Jorge de Sena

La dame à la licorne


Doña Semifofa, levantando el dedo
meñique arqueado en ala sobre el ala de la
taza (o jícara), dijo:
—Siempre supe que los poetas no son
personas en las que deba confiar una dama.
Y en un delicado sorbito remató
la tristeza de cincuenta primaveras.
El unicornio, en un dulce balanceo de la aguda asta,
gravemente asintió,
un poco perturbado
por la insistencia servil y recatada
con que la discreta dama confundía,
o más que la dama sus vagos ojos,
el cuerno legendario y el metafórico
que de entre las piernas largo descendía
o ya, de perturbado, no pendía.

Girando las caderas disimuladamente
para ocultar de las miradas semifofas
aquel homenaje a la inocencia de estas
(como el caballero que posando la mano
así se esconde con pudicia en cuanto
no esconda mucho más de lo que la discreción obliga),
don Gil se acarició la capriforme perilla
y de soslayo vio que doña Semifofa
del asiento en hierro blanco resbalaba
hacia el verdor en que las florecillas eran
de colores variegados, salpicantes.
Don Gil, el unicornio, dijo con voz huera:
—Mas yo también, mi señora, nunca
consideré que de confianza fueran.
Si tal creyera, ¿cómo no tendría
el dolor inmenso de no ser centauro?

En el suelo, alzando las piernas, Semifofa aulló:
—¿Centauro, para qué? No hay centauros.
Unicornios sí, don Gil. ¡Venid a mis brazos!


Jorge de Sena. La dame à la licorne (escritas.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

La dame à la licorne

Dona Semifofa erguendo o dedo
mindinho arqueado em asa sobre a asa da
chávena (ou xícara) disse: –
– Eu sempre soube que poetas não
são gente em quem confie uma senhora –
e num sorvinho delicado rematou
a mágoa de cinquenta primaveras.
O licorne, num doce balançar do chifre esguio,
gravemente assentiu,
um pouco perturbado
pela insistência obnóxia e recatada
com que a discreta dama confundia,
ou mais que a dama os olhos vagos dela,
o chifre legendário e o metafórico
que de entre as pernas longo lhe descia
ou já de perturbado não pendia.

Torcendo as ancas disfarçadamente
para encobrir das vistas semifofas
essa homenagem à inocência delas
(como o cavalheiro que pousando a mão
assim se esconde em pudicícia o quanto
não esconda muito mais que a discrição obriga),
D. Gil cofiou a capriforme pêra
e de soslaio viu que Dona Semifofa
do branco em ferro assento resvalava
para a verdura em que as florinhas eram
de cores variegadas, salpicantes.
D. Gil era o licorne, e disse com voz cava:
– Mas eu também, minha senhora, nunca
acreditei que de confiança eles fossem.
Se acreditasse, como não teria
a mágoa imensa de não ser centauro? –

No chão, erguendo as pernas, Semifofa uivou:
– Centauro, para quê? Não há centauros.
Licornes, sim, D. Gil, vinde a meus braços.

 

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