David Mohan

Hermes


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De una ciudad a otra, huyendo
de la policía de fronteras, encontramos
a un extraño; su capa tan blanca parecía
haber sido lavada en una nube.

Nos acompañó un tramo del viaje
hablando de las tormentas e inundaciones,
los disturbios en las ciudades asoladas,
los guardias apostados en cada puerto.

Eran tiempos de oscuridad,
dijo, de ejércitos sangrando como
tinta derramada sobre los mapas,
tiempos para recorrer los caminos

en busca de cielos mejores. Él era
una especie de enviado neutral, dijo,
llevando cartas a través del continente,
tan veloz como el mismo pensamiento.

Un convenio era algo
que él hacía en su sueño;
un trato en el mercado,
un bolso robado, un corazón roto,

todas esa cosas, dijo,
él podía arreglarlas
tan fácilmente como parpadeaba.
Al final sonrió y nos dijo:

Seguid adelante por vuestra ruta.
Manteneos alejados de las carreteras;
tomad los caminos de las montañas,
dijo, caminos que ningún ejército conoce.

Caminos de cabras para tiempos difíciles,
dijo, por donde solo van los dioses y los locos.
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David Mohan. Hermes
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Karen Volkman

Crear deseo


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Alguien estaba buscando una Forma de Fuego.
El viento miraba con ojos de pájaro.
Cuatro ciervos en una pradera descuidada.
Como si fuera simple azar, una augusta mirada.

¿Qué es seis y seis y dos y diez?
Tiempo en que me dolía el ojo, mi corazón temblaba, por qué.
Confundiendo lima con limón.
Vestida de cobalto, carbón, abrojo… y control.

Si tuvieran más necesitarían menos.
Una propuesta del lógico bizqueante.
Parece que somos legales, parece que estamos enfermos.
Pesado propósito, ¿eres tiempo, eres rueda?

Oro con corazón de ceniza.
Pequeña astilla azul bailando a la luz del telar.
Señora, niña de mayo, ¿a quién besarás?
La muerte del agua es el nacimiento del aire.
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Karen Volkman. Create Desire
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

El horizonte

El tiempo ha pasado por nuestro lado
a esa rara velocidad
que tan solo él sabe mantener,
ni pausada ni presurosa,
se ha dado la vuelta sin detenerse
y nos ha mirado un instante,
desde la lejanía,
con una etérea sonrisa
—quizá algo burlona—
mientras nosotros nos quedábamos,
ay, con cara de soledad.

Yo era más consciente
de que aún teníamos que avanzar
—los atardeceres se sucedían
con su habitual fingida parsimonia—,
pero tú te extasiabas
contemplando las algas y el infinito,
cual si pudieras desgreñar
el trenzado hilo de tu destino,
verificando que todo estuviera
y fuera tan perfecto
como debería de estar y ser.

Ahora avisto desde aquí
la sombra del tiempo en el horizonte
y su clara sonrisa
—sí, rotundamente burlona—
en la inmediata lejanía,
cargada de arcanos inescrutables,
y muchas veces desde el bar
del paseo marítimo
contemplo las algas y la azulada
bruma del infinito,
ay, con esta cara de soledad.
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ēgm. 2019