El orvallo de las hadas


Esta noche he tenido miedo,
rudos monstruos
ensanchaban sus agujeros,
las frías hadas
orvallando desde el cielo,
aunque de cena
solo anacardos sueltos,
colesterol es exterminio,
o sea que llamaremos
dieta a lo que es apenas
endeble angustia de lo eterno,
yo soy un islote,
soy un algoso roquedo
en otra resaca
que se sumerge en el océano,
trato de acostarme pronto
pero no duermo,
pienso, despienso, aúllo,
me estremezco y me revuelvo,
así que aquí me tienes,
ni un parpadeo,
tanto si vas como si vienes,
de la luz reo,
tanteando algún poema
que engañe a mi desasosiego,
cruzando la bahía
entre olas de tungsteno,
nadando solo,
súbito se levanta un viento
que me arrastra a la otra orilla
igual que a un tronco muerto,
subo la playa,
estoy calzado y seco,
a dos hombres en un camino
pregunto dónde me encuentro,
responden amigables
un nombre sabido y viejo,
del otro lado de la ría,
que conozco, pero,
atribulado y con prisa,
lo olvido en el momento,
es un suburbio elevado
sobre un tumor de rascacielos,
allá abajo,
espasmo, escoria y espectros,
por las calles
voy buscando un teléfono
para llamar a un buen amigo
que me saque del aprieto,
pero ya no quedan cabinas
ni tengo yo ni un euro,
en no sé qué lugar consigo
llamar por fin, se lo ruego,
al único número
que todavía recuerdo,
me contesta mi madre,
aunque la oigo muy lejos,
lo cual no es nada extraño
porque se marchó hace tiempo
a los bellos jardines
de la quietud y el silencio,
nunca lloro
pero se me apretuja el pecho,
indeciso
salgo a las calles de nuevo,
ando, desando, corro
y me giro y me revuelvo,
en una farmacia
se burlan de mi desconcierto,
oh, más bien es una tienda
de embutidos y quesos,
las correctas batas blancas
me confundieron,
una mujer atractiva
finge auxiliarme, luego
resulta que también quiere
reírse de un sagaz ingenuo,
regresa el de la tienda,
joven muñeco,
le grito desabrido
cualquier rasposo improperio,
más o menos en esas
me despierto,
la almohada aturdida
y las sábanas en un vértigo,
el cerebro quiebra los ciclos
cuando se enmaraña el sueño,
en los cristales sucios
sigue lloviendo,
la resaca de la resaca
retrocediendo,
y yo, roto, exhausto, agobiado
por el futuro incierto,
en las olas de los días
tan perplejo
como si aún esperara
lo que no espero,
no lo hacen por malicia
ni recelo,
es únicamente desidia,
ay, el miedo,
se supone que cada palo
debe arder en su fuego,
te dejan solo
porque no piensan en ello,
soy un islote,
una peña en el océano,
crío algas
como quien cultiva puerros,
lechugas, buenas
para la dieta, o pimientos,
en las calles reales
continúa, sigue lloviendo,
monstruos atroces
mordiscando mi desaliento,
las apáticas hadas
orinando desde el cielo,
siempre, ahora y así,
como cualquier otro día de enero
o incluso abril.

egm.2020

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