Safo

Trece poemas reconstituidos


Traducción de Manuel Fernández-Galiano (Se han suprimido los paréntesis que indican las restituciones del traductor para facilitar la lectura).

1.

Inmortal Afrodita, la florida,
artera hija de Zeus, te lo suplico,
no atormenten mi espíritu, señora,
penas ni angustias,

mas ven aquí, como también antaño
unciste tu áureo carro y de la casa
de tu padre saliste al escuchar
mi voz lejana;

llevábante unos ágiles gorriones
hacia la negra tierra desde el cielo
y el veloz movimiento de sus alas
pronto te trajo;

y tú, bendita diosa, sonreías
con tu faz inmortal y preguntabas
qué me ocurre otra vez, por qué de nuevo
vuelvo a invocarte

y qué es lo que deseo que suceda
a mi alma loca. «¿A quién persuadir debo
a que acepte tu amor? ¿Quién mal contigo,
Safo, se porta?

Porque, si hoy huye, pronto irá tras ti;
si regalos no acepta, ya lo hará;
y, si hoy no te ama, pronto te amará
aunque no quiera».

Ven también ahora a mí, de mis congojas
crueles sálvame y haz lo que mi ánimo
cumplido quiere ver y así tú misma
sé mi aliada.

2.

Ven a mí desde Creta; ven al sacro
recinto donde un grato bosquecillo
de manzanos se eleva y en las aras
arde el incienso.

Canta aquí el agua fresca por las ramas
del manzanar; sombrean los rosales
el lugar todo y, al temblar las hojas,
sopor difunden.

Aquí florecen lirios en el prado
que apacienta corceles; los eneldos
exhalan en la noche deleitable
su hálito dulce.

Cíñete aquí las ínfulas, ¡oh, Cipris!,
y en las doradas copas tiernamente,
mezclado con delicias, el divino
néctar escancia.

5 y 15.

iOh, Cipris y Nereidas, a mi hermano
inmune devolvedme y que aquí llegue
y cuanto su alma quiere ver logrado
todo se cumpla!

Que expíe sus pecados de antes; sea
goce de sus amigos y tormento
para sus enemigos, que ojalá
no los tengamos;

partícipe a su hermana quiera hacer
del honor que reciba y se terminen
del todo las amargas inquietudes
que le apenaban;

cuando escuche la hostil habladuría
de sus conciudadanos, baladíes
como grano de mijo le parezcan
tales palabras.

¡Sedle propicias, hijas de Nereo,
y tú, Cipris excelsa, de tus iras
olvídate contra él y del mal líbrale!
Mas, si recae,

que acerba, Cipris, te halle y que no pueda
jamás jactarse Dórica de que él
a su amor deseable retornó
por vez segunda.

16.

Lo mejor de la tierra dicen unos
que es una grey de infantes y jinetes
o una flota de naves, mas yo creo
que es lo que se ama.

Y esto es fácil que todos lo comprendan:
Helena, a la que nadie aventajaba
en belleza, al mejor de los maridos
dejó, y a Troya

se fue por mar sin acordarse nada
de su hija y de sus padres bienamados,
pues a amar a Alejandro la arrastraba
Cipris divina,

que es hábil la mujer cuando se trata
de realizar sus frívolos deseos.
Esto ahora hacia Anactoria, que está ausente,
mi mente lleva:

preferiría ver su andar gracioso
y el expresivo brillo de su faz
a los carros de guerra de los lidios
y tropa armada.

17.

Cerca de mí aparezca mientras oro
tu graciosa figura, Hera divina,
cuyo culto instauraron los ilustres
reyes Atridas,

que, habiendo realizado grandes gestas
primero en Troya y luego en el mar cuando
de allí vinieron, terminar su viaje
no conseguían

hasta que a ti invocaron y al Antieo
Zeus y al dulce retoño de Tione.
Ahora también propicia ante mí acude
según el rito

tradicional; es puro y consagrado
te está este coro virginal que acude
a tu recinto y danza rodeando
tu bella imagen.

