Luz de invierno: Índice


Luz de invierno
(Bruma y rito)

1. Peregrinos

Jinete frío
El mono en ti
Peregrino en éxtasis
No me chilles que me calle
El otro espacio
Leña de acacia
Historia del pop
Rosa en llamas
Dos marionetas

2. El ataúd

Lo que solo saben los muertos
Canción de diciembre – villancico
El día de la revolución
Sola en la playa
Este otro río
Las olas

3. Dioses o héroes

El hombre y la ley
Asurbanípal en su biblioteca
Lo que yo admiro
A los númenes

4. La carnada

Eu quero, e tu?
Rapaces
Los cisnes
Acetrero
Nordeste

5. Nervio y arco

Poème d’amour du printemps
El aire del sueño
La cuesta del pinar
Peñón sin algas
Cálido infierno
Barrio extremo
Actinia

6. El hueco del corazón

Lodo y polvo
Polvo y lodo
Invierno
Pliego a joven alma sucia
Uno que una
Móvil, nidia, cauta
Los cuerpos sin esqueleto

7. En la ciénaga

Verbo
Himno al dios de la tempestad
La cueva de las brujas
Última noche en Betmoria
La desesperación
Puedes creerme
Lo que me hablaron las brujas
Ni ella o él

8. Corazón río

Restas
Corona de triunfo
Los páramos
Niño de corazón frío

9. Es pera

Coda

egm.2019

Jinete frío

Horseman, pass by!
W. B. Yeats, Under Ben Bulben

No hablo o miento.
A caballo del frío
bajan jinetes
con un beso vacío
en los grilletes.
Me abrazo al viento.

Beso el vacío.
Por la calle encallada
rezan las putas
a la diosa afeitada
de las tres grutas.
Me entrego al viento.

Te rezo, puta.
En el hueco del puño
vomito un grito,
me desgañito y gruño
mi secretito.
Me abraza el viento.

Vomito y grito.
En la bruma del frío
no hablo y miento;
rezo; beso el vacío:
me abrazo al viento.
Y observo el rito.

—¡Corre, jinete frío.
Remonta el viento!

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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El mono en ti

Percibes el fondo del ruido
y aun el rastro del silencio.
Hay un mono en ti
que te hace saltar,
te impulsa a correr y bailar.
Hay un mono en ti.

Frecuentas la sombra y lo húmedo,
y sabes temer,
y si debes huir a esconderte
del miedo que encoge las vísceras;
y sabes rugir.
Hay un mono en ti.

Intuitivamente
alcanzas a hallar soluciones
a dudas tenaces,
a sólidas contrariedades;
puedes meditar y calmarte.
Hay un mono en ti

que logra que cambies tus armas
por reflejos centelleantes,
alertas y fríos,
en la opacidad de tus ojos.
Consigues brillar.
Hay un mono en ti.

Si adviertes la huella del ruido
y acaso el peso del silencio,
es el mono en ti;
el que te convence
de no volver tu mente atrás
si has de atacar.

Y hay un mono en ti.
La bestia violenta y feroz
que te libra de ser humano
—ese humano en ti—,
de ser solo civilizado.
Hay el mono en ti.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Peregrino en éxtasis

Mas a mí, con el tiempo, la necesidad
me ha enseñado a tener aprecio a mis desgracias.
Sófocles, Filoctetes

.

Por las trochas del viento
camina hambriento
un peregrino absorto
en su tormento.

Broza de espino y cañas
en las pestañas;
por sus pulsos desnudos
trepan arañas.

Páramo yermo y seco
su esfuerzo hueco;
alma sin sed ni calma
en cuerpo enteco.

Reo de las pasiones,
once aguijones
clavan en su memoria
once escorpiones:

uno por cada herida
que nunca olvida,
otro por un recuerdo
sepulto en vida.

Zarza y maleza eternas
traban sus piernas;
su pensamiento agobia
hondas cavernas:

grutas de eco adentro
y desencuentro;
lábiles laberintos
sin fin ni centro.

Por el erial de arena
camina y pena
lúgubre peregrino,
espectro en pena.

Yerra, tropieza, evita
el suelo y grita.
Busca en el horizonte
la vieja ermita;

quiere, en su ira, un norte
que le conforte
del amargor que escuece
en cada corte.

