Luz de invierno: Índice


Luz de invierno
(Bruma y rito)

1. Peregrinos

Jinete frío
El mono en ti
Peregrino en éxtasis
No me chilles que me calle
El otro espacio
Leña de acacia
Historia del pop
Rosa en llamas
Dos marionetas

2. El ataúd

Lo que solo saben los muertos
Canción de diciembre – villancico
El día de la revolución
Sola en la playa
Este otro río
Las olas

3. Dioses o héroes

El hombre y la ley
Asurbanípal en su biblioteca
Lo que yo admiro
A los númenes

4. La carnada

Eu quero, e tu?
Rapaces
Los cisnes
Acetrero
Nordeste

5. Nervio y arco

Poème d’amour du printemps
El aire del sueño
La cuesta del pinar
Peñón sin algas
Cálido infierno
Barrio extremo
Actinia

6. El hueco del corazón

Lodo y polvo
Polvo y lodo
Invierno
Pliego a joven alma sucia
Uno que una
Móvil, nidia, cauta
Los cuerpos sin esqueleto

7. En la ciénaga

Verbo
Himno al dios de la tempestad
La cueva de las brujas
Última noche en Betmoria
La desesperación
Puedes creerme
Lo que me hablaron las brujas
Ni ella o él

8. Corazón río

Restas
Corona de triunfo
Los páramos
Niño de corazón frío

9. Es pera

Coda


 

Jinete frío

Horseman, pass by!
W. B. Yeats, Under Ben Bulben

No hablo o miento.
A caballo del frío
bajan jinetes
con un beso vacío
en los grilletes.
Me abrazo al viento.

Beso el vacío.
Por la calle encallada
rezan las putas
a la diosa afeitada
de las tres grutas.
Me entrego al viento.

Te rezo, puta.
En el hueco del puño
vomito un grito,
me desgañito y gruño
mi secretito.
Me abraza el viento.

Vomito y grito.
En la bruma del frío
no hablo y miento;
rezo; beso el vacío:
me abrazo al viento.
Y observo el rito.

—¡Corre, jinete frío.
Remonta el viento!

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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El mono en ti

Percibes el fondo del ruido
y aun el rastro del silencio.
Hay un mono en ti
que te hace saltar,
te impulsa a correr y bailar.
Hay un mono en ti.

Frecuentas la sombra y lo húmedo,
y sabes temer,
y si debes huir a esconderte
del miedo que encoge las vísceras;
y sabes rugir.
Hay un mono en ti.

Intuitivamente
alcanzas a hallar soluciones
a dudas tenaces,
a sólidas contrariedades;
puedes meditar y calmarte.
Hay un mono en ti

que logra que cambies tus armas
por reflejos centelleantes,
alertas y fríos,
en la opacidad de tus ojos.
Consigues brillar.
Hay un mono en ti.

Si adviertes la huella del ruido
y acaso el peso del silencio,
es el mono en ti;
el que te convence
de no volver tu mente atrás
si has de atacar.

Y hay un mono en ti.
La bestia violenta y feroz
que te libra de ser humano
—ese humano en ti—,
de ser solo civilizado.
Hay el mono en ti.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Peregrino en éxtasis

Mas a mí, con el tiempo, la necesidad
me ha enseñado a tener aprecio a mis desgracias.
Sófocles, Filoctetes

.

Por las trochas del viento
camina hambriento
un peregrino absorto
en su tormento.

Broza de espino y cañas
en las pestañas;
por sus pulsos desnudos
trepan arañas.

Páramo yermo y seco
su esfuerzo hueco;
alma sin sed ni calma
en cuerpo enteco.

Reo de las pasiones,
once aguijones
clavan en su memoria
once escorpiones:

uno por cada herida
que nunca olvida,
otro por un recuerdo
sepulto en vida.

Zarza y maleza eternas
traban sus piernas;
su pensamiento agobia
hondas cavernas:

grutas de eco adentro
y desencuentro;
lábiles laberintos
sin fin ni centro.

Por el erial de arena
camina y pena
lúgubre peregrino,
espectro en pena.

Yerra, tropieza, evita
el suelo y grita.
Busca en el horizonte
la vieja ermita;

quiere, en su ira, un norte
que le conforte
del amargor que escuece
en cada corte.

Huye por fin la tarde:
con pobre alarde
sobre el umbroso otero
una luz arde.

Corre sin un quejido,
ánimo erguido,
hacia la piedra antigua
cual rata al nido.

Mármol que el tiempo ensalza
ante él se alza;
echa atrás sus harapos
y se descalza.

Entra en el templo arcado
arrodillado:
vierte entre sus paredes
placer licuado.

Cumple el ritual, risueño,
como en un sueño,
y en la tibieza equívoca
logra su empeño.

