Augusto dos Anjos

Los enfermos (VI)


A la helada aguja, ahora, alba, la granizada
cayendo, análoga era… Un perro ahora
la oscura lengua hidrófoba sacaba fuera
en contracciones musculares de rabia.

Pero más allá, entre oscilantes llamas,
despertaban los barrios de la lujuria…
Las prostitutas, enfermas de hematuria,
se extenuaban en las camas.

Una, innoble, derrengada de cansancio,
casi ya estragada por el vicio,
olía con placer en el sacrificio
la lepra mala que le roía el brazo.

Y ensangrentaba los dedos de la mano nívea
con sentimiento gastado y emoción pobre,
en esa alegría bárbara que cubre
los estremecimientos de la lascivia…

De seguro, la perversión de la que era presa
el sensorium de aquella prostituta
venía de la adaptación casi absoluta
a un ambiente microbiano de bajeza.

Sin embargo, virgen fuiste, y cuando lo eras
no tenías aún esa erupción cutánea,
ni tenías, víctima última de la insania,
¡dos estériles glándulas mamarias!

¡Ay! ¡Ciertamente aún no había
roto, con violencia, en el horizonte
el sol maligno que secó la fuente
de tu castidad ahora acabada!

Quizá tenías hambre y tus manos en vano
tendiste al mundo, hasta que, al azar,
fuiste a vender tu virginal corona
al primer maleante de la barriada.

¡Y eres vieja! El mundo de ti está harto,
y hoy, que la sociedad te rechaza,
solo las negras brujas de la derrota
frecuentan diariamente tu cuarto:

te prometen —¿quién sabe?— entre los cipreses,
lejos de la mancebía y las alcobas,
en las quietudes nirvánicas más dulces,
¡el noviazgo que en vida no tuviste!
 


Augusto dos Anjos. Os doentes (dominiopublico.gov.br)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Os doentes (VI)

À álgida agulha, agora, alva, a saraiva
Caindo, análoga era… Um cão agora
Punha a atra língua hidrófoba de fora
Em contrações miológicas de raiva.

Mas, para além, entre oscilantes chamas,
Acordavam os bairros da luxúria…
As prostitutas, doentes de hematúria,
Se extenuavam nas camas.

Uma, ignóbil, derreada de cansaço,
Quase que escangalhada pelo vício,
Cheirava com prazer no sacrifício
A lepra má que lhe roía o braço!

E ensangüentava os dedos da mão nívea
Com o sentimento gasto e a emoção pobre,
Nessa alegria bárbara que cobre
Os saracoteamentos da lascivia…

De certo, a perversão de que era presa
o sensorium daquela prostituta
Vinha da adaptação quase absoluta
À ambiência microbiana da baixeza!

Entanto, virgem fostes, e, quando o éreis,
Não tínheis ainda essa erupção cutânea,
Nem tínheis, vítima última da insânia,
Duas mamárias glândulas estéreis!

Ah! Certamente não havia ainda
Rompido, com violência, no horizonte,
O sol malvado que secou a fonte
De vossa castidade agora finda!

Talvez tivésseis fome, e as mãos, embalde,
Estendestes ao mundo, até que, à-toa,
Fostes vender a virginal coroa
Ao primeiro bandido do arrabalde.

E estais velha! — De vós o mundo é farto,
E hoje, que a sociedade vos enxota,
Somente as bruxas negras da derrota
Freqüentam diariamente vosso quarto!

prometem-vos (quem sabe?!) entre os ciprestes
Longe da mancebia dos alcouces,
Nas quietudes nirvânicas mais doces
O noivado que em vida não tivestes!



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