Actinia

Desde tus gafas ladeadas
miras más allá de la tarde opaca
y el translúcido atardecer.
Di, ¿qué ves? ¿ves el orto en el ocaso?
Alzándose al oscurecer.
Tan ahí.

Bien, ahora arrodíllate y adora
al sol naciente del anochecer
mientras que, autolimitándome,
yo sopeso tu bruna actinia
honrando la luz del atardecer.
Justo ahí.

La actinia agita sus tentáculos
bajo la cadencia del mar.
Vuelve y va, vuelve y va, aún más allá,
dividiendo por su cuadrado
la velocidad del atardecer.
Sí, ahí.

Cálidas aguas y campos de algas,
colonias de estromatolitos
desde el mismo origen del mundo;
ocultas sinfonías verdegueantes,
los vívidos colores de la sal.
Ay, ahí.

Contempla el alba en el crepúsculo
—brazo arriba, la pierna allá—
y la aurora contra el anochecer.
Te has quitado también las gafas:
Verás el sol sobre la sal.
Oh sí, ahí.

Isla blanca, suave marea;
medusas y velellas en el mar.
La actinia vuelve, vuelve y va.
Serpientes entre los algares.
Verás lo más profundo de la sal.
Ay. Ahí.

Alzándose al atardecer.
Vuelve y va, vuelve e irá. Aun más que allá.
Reflejos de tus ojos a mis ojos
—pierna laxa, la mano acá—
de rojo fulgor al anochecer.
Ahí. Ahí.

Estromatolitos en la marea.
Tentáculos de anémona. Oleaje.
Sargazos en la tempestad.
Fragmentos de coral, troncos y redes…
Los fúlgidos sabores de la sal.
Ay… Ahí va.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Lodo y polvo

A casa de Gingiz finou hai mil anos.
Os seus catro reis xacen nun oasis,
e a docísima auga das dez fontes
escurre polos canos dos seus ósos.
A. Cunqueiro, Os catro chefes da casa Gingiz

Cubren ciudades las dunas
—solo arena—,
con el tiempo pasa el tiempo
y hasta al tiempo
lo desmenuza el desierto
grano a grano;
solo lluvia,
polvo a polvo en el desierto.
Y al desierto
—solo tiempo, solo lluvia
en mis ojos solo rojos—
lo va descarnando el tiempo.
Solo tiempo.

Los jefes de la casa de Gingiz,
leones sin rival en la batalla,
guirnaldas de camelias en la tarde,
en un oasis yacen, en sus fuentes:

El primero murió en una emboscada
entre dunas y altos peñascales;
reposa, príncipe, en el suelo tu cabeza
y corónate con las arenas del desierto.

El segundo a traición fue envenenado
y en el sueño sus sueños se durmieron;
la noche se queja en tu frágil sueño
como el halcón del rey en el guante oscuro.

Vilmente degollado fue el tercero,
incauto, en un banquete en tierra extraña;
rojo vino y roja sangre en las manos y las rosas,
y en las estrellas, a las que llamaba por su nombre.

Y el cuarto, el más amado, huyó al desierto:
los condes encontraron su cadáver
y junto a sus hermanos lo enterraron;
las hienas y los buitres le acogían;
ese para quien guirnaldas de camelias
se trenzan silenciosas en las cañadas del crepúsculo.

La casa de Gingiz se extinguió hace mil años;
sus cuatro reyes en un oasis yacen
y la dulcísima agua de diez fuentes
se escurre por los caños de sus huesos.
Leones que en la piedra de los siglos
recuerdan a los reyes su arrogancia.

El tiempo en el desierto, eternalmente,
irá desmenuzando el polvo eterno.
Ojos rojos en la lluvia,
—solo tiempo—
polvo en el lodo, sueños
que sobre el tiempo insomne se durmieron.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Polvo y lodo

Reyes, poetas y amantes que murieron
legando al sutil polvo sus conquistas.
Omar Jayam, Rubaiyat

El viento remueve el polvo disperso
de los palacios vencidos en ruinas
y lo arrastra a la estepa.
La lluvia recoge escombro y guijarros
de antiguos castillos desmoronados
y el río los lleva al mar.
Los anillos de los emperadores
permanecen para siempre olvidados
bajo el légamo podrido e insondable
de los pantanos.
Y nada es.

