuentos
y músicos que callan tanto, cavilan tanto, de los cuentos.

El padre trae negras para que bailen,
entre los niños, como curiosa maduración
de la pauta en la madurez del baile.

Para ellas los músicos tocan insidiosos tonos,
arañando el soniquete a sus instrumentos.
Los niños ríen y tintinean con ritmo metálico.

El padre trae desfiles aéreos,
decorados de teatro, panoramas y bloques de madera
y telones como una ingenua pretensión de sueño.

Entre ellos los músicos atacan al poema instintivo.
El padre trae sus disgregados rebaños,
de lengua bárbara, babeantes y jadeando medias

respiraciones, obedientes a su toque de trompeta.
Entonces esto es Châtillon o donde tú quieras.
Nos hallamos en el tumulto de un festival.

¿Qué festival? ¿Este ruidoso y anárquico deambular?
¿Estos anfitriones? ¿Estos embrutecidos invitados?
Estos músicos redoblando en una tragedia,

rataplán, rataplán, que se compone de lo siguiente:
¿Es que no hay frases que decir? No hay obra.
O bien, las personas actúan con solo estar aquí.

VI

Es un teatro flotando entre las nubes,
él mismo nube, aunque de roca empañada
y montañas corriendo como agua, ola a ola,

por entre olas de luz. Es de nube transformada
en nube transformada de nuevo, indolente, el modo
en que una estación cambia de color para no tener fin,

salvo la prodigalidad de sí misma en el cambio,
como la luz cambia el amarillo en oro y el oro
en sus elementos de ópalo y delicia de fuego,

salpicada ampliamente porque ama la magnificencia
y los solemnes placeres del magnificente espacio.
La nube vaga indolente por entre semi-ideadas formas.

El teatro se llena de pájaros que vuelan,
salvajes cuñas, como humo de volcán, ojipalmeados
y evanescentes, una telaraña en un pasillo

o un enorme pórtico. Un palacio,
tal vez, está emergiendo o simplemente acaba
de desplomarse. El desenlace ha de ser pospuesto…

Esto no es nada hasta que un solo hombre lo abarque,
nada hasta que este nombrado objeto sin nombre sea
y sea destruido. Abre la puerta de su casa

en llamas. El estudioso del candil ve
una ártica refulgencia flameando en la figura
de cuanto él es. Y se siente asustado.

VII

¿Existe una imaginación sentada en un trono
tan severo como benevolente, lo justo
y lo injusto, que en mitad del verano se detenga

a imaginar el invierno? ¿Que, cuando las hojas han muerto,
ocupe su lugar en el norte y se envuelva a sí misma,
cabra-saltarina, cristalada y luminosa, sentándose

en la más alta noche? ¿Y a la que estos cielos adornen
y proclamen, la blanca hacedora del negro, impulsada
por extinciones, incluso de planetas quizá,

incluso de tierra, incluso de perspectiva, en la nieve,
salvo si es necesario en una suerte de majestad,
en el cielo, como corona y cábala de diamante?

Salta a través de nosotros y de todos nuestros cielos salta,
extinguiendo nuestros planetas, uno a uno,
dejando, de donde estábamos y mirábamos, de donde

sabíamos uno del otro y de cada pensamiento del otro,
un trémulo residuo, helado e inevitable,
salvo por la corona y la cábala mística.

Pero no osa saltar a la ventura en su propia oscuridad.
Debe transformarse de destino en banal capricho.
Y de este modo su impulsada tragedia, su estela

y apariencia y el lastimero hacer intentan hallar
lo que debe deshacer y, al fin, lo que puede,
esto es, un insustancial mensaje bajo la luna.

VIII

Quizá haya siempre un tiempo de inocencia.
Nunca es un lugar. O si no es un tiempo,
si no es un asunto de tiempo, ni de lugar,

existente en la idea de ello, por sí sola,
en el sentido contra la calamidad, no es
menos real. Para el más anciano y escéptico filósofo

hay o puede haber un tiempo de inocencia
como principio puro. Su naturaleza es su fin,
el cual debiera ser, y empero no ser, algo

que hostigue la piedad del hombre piadoso,
igual que un libro al atardecer, bello aunque falaz,
igual que un libro en el amanecer, bello y veraz.

