Actinia

Desde tus gafas ladeadas
miras más allá de la tarde opaca
y el translúcido atardecer.
Di, ¿qué ves? ¿ves el orto en el ocaso?
Alzándose al oscurecer.
Tan ahí.

Bien, ahora arrodíllate y adora
al sol naciente del anochecer
mientras que, autolimitándome,
yo sopeso tu bruna actinia
honrando la luz del atardecer.
Justo ahí.

La actinia agita sus tentáculos
bajo la cadencia del mar.
Vuelve y va, vuelve y va, aún más allá,
dividiendo por su cuadrado
la velocidad del atardecer.
Sí, ahí.

Cálidas aguas y campos de algas,
colonias de estromatolitos
desde el mismo origen del mundo;
ocultas sinfonías verdegueantes,
los vívidos colores de la sal.
Ay, ahí.

Contempla el alba en el crepúsculo
—brazo arriba, la pierna allá—
y la aurora contra el anochecer.
Te has quitado también las gafas:
Verás el sol sobre la sal.
Oh sí, ahí.

Isla blanca, suave marea;
medusas y velellas en el mar.
La actinia vuelve, vuelve y va.
Serpientes entre los algares.
Verás lo más profundo de la sal.
Ay. Ahí.

Alzándose al atardecer.
Vuelve y va, vuelve e irá. Aun más que allá.
Reflejos de tus ojos a mis ojos
—pierna laxa, la mano acá—
de rojo fulgor al anochecer.
Ahí. Ahí.

Estromatolitos en la marea.
Tentáculos de anémona. Oleaje.
Sargazos en la tempestad.
Fragmentos de coral, troncos y redes…
Los fúlgidos sabores de la sal.
Ay… Ahí va.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Lodo y polvo

A casa de Gingiz finou hai mil anos.
Os seus catro reis xacen nun oasis,
e a docísima auga das dez fontes
escurre polos canos dos seus ósos.
A. Cunqueiro, Os catro chefes da casa Gingiz

Cubren ciudades las dunas
—solo arena—,
con el tiempo pasa el tiempo
y hasta al tiempo
lo desmenuza el desierto
grano a grano;
solo lluvia,
polvo a polvo en el desierto.
Y al desierto
—solo tiempo, solo lluvia
en mis ojos solo rojos—
lo va descarnando el tiempo.
Solo tiempo.

Los jefes de la casa de Gingiz,
leones sin rival en la batalla,
guirnaldas de camelias en la tarde,
en un oasis yacen, en sus fuentes:

El primero murió en una emboscada
entre dunas y altos peñascales;
reposa, príncipe, en el suelo tu cabeza
y corónate con las arenas del desierto.

El segundo a traición fue envenenado
y en el sueño sus sueños se durmieron;
la noche se queja en tu frágil sueño
como el halcón del rey en el guante oscuro.

Vilmente degollado fue el tercero,
incauto, en un banquete en tierra extraña;
rojo vino y roja sangre en las manos y las rosas,
y en las estrellas, a las que llamaba por su nombre.

Y el cuarto, el más amado, huyó al desierto:
los condes encontraron su cadáver
y junto a sus hermanos lo enterraron;
las hienas y los buitres le acogían;
ese para quien guirnaldas de camelias
se trenzan silenciosas en las cañadas del crepúsculo.

La casa de Gingiz se extinguió hace mil años;
sus cuatro reyes en un oasis yacen
y la dulcísima agua de diez fuentes
se escurre por los caños de sus huesos.
Leones que en la piedra de los siglos
recuerdan a los reyes su arrogancia.

El tiempo en el desierto, eternalmente,
irá desmenuzando el polvo eterno.
Ojos rojos en la lluvia,
—solo tiempo—
polvo en el lodo, sueños
que sobre el tiempo insomne se durmieron.

egm.2019
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Polvo y lodo

Reyes, poetas y amantes que murieron
legando al sutil polvo sus conquistas.
Omar Jayam, Rubaiyat

El viento remueve el polvo disperso
de los palacios vencidos en ruinas
y lo arrastra a la estepa.
La lluvia recoge escombro y guijarros
de antiguos castillos desmoronados
y el río los lleva al mar.
Los anillos de los emperadores
permanecen para siempre olvidados
bajo el légamo podrido e insondable
de los pantanos.
Y nada es.

