Hilda Hilst

Vía espesa


I

De cigarras y piedras, quieren nacer palabras.
Pero el poeta vive
a solas en un pasillo de lunas, una casa de aguas.
De mapamundis, de atajos, quieren nacer viajes.
Pero el poeta habita
el campo de posadas de la locura.

De la carne de mujeres quieren nacer los hombres.
Y el poeta preexiste, entre la luz y lo sin-nombre.

II

Si te pertenezco me separo de mí.
Pierdo mi paso en los caminos de tierra
y de Dioniso sigo la carne, la ebriedad.
Si te pertenezco pierdo la luz y el nombre
y la nitidez de la mirada de todos los comienzos:
Lo que me parecía un diseño en lo eterno,
si te pertenezco es un acorde ilusorio en el silencio.

Y por eso, por perder el mundo,
me separo de mí. Por lo Absurdo.

III

Observando mi paseo
hay un loco sobre el muro,
balanceando los pies.
Me muestra el pecho poblado de pelo
y tiene entre los muslos un revoltijo de papeles:
—¿Busca a Dios, señora? ¿Busca a Dios?

Y simétrico de celos, tambaleante,
te rodea de un salto enseñando el trasero.

IV

El loco se tendió sobre el puente
y atravesó el instante.
Me tendí al lado de la locura
porque quise oír el rojo del bronce

y pasar la lengua sobre la tintura espesa
de un azote.

Un loco permitió que yo uniera su luz
a mi dura noche.

V

El loco (mi sombra) abrió la boca:
—Lo que quedó de nosotros descifrado en los sueños,
los arrozales, tu nombre, tardes, juncos,
tus calles que en mi camino recorrí,
ah, sí, me acuerdo de un sentir de adornos,

pero hay una luz sin nombre que me quema
y de las cosas creadas me he olvidado.

VI

El loco saltimbanqui
atraviesa la calzada de tierra
de mi calle y grita ante mi puerta:
—Oh, señora Samsara, oh señora.
Le pregunto por qué me tiene a mí tan perseguida,
si esa de nombre excéntrico aquí no vive.

—Pues aquello que camina en círculos
es Samsara, señora.
Y henchido de risas murmura cosas indecibles
pegado a mi oído.

VII

¿Debo volver a la luz que me pensó
de polvo y comienzos?
¿Debo volver al barro y a las manos de vidrio
que ya frágiles me pensaron?
¿Debo pensar el loco (mi sombra)
a la luz de las emboscadas?
Ay, girasoles sobre la mesa de aguas.

—Estetizante —me dice el loco
agarrado a mi poético omóplato.

—¿Los girasoles? Ah, Samsara, tu olvidado sol.
¿Una mesa de aguas? Qué voluptuosidad, qué máscara
y qué ambiguo deleite
para la voracidad de tu alma.

VIII

Eran aguas marrones las que yo veía.
Caras de paja y cuerda en las barcazas blancas.
Velas de linos nuevos, relucientes.
Pero residuos. Sobras.

Se pegó mi sombra a mi espalda:
—Qué equipaje, señora.
La Nada navegando a tu puerta.

IX

El loco se cerró a la risa,
se retorció convulso de fingida agonía
y como si arrojara flores al hoyo de un muerto
me lanzó unos guijarros.
¿Por qué? Pregunté adusta y resentida.

—Oh, señora, porque vive en la muerte
aquel que busca a Dios en la austeridad.

X

—Es el ojo copioso de Dios. Es el ojo ciego
de quien quiere ver. ¿Ves? De tan abierto,
quemado de amarillo.
Así me dijo el loco (esbelto y rubio),
mirando al girasol que había nacido en mi techo.

XI

De canoas verdes, de amargos olivares,
de ríos pastosos, de grava y polvo,
de todo eso mi salmodia tejida, de hierbas negras.
Me grita el loco:
—De moras. De tintas rojas del instante
es de lo que se tiñe la vida. De embriaguez, Samsara.

Y atravesó en la risa la tarde ámbar.

XII

Temiendo desde agosto el fuego y el viento
camino junto a las cercas, precavida,
en la tarde de quemas, tarde ciega.
Hay un viejo madero ennegrecido de quemas antiguas.
Y allí reencuentro al loco:
—¿Temiendo tus límites, Samsara desvanecida?
¿Por qué no dejas al fuego omnividente
lamer el cuerpo y la escritura? ¿Y por qué no arder
casando lo omnisciente a tu vida?

XIII

—¿Quieres volar, Samsara? ¿Quieres cambiar lo moroso de tus piernas
por la magia de las plumas y planear fulgurante
sobre la demencia? Porque te veo en las tardes deseosa
de ser una de las aves retrasadas del huerto;
aquella de allí tal vez, rumbo a poniente.

Pues puede ser, le dije. Santos y lobos
deben haber tenido mi mismo pensamiento; ojos en el cielo,
orando, aullando a los cuervos.

Entonces se aproximó a mi cuello:
—Olvida texto y sabiduría, las cadenas del gozo,
y llamaradas de lo intenso harán tu vuelo.

XIV

Tejas, caños,
cuerdas de luz que se hicieron palabra.
Alguien sueña la carne de mi alma.

Ecos, pozo,
el olvido persiguiendo un cuerpo.
Aquí me tienes, entre la vigilia y el encanto,

cautiva de la locura,
persiguiendo al loco.

XV

Eran azules las paredes del prostíbulo.
Ella se tendió desnuda entre los arcos de la sala
y se mató invadida de ternura.
«Qué azul insoportable», antes gritó,
«como si adulta una cuna me habitara».

Fue esta la canción de Navidad cantada por el loco
cuando me dio a Hilde, la cerda que llevaba sobre el hombro.

XVI

—¿No te das cuenta, Samsara, de que Aquel que se esconde,
y que tú sueñas hombre, quiere oír tu grito?
¿Que hay una luz que nace de la blasfemia
y se atenúa en la pena? ¿Que es ceniza el color de tu lamento
y el grito tiene el color de la sangre de Aquel que se esconde?

Vive el carmín, Samsara. La herida.
Y tendrás un indicio del Hombre en tu camino.

XVII

Mi sombra en mi frente desdoblada,
¿sombra de su propia sombra? Sí. En sueños veía.
Plateado de guijarros
el loco susurraba un estribillo erudito:
—Ipseidad, Samsara. Ipseidad, señora.

Y acumulando energía, centelleante,
hizo de nosotros dos un único individuo.
.


Hilda Hilst. Via Espessa. Obra poética reunida (pdf)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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