Charo Miranda

As sete vidas de Nicolás


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Nicolás era un gato negro coma os pecados, moi ladrón, moi palanquín e moi limpo.

Limpiño, si que era limpo.

Cando tiña ganas de facer unha necesidade, cavaba un buraquiño na terra coas súas patas e alí metía a súa merdiña. Despois tapábaa coa mesma terra que acababa de arrincar para que non cheirase.

Estaba ben farto de comer das magas e as espiñas que miña avoa María botaba na poza do esterco.

E cando tiña a barriga chea, sentaba ó sol, mollaba con cuspe a punta dunha pata e limpaba con ela o fuciño, as barbas, a cachola e todo o seu corpiño ata deixalo brillante coma un espello. Logo arriquichaba o rabo e daba unha volta pola horta.

Era palanquín; si, moi palanquín.

Miña avoa María vivía en Beluso, no lugar da Vela, nunha casiña mariñeira pintada de branco ata o tellado. E había moitos ratos. De noite trouleaban no faiado como se sempre fose festa. Comían na cociña as migallas da cea que caeran no chan. Roían nos papeis e na roupa que atopaban no sobrado. Nicolás, encorquillado na borralleira, non movía nin un só pelo do seu bigote por ningún. E iso que para mirar de noite tiña unha lanterna en cada ollo!

E ladrón, si que era ladrón.

A avoa María non tapaba o peixe despois de fritido porque dicía que se abafaba. Así que, mentres non chegaba a súa xente para comer, facía traballos lixeiriños, como tende-la roupa, ir á fonte ou recolle-los ovos do galiñeiro.

E cando lle esquecía de fechar a porta da cociña, na lareira xa non atopaba peixes. Comérallos Nicolás. Entón a avoa dicía un par de pecados pequenos, que era como se chamaban naquel tempo os tacos. Só os botaba cando estaba moi anoxada. E parecíalle un feito tan grave que, cando o contaba, repetía: Ata lle botei un par deles!

Nicolás, moi satisfeito, relambíase e ó mesmo tempo aseábase as barbas e mailo fuciño. Miña avoa tiráballe cun pau, para castigalo, pero nunca lle acadaba. Mais un día… acadoulle. O pau foille atinar na cabeza do gatiño, que quedou morno e non puido fuxir. Logo a miña avoa colleuno pola capeleira e sacudiuno por se rebulía, pero non rebuliu. Estaba teso coma un garabullo. Morrera!

Como entón non había albeite para os gatos, chimpouno por riba do muro da horta ó monte da Vela e botoulle “un par deles” de responso.

Miña avoa tiña pena por Nicolás. Pero, ó mesmo tempo, que desafogada quedou! que segura!

Deulle a noticia a tódalas veciñas: a Encarnación de Mato, a Manuela a Dourada… Contábao no río, contábao na fonte e, aínda máis, contábao polo camiño do mercado de Bueu, que era moi longo.

Xa podía deixa-las tixoladas de peixes sen tapar, que ninguén llos ía roubar. E así foi ata que, pasados uns días… os peixes fuxiran da lareira.

Parou a cavilar… Pensou nalgún pobriño dos que viñan pedir pola porta, que sempre estaba aberta. Tamén pensou no gato dalgún veciño. E saíu fóra da casa.

E alí estaba o ladrón. Era Nicolás, que volvera do máis alá. Estaba na eira sentado ó sol, a relambe-lo fuciño e limpa-las barbas coas súas patas.

Arrenegado sexa o demo! E botoulle un par deles.

A avoa María contoulle o milagre a tódalas veciñas: Contábao no río, contábao na fonte e, aínda máis, contábao polo camiño do mercado de Bueu, que era moi longo. E sempre remataba: Éche ben certo que o gato ten sete vidas!

Miña avoa María dende entón tomoulle moito respecto a Nicolás, cal se fose cristián defuntiño que volvera do outro mundo. Tapaba os peixes e fechaba a porta para que non roubase, e dáballe peixiños fritidos de agarimo.

E non lembro de como nin cando morreu Nicolás por derradeira vez, só sei que o fixo cando Deus quixo.
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A Pobra do Caramiñal, xullo de 2003


Las siete vidas de Nicolás

Nicolás era un gato negro como los pecados, muy ladrón, muy holgazán y muy limpio.

Limpio, sí que era limpio.

Cuando tenía ganas de hacer una necesidad, cavaba un agujerito en la tierra con sus patas y allí metía su mierdecita. Después la tapaba con la misma tierra que acababa de sacar para que no oliese.

Estaba bien harto de comer las tripas y las espinas que mi abuela María echaba en la poza del estiércol.

Y cuando tenía la barriga llena, se sentaba al sol, se mojaba con saliva la punta de una pata y se limpiaba con ella el hocico, las barbas, la cabeza y todo su cuerpecillo hasta dejarlo brillante como un espejo. Luego enderezaba el rabo y se daba una vuelta por la huerta.

Era holgazán; sí, muy holgazán.

Mi abuela María vivía en Beluso, en el lugar de A Vela, en una casita marinera pintada de blanco hasta el tejado. Y había muchos ratones. De noche alborotaban en el desván como si siempre fuera fiesta. Comían en la cocina las migajas de la cena que habían caído al suelo. Roían los papeles y la ropa que encontraban en el piso alto. Nicolás, enroscado sobre la ceniza del hogar, no movía ni un solo pelo de su bigote por ninguno. ¡Y eso que para ver de noche tenía una linterna en cada ojo!