A aquellos que marcharon a las sombras
y atravesaron las puertas del orco,
hace unos años apenas,
muy pocos hoy los evocan y añoran
y en unos años, escasos,
nadie tampoco podrá recordarlos,
y su miseria y grandeza,
días y hechos, y aun su existencia,
no serán nada,
y del olvido el espectro espantoso
los abrazará eternamente,
y no serán nada.
Y el viento hesita en los patios vacíos
de los castillos.
Y nada es.

Cada planeta
gira en torno a su estrella
y cada estrella subsiste
rotando en su galaxia brevemente.
Pocas cosas
siempre serán lo que son,
muchas en cambio cambian
continuamente y siempre cambiarán.
Cada galaxia se aleja del centro
del Universo
desde el origen del tiempo
y hasta el extremo de la eternidad.
Ay, —demasiado— pronto aún
__________________ para esperar.

Y polvo y lodo
en el hueco del corazón.
El viento rueda en los patios umbríos
de los castillos
y los anillos
duermen el sueño de lodos impíos,
rancios y fríos.
Y nada es.

egm.2019
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Invierno

Será un fatal invierno
sin otoño ni primavera;
se entregará la fiera
a su rastreador eterno.

Ya se adueña la nieve
de las antes doradas cimas
y a las umbrías simas
va ciñéndose un vaho aleve.

En un latido alterno
de escarcha y hielo ni siquiera
perdurarán los climas;

tras, quizá, algún fulgor interno
no volverá la era
del largo sol y el cierzo breve.

Vendrá un inicuo invierno
y con su luz, el moho eterno.

egm.2019
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Uno que una

El río, súmate al río,
sube a la duna;
la playa, baja a la playa,
salta en la espuma:
tocas el mar que a la Tierra circunda,
eres el mar y la tierra
que abriga y encierra;
uno en el sol y la lluvia fecunda,
uno en el mar y la Tierra
que ampara e inunda.
Tan uno que una.

—El crambe en flor con mimo
cala mi arena.
—La limosella drena
mi savia al limo.

Más o menos contento
con lo que he sido;
más o menos tranquilo
con lo que he hecho:
Nunca estuve en los desiertos de África
ni en sus pirámides,
nunca anduve por las selvas de América
ni vi sus templos,
no recorrí las estepas de Asia
ni sus palacios,
nunca ascendí a las montañas de Europa
ni a sus castillos,
no navegué Oceanía,
no me perdí en las planicies de Australia
ni en sus orillas;
no vi la banquisa en el Ártico,
los sargazos del Atlántico
ni las tendidas islas del Pacífico.
¡Qué hermosas fotos podría mostrar
de haber estado alguna vez allí!

Pero de momento
—polvo y lodo—
no sopla el viento.
Oh, demasiado tarde
para descubrir continentes;
ay, demasiado pronto
para colonizar planetas.
Así que, de momento,
más o menos satisfecho
de lo que he sido,
más o menos convencido
de lo que he hecho,
espero al viento.

Una en el mar que la tierra circunda,
araña en la grieta;
uno en la tierra que ampara y encierra,
lobo en la tundra.

Qué hermosas fotos
de los cráteres de Calisto
y los barjanes de Marte,
de los anillos de Neptuno
—¿o era Saturno?—
y los quebrados hielos de Miranda,
además de algún selfi
al pie del volcán Monte Olimpo,
qué lindas fotos
para subir de inmediato
a los trasmallos sociales
y para guardar para siempre
en el PqC
(personal quantum computer)
y enseñar a las coleguillas.
Qué preciosas fotos, ay,
ay demasiado pronto
—moi cedo aínda pra min—
_______________ para esperar.