Huye por fin la tarde:
con pobre alarde
sobre el umbroso otero
una luz arde.

Corre sin un quejido,
ánimo erguido,
hacia la piedra antigua
cual rata al nido.

Mármol que el tiempo ensalza
ante él se alza;
echa atrás sus harapos
y se descalza.

Entra en el templo arcado
arrodillado:
vierte entre sus paredes
placer licuado.

Cumple el ritual, risueño,
como en un sueño,
y en la tibieza equívoca
logra su empeño.

Trance que el cielo envía.
Cosmogonía.
Nervio. Músculo. Temple.
Epifanía.

Vence a su hambre amiga
en la fatiga
tras reiterar el rito
que no le obliga.

Yace rendido, impura
su tregua oscura,
bajo la dulce y recia
arquitectura.

Y antes de que en la aurora
muerda la hora,
zarza y maleza eternas
sin más demora.

Por los surcos del viento
marcha irredento
el peregrino en busca
de otro tormento.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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No me chilles que me calle

Toda esa gente que habla
y toda la gente que chilla:

da igual si mienten o gritan
o si, solos, solo susurran

rezos o blasfemias burdas
en lenguas de aquí o de otra parte;

no dicen nada apreciable
ni descifran poco de nada:

apenas sordas palabras
que ahoguen su horror al silencio.

—Más sabe el furtivo cuervo
de graznar en los descampados

y ruge recio y más alto
la ambulancia en la carretera—.

Palabras vagas y necias,
sandeces y gracias inútiles;

fulgores que se consumen
en ladridos a ras de asfalto.

Burla el bufón en palacio
y canta el juglar en la aldea;

en la tele una elementa
jura por su sagrado coño

y un memo publica un tomo
sobre lo excelso y lo sublime;

acertijos más difíciles
plantean las niñas sarcásticas.

Palabras, preces, plegarias
son contaminación acústica;

motos, obras, buses, grúas,
causan menos daño al oído

que helados endecasílabos
y notas rellenas de crema.

Sabe también la corneja
lo que la gaviota y el mirlo:

conocen los vientos cíclicos
que corren entre los pinares

y después de bramar salen
por las dunas hacia el océano;

vuelve el silencio tras ellos
a las barrancas y los prados.

—Ruge más recio y más alto
un motor que cualquier tarugo—.

Palabras, versos, discursos
que reiteran poco de nada.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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El otro espacio

Jardines llenos de flores,
corazón negro de amor.
Cruzados (T. Larriva), La flor de mal

Frente a los laxos pilares del tiempo
bailaba rock
con un codo en mi bota izquierda.
Es un sofisma no tocar,
no mirar, no soñar, no bailar.
Bailaba pop-rock
en el cenit de la noche alumbrada
por los ojos que observan
y son deseados.
Ojos, ojos
que codician la flor de mal.

Este planeta tan extraño.
Vacío abajo y contra el cuanto
seguimos cayendo por siempre
como caímos por siempre jamás.
I rodant el món
vaig arribar al Born.
Voy ascendiendo la ola del tiempo
desmontando el mundo y mi identidad,
alterando, en cada cadencia, el plan.
En igual grado muerto y vivo,
observo el rito.

Simple cosmos extraño.
Donde había un colmado hay una tienda
de moda fina y pretenciosa,
en lugar de una taberna hay un bar
para finos y pretenciosos,
y la chica de las bragas raídas
ahora usa tangas de marcas caras
y va vagando de isla en isla,
de duna en duna en el desierto,
buscando, polvo a polvo,
tan solo la felicidad.

El Universo no existe
hasta que tú no lo has medido.
I rodant el món
vaig oblidar el Born.
Oh, qué insulsa escena de decadencia.
Jodido universo extraño,
oculto en dimensiones enrolladas
sobre su propia dimensión.
Sigo, husmeo la flor de mal.
Y, al mismo tiempo en cualquier sitio,
acato el rito.

Bailaba hip-hop
con el alma en mi bota izquierda
bajo las viejas arcadas del tiempo.
Los ojos, ojos
que encuentran la flor de mal
en un cosmos breve e infinito
de once dimensiones desplegadas
sobre tu cosmos interior.
El hongo cuántico en mi cigarrillo…
Ay, demasiado pronto
________ para esperar.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Leña de acacia

1

En cada espejo adivino
vidriosas miradas huidizas.