Clemente muéstrate, te lo pedimos,
y, si otras veces auxiliar supiste
nuestra cuita, haz que incólume nos llegue
la que esperamos.

20.

Diosa que habitas la chipriota Pafo,
danos, ¡oh, Cipris bienaventurada!,
la visión de tu gloria y haz que ahora
llegar podamos

con propicia fortuna hasta la orilla
y sentirnos seguros en el puerto
y pisar otra vez la tierra negra,
madre de todos,

pues hay gran tempestad y ya los nautas
luchar no quieren contra los ingentes
vientos y hacia la costa este navío
no se encamina.

21.

Penosa es ya mi edad y a piedad mueven
mis miembros temblorosos y el cabello
que fue negro y es blanco y cuantos males
la vejez trae.

Ella arruga mi piel toda y mi mente
rodea de temores y pesares;
voló ya aquel Amor que cuerpos jóvenes
busca ahora sólo.

Pero aun la noble Cipris me acompaña.
Toma la dulce péctide, Girino,
y canta para mí a la diosa ornada
de violas en su seno.

22.

Yo, Abántide, te ruego que, tomando
la péctide, de Góngila nos cantes
y su añoranza que revolotea
en torno a tu alma.

Sólo el ver su vestido, bella niña,
loca de amor te puso; y yo me alegro,
pues reprochóme un día Ciprogenia
misma que suelo

pedirle que me dé nuevos amores.
Eso es verdad, pero también deseo
que sepa que es constante entre nosotras
el sentimiento.

23.

Cada vez que te miro cara a cara
me parece que en nada comparable
eres a Hermione y a Helena la rubia,
si es permitido

equiparar a humanos con los dioses,
no me parece impropio el igualarte;
sábelo bien, tu corazón lo guarde;
todas mis penas

pueda olvidar; no vea ya la orilla
del Aqueronte, que el rocío baña,
mas la pradera en que la entera noche
juntas cantemos.

24 a.

Cuando a la edad lleguéis que ahora yo tengo,
recordaréis sin duda dulcemente
todo aquello que, siempre con vosotras,
de joven hice.

Fue bueno y bello cuanto allí gozamos;
la ciudad se llenó de nuestros coros;
de flores y perfumes rodeadas
amar supimos.

27.

A ti acudimos, madre de estas bellas
muchachas tan amadas por nosotras,
cuyo canto sonoro muchas veces
fue mi deleite.

También tú antaño fuiste tierna niña
que cantó con dulzura; de ello acuérdate
y amablemente este favor concédenos
que te pedimos.

Pues vamos a una boda, bien lo sabes;
salir deja en seguida a estas muchachas;
los dioses el servicio en que les honras
tengan en cuenta;

no hay camino ni fácil ni difícil
que a los mortales lleve al gran Olimpo,
pero el hacer felices a los hombres
a él nos acerca.

30 y 34.

Los astros que rodean a la hermosa
luna su brillo han de ocultar cuando ella
en su redonda plenitud la tierra
toda ilumina.

A su luz las muchachas hoy pasamos
la noche toda entera celebrando
tu amor y el de la novia que con violas
su pecho adorna.

Despiértate, muchacho, corre, trae
aquí a tus camaradas y que sea
nuestro sueño más corto que el del ave
de voz sonora.

31.

Que es igual a los dioses me parece
el hombre que a tu vera está sentado
y tu hablar dulce y risa silenciosa
oye de cerca;

ello hace que en mi pecho el corazón
se pare; porque, al verte solamente
un momento, la voz no me obedece
y se me traba

en silencio la lengua y un sutil
ardor corre debajo de mi piel,
no ven mis ojos, mis oídos zumban
y un sudor frío

mi cuerpo todo invade, y un temblor,
y me pongo más verde que la yerba
y creo enteramente que a morirme
voy en seguida.

Pero todo tendrás que soportarlo,
pues ha de ser así. Siempre supiste,
Safo, que al claro sol sucedería
la negra noche.


Manuel Fernández-Galiano. Trece poemas reconstituidos del Libro I (interclassica.um.es)