A aquellos que marcharon a las sombras
y atravesaron las puertas del orco,
hace unos años apenas,
muy pocos hoy los evocan y añoran
y en unos años, escasos,
nadie tampoco podrá recordarlos,
y su miseria y grandeza,
días y hechos, y aun su existencia,
no serán nada,
y del olvido el espectro espantoso
los abrazará eternamente,
y no serán nada.
Y el viento hesita en los patios vacíos
de los castillos.
Y nada es.

Cada planeta
gira en torno a su estrella
y cada estrella subsiste
rotando en su galaxia brevemente.
Pocas cosas
siempre serán lo que son,
muchas en cambio cambian
continuamente y siempre cambiarán.
Cada galaxia se aleja del centro
del Universo
desde el origen del tiempo
y hasta el extremo de la eternidad.
Ay, —demasiado— pronto aún
__________________ para esperar.

Y polvo y lodo
en el hueco del corazón.
El viento rueda en los patios umbríos
de los castillos
y los anillos
duermen el sueño de lodos impíos,
rancios y fríos.
Y nada es.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Invierno

Será un fatal invierno
sin otoño ni primavera;
se entregará la fiera
a su rastreador eterno.

Ya se adueña la nieve
de las antes doradas cimas
y a las umbrías simas
va ciñéndose un vaho aleve.

En un latido alterno
de escarcha y hielo ni siquiera
perdurarán los climas;

tras, quizá, algún fulgor interno
no volverá la era
del largo sol y el cierzo breve.

Vendrá un inicuo invierno
y con su luz, el moho eterno.

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ēgm. 2019
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Uno que una

El río, súmate al río,
sube a la duna;
la playa, baja a la playa,
salta en la espuma:
tocas el mar que a la Tierra circunda,
eres el mar y la tierra
que abriga y encierra;
uno en el sol y la lluvia fecunda,
uno en el mar y la Tierra
que ampara e inunda.
Tan uno que una.

—El crambe en flor con mimo
cala mi arena.
—La limosella drena
mi savia al limo.

Más o menos contento
con lo que he sido;
más o menos tranquilo
con lo que he hecho:
Nunca estuve en los desiertos de África
ni en sus pirámides,
nunca anduve por las selvas de América
ni vi sus templos,
no recorrí las estepas de Asia
ni sus palacios,
nunca ascendí a las montañas de Europa
ni a sus castillos,
no navegué Oceanía,
no me perdí en las planicies de Australia
ni en sus orillas;
no vi la banquisa en el Ártico,
los sargazos del Atlántico
ni las tendidas islas del Pacífico.
¡Qué hermosas fotos podría mostrar
de haber estado alguna vez allí!

Pero de momento
—polvo y lodo—
no sopla el viento.
Oh, demasiado tarde
para descubrir continentes;
ay, demasiado pronto
para colonizar planetas.
Así que, de momento,
más o menos satisfecho
de lo que he sido,
más o menos convencido
de lo que he hecho,
espero al viento.

Una en el mar que la tierra circunda,
araña en la grieta;
uno en la tierra que ampara y encierra,
lobo en la tundra.

Qué hermosas fotos
de los cráteres de Calisto
y los barjanes de Marte,
de los anillos de Neptuno
—¿o era Saturno?—
y los quebrados hielos de Miranda,
además de algún selfi
al pie del volcán Monte Olimpo,
qué lindas fotos
para subir de inmediato
a los trasmallos sociales
y para guardar para siempre
en el PqC
(personal quantum computer)
y enseñar a las coleguillas.
Qué preciosas fotos, ay,
ay demasiado pronto
—moi cedo aínda pra min—
_______________ para esperar.

Cardos marinos, lirios,
pino, aulaga y azahar.
Peña y pinar;
oh: las dunas de tus nalgas
—crambe, algas—
extendidas frente al mar.

—Uno en el mundo,
la Tierra te encierra.
—Una en la Tierra,
el mundo circundo.

Aún demasiado pronto.
Solo en la playa;
loba en la lluvia.
Aun otra vez.
Perro en la bruma,
eres la sombra que el cosmos circunda;
tan uno que una.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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