No sé si alguien espía
turbándose en el otro lado,

o seré yo mismo, acaso,
eludiendo mi desconcierto.

Tú no sabes nada de esto:
Pilla el puto dinero y piérdete.

Las acacias —hacia el este—
despiertan a un cielo amarillo.

2

Mustio paisaje anodino
de urbe en silencio inestable:

lejos, farolas y calles
perdidas en fuga infinita,

y al fondo la duda íntima
de un sueño real y rotundo.

Mientras vacilo en el surco
de un taxi que pasa sin verme,

las acacias —contra el este—
se inflaman de ardor amarillo.

3

Bajón de resaca, frío;
recuerdos que vuelven de un pozo.

La lluvia, una playa, vómitos;
el día y la noche bebiendo.

Pelea en un bar; desierto
de gente gritando en la música.

Lo que no quieras ver nunca
es lo que tendrás para siempre…

Y las acacias —al este—
expanden su impulso amarillo.

egm.2019
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Historia del pop

’Cause I try and I try and I try and I try
I can’t get no, I can’t get no.
Rolling Stones (M. Jagger / K. Richards), (I Can’t Get No) Satisfaction

De momento,
los tupés en crecimiento.
Jotaele y Los Magnolios (V. M. Muñoz), Preataque emocional

Historia vulgar:
estrella del pop,
brillaste fugaz
tres años o dos.

Dejaste allá atrás
colegas y amor
a cambio de un mal
fulgor de neón.

Pasabas del jazz,
no amabas el rock:
querías saltar
del lodo hasta el sol.

Fingiendo encajar
jugabas tu rol;
te hiciste un lugar
en medio del show.

Por todo el dïal
sonaba tu voz
de bronco metal
en lo alto del top.

Te hacían audaz,
te daban valor,
dos rayas o un flash
de anfetas y alcohol.

Corrías detrás
del tiempo veloz,
del sexo rapaz
sin ritmo y calor.

Hiciste, es verdad,
alguna canción
que aún pueden cantar
las chicas de hoy.

Y un día sin más
tu luz se eclipsó:
al fondo del mar
caíste del sol.

Y añoras el gran
difuso esplendor,
el brillo falaz
del rojo neón.

Aún crees reinar
en medio del show,
aún piensas que estás
sonando en el top.

Sin sinceridad
escribes un blog
jugando a juzgar
quién era y quién no.

Y por recordar
te metes de coz
dos rayas o un flash
de anfetas y alcohol.

Tan solo eres ya
historia del pop;
dos tiros de crack
o meta y alcohol.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Rosa en llamas

Dusty days are gone,
Rose of Cimarron.
Poco (R. Young), Rose of Cimarron

Ráfagas de ocaso, dunas escampadas.
R. M. del Valle-Inclán, Rosa de llamas

Monta el acero,
fuerza el asfalto;  empuja al viento,
mira hacia el sol.

Chillan caballos,
gruñen leones,  rugen disparos
en el motor.

Muerde las horas,
hiere los labios:  canta la Rosa
de Cimarrón.

Bullen las nubes
en la meseta;  la tarde hunde
cian en fulgor.

Calma a la bestia,
enfría el hierro;  dale a la rueda
paz y pasión.

Duerme, descansa:
sueña en infiernos  de ardiente lava
y acre vapor.

Revive luego
tu fe en el cosmos.  Vuelve de nuevo
al viejo hoy.

Alzando el día
va la mañana;  el cuero vibra
y entra en calor.

Suelta los músculos,
traza tu ruta  sobre el dibujo
del caracol.

Rugen colores,
graznan serpientes,  hierven leones
en tu interior.

Cabalga el hierro;
escucha al Este,  olvida el vértigo
en su frescor.

El mar se acerca
y la caricia  de la marea
al malecón.

Polvo en los ojos.
Mantén la aguja,  en cada escollo,
bajo control.

Polvo a lo lejos.
Lejos se fueron  los polvorientos
días de amor.

