Vinícius de Moraes

La mirada hacia atrás


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Aunque surgiera una mirada de piedad o de amor,
aunque hubiera una mano blanca que apaciguara mi frente palpitante…
yo estaría siempre como un cirio quemando hacia el cielo mi fatalidad
sobre el cadáver aún tibio de este pasado adolescente.

Tal vez en el espacio perfecto apareciera una visión desnuda
o tal vez la puerta del oratorio fuera abriéndose misteriosamente…
yo seguiría olvidado, palpando suavemente la cara del hijo muerto,
roto por el dolor, llorando sobre su cuerpo insepultable.

Tal vez de la carne del hombre postrado se viera salir una sombra igual a la mía
que amara las golondrinas, los senos vírgenes, los perfumes y los lirios de la tierra,
tal vez… pero todas las visiones estarían también flotando en mis lágrimas
y serían como óleo sagrado y como pétalos derramándose sobre la nada.

Alguien gritaría a lo lejos: «¡Cuántas rosas nos ha dado la primavera…!»
Yo miraría vagamente el jardín lleno de sol y de colores nuevos entrelazándose,
tal vez incluso mi mirada siguiera desde la flor el rápido vuelo de un pájaro,
pero bajo mis dedos vivos estarían su boca fría y sus luminosos cabellos.

Rumores llegarían a mí, distintos como pasos en la madrugada.
Una voz cantó, ¡era la hermana, era la hermana vestida de blanco!
—su voz es fresca como el rocío…— Bésame en la mejilla, hermana vestida de azul,
¿por qué estás triste? ¿también te ha dado la vida el velar un pasado?

Volvería el silencio —sería una quietud de nave en Viernes Santo—,
en una ola de dolor yo tomaría la pobre cara en mis manos angustiadas,
atendería a la brisa, diría a lo loco: «Escucha, despierta,
¿por qué me has dejado así, sin decirme quién soy?»

Y la mirada estaría ansiosa esperando
y la cabeza al sabor de la angustia temblando
y el corazón huyendo y el corazón regresando
y los minutos pasando y los minutos pasando…

Sin embargo, dentro del sol mi sombra se proyecta,
sobre las casas avanza su vago perfil taciturno,
camina, se diluye, se dobla en los escalones de las altas escaleras silenciosas
y muere cuando el placer llama a la tiniebla para la consumación de su miseria.

Es que ella va a sufrir el instante que me falta,
ese instante de amor, de sueño, de olvido,
y cuando llega, a horas muertas, deja en mi ser un cúmulo de recuerdos
que yo deshojo añorante sobre el cuerpo embalsamado del eterno ausente.

Aunque surgiera en mis manos la herida rosácea,
aunque rezumara en mi piel la sangre de la agonía…
yo diría: «Señor, ¿por qué me has elegido a mí que soy esclavo,
por qué me has llagado a mí lleno de llagas?

Aunque desde mi vacío te crearas, ángel que yo soñé de blancos senos,
de blanco vientre y blancas piernas afinadas,
aunque vibraras en el espacio donde te moldeé perfecta…
te diría: «¿Por qué has venido a darte al ya vendido?»

¡Oh, extraño humus de este ser inerme y que yo siento latente,
escurre sobre mí como luz de luna en las fuentes pobres,
embriaga mi pecho de tu aliento que es como el sándalo,
llena mi espíritu con tu sangre que es la misma vida!

Afuera, la risa de un niño: lejana infancia de la hostia consagrada.
¡Aquí estoy quemando mi eternidad junto a tu cuerpo frágil!
Sé que la muerte abrirá en mi desierto fuentes maravillosas
y voces que yo no sabía en mí lucharán contra la Voz.

Pero ahora estoy viviendo de tu llama como la cera,
el infinito nada podrá contra mí porque de mí lo quiere todo.
Él ama en tu sereno cadáver el terrible cadáver que yo sería,
el hermoso cadáver desnudo lleno de cicatrices y úlceras.

¿Quién me ha llamado? ¿tú, madre? Tu hijo sueña…
¿Recuerdas, madre, la juventud, la gran playa a la luz de la luna…?
¿Has pensado en mí, madre? Oh, todo es tan triste,
la casa, el jardín, tu mirada, mi mirada, la mirada de Dios…

Y bajo mi mano tengo la impresión de una boca fría murmurando.
Me siento ciego y miro al cielo y leo en mis dedos el mágico recuerdo.
Pasasteis, estrellas… Volvéis de nuevo arrastrando blancos velos.
Pasasteis, lunas… Volvéis de nuevo arrastrando negros velos…
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Vinícius de Moraes. O olhar para trás
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O olhar para trás

Nem surgisse um olhar de piedade ou de amor
Nem houvesse uma branca mão que apaziguasse mina fronte palpitante…
Eu estaria sempre como um círio queimando para o céu a minha fatalidade
Sobre o cadáver ainda morno desse passado adolescente.