Trance que el cielo envía.
Cosmogonía.
Nervio. Músculo. Temple.
Epifanía.

Vence a su hambre amiga
en la fatiga
tras reiterar el rito
que no le obliga.

Yace rendido, impura
su tregua oscura,
bajo la dulce y recia
arquitectura.

Y antes de que en la aurora
muerda la hora,
zarza y maleza eternas
sin más demora.

Por los surcos del viento
marcha irredento
el peregrino en busca
de otro tormento.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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No me chilles que me calle

Toda esa gente que habla
y toda la gente que chilla:

da igual si mienten o gritan
o si, solos, solo susurran

rezos o blasfemias burdas
en lenguas de aquí o de otra parte;

no dicen nada apreciable
ni descifran poco de nada:

apenas sordas palabras
que ahoguen su horror al silencio.

—Más sabe el furtivo cuervo
de graznar en los descampados

y ruge recio y más alto
la ambulancia en la carretera—.

Palabras vagas y necias,
sandeces y gracias inútiles;

fulgores que se consumen
en ladridos a ras de asfalto.

Burla el bufón en palacio
y canta el juglar en la aldea;

en la tele una elementa
jura por su sagrado coño

y un memo publica un tomo
sobre lo excelso y lo sublime;

acertijos más difíciles
plantean las niñas sarcásticas.

Palabras, preces, plegarias
son contaminación acústica;

motos, obras, buses, grúas,
causan menos daño al oído

que helados endecasílabos
y notas rellenas de crema.

Sabe también la corneja
lo que la gaviota y el mirlo:

conocen los vientos cíclicos
que corren entre los pinares

y después de bramar salen
por las dunas hacia el océano;

vuelve el silencio tras ellos
a las barrancas y los prados.

—Ruge más recio y más alto
un motor que cualquier tarugo—.

Palabras, versos, discursos
que reiteran poco de nada.

.


ēgm. 2019
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El otro espacio

Jardines llenos de flores,
corazón negro de amor.
Cruzados (T. Larriva), La flor de mal

Frente a los laxos pilares del tiempo
bailaba rock
con un codo en mi bota izquierda.
Es un sofisma no tocar,
no mirar, no soñar, no bailar.
Bailaba pop-rock
en el cenit de la noche alumbrada
por los ojos que observan
y son deseados.
Ojos, ojos
que codician la flor de mal.

Este planeta tan extraño.
Vacío abajo y contra el cuanto
seguimos cayendo por siempre
como caímos por siempre jamás.
I rodant el món
vaig arribar al Born.
Voy ascendiendo la ola del tiempo
desmontando el mundo y mi identidad,
alterando, en cada cadencia, el plan.
En igual grado muerto y vivo,
observo el rito.

Simple cosmos extraño.
Donde había un colmado hay una tienda
de moda fina y pretenciosa,
en lugar de una taberna hay un bar
para finos y pretenciosos,
y la chica de las bragas raídas
ahora usa tangas de marcas caras
y va vagando de isla en isla,
de duna en duna en el desierto,
buscando, polvo a polvo,
tan solo la felicidad.

El Universo no existe
hasta que tú no lo has medido.
I rodant el món
vaig oblidar el Born.
Oh, qué insulsa escena de decadencia.
Jodido universo extraño,
oculto en dimensiones enrolladas
sobre su propia dimensión.
Sigo, husmeo la flor de mal.
Y, al mismo tiempo en cualquier sitio,
acato el rito.

Bailaba hip-hop
con el alma en mi bota izquierda
bajo las viejas arcadas del tiempo.
Los ojos, ojos
que encuentran la flor de mal
en un cosmos breve e infinito
de once dimensiones desplegadas
sobre tu cosmos interior.
El hongo cuántico en mi cigarrillo…
Ay, demasiado pronto
________ para esperar.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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Leña de acacia

1

En cada espejo adivino
vidriosas miradas huidizas.

No sé si alguien espía
turbándose en el otro lado,

o seré yo mismo, acaso,
eludiendo mi desconcierto.

Tú no sabes nada de esto:
Pilla el puto dinero y piérdete.

Las acacias —hacia el este—
despiertan a un cielo amarillo.

2

Mustio paisaje anodino
de urbe en silencio inestable:

lejos, farolas y calles
perdidas en fuga infinita,

y al fondo la duda íntima
de un sueño real y rotundo.

Mientras vacilo en el surco
de un taxi que pasa sin verme,

las acacias —contra el este—
se inflaman de ardor amarillo.

3

Bajón de resaca, frío;
recuerdos que vuelven de un pozo.

La lluvia, una playa, vómitos;
el día y la noche bebiendo.

Pelea en un bar; desierto
de gente gritando en la música.

Lo que no quieras ver nunca
es lo que tendrás para siempre…

Y las acacias —al este—
expanden su impulso amarillo.

.


ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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