Viento en la boca:
vas susurrando  la suave Rosa
de Cimarrón.

egm.2019
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Dos marionetas

Sombras y calma:
madrugada glacial.

La suerte amaga una sonrisa
brumosa y mueve,
como la brisa,
su máscara de hielo y nieve.

Prófugos errabundos
desamparados
en la noche ceñida
de hiel helada.

Truncan líquidos filos
lacias siluetas;
caen las marionetas
bajo sus hilos.

Lóbregos vagabundos
desconcertados
en la noche abatida,
aniquilada.

Marionetas vencidas
hacia el abismo;
ni ilusión ni espejismo:
vidas rendidas.

Prófugos errabundos
desorientados
en la noche derruida
y devastada.

La suerte esconde su sonrisa,
brumosa, leve,
tras una lisa
máscara de escarcha y nieve.

Soledad y silencio:
noche glacial.

egm.2019
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Lo que solo saben los muertos

No, no son los pájaros.
F. García Lorca, Panorama ciego de Nueva York

Canta el pájaro insomne
en los zarzales;
huye el río esquivando
los quejigares.
La luna nueva espía
sobre la jara
las hoyas y peñascos
de las quebradas.

Guarda el mudo sendero
cosas que sabe;
quedo, el olivo duda
que el muerto hable.
Cubre la fuente el vértigo
de la retama;
vuelve el viento a los montes,
la noche amaina.

Chilla el pájaro oculto
cortos pesares
mientras despacio el alba
su mano abre:
cuenta desde su abrigo
la última lágrima
con estridente trino
y luego calla.

Baja un silencio súbito
sobre los valles
y la espesura hermética
de los pinares.
Crece con ansia y miedo
inquieta calma;
teme al silencio el ave
que antes cantaba.

Quiebran sombras confusas
de caminantes
por el viejo sendero
—foscas, fluctuantes—.
¿Cuántas hojas cayeron
con la ventada
como grumos negruzcos
de sangre ácida?

Cedros y encinas pronto
verán radiante
sol y luz incendiada
calando el aire;
cantos y trinos pronto
—tierna tronada—
inundarán las sierras
y las cañadas;

pronto, pero ahora mismo
—en este instante
de confusión de luces
y oscuridades—
un sobresalto inmenso,
cierto de nada,
ha aprisionado al mundo
con tenaz garra.

Salen ya del sendero
los caminantes;
vienen dos, cuatro, a tierra:
gritos que arden.
¿Cuántos grumos cayeron
de sangre agria
como ramas podridas
con la nevada?

Calla el sendero cosas
que nadie sabe;
quiere el olivo, en vano,
que el muerto hable.

Hila el reloj las nueve
—del tiempo araña—;
guardias civiles brindan
con limonada.

egm.2019
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Canción de diciembre – villancico

Unreal city
Under the brown fog of a winter dawn.
T. S. Eliot, The Waste Land

1

Aquí viene el mes solemne
de diciembre
rezongando su cansino
villancico:

Pónmelé una puerta al campo,
que es muy ancho
y se van por sus orillas
las mentiras.

Busca orégano en el monte,
que hay el doble
de sarcasmos enzarzados
en un salmo.

Échalé más mugre al río
que, crecido,
va llevando hacia los mares
las verdades.

2

Es un mes siempre diciembre
inclemente,
con sus gentes delirantes
en las calles.

Puente largo, sueldo corto;
duros copos,
bajan rápidos zoquetes
por la nieve.

Suenan himnos y loores,
y redobles:
ya erigieron los belenes
con sus reyes.

Y se encienden lucecitas
amarillas-
azuladas-verdes-rojas,
tan hipócritas.

3

Llega el día de los números
y el disgusto
de que el bombo no resuelva
malas cuentas.

Luego el lujo de lo exótico
para bobos
y los postres endulzando
vino amargo.

Bajo el árbol los regalos
obligados;
los chavales y la abuela
se enajenan.

En la prensa, algunas bromas
más bien toscas:
inocente no es lo mismo
que borrico.

4

Y las luces brillan ñoñas,
verdes-rojas-
azulitas-amarillas,
aturdidas.

Ya por fin se acaba el año:
otro clavo
en el ataúd incierto
que es el tiempo.