Cardos marinos, lirios,
pino, aulaga y azahar.
Peña y pinar;
oh: las dunas de tus nalgas
—crambe, algas—
extendidas frente al mar.

—Uno en el mundo,
la Tierra te encierra.
—Una en la Tierra,
el mundo circundo.

Aún demasiado pronto.
Solo en la playa;
loba en la lluvia.
Aun otra vez.
Perro en la bruma,
eres la sombra que el cosmos circunda;
tan uno que una.

egm.2019
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Los cuerpos sin esqueleto

Me asombran los cuerpos sin esqueleto;
corro por carreteras sin señales,
bebo en los bares de los extrarradios,
almuerzo en las tabernas más mugrientas,
me orino en las cabinas telefónicas
y beso a las princesas en sus torres.

Acampo en despoblados y explanadas,
camino los caminos sin camino,
escupo a los pies de los concejales
y lloro entre las piernas de las putas;
me consumo en el humo del incienso
y ardo en altos gritos de soberbia.

Me asombran los caparazones huecos,
las calles de solares sin aceras,
me admiran los ejércitos de insectos
que anidan en las playas en verano.
Someto a las esposas de los próceres,
seduzco a los marinos en los muelles.

Indago entre los restos y excrementos
que dejan las gaviotas en las rocas;
presumo que los días del pasado
no son muy diferentes del futuro:
auguro que la mierda venidera
será tan pestilente como esta.

Me admiran los fuegos artificiales,
el ruido de los disparos, los cláxones,
las manos que recorren las espaldas
y los paneles de las autopistas…
los gestos ensayados de sorpresa,
los cuerpos sin esqueleto. Me asombran

las palabras evisceradas.

egm.2019
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Verbo

Ay de vosotros, los que ahora os saciáis,
porque pasaréis hambre.

Lucas, 6:25

Primo
_______ Desdichados los sabios
pues mientras buscan luz en pleno día
les deslumbrará el sol a media noche.
Sabios que siempre serán los más necios.

Dudo
_______ Desdichados los necios
pues ellos harán el bien sin saberlo
y harán también el mal sin proponérselo.
Necios que siempre serán los más tontos.

Terto
_______ Desdichados los tontos
pues ellos vivirán siempre felices,
aun a pesar de ver la realidad.
Tontos que siempre serán los más listos.

Cuarco
_______ Desdichados los listos
pues al creer tontos a los demás
serán ellos los más grandes idiotas.
Listos que siempre serán los más simples.

Quinco
_______ Desdichados los simples
pues no podrán saber qué es lo que son
aunque nunca sabrán lo que no son.
Simples que siempre serán los más torpes.

Secso
_______ Desdichados los torpes
pues en el mismo daño que ocasionan
hallarán más dolor del que merecen.
Torpes que siempre serán los más locos.

Septo
_______ Desdichados los locos
pues ellos sabrán que todo lo ignoran
e ignorarán que ya todo lo saben.
Locos que acaso serán los más sabios.

egm.2019
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Himno al dios de la tempestad

Y enviaron contra ellos, como una tempestad,
fiebres, enfermedades, pestes y epidemias.
Poema de Atrahasis

.

Oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
Oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
señor de los vientos, de las lluvias y del rayo destructor,
señor de la tempestad,
dueño del vendaval, del tornado y del vehemente ciclón,
señor de la tempestad,
dueño del aguacero, de la riada y la funesta inundación,
señor de la tempestad,
dueño del trueno, del relámpago y del rayo destructor,
señor de la tempestad,
de la tempestad;
[…]