Es como algo de un éter que existe
casi como predicado. Pero que existe,
que existe, que es visible, que es, que es.

Así, por tanto, estas luces no son un hechizo de luz,
un proverbio surgido de una nube, sino inocencia.
Una inocencia de la tierra y no un falso signo

o símbolo de malicia. De ella participamos,
acostados como niños en esta beatitud,
cual si, despiertos, yaciéramos en la quietud del sueño,

cual si la inocente madre cantara en la oscuridad
de la habitación y en un acordeón, semi-escuchado,
creara el tiempo y el lugar en el que respiramos…

IX

Y de lo que uno del otro pensábamos; en el idioma
de la obra, en el idioma de una tierra inocente,
no del enigma del sueño culpable.

Éramos como daneses en Dinamarca todo el día
y nos conocíamos bien, recios hombres de tierra firme,
para quienes un forastero era otro día de la semana,

más raro que un domingo. Pensábamos igual
y eso nos hacía hermanos en un hogar,
alimentados de ser hermanos, alimentados

y cebados como en una decorosa colmena.
Este drama que vivimos: Caemos pegajosos de sueño;
este sentido de la actividad del hado.

La cita, cuando ella vino sola,
por su venida se convirtió en libertad de los dos,
un aislamiento que solo ambos podrían compartir.

¿Nos encontrarán colgando de los árboles esta primavera?
¿De qué desastre es esta inminencia: ramas
desnudas, árboles desnudos y un viento afilado como sal?

Las estrellas van situándose en sus radiantes cinturones.
De sus hombros desprenden mantos que destellan
como el último embellecimiento de una gran sombra.

Puede venir mañana en la palabra más sencilla,
casi como parte de la inocencia, casi,
casi como la más tierna y la más verdadera parte.

X

Una gente infeliz en un mundo feliz:
Lee, rabino, las fases de esta diferencia.
Una gente infeliz en un mundo infeliz.

Aquí hay demasiados espejos de la desdicha.
Una gente feliz en un mundo infeliz:
No puede ser. No hay nada allí para deslizar

en la lengua expresiva, hallado el colmillo.
Una gente feliz en un mundo feliz:
¡Genial! Un baile, una ópera, un bar.

Vuelve a donde estábamos al comienzo:
Una gente infeliz en un mundo feliz.
Ahora solemniza las sílabas ocultas.

Lee a la congregación, para hoy
y para mañana, este extremo,
esta artera idea del espectro de las esferas,

ideando el equilibrio para idear un todo,
el vital y nunca-errado genio,
concluyendo sus meditaciones, grandes y pequeñas.

Para estos infelices él medita un todo,
la plena fortuna y la plena fatalidad,
como viviendo todas las vidas, las que pueda conocer,

en el zaguán de una bruja, no un silencioso paraíso,
o una disputa entre viento y clima, bajo estas luces
cual llamarada de paja en verano, al filo del invierno.
.


Wallace Stevens. The Auroras of Autumn
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

The Auroras of Autumn

I
This is where the serpent lives, the bodiless.
His head is air. Beneath his tip at night
Eyes open and fix on us in every sky.
Or is this another wriggling out of the egg,
Another image at the end of the cave,
Another bodiless for the body’s slough?
This is where the serpent lives. This is his nest,
These fields, these hills, these tinted distances,
And the pines above and along and beside the sea.
This is form gulping after formlessness,
Skin flashing to wished-for disappearances
And the serpent body flashing without the skin.
This is the height emerging and its base
These lights may finally attain a pole
In the midmost midnight and find the serpent there,
In another nest, the master of the maze
Of body and air and forms and images,
Relentlessly in possession of happiness.
This is his poison: that we should disbelieve
Even that. His meditations in the ferns,
When he moved so slightly to make sure of sun,
Made us no less as sure. We saw in his head,
Black beaded on the rock, the flecked animal,
The moving grass, the Indian in his glade.

