Umar Timol

Sangre


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Tú eres bella. Y yo estoy loco

Cuerpo de piedra. Cuerpo solar. Cuerpo solitario. Lactescencia estival. Escotadura salvaje. Eres mi carne de marfil. Astro negro. Mi obsceno territorio. Tú me emparedas bajo la cúpula de los lamentos. Mi suculencia permitida. Mi señora. Mi connivencia sensual. Mi lunar tiránico. Princesa endiablada. Laberinto de sudor. Ídolo cubierto de seda. Y espinas.

Obra de fuego y sangre. Las areolas de tus labios abrazan y cortan mi piel. Desécame. Yo soy desierto. Flagélame. Yo soy esclavo. Avasállame. Yo soy tu propiedad. Tu fruslería. Repliego tu nuca. Despliego tu vientre. Dunas celestes. Tu cabellera es un haz de llamas. Tus ojos un huracán de arena. Reviento tu lengua atrancada y calmo mi sed. Es hostia para mi boca impía. Es cáliz para mi boca herética.

Renuncio al deber. A la razón. Soy devoto de los lugares del exceso. Soy mendigo en el umbral de tu taberna. Bebo en las fuentes alucinadas. Opio y vino. Aspiro tus aromas opiáceos. Muerdo tus hendiduras alcohólicas.

Soy el que revestido de andrajos lava y besa tus pies. Quiero beber. Beber aún más. Beber aún más. Y disolverme bajo las ósmosis de la embriaguez.

Yo soy amante del amor. El revestido de lana. El revestido de mugre y de lodo.

El que se prosterna sobre tu cuerpo. Lugar de devoción. Lugar de plegaria.

El que a la aurora de tu velo recita los silencios de tus ojos. El que recoge trenzas de sangre sobre tu mausoleo.

Y tú eres mi libro santificado. Mi poema.

Y yo soy poeta loco que suplica el sentido de tu verbo. Y soy poeta loco que roba la palabra.

Poeta loco que hurta sus obediencias. Poeta loco que profesa una palabra transmutada.

Palabra de conjuro para celebrarte y crearte. Palabra más allá de la palabra para amarte.

Y tú eres mi indelicada fértil. La que me purifica de mis hastíos. La que reduce mis faltas y mis rencores. La que coaliga éxtasis y dolor.

Y tu néctar infesta mis sueños más indolentes. Tu néctar infesta mis arrepentimientos nocturnos.

Eres festín que rompo y que me corrompe.

Y degusto tu garganta blanca. Inhalo tus olores intensos. Absorbo tus savias tumefactas.

Y eres mi vanidad. Mi lasciva. Mi virgen indecente.

Surcas los mares vengadores y las fétidas calles. Surcas mi esqueleto ávido y mis placeres aterrados. Mientras mi saliva adultera otra vez tus labios. Mientras los licores dedicados al deleite suturan otra vez tu piel agrietada.

Eres mujer y la noche carnívora estruja las tumbas. Eres mujer y el cielo exuda copos de piedra.

Eres mujer y el océano se desertifica y la tierra se descalcifica. Eres mujer y los animales estremecen los signos del apocalipsis.

Y eres bella. Mi opalina gacela. Agua que llueve entre mis pestañas. Suspiros que aterciopelan mis sueños. Azafrán que pavimenta mis cicatrices.

Y eres bella. Mi dulce. Mi esponjosa. Tu rostro es un alba luminosa. Nebulosa azul. Collar de polvo de estrellas. Collar de promesas infinitas.

Y eres bella. Mi tesoro escondido. Sirope de diamantes. Trenzas de perlas. Lienzo de rubíes. Soy el orfebre de tus encantamientos. De tus perezas.

Y eres bella. Mujer-isla. Isla-mujer. Cancelo los otros lugares y me certifico insular. Soy faro alzado sobre tu ombligo. Ilumino los cánticos de tus exuberancias.

Y quiero reptar aún mucho tiempo como un animal sobre tu mortaja. Y remendarla con mi sangre. Y dormir mezclado —en mi refugio— con tu cuerpo lívido.

Y ennegrezco mis ojos con las cenizas de mi luna negra. Y reniego de los teatros convulsos y frívolos de lo efímero. Y mi carne sumisa y cegada se entrega a las obsesiones e intolerancias de tu culto.

Y yo soy cuerpo-instrumento. Cuerpo-tabla. Cuerpo-ravane.

Y tú me acompasas con las zanjas de tus labios. Y me purificas sobre tu crucifijo.

Y eres espejo.

E inviertes la migración de los astros. Y cubres de nieve los soles.

Eres espejo. Y decoloras los carmesíes venenosos del mal.

