B. T. Joy

Las 17 fraternidades universitarias que harán que quieras enamorarte


.
El agua de mar se conoce por su sabor
y los períodos blancos de la luna son un eco de la tierra.
Las paredes de bosques se extienden por millas, practicando
delicados nexos en arabescos de flores,
en tapices de amorosas y desordenadas flores,
en rojo-abeja e inquietas flores.

No diré que te quería
pero me encantaban tus piernas. Como la pelota causaba
parpadeos en el sol de Euclides. Como una cosa en el esternón
torneada y ocreante igual que algo sagrado,
igual que la basílica en Florencia.

Eso es lo que el cuerpo-amor hacía por nosotros.
Tu ombligo era el centro de las cosas.
Los hilos de tu pelo eran todos los caminos a Roma.
No diré que te quería, pero tus labios
eran feroces con sal.

Una piedra y la estructura se cae,
pero las ciudades en ruinas son las más dulces.
Piensa en Delos con su falo roto.
Piensa en los muros polvo-agrietados de Petra.
Piensa en el horizonte del Bajo Manhattan.

Piensa en Breton
disparando indiscriminadamente
a la educada multitud parisina,
o en Neruda, salvaje-oso en la escarcha invernal
acortando distancias con su cuchillo verde.

Piensa de nuevo.
Euclides. Sol blanco. Bizqueante astrolabio.
Galileo moliendo cristal de Murano en una bala de cañón.
Monet pintando la costa de Normandía una y otra vez.
Luna-amor. Mar-amor. Cuerpo-amor.

Alfa Tau Omega. Me decías
que no había desnudez en la fraternidad universitaria.
Te has convencido de que te equivocabas.
Cuerpo-amor, salvaje como una moto, bronceado como los hombros
de Santa María del Fiore.

Más lento que la luz
a través de tu ventana. La mañana siguiente.
Láminas de cristal de Murano.
Un centenar de lienzos desperdiciados. Colgando en algún lugar
entre el agua del mar y la luna.
.


B. T. Joy. The 17 Frat Houses that Will Make You Want to Fall in Love
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

The 17 Frat Houses that Will Make You Want to Fall in Love

Seawater is known by taste
and the white trials of the moon are an echo of the earth.
The woodland walls stretch for miles, practicing
tricky ampersands in arabesque flowers,
in carpets of litter-loving flowers,
in bee-red and fretty flowers.

I won’t say I loved you
but I loved your legs. How the ball caused
flickers in the Euclid sun. How a thing in the breastbone
rounded and ochred like something sacred,
like the basilica in Florence.

That’s what body-love did for us.
Your navel was the centre of things.
The threads of your hair were all the roads to Rome.
I won’t say I loved you, but your lips
were fierce with salt.

One stone and the structure falls
but the ruined cities are the sweetest ones.
Think of Delos with its broken phallus.
Think of Petra’s wind-wrecked walls.
Think of the skyline of Lower Manhattan.

Think of Breton
shooting indiscriminately
into the polite, Parisian crowd,
or Neruda, bear-wild in the winter frost
slashing away with his green knife.

Think again.
Euclid. White sun. Squinting astrolabe.
Galileo grinding Murano glass on a cannonball.
Monet painting the Normandy coast over and over.
Moon-love. Sea-love. Body-love.

Alpha Tau Omega. You told me
there was no nudity in the frat house.
You proved yourself wrong.
Body-love, wild as a moped, tanned as the shoulders
of Saint Mary of the Flower.

Slower than light
through your window. The morning after.
Sheets of Murano glass.
A hundred wasted canvases. Hanging somewhere
between seawater and the moon.


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