II
Farewell to an idea . . . A cabin stands,
Deserted, on a beach. It is white,
As by a custom or according to
An ancestral theme or as a consequence
Of an infinite course. The flowers against the wall
Are white, a little dried, a kind of mark
Reminding, trying to remind, of a white
That was different, something else, last year
Or before, not the white of an aging afternoon,
Whether fresher or duller, whether of winter cloud
Or of winter sky, from horizon to horizon.
The wind is blowing the sand across the floor.
Here, being visible is being white,
Is being of the solid of white, the accomplishment
Of an extremist in an exercise . . .
The season changes. A cold wind chills the beach.
The long lines of it grow longer, emptier,
A darkness gathers though it does not fall
And the whiteness grows less vivid on the wall.
The man who is walking turns blankly on the sand.
He observes how the north is always enlarging the change,
With its frigid brilliances, its blue-red sweeps
And gusts of great enkindlings, its polar green,
The color of ice and fire and solitude.

III
Farewell to an idea . . . The mother’s face,
The purpose of the poem, fills the room.
They are together, here, and it is warm,
With none of the prescience of oncoming dreams.
It is evening. The house is evening, half dissolved.
Only the half they can never possess remains,
Still-starred. It is the mother they possess,
Who gives transparence to their present peace.
She makes that gentler that can gentle be.
And yet she too is dissolved, she is destroyed.
She gives transparence. But she has grown old.
The necklace is a carving not a kiss.
The soft hands are a motion not a touch.
The house will crumble and the books will burn.
They are at ease in a shelter of the mind
And the house is of the mind and they and time,
Together, all together. Boreal night
Will look like frost as it approaches them
And to the mother as she falls asleep
And as they say good-night, good-night. Upstairs
The windows will be lighted, not the rooms.
A wind will spread its windy grandeurs round
And knock like a rifle-butt against the door.
The wind will command them with invincible sound.

IV
Farewell to an idea . . . The cancellings,
The negations are never final. The father sits
In space, wherever he sits, of bleak regard,
As one that is strong in the bushes of his eyes.
He says no to no and yes to yes. He says yes
To no; and in saying yes he says farewell.
He measures the velocities of change.
He leaps from heaven to heaven more rapidly
Than bad angels leap from heaven to hell in flames.
But now he sits in quiet and green-a-day.
He assumes the great speeds of space and flutters them
From cloud to cloudless, cloudless to keen clear
In flights of eye and ear, the highest eye
And the lowest ear, the deep ear that discerns,
At evening, things that attend it until it hears
The supernatural preludes of its own,
At the moment when the angelic eye defines
Its actors approaching, in company, in their masks.
Master O master seated by the fire
And yet in space and motionless and yet
Of motion the ever-brightening origin,
Profound, and yet the king and yet the crown,
Look at this present throne. What company,
In masks, can choir it with the naked wind?

V
The mother invites humanity to her house
And table. The father fetches tellers of tales
And musicians who mute much, muse much, on the tales.
The father fetches negresses to dance,
Among the children, like curious ripenesses
Of pattern in the dance’s ripening.
For these the musicians make insidious tones,
Clawing the sing-song of their instruments.
The children laugh and jangle a tinny time.
The father fetches pageants out of air,
Scenes of the theatre, vistas and blocks of woods
And curtains like a naive pretence of sleep.
Among these the musicians strike the instinctive poem.
The father fetches his unherded herds,
Of barbarous tongue, slavered and panting halves
Of breath, obedient to his trumpet’s touch.
This then is Chatillon or as you please.
We stand in the tumult of a festival.
What festival? This loud, disordered mooch?
These hospitaliers? These brute-like guests?
These musicians dubbing at a tragedy,
A-dub, a-dub, which is made up of this:
That there are no lines to speak? There is no play.
Or, the persons act one merely by being here.

VI
It is a theatre floating through the clouds,
Itself a cloud, although of misted rock
And mountains running like water, wave on wave,
Through waves of light. It is of cloud transformed
To cloud transformed again, idly, the way
A season changes color to no end,
Except the lavishing of itself in change,
As light changes yellow into gold and gold
To its opal elements and fire’s delight,
Splashed wide-wise because it likes magnificence
And the solemn pleasures of magnificent space
The cloud drifts idly through half-thought-of forms.
The theatre is filled with flying birds,
Wild wedges, as of a volcano’s smoke, palm-eyed
And vanishing, a web in a corridor
Or massive portico. A capitol,
It may be, is emerging or has just
Collapsed. The denouement has to be postponed . . .
This is nothing until in a single man contained,
Nothing until this named thing nameless is
And is destroyed. He opens the door of his house
On flames. The scholar of one candle sees
An Arctic effulgence flaring on the frame
Of everything he is. And he feels afraid.