Echa un poco más de líquido
ámbar, frío,
que me hunda en mi pantano
derrotado.

Con su fasto y desvarío
desmedido,
si hay un mes que sea inclemente
es diciembre.

5

Quítalé la capa al monte,
que se esconde
como un niño de las brujas
en la bruma.

Póntelé otra puerta al campo,
timbre y marco,
y un ramito de esotérico
fresco acebo.

Deja al río que se lleve,
cuando llueve,
el envés de las verdades
a los mares.

Y este mes tan repelente
que es diciembre,
que se vaya, con el año,
¡al carajo!

egm.2019
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El día de la revolución

But you won’t fool the children of the revolution.
M. Bolan (T. Rex), Children of the Revolution

Así me dijo mi madre
que haría,
mientras yo estaba podando
la viña:

«Trincaré al cerdo y su puerca
familia
y esparciré humeantes
sus vísceras
por la Plaza de la infecta
y altiva
Independencia y las Calles
torcidas
de la Justicia y la Patria,
mi vida.
Trincharé al cerdo y su cerda
cuadrilla
de ineptos adeptos, socios
y crías;
y los hijos de los hijos,
las hijas,
y, mucho más que los niños,
las niñas
aprenderán en el fuego
doctrina,
en guarderías y escuelas
incívicas
por ciudades, aldeas
y villas.
Joderé al cerdo y su puta
familia,
y el mundo será un estruendo
de astillas».

Y blandiendo su paraguas
—¡bendita!—
se marchó sin abrocharse
la ira.

egm.2019
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Sola en la playa

Al mar mirando  —niña morena—
soñé un poema,
escrito en versos  de lava y hielo,
grabado en eras,
horas y ayeres.
Sal en los ojos,
lluvia en las olas;  llantos y voces
de solos náufragos
que trae y lleva  la tempestad.
Oí un poema.

El rayo oblicuo  hiende el olivo
de tres mil años,
lo taja al medio;
sus brazos secos  y retorcidos
—coriáceas hojas
de verde y plata—,  su savia lenta,
son solo escoria
—acre ceniza—
en el segundo  en que el relámpago
alza su luz.

La ola en la roca
parece abrirse  —pluma de espuma—,
pero es la roca
la que se abre  con cada ola,
ola tras ola
en mil milenios  —ay, aún muy pronto
para esperar—,  y cada roca
se desintegra
y cada piedra  se desmenuza
en breve arena.

Y tú, indolente,  sobre esa arena
blanca y dorada,
al sol el cuerpo,  al sol la vida
—sola en la playa—,
mientras te unges
con densa y tibia  crema solar,
miras la peña
de la escollera,
soberbia y firme  ante las olas
que la golpean.

Ves que esa arena  fue antes roca
y aquellas rocas
serán arena  en poco tiempo,
y que tu cuerpo,
fuerte y flexible,  ha de ser humo
y tus ideas
y tus recuerdos  serán el aire
que se arrebuja
sobre una playa  dorada y blanca
a media tarde.

Arena en roca  en poco tiempo
—cien mil milenios—,
cuando la Tierra  eleve y hunda,
comprima y funda
los continentes  y los océanos
que ahora ves,
que ahora son;
y cuando el homo  —la especie sapiens—
sea tan solo  mancha en la piedra:
remoto fósil.

Y el fino polvo  será peñasco,
como la arena  fue antes roca…
—aquella roca,
aquel olivo…—
Guarda en el bolso  la refrescante
crema solar;
cierra los ojos,  no pienses más.
Vano poema.  Lluvia en las olas.
Ritos y gritos,  voces que ahoga
la tempestad.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Este otro río

Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.
J. L. Borges, Arte poética

Este río es otro río
aunque el mismo te parezca,
cuando sereno al mar huye,

es la misma y otra agua
en su permanente cambio
en la forma y el color;

el glaciar es diferente
cada vez que lo contemplas,
en su aparente estupor,

y es el mismo, sin embargo,
mientras cambia de matices
y sus murallas derruye.

