Lo que solo saben los muertos

No, no son los pájaros.
F. García Lorca, Panorama ciego de Nueva York

Canta el pájaro insomne
en los zarzales;
huye el río esquivando
los quejigares.
La luna nueva espía
sobre la jara
las hoyas y peñascos
de las quebradas.

Guarda el mudo sendero
cosas que sabe;
quedo, el olivo duda
que el muerto hable.
Cubre la fuente el vértigo
de la retama;
vuelve el viento a los montes,
la noche amaina.

Chilla el pájaro oculto
cortos pesares
mientras despacio el alba
su mano abre:
cuenta desde su abrigo
la última lágrima
con estridente trino
y luego calla.

Baja un silencio súbito
sobre los valles
y la espesura hermética
de los pinares.
Crece con ansia y miedo
inquieta calma;
teme al silencio el ave
que antes cantaba.

Quiebran sombras confusas
de caminantes
por el viejo sendero
—foscas, fluctuantes—.
¿Cuántas hojas cayeron
con la ventada
como grumos negruzcos
de sangre ácida?

Cedros y encinas pronto
verán radiante
sol y luz incendiada
calando el aire;
cantos y trinos pronto
—tierna tronada—
inundarán las sierras
y las cañadas;

pronto, pero ahora mismo
—en este instante
de confusión de luces
y oscuridades—
un sobresalto inmenso,
cierto de nada,
ha aprisionado al mundo
con tenaz garra.

Salen ya del sendero
los caminantes;
vienen dos, cuatro, a tierra:
gritos que arden.
¿Cuántos grumos cayeron
de sangre agria
como ramas podridas
con la nevada?

Calla el sendero cosas
que nadie sabe;
quiere el olivo, en vano,
que el muerto hable.

Hila el reloj las nueve
—del tiempo araña—;
guardias civiles brindan
con limonada.

egm.2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010
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