La cuesta del pinar

El tiempo quiso blanquear
el hueco oscuro del tiempo,
bestia rapada,
vela azul en blanco azar.

El ojo apuntando al mar,
bien de zancas tan expuesta,
en la cuesta del pinar
te hallé.

Ai, aínda moi cedo
é pra agardar.

Detente como un tonto
o espera aún poco
y corre como un loco
o ama y vete pronto.

Falling in the pool,
loving like a lad,
running like a mad,
standing like a fool.

Vuelve a llover donde solía:
la niña raposa, y él
con savia seca en la piel,
y una dríade que espía.

Concito el rito.

El crepúsculo del río:
suma y despojo del aire;
la recomposición del movimiento
que canto, siento, pinto, afronto, unto.

Corre coma un tolo
ou para coma un parvo.
É man e ollo, é nervo e intre, é corda e arco.
Elepan otuxne emeso,
asopar ahinem ahnim!

Si planto, cuento, finto, monto, junto
el éxtasis en descomposición;
sueño y violencia de luz:
fluye el tiempo, fluye frío.

Habito el rito.

Por peña, bosque, prado, arena
vuelve el agua al mar que solía;
sobre el jacinto y la azucena,
llueve otra vez como llovía.

Standing like a fool,
running like a mad,
loving like a lad,
falling in the pool.

Ama y vete pronto
y corre como un loco
o espera aún poco,
detente como un tonto.

Ay, demasiado pronto
para esperar.

Eu vinte
pola encosta do pinal,
tan de coxas expostiña,
co ollo apontando pra o sal.

Vela azul no branco azar,
besta rapada,
buraco escuro do tempo
que o tempo volveu albar.

En el oscuro agujero del tiempo
que por fin el tiempo logró encontrar.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Peñón sin algas

This fever for you was just burning me up inside.
B. Steinberg / T. Kelly, I drove all night

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Condujo horas, la noche entera,
los ojos secos, pensando solo
en verla a ella.

Lava en las rocas, sal en el viento;
ropa en el terso suelo encerado;
lluvia de ayer.

Pasos de baile, juegos confusos;
curvas fugadas, asfalto huido.
Pensando en ella.

Toda la noche, simas y llanos;
peñón sin algas, viento del mar.
Condujo horas.

Y ella, sin ropa, sin la camisa
de talla grande, vencido el tanga
violeta y negro

—solo los densos calentadores
en los tobillos y zapatillas
rosas de danza—,

se retorcía sobre la barra
ante el espejo mostrando el pubis
albo, desierto,

los largos miembros, ligeras piernas
y tensos brazos, prensiles manos
de ave dorada;

pandos, pequeños, pungentes pechos;
mueca de niña; bajo el pajizo
y lacio pelo,

los ojos glaucos como olas calmas
tras la tormenta, profundos, fríos:
verdor letal.

Lisas paredes, ventiladores,
luz de quirófano; piso de tablas,
pasos de danza;

pubis sin vello contra la barra:
peñón sin algas, pálido abismo,
marmóreo altar.

Aún ebrio, el hombre arrancó el coche.
Condujo absorto entre la lluvia,
sobre la lluvia;

hacia la lluvia —zigzags de viento,
pulso de agua—, sabiendo ahora
que no era eso,

que no era aquello lo que olvidaba;
cuero en los labios, zinc en las manos…
No, no era así.

Condujo horas bajo la lluvia,
borrosos faros entre la lluvia;
difuso azar.

Ya casi al alba, solo en su cuarto
—los ojos secos—, miró la foto,
bebió aguardiente,

rojo aguardiente de fruta amarga;
secos los ojos, lluvia rompiendo
en los cristales.

En las noticias del olvidado
televisor, cuerpos prendidos
en fuego y sangre,

humo y acero, vidas mordidas,
dolor y miedo; frágil silencio,
palor de algar.

Y en la cabeza, virando en vórtices
de vidrio y hielo, rubio aguardiente,
cándido pubis,

dudosa hondura; halo en la noche,
tajo desnudo, blancura oscura…
Lluvia de ayer.

Miró la foto, giró la llave;
bajó a la entrada, pagó la cuenta.
No dijo adiós.

Condujo horas, toda la noche
—la noche entera—, pensando solo
en alejarse

de aquel naufragio, de la tormenta
que aún aullaba detrás de él.
Condujo horas.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Cálido infierno

Si subo al infierno
envidiaré el cielo;
si me caigo al cielo
añoraré el infierno,
turbio y tierno.

Si me invierto a roca
desearé ser río;
si me asumo en río
añoraré la roca,
lisa y loca.

Si me venzo en tierra
anhelaré ser aire;
si regreso al aire
añoraré la tierra,
puta y perra.

Si me torno infierno
intentaré ser cielo;
si me das tu cielo
añoraré mi infierno,
tibio y tierno.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Actinia

Desde tus gafas ladeadas
miras más allá de la tarde opaca
y el translúcido atardecer.
Di, ¿qué ves? ¿ves el orto en el ocaso?
Alzándose al oscurecer.
Tan ahí.