Eres espejo. Y en tus abismos arranco de raíz mi yo con el fin de ser tú.

Eres espejo. Y te rompo.

Y tus fisuras sajan mis venas. Y mi sangre mucho tiempo después de mi muerte cosechará tu aliento sobre las planicies de la locura.

Y soy polvo que rodea un nicho incandescente.

Corazón del mundo.

Y corto las cabezas de los —infieles y creyentes— que a tus pies se revuelcan pero no saben desenterrar las alquimias del amor.

Y vagabundeo en mi frágil barca con las almas proscritas y doloridas.

Y doy de comer al tullido. Canto las infamias con el leproso. Y mi cuerpo es refugio para el perro sarnoso. Y mi cuerpo es armadura para el mendigo. Y mi cuerpo es pozo para las lágrimas de la mujer caída.

Y en su morada que es mi morada converso con los locos.

Y nuestros labios ensangrentados danzan palabras inspiradas que recitan los versículos del amor.

Y eres bella. Mi hada negra. Mi herida negra. Y yo quiero extenuar pupilas negras que excavan verbos en mi piel. Y cizallar un sueño de ébano. Descortezar este sueño de ébano.

Extraer su esencia y desenredar tus extravagancias.

Y salmodio tu nombre cuando el vacío me engulle. E invoco tu nombre cuando la guerra vomita cadáveres de niños.

E imploro tu nombre cuando mis lágrimas se borran y ya no quiero y no puedo llorar más.

Y estoy a la espera.

Del jugo negro que enerva tus curvas. Del jugo negro que entinta tu cabellera.

Y estoy a la espera.

Del jugo negro que puebla tu piel. Del jugo negro que hincha tu rabia.

Que me taja y que me empala. Que me abandona como pasto para la multitud bufona y cruel.

Pues yo no soy nada.

Y quiero morir.

Y acecho luminiscencias que anuncian mi sacrificio.

Afilad vuestros sables, amigos míos.

Pues no reconozco ni la muerte ni la vida.

Pues morir es renacer en ti. Es ser tú.

Y eres bella. La más bella.

Y viajo fuera de los enclaves del tiempo.

Amo todos tus lugares. Allí donde has estado y allí donde estarás.

Soy padre y te he imaginado. Soy madre y te he formado. Soy tu primera sonrisa y tu primer sorbo de leche.

Soy las tierras que has pisado. Y los cielos que has abandonado. Soy tus manos desplegadas a la hora de la oración. Y tus manos atadas a la hora del dolor.

Soy los oleajes que has acariciado. Y las tormentas que has aplacado.

Soy las letras que cincelan tu nombre. Y el libro sagrado que encubre nuestras conjugaciones.

Soy las manos que mecerán tu último aliento. Y las manos que te adormecerán en tu tumba.

Y te amo.

Y un solo átomo de tu amor me sacia. Y me hace resplandecer.

Un solo átomo de tu amor amputa mis fealdades. Y expurga mis podredumbres.

Un solo átomo de tu amor basta para que yo me olvide.

Y no pienso más que en ti.

Un solo átomo de tu amor me beatifica. Y soy el elegido.

Y te amo.

Y estás en todas las cosas.

Eres sol que desembrida los residuos de la oscuridad. Sol que enrojece la indolencia de los océanos.

Eres las lágrimas que inauguran las costuras del alba.

Lágrimas que celebran la secesión de los crepúsculos. Lágrimas que siegan las cabalgatas de las lunas.

Y estás en todas las cosas.

Eres las almas violentadas. Y los monstruos que nos asaltan.

Y las hachas que embalsaman nuestras pupilas.

Eres lo fugaz del amor al acostarse nuestros odios irremediables.

Eres restos de nieve y ráfagas de fuego que tamizan mis noches.

Y te amo.

Y soy un solitario postrado en el desierto.

Y ayuno.

Y lapido a los espectros de los otros lugares.

Y ayuno.

Mi cuerpo cercado es una herida. Una grieta.

Un despojo y un habitáculo para tus deslumbramientos.

Tú.

Y eres bella.

Y veo entrelazados en tus ojos ambarinos y en tu cuerpo diáfano el paraíso y el infierno.

Y no deseo ni la gracia ni la condenación sino tu amor.

Tu amor solo.

Y te amo.

Expulso mi corazón con el fin de ser tu corazón.

Me arranco a mí mismo con el fin de vivir en ti.

Concédeme la extinción.
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Nota: tabla y ravane son instrumentos de percusión utilizados en la música séga, típica de Isla de Mauricio. →L’esprit de la ravanne


Umar Timol. Sang
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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