John Ashbery

El pato Lucas en Hollywood


.
Algo extraño está reptando a través de mí.
La Celestina solo tiene que gorjear las primeras líneas
de “I Thought about You” o algo suave de
Amadigi di Gaula para cualquier cosa —un bote mentolado
de Levadura Rumford, unos pendientes de plástico, Speedy
Gonzales, lo último de Helen Topping Miller y su prolífico
escritorio, un fajo de sugerentes fotos gris-beis, con bordes
mal cortados— y venir traqueteando por el irisado arriate
donde Pistachio Avenue embiste al bloque 2300 de Highland
Fling Terrace. Me prometió que me sacaría de aquí,
ese viejo dibujante ruin, ¡pero mira lo que me
ha hecho ahora! Ni me atrevo a acercarme al reflejo atenuado
en la taza del tapacubos, tan ictéricos, tan déconfits son sus
rasgos; divertidos, sin duda, para algunos frenólogos charlatanes
con sala de espera tupida de helechos, pero nunca lo que dirías
amigables. Aunque todo se está ahogando hasta el extremo del
silencio. Ahora mismo una tormenta magnética pendía del trozo
de cielo sobre el garaje de Fudds, reduciéndolo —drásticamente—
al aura de una cabaña de troncos azul jazmín sobre
un cobertor, recuerdo de la Venta de La Mesilla. De pronto todo
es detestable. No quiero volver adentro jamás. Tú conoces
a suficiente gente borrosa en esta esmeralda isla de tráfico; no,
no gente, idas y venidas, más: chapoteos, cuchicheos, estrafalaria
pero efectivamente equipadas infanterías de revueltas vegetales
de ardillas-locas, empenachadas, puntiagudas en el pequeño
castillo de cartón blanco en la ruta del molino. «Por el
perezoso río arriba, ¿cómo de felices podríamos ser?»
¿De qué modo acabará? Aquel resplandor de geranio
sobre Anaheim era la ley antidisturbios leída por el
petardo tamaño Etna que explotó en el último minuto en
una carte de Tendre en cuyo ángulo inferior derecho
(duro por la punzante trampa de arena que rodea la parcela
de espárragos de algolágnicas nuits blanches) Amadís seduce
a la princesa de Cléveris en una juerga de micciones a medianoche
en el Tamigi con los Wallets (Walt, Blossom y el pequeño
Sleezix) en una barcaza de lamé “prestada” por Ollie,
la temible señora de las túnicas en las películas. ¡Espera!
¡Tengo un anuncio! Este amplio, tibio y serpenteante
Leteo civilizado (apenas puedes distinguir los mástiles de cintas
de los chalets de nécessité en su juncosa orilla) lleva a Tofet, el
vertedero-encantado, complejo no-tan-residencial, ¡del cual
algunos viajeros regresan! Todo este momento es la ingle
de un gigante borborígmico que incluso ahora
está rodando sobre nosotros en su sueño. Adiós praderías,
albercas, humedales. La alegoría se desenreda
demasiado pronto; una lluvia de agudos arpones de caoba es
todo lo que hay que señalar entre los tornados. Yo tengo
solo mi vida intermitente en tus pensamientos para vivir,
lo que es como pensar en otro idioma. Todo
depende de si alguien te recuerda a mí.
Que esto es una fabulación, y que esos “otros tiempos”
son de hecho los silencios del alma, elegidos entre diamantes
sobre terciopelo estigio, importa menos de lo que debería.
El prodigioso sincronismo puede ser arreglado para convencerles
de que vivimos en una dimensión, la nuestra. Mientras yo en
el extranjero por todas las costas de la oscura destrucción busco
la liberación para todos nosotros, pienso en ese idioma: su
gramática, aunque torturada, ofrece pabellones
en cada nueva bifurcación de caminos. Ambulancias
pastel los recogen rápido y los llevan a los hospitales.
«Es todo trozos, lentejuelas, parches realmente; nada
permanece solo. ¿Qué fue de la evolución creativa?»
Aglavaine suspiró. Entonces, a su Sélysette: «Si su
único logro es acabar menos aburrido que los demás,
¿qué nos mantiene aquí? ¿Por qué no partir de inmediato?
Tengo que quedarme aquí mientras ellos permanezcan allí;
ríe, bebe, pasa un buen rato. En mis tiempos
uno se tendía bajo las recias hojas verdes,
fingiendo no darse cuenta de cómo se desangraban en
el agua celeste las incoloras regiones flotantes que
supuestamente no nos preocupan. Y también nosotros
llegamos a donde los otros llegan: noches de resistencia física,
o, si de día, nuestro comportamiento era anárquicamente
correcto, al menos para los estándares del Nuevo Brutalismo,
entonces todo crecía taciturno por previo acuerdo. Nos
desvanecimos en bateau, bajo la cobertura de tofe oscuro.
No son los fastidiosos defectos, sino lo escalofriante
del producto final. Cierto, pedir menos sería locura, aunque
si él es el resultado de sí mismo, ¡cuánto mejor deberíamos
ser para él! ¡Y qué poco, al final, tenemos esto en cuenta!
¿Es el arrugado satén brillante de un estuche que una vez
contuvo unas pistolas de duelo nuestro único reconocimiento
de ese color? No me gusta esto, sin embargo esta decepcionante
secuela de nosotros mismos ha sido aplaudida en Londres
y San Petersburgo. En algún lugar los cuervos rezan
por nosotros». La tormenta terminó de incubarse. Y por tanto
ella preguntó a cuantos entraban por la gran puerta, pero a nadie
encontró que hubiera oído hablar de Amadís,
ni del austero Aurangzeb, su primer amor. A algunos
de ellos esto no les importaba ni un bledo, pues todo
por definición es completitud (así
razonaban en absoluta oscuridad), ¿por qué no
aceptarlo como le plazca revelarse? Como cuando
los rascacielos bajos desde las nubes más bajas revelan
una torreta aquí, una cornisa art déco allí, y por último quizá
el esquema que podría conducir a un sentido, pero que
permanece oculto en los misterios de la paginación.
No lo que vemos, sino cómo lo vemos es lo que importa; todo
es igual, lo mismo, y saludamos a quien anuncia
el cambio como saludaríamos al cambio mismo.
Toda vida no es más que una invención; recíprocamente,
el delgado tomo que se te resbala de la mano quizá no es el
vínculo perdido en este picnic invisible cuya influencia
envuelve nuestro sentido de ello. Por tanto vivaqueemos
en esta gran autopista rubia, no interrumpida por
velados escrúpulos o adivinanzas trilladas. La mañana es
inconsistente. Agárrate a lo sexual, balanceándote
sobre el horizonte como un niño
en una jornada de pesca. Nadie sabe realmente,
ni le preocupa, si esta es la totalidad de cuyas partes
fueron otorgados —una vez— sino que deambulan por
la tradición más que custodiarla. Este mantillo de
juego los mantiene interesados y ocupados mientras la gran
materia imprecisa puede decidir qué quiere, qué planos, qué
ciudades modelo, cuánto espacio sobrante. La vida, nuestra
vida, de todos modos, está en medio. No nos interesa
ni tampoco notamos que el cielo es verde, un papagayo,
pero tenemos nuestra seriedad donde nos conviene,
insincera, intrigada, invitando a más,
siempre invocando al eco, un día de verano.
.


John Ashbery. Daffy Duck In Hollywood
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

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