Distracción

Si en el metro,
o en la calle o en una iglesia,
una mujer comienza a desnudarse
—¡no puede ser!—
todos mirarán hacia ella;

tú mira alrededor,
mira hacia adelante y hacia atrás,
observa todo lo que se mueva
y lo que permanezca inmóvil,
remira arriba y abajo,

echa un vistazo
a la mujer que se desnuda,
piensa un poco en por qué y cómo,
y sigue mirando a tu alrededor,
delante y detrás,

arriba y abajo,
lo que está y lo que no está,
y no dejes de pensar
que lo que no puede ser,
no puede ser por alguna razón.

egm.2019

En su casa las tres brujas pelujas,

la viejuja madre con sus dos hijas
—la una guapilla y la otra astuta—,
colgaron un día de la ventana
un amuleto contra los hechizos
de las brujas pelujas repelujas
para así hacer pensar a quien pasara
ante su cuevicasa que temían
a las brujas perujas
y, por tanto, no eran ellas brujas.

El hijo repijo de la maestra,
el que tonteaba a la más guapuja
de las brujas pelujas reperujas,
se quedó contemplando el amuleto
y decidió hacerse inmediatamente
con otro igualito para ahuyentar
a las rebrujas perujas pelujas
y evitar sus hechizos,
por lo que mal pudiera suceder.

Allí en su casicueva las tres brujas,
la madre viejija con las dos hijas,
la una guapita y la otra astuta
—pero ninguna puta—,
se recosen las bragas sin agujas.

egm.2019

Emilio Villa

Ahora


Un día la juventud, con circunspección,
abandona arbitrariamente la terminal. Así es.
Y yo recuerdo las ventanas que se iluminan en los bajos
de la avenida, y se asemejan tan profundamente a los ralos
razonamientos que haremos a punto de morir,
in artículo, con la sombra de los amigos, a flor de mente.

En verdad
no sé ya si viva entre los bajíos
aún su tibio serpenteo, hoy en día,
en provincias heladas, como un romance
bello y perenne sobre la espina dorsal, en realidad
sé que en las lágrimas lombardas, donde creímos
segarnos mutuamente, vagabundas ballenas
disipaban los velos nupciales en las riberas.

¿Y era un nombre de la alta Italia, pensándolo bien,
era un nombre esta ráfaga, que ya no osas
perseguir? ¿Y la felicidad de Occidente
se salva en Occidente?

Deshabitados ahora los senderos, y desesperando
ahora de nuestro sentimiento (y la niebla
ahora segada que nos aprieta a media vida),
deshabitados los senderos y desesperando ahora,
si la patria fuera una ciudadanía única, real,
debiera ser recordada en un remolino, de cabeza
por los celestes arriates, la parte más modesta
de nuestro pensar lejanamente: debiera ser
recordado un denso pasaje de cocheros
y de taxis, aquel que tose en la orilla caduca
del Naviglio, o libre entre los álamos relucientes
donde los dedos del viento tamborilean, la emoción
del último brougham, en una carrera loca, que nos lleva
hacia todas las farolas y nuestro corazón saludando.


Emilio Villa. Ormai (lombradelleparole.wordpress.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Ormai

Un giorno la giovinezza, con circospezione
abbandona arbitrariamente i capolinea. Ecco.
E io ricordo le finestre che s’accendono al pianterreno
sul vialone, e somigliano così profondamente ai radi
ragionamenti che faremo sul punto di morire,
in articulo, con l’ombra degli amici, a fior di mente.

Invero
non so più se viva tra le secche
ancora il suo tepido serpire, adesso,
in province gelate, come una romanza
fine e perenne sul filo della schiena, ma davvero
so che nelle lacrime lombarde, ove credemmo
di mieterci a vicenda, vagabondi baleni
dissipavano i veli nuziale alle riviere.

Ed era un nome d’alta Italia, a ripensare bene,
era un nome questa raffica, che non osi
più inseguire? E la felicità dell’occidente
si salva in occidente?

Disabitate ormai le alzaie, e disperando
ormai del nostro sentimento (e la nebbia
ormai mietuta che ci stringe a mezza vita),
disabitate le alzaie e disperando ormai,
se la patria fosse una cittadinanza unica, reale,
andrebbe ricordata in un risucchio, a capofitto
per le celesti aiuole, la parte più dimessa
del nostro pensare lontanamente: andrebbe
ricordato uno spesso passaggio di brumisti
e di taxi, quel che tossisce sul margine caduco
del Naviglio, o libero tra le pioppe luccicanti
che i diti dl vento tamburellano lassù, il brivido
dell’ultimo brum, in una corsa matta, che ci porta
via tutti i fanali e il nostro cuore salutando.