Talvez no espaço perfeito aparecesse a visão nua
Ou talvez a porta do oratório se fosse abrindo misteriosamente…
Eu estaria esquecido, tateando suavemente a face do filho morto
Partido de dor, chorando sobre o seu corpo insepultável.

Talvez da carne do homem prostrado se visse sair uma sombra igual à minha
Que amasse as andorinhas, os seios virgens, os perfumes e os lírios da terra
Talvez… mas todas as visões estariam também em minhas lágrimas boiando
E elas seriam como óleo santo e como pétalas se derramando sobre o nada.

Alguém gritaria longe: — “Quantas rosas nos deu a primavera!…”
Eu olharia vagamente o jardim cheio de sol e de cores noivas se enlaçando
Talvez mesmo meu olhar seguisse da flor o voo rápido de um pássaro
Mas sob meus dedos vivos estaria a sua boca fria e os seus cabelos luminosos.

Rumores chegariam a mim, distintos como passos na madrugada
Uma voz cantou, foi a irmã, foi a irmã vestida de branco! — a sua voz é fresca como o orvalho…
Beijam-me a face — irmã vestida de azul, por que estás triste?
Deu-te a vida a velar um passado também?

Voltaria o silêncio — seria uma quietude de nave em Senhor Morto
Numa onda de dor eu tomaria a pobre face em minhas mãos angustiadas
Auscultaria o sopro, diria à toa — Escuta, acorda
Por que me deixaste assim sem me dizeres quem eu sou?

E o olhar estaria ansioso esperando
E a cabeça ao sabor da mágoa balançando
E o coração fugindo e o coração voltando
E os minutos passando e os minutos passando…

No entanto, dentro do sol a minha sombra se projeta
Sobre as casas avança o seu vago perfil tristonho
Anda, dilui-se, dobra-se nos degraus das altas escadas silenciosas
E morre quando o prazer pede a treva para a consumação da sua miséria.

É que ela vai sofrer o instante que me falta
Esse instante de amor, de sonho, de esquecimento
E quando chega, a horas mortas, deixa em meu ser uma braçada de lembranças
Que eu desfolho saudoso sobre o corpo embalsamado do eterno ausente.

Nem surgisse em minhas mãos a rósea ferida
Nem porejasse em minha pele o sangue da agonia…
Eu diria — Senhor, por que me escolheste a mim que sou escravo
Por que me chagaste a mim cheio de chagas?

Nem do meu vazio te criasses, anjo que eu sonhei de brancos seios
De branco ventre e de brancas pernas acordadas
Nem vibrasses no espaço em que te moldei perfeita…
Eu te diria — Por que vieste te dar ao já vendido?

Oh, estranho húmus deste ser inerme e que eu sinto latente
Escorre sobre mim como o luar nas fontes pobres
Embriaga o meu peito do teu bafo que é como o sândalo
Enche o meu espírito do teu sangue que é a própria vida!

Fora, um riso de criança — longínqua infância da hóstia consagrada
Aqui estou ardendo a minha eternidade junto ao teu corpo frágil!
Eu sei que a morte abrirá no meu deserto fontes maravilhosas
E vozes que eu não sabia em mim lutarão contra a Voz.

Agora porém estou vivendo da tua chama como a cera
O infinito nada poderá contra mim porque de mim quer tudo
Ele ama no teu sereno cadáver o terrível cadáver que eu seria
O belo cadáver nu cheio de cicatriz e de úlceras.

Quem chamou por mim, tu, mãe? Teu filho sonha…
Lembras-te, mãe, a juventude, a grande praia enluarada…
Pensaste em mim, mãe? Oh, tudo é tão triste
A casa, o jardim, o teu olhar, o meu olhar, o olhar de Deus…

E sob a minha mão tenho a impressão da boca fria murmurando
Sinto-me cego e olho o céu e leio nos dedos a mágica lembrança
Passastes, estrelas… Voltais de novo arrastando brancos véus
Passastes, luas… Voltais de novo arrastando negros véus…