Ese monstruo

que gime desde las profundidades,
que se acerca, que avanza y se retrae,
que huye y embiste, que se retuerce,

se encorva y se encrespa, se vela, obsceno
se exhibe ingente, que se desfigura
y postra en el abismo devastado,

ese monstruo que es, no es, está,
se apura, permanece, crece, cede,
desaparece, se vuelve, y se evade

con las neblinas del amanecer,
en la vaguedad del resquebrajado
crepúsculo, que amaga con llegar

—ese monstruo–— y trastocar, aturdir
la mente, el día y el nimio planeta
desorbitado, que se desmorona,

que amenaza el orden-caos del cosmos,
que no llega, que regresa inflamado
a ocupar su espacio de carne y piedra,

que se disipa en la inexactitud
del oleaje, en la fluctuación de
la arena renuente de la resaca,

ese, ese monstruo, que es, no es,
que existe antes de ser, denso, incorpóreo,
ese monstruo, irreversible y efímero,

que desde el silencio se alza inmenso
—y se desvanece— contra el silencio,
ese indeciso monstruo: el poema.
.


ēgm. 2017

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