Y ladrón, sí que era ladrón.

La abuela María no tapaba el pescado después de freírlo porque decía que se reblandecía. Así que, mientras no llegaba su gente para comer, hacía trabajos ligeritos, como tender la ropa, ir a la fuente o recoger los huevos del gallinero.

Y cuando se le olvidaba cerrar la puerta de la cocina, en el fogón ya no quedaba pescado. Se lo había comido Nicolás. Entonces la abuela decía un par de pecados pequeños, que era como se llamaban en aquel tiempo los tacos. Solo los echaba cuando estaba muy enfadada. Y le parecía un hecho tan grave que cuando lo contaba repetía: ¡Hasta le eché un par de ellos!

Nicolás, muy satisfecho, se relamía y al mismo tiempo se aseaba las barbas y el hocico. Mi abuela le tiraba un palo, para castigarlo, pero nunca le atinaba. Pero un día… le atinó. El palo fue a acertar en la cabeza del gatito, que se quedó inerte y no pudo huir. Luego mi abuela lo cogió por la cocorota y lo sacudió por si rebullía, pero no rebulló. Estaba tieso como una estaca. ¡Se había muerto!

Como entonces no había veterinario para los gatos, lo lanzó por encima del muro de la huerta al monte de A Vela y le echó “un par de ellos” de responso.

Mi abuela tenía pena por Nicolás. Pero al mismo tiempo, ¡qué desahogada se quedó, qué tranquila!

Le dio la noticia a todas las vecinas: a Encarnación de Mato, a Manuela la Dourada… Lo contaba en el río, lo contaba en la fuente, e incluso lo contaba en el camino del mercado de Bueu, que era muy largo.

Ya podía dejar las sartenadas de pescado sin tapar, que nadie se lo iba a robar. Y así fue hasta que, pasados unos días… el pescado había huido del fogón.

Se detuvo a cavilar… Pensó en algún pobrecillo de los que venían a pedir a la puerta, que siempre estaba abierta. También pensó en el gato de algún vecino. Y salió fuera de la casa.

Y allí estaba el ladrón. Era Nicolás, que había vuelto del más allá. Estaba en el patio sentado al sol, relamiéndose el hocico y limpiándose las barbas con sus patas.

¡Maldito sea el demonio! Y le echó un par de ellos.

La abuela María le contó el milagro a todas las vecinas: Lo contaba en el río, lo contaba en la fuente, e incluso lo contaba en el camino del mercado de Bueu, que era muy largo. Y siempre remataba: ¡Qué cierto es que los gatos tienen siete vidas!

Mi abuela María desde entonces le tomó mucho respeto a Nicolás, cual si fuera un cristiano difunto que hubiera vuelto del otro mundo. Tapaba el pescado y cerraba la puerta para que no robara, y le daba pescaditos fritos con ternura.

Y no me acuerdo cómo ni cuándo murió Nicolás por última vez, solo sé que lo hizo cuando Dios quiso.

A Pobra do Caramiñal, julio de 2003


Este es el único relato que escribió mi madre, a los 81 años. A veces me contaba cosas de su juventud, de sus pretendientes y de sus aventuras como maestra en aldeas de montaña, y podría haberlas escrito. Eran divertidas. Pero realmente era mayor. Falta el impulso, la necesidad de contar por escrito.
Recuerdo especialmente que me contó que un jovencito, para ligar con ella, lo primero que le dijo fue: ¿Gústache o jazz-band? Pronunciado, en gallego de las Rías Bajas: jústache o jasbán. Es decir, ¿te gusta el jazz? Que era lo que, al parecer, estaba tocando la orquesta en aquella fiesta de pueblo. Allá en la posguerra, por los años 40. No sé si mamá sabría entonces qué podría ser el jazz-band, como se denominaba en principio a lo que ahora conocemos como jazz.
Decía que los hombres de la montaña, a caballo y con sus trajes de pana, le parecían verdaderos cowboys. Pero ella era de las Rías, del mar, y no le gustaban mucho aquellas gentes a las que veía como atrasadas.
Una vez llevó, como regalo, nécoras frescas a la casa en la que se hospedaba. No supo más de aquellas nécoras hasta que empezó a notar el olor a podrido que salía del armario en el que habían dejado aquellos bichos extraños, sin saber qué hacer con ellos pero sin atreverse a tirarlos.
En fin… muchas historias que se ha llevado consigo.

Encontré varias copias de ordenador y un borrador manuscrito de As sete vidas de Nicolás. También encontré el final de otra copia manuscrita firmada “A aboa Charo” (la abuela Charo) seguida de una dedicatoria de Xosé Neira Vilas, al que mi madre conoció en unas vacaciones, para mi sobrina Bea, firmada en Camposancos el 24 de julio de 2003. No sé si Neira Vilas influyó en la redacción del relato.
Por mi parte lo he adaptado a la normativa gallega actual y he cambiado algunas palabras, aunque he dejado encorquillado (que traduzco al castellano como enroscado) precisamente porque no aparece en ningún diccionario.

· IN MEMORIAM ·
María del Rosario Miranda Gómez
1922 – 2018


3 comentarios en “Charo Miranda”

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