Plano de São Luís

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Plano parcial de la ciudad de São Luís, Brasil, con algunos de los puntos mencionados por Ferreira Gullar en Poema sucio. La localización del Matadouro (Matadero) y la Baixinha es aproximada. (Ampliar)

Me da igual. Jamás visitaré São Luís, en el Maranhao. Y me da igual.

Pero sé algo: ningún lugar puede ser conocido en veinte días; ningún lugar revela todos sus secretos al visitante, aunque viva en él veinte años.

Y he visto San Luis, la ciudad, la isla. He recorrido sus planos, sus fotos antiguas, las de satélite y las de Google View. He visto las calles mal pavimentadas, las ventanas con rejas oxidadas, las paredes desconchadas, el rastro inevitable de la humedad. Y la gente bien vestida y los coches europeos; las palmeras, la mucha luz, el siglo rodando en las nubes.
Y he visto también lo que muy pocos ha llegado a ver. Allá al fondo del río Anil, en el extremo de la calle Raimundo Nonato da Silva, donde el coche de Google Street View tuvo que dar la vuelta, donde parece que el mundo debería acabarse, aún siguen existiendo “palafitas”.

En una fotografía panorámica, tomada en mayo de 2012 por Google Street View, aparece a la derecha una casita baja de tejas enmohecidas, con fachada de baldosas para el suelo y un porche cerrado con barrotes, que solo unos círculos de hierro entre ellos impide que parezcan los de una cárcel. Junto a ella tres niños y un perro. Dos de los niños, sentados en la acera, juegan a las damas. Todos –las caras desenfocadas, incluso la del perro,– se han vuelto a mirar el extraño coche, con aspecto de vehículo espacial, que ha aparecido allí de pronto. Más a la derecha, casitas con paredes de ladrillo y cemento, ventanas mal tapadas con tablones, una nevera vieja sobre la hierba, aceras de tierra, un gran número 15 pintado sobre los ladrillos para que el cartero sepa donde está.

A la izquierda más casitas, apenas chabolas, con paredes de tablas, el número marcado con pintura roja, tejados de placa ondulada, y unos porchecitos con plantas cerrados por vallas de tablas ennegrecidas. Plantas, muchas plantas; a esta gente le gustan las plantas. Delante de las vallas, un poste de electricidad con una farola del que parten una maraña de cables directamente hacia las casas. En el suelo de la calle una vieja cocina oxidada espera escéptica al chatarrero.

Y en el centro de la fotografía un hombre de pie también mira al coche de Street View. Tras él dos pasarelas de tablas mal encajadas y con barandillas de listones de madera se dirigen hacia los palafitos. Para qué pensar en sus habitantes; allí están, sobre el agua fangosa. Tablas, tablones, palos y postes entrecruzados se reflejan con tristeza en el agua quieta. Detrás, las palmeras y, más arriba, un barrio de edificios altos.

Allí los palafitos de la Baixinha, que la avenida Cuarto Centenario quiso ocultar para siempre, permanecen.

Allí, en Vila Palmeira, en los suburbios de San Luis, sobre el río Anil, en el siglo XXI.
Yo los he visto. Google Street View los vio.
Yo los vi.