oh tú, señor, dueño del vehemente ciclón,
dueño del vendaval, del tornado y del vehemente ciclón,
oh tú,
dueño del vendaval devastador,
del vendaval devastador
que levanta los tejados y a los árboles derriba
y hace retemblar las sólidas puertas de los palacios,
oh tú,
dueño del tornado vortiginoso,
del tornado vortiginoso
que alza las blancas casas hacia las nubes
y aplasta como mieses al orgulloso cedro y al ciprés,
oh tú,
dueño del vehemente ciclón,
del vehemente ciclón
que arrasa hermosas villas y grandes ciudades
dejando tras de sí la muerte y la desolación,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh tú, señor, dueño de la funesta inundación,
dueño del aguacero, de la riada y la funesta inundación,
oh tú,
dueño del aguacero persistente,
del aguacero persistente
que confina a las fieras en sus ocultas guaridas
y a los hombres en la húmeda oscuridad de sus moradas,
oh tú,
dueño de la riada impetuosa,
la riada impetuosa
que anega las verdes riberas y las feraces vegas
arruinando las abundantes y nutricias cosechas,
oh tú,
dueño de la funesta inundación,
la funesta inundación
que revuelve las negras tierras con las tumultuosas aguas
y a los hombres con las bestias en mortífera confusión,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh tú, señor, dueño del rayo destructor,
dueño del trueno, del relámpago y del rayo destructor,
oh tú,
dueño del trueno ensordecedor,
del trueno ensordecedor
que atemoriza al bravo guerrero sobre las almenas
y espanta a las feroces alimañas de la selva,
oh tú,
dueño del relámpago deslumbrante,
del relámpago deslumbrante
que ilumina la aguzada lluvia con azulada luz
y ciega a aquel que osa mirarlo de frente,
[…]
oh tú,
dueño del rayo destructor,
del rayo destructor
que hiende la altanera y enhiesta roca
e incendia los anchurosos campos y los tupidos bosques,
oh tú, señor,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad;

oh dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
[…]
deja que el viento corra y que galope el ciclón,
señor de la tempestad,
deja que la lluvia anegue el mundo durante meses,
señor de la tempestad,
deja que el rayo resquebraje los peñascos y las murallas,
señor de la tempestad,
mas líbranos de los necios, de los sandios y mentecatos,
líbranos de los engreídos, arrogantes y presuntuosos,
de los mezquinos, ególatras y desagradecidos,
y sálvanos,
señor de la tempestad,
de todos aquellos que hacen la vida del ser humano
más difícil aún de lo que ya es sobre la Tierra,
señor de la tempestad,
y arrástralos con tu vendaval desenfrenado,
y ahógalos en tus torrentes impetuosos,
y fulmínalos con tu rayo exterminador,
señor de la tempestad.

Oh tú, Adad, hijo de An,
toro radiante, hijo de An,
dios de las tormentas, señor de la tempestad,
de la tempestad,
entono este sacro himno en tu loor,
toro radiante,
en tu loor.

egm.2019
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La cueva de las brujas

For a charm of powerful trouble,
like a hell-broth, boil and bubble.
W. Shakespeare, Macbeth, Act IV, Scene 1

Yo vi a las brujas anoche
en la cueva junto al pantano;
no les quedaba un solo diente,
bebían whisky y aguardiente
con una jarra en cada mano
blasfemando a troche y moche.

Bailando desnudas, yo soy testigo
—las tetas les llegan a la barriga
y el pelo del coño hasta el ombligo—,
graznaban borrachas esta cantiga:

«Rabo de rata, pata de gata,
hueso de oso, crin de raposo,
hoja de tejo, dedo de viejo,
uña de niño, garra de armiño,
diente de lobo, baba de bobo,
cuerna de ciervo, lengua de cuervo,
anca de rana, ojo de iguana,
raya de cebra, cruz de culebra,
belfo de jaca, cola de urraca,
mano de mono, pie de patrono,
labio de puta, raíz de cicuta,
poro de esponja, himen de monja,
pene de cura, brazo de ofiura,
riñón de hurón, pulmón de tritón,
hiel de cabrón y piel de dragón.
Hierve que hierve en el viejo caldero
filtro del diablo que hará lo que quiero;
hierva en burbujas el caldo infernal,
ligue un hechizo de fuerza bestial».

¡Uf! Apreté el culo y salí corriendo
mientras de lejos aún iba escuchando:
«¡Hierva que hierve el brebaje fatal,
cuece que cueza un hechizo infernal!»