Nube, lluvia, niebla o nieve,
agua y hielo, rauda o lento,
que perenne e intenso fluye

hacia el mar, que es el nacer
a otra vida renovada
de inabarcable fervor;

fuente, arroyo, rambla, lago,
catarata retumbante
o torrente arrollador;

ría, fiordo, charca o rápido;
playa, delta, ancón, bahía;
iceberg que se diluye

y ya es ola de otro océano;
en Cheliuskin, y Ouessent,
siempre el mar es otro río,

en Agulhas, isla Attu,
Hornos, Mizen, Butt of Lewis,
cabo York, y Bjargtangar;

siempre igual, y flujo y ola;
ola y flujo, igual y otro;
otro siempre y hondo y mío.

Y aunque es pronto todavía,
en las olas de este cosmos,
para seguir ni esperar,

en Tarifa y Cap de Creus,
refluyendo entre las algas
en el río me deslío,

y en Fisterra y Corrubedo
siempre soy el mismo río
que se asume en otro mar.


.
—Sí, un poema en tercetos… vale.
—Aunque también podríamos disponerlo así:

Este río es otro río  aunque el mismo te parezca,  cuando sereno al mar huye,
es la misma y otra agua  en su permanente cambio  en la forma y el color;
el glaciar es diferente  cada vez que lo contemplas,  en su aparente estupor,
y es el mismo, sin embargo,  mientras cambia de matices  y sus murallas derruye.

Nube, lluvia, niebla o nieve,  agua y hielo, rauda o lento,  que perenne e intenso fluye
hacia el mar, que es el nacer  a otra vida renovada  de inabarcable fervor;
fuente, arroyo, rambla, lago,  catarata retumbante  o torrente arrollador;
ría, fiordo, charca o rápido;  playa, delta, ancón, bahía;  iceberg que se diluye

y ya es ola de otro océano;  en Cheliuskin, y Ouessent,  siempre el mar es otro río,
en Agulhas, isla Attu,  Hornos, Mizen, Butt of Lewis,  cabo York, y Bjargtangar;
siempre igual, y flujo y ola;  ola y flujo, igual y otro;  otro siempre y hondo y mío.

Y aunque es pronto todavía,  en las olas de este cosmos,  para seguir ni esperar,
en Tarifa y Cap de Creus,  refluyendo entre las algas  en el río me deslío,
y en Fisterra y Corrubedo  siempre soy el mismo río  que se asume en otro mar.

—Anda, si es un soneto. Pues no parecía…
—Porque lo has leído aprisa.
—Vale. Pero un poco largo si que te ha quedado.
—Versos de veinticuatro sílabas; en realidad, de tres octosílabos cada uno.
—Pues debe ser un récord.
—Bah, no creo. Hay demasiada gente haciendo sonetos raros por ahí.
—Ah. Oye, ¿y qué es un ancón?
—Míralo en el diccionario, o en el gúguel.
—¿No será que no te acuerdas?
—Vete a tomar el aire Bjargtangar.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Las olas

El universo se expande,
vira el cosmos
con el piélago estelar.

Fluye el río, el ojo vibra,
rola el viento
y arde el pulso con el mar.

La sirena de la playa
se hace vieja,
ya no sabe enamorar;

en la peña el pescador
está solo
y ha olvidado cómo amar.

Recalcitrantes, las olas
dicen, frías,
lento su antiguo cantar.

Arde el pulso, vibra el ojo,
rola el viento;
fluye el río bajo el mar.

Se dispersa el universo;
huye el cosmos
hacia el caos estelar.

Y las olas
___________ frías dicen,
ronco, su arcano cantar.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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El hombre y la ley

(Sófocles, Antígona, versos 332-375)

La intransigencia es, sobre todos,
el peor de los males que acechan al hombre.
Sófocles, Antígona

De cuantas cosas notables existen
ninguna más asombrosa que el hombre,
que atravesando el encrespado mar,
empujado por vientos tempestuosos
sobre las olas rugientes avanza,
y a la más poderosa entre las fuerzas,
la ilimitada e infatigable tierra,
la remueve y cultiva sin descanso
año tras año arándola con bestias.

El habilidoso hombre da caza,
engañándolos con trampas y redes,
a las especies de los raudos pájaros,
las manadas de las fieras salvajes
y a los muy diversos seres marinos
y, astuto, doma al animal campestre
que vive en libertad y unce al yugo
la cerviz del caballo de altas crines
y la del bravo toro montaraz.

