Ana Luísa Amaral

En Creta, con el Dinosaurio


_

Nunca estuve allí,
pero me gustaba.

También sentarme a la mesa de café
despreocupada (la mesa y yo)
y tener frente a mí
al dinosaurio.

Pata trazada sobre la roca,
aquella en la que Teseo
no descubrió la entrada a una caverna.
Conversaríamos los dos, yo
en la silla, él
altamente herbívoro y escamoso,
ojo suave y muy social.

¡Después, el hilo!

Que Ariadna traería, no muy solemne
y debajo del brazo.
Un hilo de seda o plomo o acero.
Y el dinosaurio,
muy poco habituado (aun así)
a un tiempo tan nuestro,
preguntaría para qué era.

«Para guiar a Teseo», sería
la respuesta de Ariadna. Y después,
guiñando un ojo, más suave aún
que el del monstruo escamado:
«O para confundirlo»

Cabe señalar en este punto que
Teseo, entretenido en el palacio
estudiando laberintos con el Rey,
lo ignoraba todo.

En la roca, llena de suaves algas
de terciopelo,
abría el dinosaurio en gesto amplio
las patas delanteras, aprobando
la idea.

Estábamos bien, los tres,
sorbiendo con calma el café
servido por un meteco —muy aromático—.
Mientras, en el palacio, el laberinto crecía
y Teseo, ansioso de complacer al Rey,
quemaba, de frenético, nobles pestañas
griegas.

En el aire minoico se olía
el perfume de las naranjas,
y, entre varios cafés y tragos de retsina,
el dinosaurio masticaba tranquilo
cuatro kilos (a la vez) de
ciruelas pasas y dulces
mandarinas,

narrando la insigne paz
que había seguido al caos:
ignoraba si estrellas en cósmico viaje
de lluvia de brillantes,
si glaciar horrendo
reajustando el ritmo de la Tierra,
si solo su tamaño —inmenso
e inhumano—
dando lugar al mito.

En laberinto
de muchos millones de años
había llegado a allí. Sin saber cómo.
«Es igual que el hilo que yo traigo
aquí, para Teseo», Ariadna
diría, «El de acero, seda o plomo,
que conduce o confunde, conforme
a la ocasión».

—¡A traición!

Se desviaría Ariadna, entonces,
hablando de Teseo: de la traición que,
juzgaba ella,
lo llevaría a abandonarla en Naxos
y del compás incierto de lo que había sido
anterior a la traición.
Poseidón en las aguas relucía,
el destino de Minos y Cnosos
aún por marcar;
solo el monstruo sabía cuanto dioses y hombres,
comunes en odiar.

Sabía, pero callaba. Qué silencio:
la mayor virtud
de un saurio que se precie.
Y la conversación sería tan tranquila, tan amena,
que olvidaba Ariadna las desviaciones
del mito,
uniéndose a la retsina.

«Un brindis», propondría el dinosaurio,
en gesto social.
«Un brindis», repetíamos nosotras (la princesa
y yo).

Y el hilo de fino encaje volaría,
cual pájaro prehistórico,
hasta el mar Egeo.

Pata cubriendo la boca de flecos
inocentes,
se escarbaría entonces los dientes el Dinosaurio…

(Y del palacio salía ya Teseo.
Mapa y espada en mano.
Pero sin el hilo).

_


Ana Luísa Amaral. Em Creta, com o Dinossauro (blogspot.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Em Creta, com o Dinossauro

Nunca lá estive,
mas gostava.

Também de me sentar a mesa de café
descontraída (mesa e eu)
e ter à minha frente
o dinossauro.

Pata traçada sobre a rocha,
aquela onde Teseu
não descobrira entrada de caverna.
Conversaríamos os dois, eu
na cadeira, ele
altamente herbívoro e escamoso,
olho macio e muito social.

Depois, o fio!

Que Ariadne traria, pouco solene
e debaixo do braço.
Um fio de seda ou prumo ou aço.
E o dinossauro,
de pouco habituado (ainda assim)
a um tempo tão nosso,
perguntaria para que era aquilo.

“Para guiar Teseu”, era
a resposta de Ariadne. E depois,
piscando o olho, ainda mais macio
que o do monstro escamado,
“Ou para o confundir”

Convirá referir neste momento
que Teseu: entretido no palácio
a estudar labirintos com o rei,
ignorante de tudo.

Na rocha, cheia de algas macias
de veludo,
abriria o dinossauro em gesto largo
as patas dianteiras, aprovando
a ideia.

Estávamos bem, os três,
beberricando calmos o café
servido por meteco — bem cheiroso.
Enquanto no palácio, o labirinto inchava
e Teseu, ansioso por agradar ao Rei,
queimava, de frenético, nobres pestanas
gregas.

No ar minóico, rescendia
o perfume a laranjas,
e, entre vários cafés e golos de retsina,
o dinossauro mastigava calmo
quatro quilos (à vez) de
ameixas secas e doces
tangerinas,

narrando a nobre paz
que se seguira ao caos:
não sabia se estrelas em cósmica viagem
de chuva de brilhantes,
se glaciar medonho
reconcertando o ritmo da Terra,
se só o seu tamanho — imenso
e desumano —
a dar lugar ao mito.

Em labirinto
de muitos milhões de anos,
tinha chegado ali. Sem saber como.
“É como o fio que eu trago
aqui, para Teseu”, Ariadne
diria, “O de aço, seda, ou prumo,
que conduz ou confunde, conforme
ocasião.”

— A traição!

Derivaria Ariadne, então,
falando de Teseu: da traição que,
julgava ela,
o levaria a abandoná-la em Naxos
e do compasso incerto do que fora
anterior à traição.
Poseidon pelas águas reluzia,
o destino de Minos e de Cnossos
ainda por marcar;
só o monstro sabia como deuses e homens:
comuns a odiar.

Sabia, mas calava. Que silêncio:
a virtude maior
de sáurio que se preza.
E a conversa seria tão calma, tão amena,
que esquecia Ariadne derivações
de mito,
juntando-se à retsina.

“Um brinde”, proporia o dinossauro,
em gesto social.
“Um brinde”, repetiríamos nós (princesa
e eu).

E o fio de renda fina voaria
qual pássaro pré-histórico,
até ao mar Egeu.

Pata a tapar a boca de franjas
inocentes,
palitaria então o Dinossauro os dentes…

(E do palácio já saiu Teseu.
Mapa e espada na mão.
Mas sem o fio.)


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