Luís Miguel Nava

El cuerpo espaciado


Se le perdía el cuerpo en el desierto,
que dentro de él gradualmente
conquistaba
un espacio cada vez mayor,
nuevos contornos, nuevas posiciones,
y le envolvía los órganos que,
aislados en la arena,
adquirían
una reverberación particular. Iba de día
en día espaciándose.
Las diversas partes
de las cuales solo por abstracción
se llegaba a la noción de un todo
comenzaban a alejarse unas de otras,
de modo que entre ellas
no tardaron en espumear las mareas
y la propia vía láctea comenzó
a abrirse camino. Su carne ejercía además
una enigmática atracción sobre
las estrellas,
que enseguida logró asimilar, exhibiéndolas,
a los ojos de quien no lo supiera,
como luminosas cicatrices cuyo resplandor,
transmutado en sangre, lentamente
se desvanecía.
Él no era más, en esas ocasiones, que una mecha,
en cuya ceniza, casi imperceptible,
era posible sin embargo detectar aún
la palpitación de las vísceras,
que la más pequeña alteración
en la dirección del viento era capaz
de poner de nuevo en marcha. Resolvió entonces
plastificarse.
Comenzó por las extremidades,
por los dedos de las manos
y por los pies,
pero al cabo de poco tiempo eran ya
los pulmones, los intestinos
y el corazón
los que cuidadosamente envolvía en celofán,
contra el cual las olas producían
un sonido horripilante.


Luís Miguel Nava. O corpo espacejado (escritas.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O corpo espacejado

Perdia-se-lhe o corpo no deserto, que dentro dele aos poucos conquistava um espaço cada vez maior, novos contornos, novas posições, e lhe envolvia os órgãos que, isolados nas areias, adquiriam uma reverberação particular. Ia-se de dia para dia espacejando. As várias partes de que só por abstracção se chegava à noção de um todo começavam a afastar-se umas das outras, de forma que entre elas não tardou que espumejassem as marés e a própria via-láctea principiasse a abrir caminho. A sua carne exercia aliás uma enigmática atracção sobre as estrelas, que em breve conseguiu assimilar, exibindo-as, aos olhos de quem o não soubesse, como luminosas cicatrizes cujo brilho, transmutado em sangue, lentamente se esvaía. Ele mais não era, nessas ocasiões, do que um morrão, nas cinzas do qual, quase imperceptível, se podia no entanto detectar ainda a palpitação das vísceras, que a mais pequena alteração na direcção do vento era capaz de pôr de novo a funcionar. Resolveu então plastificar-se. Principiou pelas extremidades, pelos dedos das mãos e pelos pés, mas passado pouco tempo eram já os pulmões, os intestinos e o coração o que minuciosamente ele embrulhava em celofane, contra o qual as ondas produziam um ruído aterrador.

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