Por sí mismo el hombre aprendió el lenguaje,
el veloz pensamiento y las maneras
civilizadas de comportamiento
y, dueño de recursos, alcanzó
a esquivar bajo los cielos el dardo
del hosco hielo y la inclemente lluvia;
solo a la muerte no logra escapar,
pero ha ideado medios de eludir
enfermedades antes incurables.

Posee el hombre un ingenio mayor
que cuantos seres el aire respiran
y astucia que le da conocimientos
que usa para el bien o para el mal;
si es justo, obtenga reconocimiento,
si no, sea desterrado por siempre.
¡Quien desprecie la ley e injustamente
actúe, que no se siente a mi mesa
ni escuche siquiera mis opiniones!

egm.2019
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Asurbanípal en su Biblioteca

Layard hizo en este lugar el descubrimiento quizás más importante, el que dará el impulso definitivo al estudio de la literatura asirio-babilónica y sin el cual la asiriología sería hoy una ciencia mucho menos evolucionada: en lugares tanto internos como adyacentes al palacio, la misión inglesa descubrió la celebérrima “Biblioteca de Asurbanípal”; más de veinte mil tablillas [en caracteres] cuneiformes que el muy culto soberano asirio hizo reunir a mediados del siglo VII a.C. en el palacio de Nínive.
Franco D’Agostino, Gilgameš o la conquista de la inmortalidad

Asurbanípal en su Biblioteca
se dirige a todos cuantos le escuchan:

«Yo, Asurbanípal, rey de Asiria
y Babilonia, y de Súmer y Acad,
señor de las Cuatro Esquinas del Mundo,
sucesor de Senaquerib y Asarjadon,
destructor de Elam, verdugo de Susa
y conquistador de Egipto y Arabia;
yo me precio de esta Biblioteca,
la más extensa que vieron los tiempos.

»Poseo los raros conocimientos
de Adapa, sabio entre los Siete Sabios:
el muy antiguo y oculto secreto
de las doctas artes de los escribas.
Sé observar las señales del cielo
y de la tierra, y entiendo sus causas.
Puedo ocupar orgulloso mi puesto
en el cónclave augusto de los sabios,
pero también discutir los augurios
entre los más notables adivinos.
Sé resolver los difíciles cálculos,
las fracciones y multiplicaciones,
que no son de solución intuitiva.
He leído diversas composiciones
literarias de alto valor artístico:
las sumerias, de comprensión oscura
y las acadias, de ardua lectura.
Me place descifrar las inscripciones
en intrincados signos cuneiformes
sobre piedra, anteriores al Diluvio.

»En mi palacio de Nínive escucho
las voces de los Dioses y los Héroes
que lucharon hace cientos de años.
Del gran Gilgamesh revivo las cuitas,
su guerra contra los Dioses eternos,
su viaje en vano al confín de la Tierra
ansiando ser inmortal como ellos.
Leo los himnos y cánticos sacros
que desde muy antiguo se entonaron
a dioses y diosas ya olvidados
en templos de ciudades hoy en ruinas.
Yo reuní esta colección de tablillas
que desde el barro me hablan calladas,
y en ellas oigo las voces del Tiempo.

»Yo envié a mis más expertos escribas
por los caminos de Mesopotamia,
la fértil entre el Éufrates y el Tigris,
a visitar los palacios y templos
de las distantes regiones del reino,
a Síppar y Úruk, Ur y Borsippa,
para que recogieran las tablillas
que grabaron en signos cuneiformes
los escribas de épocas remotas
en la antiquísima lengua de Súmer
y también en nuestra acadia escritura.
Ordené que todas estas tablillas,
las que se guardaban en los talleres
o en las viviendas de los eruditos,
se acomodaran en carros de bueyes
y fueran presto traídas a Nínive.
Hice que fueran adecuadamente
almacenadas y clasificadas
por su rango y por su sabiduría;
miles y miles de rojas tablillas,
incontables cual las blancas estrellas,
y que de entre ellas las más valiosas
fueran de nuevo copiadas, grabadas
diestramente en fresca arcilla sin poros.