Yo espiaba a las brujas anoche
allá en la cueva detrás del pantano.
Cantaban borrachas esta cantiga,
bailando desnudas, y soy testigo:
las tetas les llegan a la barriga
y el pelo del coño hasta el ombligo.

egm.2019
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Última noche en Betmoria

No guard goes round Bethmoora’s
battlements, no enemy assails them.
Lord Dunsany, Bethmoora

Volvamos a Bethmoora una vez más.
Vayamos a bailar el kalipac:
Ya suenan el tambang y el titibuk
y el dulce y melodioso zotivar;
bebamos el oscuro syrabub,
dancemos en la rúa el kalipac.

Vayamos a Betmoria, aunque tal vez
las viñas solo estepa sean ya
y —débil— en las torres otra luz
no alumbre que el borroso centelleo
de estrellas que se encogen sin brillar
huyendo de las ruinas de Betmoria…

Bailemos en la calle el calipán,
bebamos el negrizco sirabur:
resuenen el tambán y el zotivar
y el ronco y cadencioso titibul;
bebamos del acedo sirabur:
dancemos en la plaza el calipán.

Vayamos a Betmoria a terminar,
sabiendo —pues sabemos— que jamás
habrá ya kalipac ni syrabub
y, ciegos, embriagados, sin razón,
dancemos el infame kalipac
bebiendo el ponzoñoso syrabub.

Volvamos a Betmoria una vez más;
vayamos para nunca regresar.
Bailemos sin saber dónde el final
del baile que no deja recordar.
Vengamos a Bethmoora esta vez más:
Volvamos para nunca retornar.

egm.2019
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La desesperación

Cortèges, ô cortèges!
G. Apollinaire, Le musicien de Saint-Merry

El chamán miró
a las brillantes monedas
y vio el sol,
y no la sombra perniciosa
que tras él se cernía en el desierto.
De aquellos polvos vienen estos limos;
de aquellos fangos vienen estos polvos.
¡Arde el aire!

Oh, Perceval:
¿Has encontrado el Grial?
Aunque es pronto,
a veces
cuando voy, volvéis;
a veces, cuando vais, no voy.
Don Perceval
demanda el Grial.

Dices: ¡Eh, chiquito!
Demasiado sol, morenilla;
¡ay, tanto sol!
Se te ha puesto incluso el chichi moreno
de tanto sol.

El espíritu cortadito a tiras;
entre cada resquicio,
los ecos a la luz del precipicio:
ficciones y mentiras.
Arde el aire,
el mar rehierve,
remolinos de fuego se inflaman
en las uñas del viejo dragón;
brama el monte,
gime el llano,
algún algo musita en las sombras
sin cadencia una antigua canción.
¡Arde el aire!

Ah la bella Genoveva,
rubia y sonriente,
en su casa junto al puente
como el río se me lleva.

Aquel día el chamán,
a cambio de unas pobres baratijas,
condujo al sabio etnólogo a la cueva
de aquel desierto donde se ocultaba
desde siglos incontables
la efigie de madera del Gran Dios,
el Gran Antepasado de la tribu,
Padre y Madre de todos,
el Anciano del Mundo.

Sí, chiquito:
¡Repta el rito!

No termina la función:
La máscara ahora es la cara,
de sus vértices avara,
y la cara es el telón.

¡Oh sublime trabajo,
talla maravillosa!
¡Oh vida y real efigie de la vida!
¡Oh representación cierta de dios!
Atónito, mudo, paralizado
se quedó el sabio etnólogo;
se sintió seducido
y, ávido, codicioso,
después de negociar brevemente
con el necio chamán,
y en nombre de la ciencia,
se hizo con su botín
y huyó alborozado con él a Europa.

Ey, chiquito,
baila hasta que se te rompa el tacón,
mientras tu linda morena
retuesta su coño al sol.
Sí, chiquito,
olvídate de Perceval;
no pienses más en el precio
de la desesperación.

