Eu quero, e tu?

No ignora el rito.
Zumba al oído
con un zumbido frío
ya conocido,
aquel profundo río.

Rígido espectro hesitando en la sombra;
escarabajo expectante en la arena.
El dios permanece sonriente,
astuto y flemático;
sabe que el ritmo ya avanza, ya punza.

Reflejos en la autopista lluviosa,
espejos en un silencioso cuarto,
tan viejos instintos remotos;
ya lejos,
lejos los ecos de envites frustrados.

Lentas circunvalaciones, rodeos,
veladas aproximaciones;
fluido, sonido, silbido sabido.
Despacio
se acerca el escarabajo a la duna.

Deja el espectro su aura sombría.
Trepa la pendiente el escarabajo;
sigue la orden de un dios muy antiguo,
nunca olvidado.
Vuelve el zumbido y el ritmo medido.

Dulce silbido umbrío
vuelve al oído:
nuevo profundo río
desconocido.
Y acata el rito.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Rapaces

Mira: en la mano  tengo el milano
que el llano allana,
la sierra encierra
y el mundo aferra.

En el albor  traigo el azor
que el sueño azora,
al tiempo entrampa
y el mundo campa.

Junto al anillo  llevo el autillo
que el día astilla,
la noche estrecha
y el mundo acecha.

Mírame: aquí  muestro el neblí
que el mar anubla,
el sol circunda
y el mundo inunda.

Con esta mano  alzo el milano
que el cielo asuela,
la tierra asierra
y al mundo entierra.

Con fino afán  va el gavilán
sobre el salobre
río bravío
del cuerpo tuyo y el tiempo mío.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Los cisnes

El muro se alza en el cerro,
la torre, contra el castillo;
el cisne doma la altura,
el aire se rinde al cisne.

Las alas aman el aire;
el aire circunda, ciñe,
sustenta, dirige, impulsa
y lanza pujante al cisne.

Ascienden los albos cisnes
sobre el castillo en la cima
de la alta montaña abrupta.
Planean los claros cisnes,

se elevan en leves vuelos
sobre los bosques aislados
de frondas frías y oscuras.
Descienden los blancos cisnes

y vuelan claros y elípticos;
se posan sobre los páramos,
las charcas y las lagunas
remotas de la amplia tundra.

Y nadan los níveos cisnes
velando su cruel secreto
de musgo, de hielo y turba,
diluido en la densa bruma.

La torre se alza en la altura;
sobre el castillo, la luna.
Al aire el cisne fulgura:
el cisne es blanca laguna.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Nordeste

Muerde el viento de la sierra
en la landa anubarrada.
Baja a los bosques —hambrienta—
la manada.

Trepa el lobo con la lluvia
a la peña nunca hollada:
canta a la noche y la luna,
y a su amada.

Corre el lobo por el valle
tras la presa acorralada;
huele y puede ver la sangre
la manada.

Yace el lobo en un recodo
de la profunda vaguada,
cerrando un ojo y el otro
en su amada.

Vira a nordeste en la sierra.
Ama el lobo; garra alzada.
Aguarda en silencio —inquieta—
la manada.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Poesía y otras zarzas en de 2011, incluido ahora en Luz de invierno.

Poème d’amour du printemps

(pour une jeune fille amoureuse)

.

Car le temps de l’amour
c’est long et c’est court,
ca dure toujours, on s’en souvient.

Françoise Hardy (Morisse/Salvet/Dutronc), Le temps de l’amour

.

Deja el amor:
vamos —rápido— a follar.
Ven, mi amor;
vamos a echar un polvo sin amor,
y a disfrutar.

Déjame absorber tus tetas
pizpiretas,
mordisquea mis pezones,
que me pones;
voy a paladear tu coño
(oh madroño),
degusta mi polla rosa
(sustanciosa);
déjame atrapar tus nalgas
—dunas y algas—
y enzárzate entre mis brazos
sin flechazos.

Ven: voy a follarte aprisa
como brisa
que refresca los pinares
y arde mares;
mueve al ritmo tus caderas
volanderas
como ola que en la roca
(loca) choca.

Vamos a follar —mi amor—
sin amor
y mandemos
—pues podemos—
a tomar por culo la poesía
(majadería)
y todo ese puto amor.

Y mañana
—o cuando nos dé la gana—,
por favor,
hagamos el amor pacientemente
(como la buena la gente),
casi, casi con amor,

pero ahora
no me seas soñadora:
deja el amor
(es mejor)
—deja el sado—,
y echemos un gran polvo alucinado,
sí, mi amor:
que ya siento en mis pezones tus dientes
impacientes,
que mis dientes ya sienten tus pezones
reventones.

Deja el amor
—por ahora—
sin demora
y vayamos más allá del amor:
por favor:

rindámonos por un ratito
al sempiterno
(turbio / tierno)
antiguo rito.

El aire del sueño

 

Media noche. Tengo que ir a la ciudad
a encontrarme con quien no quiera soñar.
A. Vega (Nacha Pop), Antes de que salga el sol

Océanos secretos de aguas centelleantes.
L. A. de Cuenca, El otro Barrio de Salamanca

.
Celia Merlín
vino en un sueño
desde el confín
del sur porteño.

Llegó cantando
un sutil verso
dulce y fragante
de sal y sexo.

Cisnes salvajes
volaban frescos
por las orillas
del día extenso;

nuevos colores
vertía el cielo
sobre las calles
de un barrio ingenuo.

Llegó agitando
con breve gesto
una varita
de magia y cuento.

El frío urbano
se hizo incendio
de roja hierba
y blancos pétalos;

ceniza en plomo
creció rugiendo
y alzando olas
de savia y riesgo.

Celia Merlín
maduró el juego
del no te doy
ni me lo quedo.

Dragó la sangre
y pisó muertos
siguiendo un culto
de impíos rezos;

brotaron lirios
en los paseos
y en los tejados,
acebo y muérdago.

Y una ave fiera
cernió su aliento
sobre las selvas
del mundo quieto;

cerró sus garras
contra los huesos
y agarró fuerte
entero el nervio.

El rayo antiguo
rompió los cercos
con duro brazo
de puño eléctrico.

Vibraban rápidos
ritmos etéreos
en la explanada
del pulso abierto;

potros indómitos
corrieron recios
las avenidas
del orbe incierto,

con sed de eras
iban mordiendo
cerveza y vino
en agua y hielo.

En la tormenta
de sal y sexo
murieron pájaros
sobre el mar terso,

cayeron árboles
de troncos yertos
en las veredas
del firmamento.

Y… el ave fiera
levó su vuelo
hacia otros astros
del Universo.

Celia Merlín
se fue en el metro
entre los túneles
ciegos del tiempo;

movió su vara
de magia y verbo
y quebró el aire
del sortilegio.

Cisnes de plata
solos se fueron
por las orillas
del día inmenso.

«Lo que me das
yo te lo entrego,
y lo que doy
es lo que tengo…»

Celia Merlín
se abrió sin dueño
hacia el confín
gris madrileño.