Champiñones salteados


Laminé los champiñones,
calenté una sartén
con aceite, no demasiado,
y eché los champiñones,
no añadí sal, los volteé
a golpe de muñeca,
bajé el fuego y los tapé,
dejé que soltaran su agua,
luego que se enfriaran
y los probé.

Qué buenos estaban,
y sin añadir sal.
Es fácil adaptarse
a comer sin sal;
aunque el ser humano
se ha acostumbrado
durante milenios
a la sal, no la necesita
en realidad y,
además, le perjudica.

Lo mismo con dios,
con cada dios;
durante milenios
y milenios, adorando,
rezando, temiendo,
y pagando a sacerdotes,
cuando en realidad
es como la sal:
no se necesita
y además perjudica.

egm.2020