Y aquel día el chamán,
por nada, traicionó a toda su gente
y a sus antepasados.
Y el ego del etnólogo,
pensando ya en su pieza en el museo,
se expandió como una zarza.
Y el pueblo del desierto
se vio desposeído de su dios
y solo entre la arena.

El aire arde.
Se despierta la bestia dormida,
el cínico dragón
que no olvida nunca sus tretas
y canta su arcana canción.
¡Arde, arde!
Acaso las acciones inocentes
son muchas veces culpables,
quizá,
y los besos impulsivos
pueden ser premeditados,
tal vez.

Pulsa la tecla.
Los ecos son las voces de los muertos.
Chica guapa, tipo astuto,
comenzando el viejo juego
de la sabida recuperación.
Pero el verano pasa,
pasa el ave y pasa el sol,
y en el centro de un círculo ciego
rueda un cortejo ritual.

Ay Melisa, ay Paula,
ay triste Antonia, ay.

Si bien por las mañanas
todos los príncipes son ranas
e incluso las princesas
se vuelven sapos si las besas.

Ah! Ariene.
Clica de nuevo el botón.
Los ecos de los ecos se bifurcan.
¿No sabías que mentías
cada vez
que creías que decías
la verdad?
Gira el cortejo ritual.
Y tú Ariana y tú Paquita y tú Amanda
y tú Mila y tú Simona y tú Marisa
y tú Colette y tú la bella Genoveva…
Lo único cierto es la incertidumbre,
y de las dudas, la herrumbre.

Y dijo el dios desde lo más profundo
de su alma de madera:
¡Ay, humanos: no os merecéis
ni el agua de la que estáis hechos!
Broza, escoria, polvo y lodo
en el hueco del corazón.

Arde que arde.
Para ti el firmamento
es un enigma sin señal,
para el tiempo las estrellas
son mariposas en el mar,
para el mar las borboletas
son colores de la sal,
pero el tiempo para mí
es un sueño que vuelve a comenzar.

¡Arde el aire!
A veces, cuando regresáis
yo aún sigo intentando huir
_______________ para esperar.
En las hojas de los magnolios
susurra seducciosa la nortada:
Polvo y lodo y fango y limo
serán el pago que obtengas
de la reptante desesperación…
…ación …ación …ación…

Y Perceval
—¡corre, jinete, cabalga!—
no encontraba el Grial.

egm.2019
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Puedes creerme

No digo hola ni hasta luego,
no tengo miedo.

Miro a la gente con gesto hosco,
pero no es miedo.

No me disculpo, nunca agradezco,
sin ningún miedo.

Canto en voz alta, silbo a las chicas;
no tengo miedo.

Bebo en los bares mirando al suelo,
pero no es miedo.

Cierro los puños en mis bolsillos
sin ningún miedo.

Hablo muy poco y pienso menos;
no tengo miedo.

Piso con fuerza, doy empujones;
quién dijo miedo.

Respeto solo mis propios huevos:
nada de miedo.

No tengo miedo; puedes creerme.
No tengo miedo.

egm.2019
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Lo que me hablaron las brujas

And you all know: security
Is mortals’ chiefest enemy.
W. Shakespeare, Macbeth, Act III, Scene 5

Yo oí a las brujas anoche,
en la gruta, junto a la ciénaga
y el frondoso cañaveral.

La más flaca me dijo esto:
«No hagas daño conscientemente
ni permitas que te lo hagan,
y perdona siempre que puedas,
si es que puedes.
No trates con necios
ni fíes tu amistad a los astutos.
Vive despacio, muere aprisa,
y no dejes tras de ti
la más leve huella, sombra o susurro».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo una bruja.

La más fea me habló así:
«Nunca renuncies a nada
y tampoco desprecies nada.
Prueba lo que te ofrezcan,
busca lo que no encuentras.
Marca tu propio paso
con fuerza y voluntad sobre la Tierra.
Súmalo, abárcalo todo,
tómalo todo
mas no te quedes ni con una mierda».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo otra bruja.

