Traci Brimhall

Querido Eros,


te he encontrado donde no debería, en los cuerpos
equivocados, en el momento equivocado, y una vez
en un andén de metro con los pies pegados a un charco
seco de refresco tomando chicle de la boca de un casi
extraño. Esa noche eras de menta y el tren número 6.
Fui despertada por ti, fui acostada por ti. Quizá
me servirás el café en mi taza favorita con leche y solo
la dulzura suficiente. Un regalo sencillo. Una deuda
de placer. El terapeuta me dijo: A veces es mejor
ser comprendido que ser amado
. Le creí porque soy
mejor comprendiendo que sintiendo. Le he dicho
te quiero a hombres cuyos nombres no puedo recordar
ahora. ¿Y quién puede decir que no era cierto? ¿O que
no podría haberlo intentado para siempre con ninguno
de ellos? ¿No podría haber intentado aprender a navegar
y abrir un refugio para elefantes, o perfeccionarme
en la pandereta y seguir a la banda en su gira
de bluegrass? No sé por qué nadie permanece en su
matrimonio
, me dijo el terapeuta. El amor es ilógico.
Un hombre al que amaba, una vez me violó. No lo dejé.
Al menos no entonces. Pero la siguiente vez que amé
elegí a alguien más afable. Pensé que habría
una diferencia. Dejé de mirar a la gente a los ojos
cuando hablaba con ellos. Seguía queriendo besarlos,
la intimidad del lenguaje convirtiéndose en metáfora
y deseo. Todo el mundo. Querría besar al cajero
manejando mis chiles poblanos con tanta dulzura
y curiosidad. Besar a la persona de al lado en el autobús
con mal gusto en música y vainilla y bergamota
en su colonia. Besar a la mujer que sostiene la puerta,
diciendo: Que tengas un buen día. Su sonrisa es tan
malditamente brillante y real y destinada a mí. Estás
atrapada
, me dice el terapeuta. Sólo tú puedes romper
ese ciclo
. Pero yo quiero exactamente esta clase
de problemas. Tengo sudor entre mis senos que necesita
lametones. Tengo un yambo en el pecho que sigue
saltando. Tengo medias en los muslos. Ay, tengo medias
en los muslos que necesitan ser rasgadas. Leí mi camino
a través de todas las novelitas románticas y necesito
una ficción más adecuada. Necesito que me tiren
del pelo, cruel y amablemente. Te vestí con todas
las excusas y guantes negros por encima del codo.
Tú abres la seda en mí con cremalleras y botones cosidos
con hilo rompible. Te quité el oropel del pelo y lo llamé
muérdago, te llevé al bosque con ropa interior barata
y te entregué la navaja automática de mi bota. Adoré
el mito que hice de ti, pero ahora no estoy de rodillas.
Quiero que tus manos se conviertan en lenguaje
y me hagan ofrecerte un muslo cada vez.
Deja que tiemble fuerte y dulcemente Deja que
el moretón sea la prueba. Deja que huela tus manos.


Traci Brimhall. Dear Eros (vqronline.org)
tracibrimhall.wordpress.com
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Dear Eros,

I have found you where I shouldn’t—in the wrong bodies,
at the wrong time, and once on a subway platform
with my feet stuck to a pool of dried soda taking gum
from a near-stranger’s mouth. That night you were spearmint
and the 6 train. I have been woken by you, put to bed by you.
Had you serve me coffee in my favorite mug with milk
and just enough sweetness. An easy gift. A debt of pleasure.
My therapist said: Sometimes it’s better to be understood than it is
to be loved. I believed her because I am better at understanding
than I am at feeling. I have said I love you to men whose names
I can’t remember now. And who’s to say it wasn’t true?
Who’s to say I couldn’t have tried forever with any of them?
Couldn’t have tried learning to sail and opened a sanctuary
for elephants, or perfected the tambourine and followed the band
on their bluegrass tour? I don’t know why anyone stays in their marriage,
my therapist said. Love is illogical. A man I loved once raped me.
I did not leave him. At least not then. But the next time I loved,
I chose someone kinder. I thought it would make a difference.
I stopped looking people in the eyes when talking to them.
I kept wanting to kiss them, the intimacy of language turning
into metaphor and urge. Everyone. I wanted to kiss the cashier
handling my poblanos with such gentleness and curiosity.
To kiss the person next to me on the bus with bad taste
in music and vanilla and bergamot in his cologne. Kiss
the woman holding the door, saying: Have a good day.
Her smile so goddamn bright and real and meant for me.
You’re trapped, my therapist tells me. Only you can break this cycle.
But I want exactly this kind of trouble. I have sweat between
my breasts that needs licking. I have an iamb in my chest that keeps
skipping. I have stockings on my thighs. Oh, I’ve got stockings
on my thighs that need ripping. I read my way through all
the paperback romances and need a more adequate fiction.
I need my hair pulled, mean and gentle. I dressed you up in
every excuse and black gloves past the elbow. You open
the silk in me with zippers and buttons sewed on with breakable
thread. I have pulled tinsel from your hair and called it mistletoe,
led you into the woods wearing cheap underwear and handed you
the switchblade from my boot. I worshiped the myth I made of you,
but I’m off my knees now. I want your hands to become language
and make me offer you one thigh at a time. Let it sting loud
and sweetly. Let bruise be proof. Let the smell of your hands.