VII
Is there an imagination that sits enthroned
As grim as it is benevolent, the just
And the unjust, which in the midst of summer stops
To imagine winter? When the leaves are dead,
Does it take its place in the north and enfold itself,
Goat-leaper, crystalled and luminous, sitting
In highest night? And do these heavens adorn
And proclaim it, the white creator of black, jetted
By extinguishings, even of planets as may be,
Even of earth, even of sight, in snow,
Except as needed by way of majesty,
In the sky, as crown and diamond cabala?
It leaps through us, through all our heavens leaps,
Extinguishing our planets, one by one,
Leaving, of where we were and looked, of where
We knew each other and of each other thought,
A shivering residue, chilled and foregone,
Except for that crown and mystical cabala.
But it dare not leap by chance in its own dark.
It must change from destiny to slight caprice.
And thus its jetted tragedy, its stele
And shape and mournful making move to find
What must unmake it and, at last, what can,
Say, a flippant communication under the moon.

VIII
There may be always a time of innocence.
There is never a place. Or if there is no time,
If it is not a thing of time, nor of place,
Existing in the idea of it, alone,
In the sense against calamity, it is not
Less real. For the oldest and coldest philosopher,
There is or may be a time of innocence
As pure principle. Its nature is its end,
That it should be, and yet not be, a thing
That pinches the pity of the pitiful man,
Like a book at evening beautiful but untrue,
Like a book on rising beautiful and true.
It is like a thing of ether that exists
Almost as predicate. But it exists,
It exists, it is visible, it is, it is.
So, then, these lights are not a spell of light,
A saying out of a cloud, but innocence.
An innocence of the earth and no false sign
Or symbol of malice. That we partake thereof,
Lie down like children in this holiness,
As if, awake, we lay in the quiet of sleep,
As if the innocent mother sang in the dark
Of the room and on an accordion, half-heard,
Created the time and place in which we breathed . . .

IX
And of each other thought—in the idiom
Of the work, in the idiom of an innocent earth,
Not of the enigma of the guilty dream.
We were as Danes in Denmark all day long
And knew each other well, hale-hearted landsmen,
For whom the outlandish was another day
Of the week, queerer than Sunday. We thought alike
And that made brothers of us in a home
In which we fed on being brothers, fed
And fattened as on a decorous honeycomb.
This drama that we live—We lay sticky with sleep.
This sense of the activity of fate—
The rendezvous, when she came alone,
By her coming became a freedom of the two,
An isolation which only the two could share.
Shall we be found hanging in the trees next spring?
Of what disaster in this the imminence:
Bare limbs, bare trees and a wind as sharp as salt?
The stars are putting on their glittering belts.
They throw around their shoulders cloaks that flash
Like a great shadow’s last embellishment.
It may come tomorrow in the simplest word,
Almost as part of innocence, almost,
Almost as the tenderest and the truest part.

X
An unhappy people in a happy world—
Read, rabbi, the phases of this difference.
An unhappy people in an unhappy world—
Here are too many mirrors for misery.
A happy people in an unhappy world—
It cannot be. There’s nothing there to roll
On the expressive tongue, the finding fang.
A happy people in a happy world—
Buffo! A ball, an opera, a bar.
Turn back to where we were when we began:
An unhappy people in a happy world.
Now, solemnize the secretive syllables.
Read to the congregation, for today
And for tomorrow, this extremity,
This contrivance of the spectre of the spheres,
Contriving balance to contrive a whole,
The vital, the never-failing genius,
Fulfilling his meditations, great and small.
In these unhappy he meditates a whole,
The full of fortune and the full of fate,
As if he lived all lives, that he might know,
In hall harridan, not hushful paradise,
To a haggling of wind and weather, by these lights
Like a blaze of summer straw, in winter’s nick.


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