Y la más vieja me confundió:
«Habla a quien te escucha
y escucha a quien te habla.
No hagas preguntas
y obtendrás las respuestas;
detente a escuchar el silencio
y oirás lo que las palabras esconden.
Evita mirar a los ojos
y captarás los pensamientos
e incluso las mentiras más innobles».
En la gruta junto a la ciénaga
me dijo esta bruja.

Yo hablé con las brujas anoche,
en su cueva, junto a la ciénaga
y el umbroso cañaveral.

egm.2019
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Ni ella o él

Viviréis sin comprender
de qué hilos se os teje la vida:

Hablaréis
sin haber nunca escuchado,

oiréis
sin notar que el aire os habla,

andaréis
sin perder ningún camino,

bailaréis
sin sentir salvaje el ritmo,

follaréis
sin pensar en qué es el sexo,

rezaréis
sin que un dios pueda escucharos,

creeréis
sin creer en lo evidente,

miraréis
sin jamás ver los abismos;

moriréis
sin saber qué fue la vida.

Y, ¿amaréis?
Y ella y él.

egm.2019
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Restas

Iceberg que el mar diluye,
en su rolar,
y ya es agua de este mar
sobre el que fluye.

Soy el río que a otro mar
lleva su cieno;
buscaré en un orto ajeno
desembocar.

En la mano traigo el gran
puñal de humo
y del río en que me asumo,
un gavilán.

Tras el rastro de la sal
quizá mi alma
hallará la rara calma
existencial.

Solo, aguardo en cualquier bar,
si el mal me quiere,
a que el tiempo decelere
por no esperar.

Y aunque duermo en un zaguán
que el frío amarra,
cuando el cosmos se desgarra
altero el plan:

Bebo el filtro de este grial
y observo el rito,
y en el caos infinito
quiebro mi mal.

En las olas del azar
vidas remonto…
Ay, —¡ay!— demasiado pronto
_________________ para esperar.

egm.2019
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Corona de triunfo

El bronce corta el cuero
y al hierro, la eternidad.

¿Debo dejar constancia
de los hechos de mis contemporáneos?

Actúan igual, botarates,
que los hombres de hace diez mil años.

¿Debo hablar, yo, también,
de errores tantas veces renovados?

Sea el olvido su corona
y el silencio su merecido lauro.

El cuero teme al bronce
y el hierro, a la eternidad.

egm.2019
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Los páramos

Donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
G. A. Bécquer, Rima LXVI

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora.
L. Cernuda, Donde habite el olvido

A donde habita el olvido,
donde se alza la antigua
negra piedra solitaria
sobre el páramo terrífico;

donde se enzarza el olvido,
en la bruma remordida
de los recodos del tiempo
y las cimas del vacío;

donde se oculta el olvido,
entre los yermos jardines
sin aurora ni confines
en los senos de los siglos;

donde se hiela el olvido,
en la gran región desierta
del amor enarenado
en revueltos laberintos

donde se herrumbra el olvido;
a allá donde lato y vibro,
o acá, lejos,
donde olvido mi extravío…

a donde huye el olvido
huiré conmigo.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Niño de corazón frío

Ama al frío, niño
de corazón río.
Como le dijo
el crambe al mar:

—Sin tu sal
que me inunda de sed
no rompería la red
de mi mal.

Sufre el viento, crío
de corazón mar.
Como le habló
la limosella al río:

—Sin tu arena
que me arrastra y me araña
no quebraré la maraña
de mi pena.

Ay, ese niño
del corazón río.
¿Qué más le dijo
el crambe al mar?

—Sin tu sal,
que me colma de calma,
se mustiaría mi alma
no inmortal.

Ay, ese crío
del corazón mar.
¿Qué más le habló
la limosella al río?

—Sin tu fuente,
que me da de beber,
se secaría mi ser
quietamente.

Así le dijo
la limosella al río;
esto le habló
el crambe al mar.

¡Ay, ese mi niño
de corazón frío!
Ai o meu meniño
do corazón mar!

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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