Elizabeth Bishop

El iceberg imaginario


.
Preferimos el iceberg al barco,
aunque signifique el final del viaje.
Aunque él sea inmóvil roca nublada
y todo el mar movible mármol.
Preferimos el iceberg al barco;
preferimos este llano de hielo
que respira, aunque las velas del barco
se hayan desplomado sobre el mar
como el hielo al que no diluye el agua.
Oh solemne, flotante campo,
¿sabes que el iceberg descansa en ti
y puede, al despertar, pacer sobre tus hielos?

Por esta escena un marino daría
sus ojos. Olvidando el barco. Emerge
el iceberg y se hunde de nuevo;
corrigen sus cristalinos pináculos
las elípticas en el cielo.
En esta escena recorrer las tablas
es ingenua retórica. El telón
es tan leve que sube en las finísimas
cuerdas que el etéreo hielo retuerce.
Las agudezas de estas blancas cimas
fintan al sol. Macizo, el iceberg ocupa
un cambiante escenario donde espera y observa.

Talla el iceberg sus facetas desde dentro.
Como las joyas de un sarcófago
se guardan eternamente y se adornan
solo a sí mismas, quizá así los hielos
que nos sorprenden yazgan sobre el mar.
¡Adiós, adiós! El barco aproa hacia
donde las olas ceden a otras olas
y las nubes corren cielos más cálidos.
Los icebergs estimulan al alma
a verlos (siendo ambos autoconstruidos
de elementos poco visibles)
así: corpóreos, puros, firmes e indivisibles.
.


Elizabeth Bishop. The Imaginary Iceberg
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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