Asurbanípal en su Biblioteca

Layard hizo en este lugar el descubrimiento quizás más importante, el que dará el impulso definitivo al estudio de la literatura asirio-babilónica y sin el cual la asiriología sería hoy una ciencia mucho menos evolucionada: en lugares tanto internos como adyacentes al palacio, la misión inglesa descubrió la celebérrima “Biblioteca de Asurbanípal”; más de veinte mil tablillas [en caracteres] cuneiformes que el muy culto soberano asirio hizo reunir a mediados del siglo VII a.C. en el palacio de Nínive.
Franco D’Agostino, Gilgameš o la conquista de la inmortalidad

Asurbanípal en su Biblioteca
se dirige a todos cuantos le escuchan:

«Yo, Asurbanípal, rey de Asiria
y Babilonia, y de Súmer y Acad,
señor de las Cuatro Esquinas del Mundo,
sucesor de Senaquerib y Asarjadon,
destructor de Elam, verdugo de Susa
y conquistador de Egipto y Arabia;
yo me precio de esta Biblioteca,
la más extensa que vieron los tiempos.

»Poseo los raros conocimientos
de Adapa, sabio entre los Siete Sabios:
el muy antiguo y oculto secreto
de las doctas artes de los escribas.
Sé observar las señales del cielo
y de la tierra, y entiendo sus causas.
Puedo ocupar orgulloso mi puesto
en el cónclave augusto de los sabios,
pero también discutir los augurios
entre los más notables adivinos.
Sé resolver los difíciles cálculos,
las fracciones y multiplicaciones,
que no son de solución intuitiva.
He leído diversas composiciones
literarias de alto valor artístico:
las sumerias, de comprensión oscura
y las acadias, de ardua lectura.
Me place descifrar las inscripciones
en intrincados signos cuneiformes
sobre piedra, anteriores al Diluvio.

»En mi palacio de Nínive escucho
las voces de los Dioses y los Héroes
que lucharon hace cientos de años.
Del gran Gilgamesh revivo las cuitas,
su guerra contra los Dioses eternos,
su viaje en vano al confín de la Tierra
ansiando ser inmortal como ellos.
Leo los himnos y cánticos sacros
que desde muy antiguo se entonaron
a dioses y diosas ya olvidados
en templos de ciudades hoy en ruinas.
Yo reuní esta colección de tablillas
que desde el barro me hablan calladas,
y en ellas oigo las voces del Tiempo.

»Yo envié a mis más expertos escribas
por los caminos de Mesopotamia,
la fértil entre el Éufrates y el Tigris,
a visitar los palacios y templos
de las distantes regiones del reino,
a Síppar y Úruk, Ur y Borsippa,
para que recogieran las tablillas
que grabaron en signos cuneiformes
los escribas de épocas remotas
en la antiquísima lengua de Súmer
y también en nuestra acadia escritura.
Ordené que todas estas tablillas,
las que se guardaban en los talleres
o en las viviendas de los eruditos,
se acomodaran en carros de bueyes
y fueran presto traídas a Nínive.
Hice que fueran adecuadamente
almacenadas y clasificadas
por su rango y por su sabiduría;
miles y miles de rojas tablillas,
incontables cual las blancas estrellas,
y que de entre ellas las más valiosas
fueran de nuevo copiadas, grabadas
diestramente en fresca arcilla sin poros.

»Yo, Asurbanípal, rey de Asiria,
señor de hombres y jefe de héroes,
asolador de ciudades y reinos;
yo mandé reunir en la excelsa Nínive,
en el Palacio Que No Tiene Igual,
la más grandiosa de las bibliotecas,
la única que el tiempo, con su embate
furioso, logrará jamás destruir».

Así hablaba ante quienes le escucharan
Asurbanípal en su Biblioteca.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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