»Yo, Asurbanípal, rey de Asiria,
señor de hombres y jefe de héroes,
asolador de ciudades y reinos;
yo mandé reunir en la excelsa Nínive,
en el Palacio Que No Tiene Igual,
la más grandiosa de las bibliotecas,
la única que el tiempo, con su embate
furioso, logrará jamás destruir».

Así hablaba ante quienes le escucharan
Asurbanípal en su Biblioteca.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Lo que yo admiro

(Eurípides, Bacantes, versos 395-432 en el orden 405-430 / 395-404 / 431-432)

Aquel que habla sabiamente a un necio
será, a menudo, tenido por loco.
Eurípides, Bacantes

¡Ay, si yo pudiera llegar a Chipre,
la isla de Afrodita, donde habitan
los Amores que hechizan nuestras almas!
¡O a Egipto, la tierra que fertilizan
las corrientes de un dilatado río
de cien bocas, y sin que nunca llueva!
¡O a la hermosa morada de las Musas,
Pieria, en la augusta falda del Olimpo!

¡Bromio, llévame allí, báquico guía!
¡Llévame, Bromio, dios del evohé!
Allí habitan las Gracias y el Deseo
y allí se permite que las Bacantes
tengan sus rituales celebraciones.
Dionisio, hijo de Zeus, en los festejos
se goza, y ama a la Paz, que es riqueza
y diosa que guarda a la juventud,

al rico igual que al pobre les ofrece
deleitarse en la alegría del vino,
que ahuyenta el pesar, y aborrece a aquellos
que durante el día y la noche olvidan
disfrutar una existencia feliz
y a los que sabiamente no mantienen
lejos su corazón e inteligencia
de quienes tan solo ansían ser célebres.

Lo sabio no es la sabiduría,
ni el meditar en lo que no es humano.
¡Breve es la vida! Por eso, ¿quién puede
gozar el hoy si busca el infinito?
Son estas, en mi opinión, actitudes
de necios y de mentes insensatas.
¡Lo que las gentes humildes admiran
como uso y práctica, es lo que yo admiro!

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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A los númenes

Por voluntad de los dioses y el hado, él, que era mortal,
se acostó con una diosa inmortal sin entenderlo claramente.
Himno homérico a Afrodita

Ecuánimes y omniscientes,
distantes diosas y dioses:
agradezco
los altos dones, sin ruego,
recibidos:

A ti, Inanna,
hieródula de los cielos, en Lagash,
con juncos,
entre los dos ríos;
y a ti, Ishtar, estrella matutina,
en Úruk, sobre el deseo y la guerra;
a ti, Bast, gata, en el Nilo, en Bubastis,
y a ti, ebria, Hathor, en Menfis,
en Heliópolis y en Dendera;
a ti, Astarté,
en todo el litoral,
desde Tiro, Sidón y Biblos
hasta Cartago, Tingis o Gadir;
a ti, Turan, alada, en los espejos,
con cisnes, gansos y palomas,
en Vulci y en Gravisca;
a ti, reidora, Afrodita,
que portas el ceñidor,
en Creta, en Pafos, en Citerea,
y del Euxinio al Océano,
y a ti, ciego, Eros, en Tespias,
flechador, hijo del Caos Primigenio;
y a ti, Venus, en Cyrene,
en Londinium, en Brigantium y en Barcino,
donde casi siempre es pronto
________________ para esperar;
a ti, Anahita, en Nishapur,
en los oasis y dunas, y en las rosas;
a ti, Angus Og, en Inishmore,
la fortaleza en la roca del mar;
a ti, Freyja, en Gotland,
y en las naves, y en el hielo;
a ti, Semara, en Bali, en las islas;
a ti, Kamadeva, incorpóreo,
y a ti, Shiva, en Benarés,
sobre el Ganges, el sagrado;
a ti Aizen, loto secreto,
sobre los archipiélagos del sol;
a ti, flor, Xochiquétzal,
y a ti, Tlazoltéotl, jaguar,
en Teotihuacán, en los lagos;
a ti, Kurupí,
en la Amazonia,
oculto en la humedosa jungla,
donde las fieras más bellas
matan y aman…

a vos, innombrables e innumerables
—inevitables— númenes,
que aceptáis las ofrendas de los siglos
idos, vivos
y futuros: os agradezco.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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