Bien, ahora arrodíllate y adora
al sol naciente del anochecer
mientras que, autolimitándome,
yo sopeso tu bruna actinia
honrando la luz del atardecer.
Justo ahí.

La actinia agita sus tentáculos
bajo la cadencia del mar.
Vuelve y va, vuelve y va, aún más allá,
dividiendo por su cuadrado
la velocidad del atardecer.
Sí, ahí.

Cálidas aguas y campos de algas,
colonias de estromatolitos
desde el mismo origen del mundo;
ocultas sinfonías verdegueantes,
los vívidos colores de la sal.
Ay, ahí.

Contempla el alba en el crepúsculo
—brazo arriba, la pierna allá—
y la aurora contra el anochecer.
Te has quitado también las gafas:
Verás el sol sobre la sal.
Oh sí, ahí.

Isla blanca, suave marea;
medusas y velellas en el mar.
La actinia vuelve, vuelve y va.
Serpientes entre los algares.
Verás lo más profundo de la sal.
Ay. Ahí.

Alzándose al atardecer.
Vuelve y va, vuelve e irá. Aun más que allá.
Reflejos de tus ojos a mis ojos
—pierna laxa, la mano acá—
de rojo fulgor al anochecer.
Ahí. Ahí.

Estromatolitos en la marea.
Tentáculos de anémona. Oleaje.
Sargazos en la tempestad.
Fragmentos de coral, troncos y redes…
Los fúlgidos sabores de la sal.
Ay. Ahí va.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Lodo y polvo

A casa de Gingiz finou hai mil anos.
Os seus catro reis xacen nun oasis,
e a docísima auga das dez fontes
escurre polos canos dos seus ósos.
A. Cunqueiro, Os catro chefes da casa Gingiz

.

Cubren ciudades las dunas
—solo arena—,
con el tiempo pasa el tiempo
y hasta al tiempo
lo desmenuza el desierto
grano a grano;
solo lluvia,
polvo a polvo en el desierto.
Y al desierto
—solo tiempo, solo lluvia
en mis ojos solo rojos—
lo va descarnando el tiempo.
Solo tiempo.

Los jefes de la casa de Gingiz,
leones sin rival en la batalla,
guirnaldas de camelias en la tarde,
en un oasis yacen, en sus fuentes:

El primero murió en una emboscada
entre dunas y altos peñascales;
reposa, príncipe, en el suelo tu cabeza
y corónate con las arenas del desierto.

El segundo a traición fue envenenado
y en el sueño sus sueños se durmieron;
la noche se queja en tu frágil sueño
como el halcón del rey en el guante oscuro.

Vilmente degollado fue el tercero,
incauto, en un banquete en tierra extraña;
rojo vino y roja sangre en las manos y las rosas,
y en las estrellas, a las que llamaba por su nombre.

Y el cuarto, el más amado, huyó al desierto:
los condes encontraron su cadáver
y junto a sus hermanos lo enterraron;
las hienas y los buitres le acogían;
ese para quien guirnaldas de camelias
se trenzan silenciosas en las cañadas del crepúsculo.

La casa de Gingiz se extinguió hace mil años;
sus cuatro reyes en un oasis yacen
y la dulcísima agua de diez fuentes
se escurre por los caños de sus huesos.
Leones que en la piedra de los siglos
recuerdan a los reyes su arrogancia.

El tiempo en el desierto, eternalmente,
irá desmenuzando el polvo eterno.
Ojos rojos en la lluvia,
—solo tiempo—
polvo en el lodo, sueños
que sobre el tiempo insomne se durmieron.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Polvo y lodo

El viento remueve el polvo disperso
de los palacios vencidos en ruinas
y lo arrastra a la estepa.
La lluvia recoge escombro y guijarros
de antiguos castillos desmoronados
y el río los lleva al mar.
Los anillos de los emperadores
permanecen para siempre olvidados
bajo el légamo podrido e insondable
de los pantanos.
Y nada es.

A aquellos que marcharon a las sombras
y atravesaron las puertas del orco,
hace unos años apenas,
muy pocos hoy los evocan y añoran
y en unos años, escasos,
nadie tampoco podrá recordarlos,
y su miseria y grandeza,
días y hechos, y aun su existencia,
no serán nada,
y del olvido el espectro espantoso
los abrazará eternamente,
y no serán nada.
Y el viento hesita en los patios vacíos
de los castillos.
Y nada es.

Cada planeta
gira en torno a su estrella
y cada estrella subsiste
rotando en su galaxia brevemente.
Pocas cosas
siempre serán lo que son,
muchas en cambio cambian
continuamente y siempre cambiarán.
Cada galaxia se aleja del centro
del Universo
desde el origen del tiempo
y hasta el extremo de la eternidad.
Ay, demasiado, pronto aún
para esperar.

Y polvo y lodo
en el hueco del corazón.
El viento rueda en los patios umbríos
de los castillos
y los anillos
duermen el sueño de lodos impíos,
rancios y fríos.
Y nada es.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010