Restas

Iceberg que el mar diluye,
en su rolar,
y ya es agua de este mar
sobre el que fluye.

Soy el río que a otro mar
lleva su cieno;
buscaré en un orto ajeno
desembocar.

En la mano traigo el gran
puñal de humo
y del río en que me asumo,
un gavilán.

Tras el rastro de la sal
quizá mi alma
hallará la rara calma
existencial.

Solo, aguardo en cualquier bar,
si el mal me quiere,
a que el tiempo decelere
por no esperar.

Y aunque duermo en un zaguán
que el frío amarra,
cuando el cosmos se desgarra
altero el plan:

Bebo el filtro de este grial
y observo el rito,
y en el caos infinito
quiebro mi mal.

En las olas del azar
vidas remonto…
Ay, —¡ay!— demasiado pronto
para esperar.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010