La chispa obtenida

Del frío de los sueños somos
espíritus fugaces
vagando confundidos por la tierra,
hormiga o escarabajo,
el viento solo sopla en un sentido

y barre los recuerdos al pasado
guardándolos en cercos infranqueables,
observa los relojes, muros
de sol, de mecanismos o de arena,
inútil proseguir

ni aun retroceder,
atiende a la emisión del cesio,
o grillo o saltamontes,
distancia que se aleja hacia el futuro
ligando con enlaces quebradizos

el ciclo de arrebatos o derrotas,
momentos inusuales,
privados de palabras los rituales
de lógicas ignotas,
observa los cristales,

comprende que los ritmos son eternos,
contempla el movimiento del granito,
recibe como un don
tu exigua asignación de sexo,
la chispa que, obtenida, fluye

inmune a los impulsos del insomnio,
soñando el relojero puede
mudar la luz en sombras,
luciérnaga o libélula,
los negros convertir en melodías

de gris y evanescencia,
planetas que basculan el vacío
fortuito de los cosmos divergentes,
amor, genialidad, azar,
expulsa tu egagrópila indigesta,

moscarda o mariposa,
en evos no explorados ni medidos,
sin gafas la vidente en la baraja
escruta el universo,
no pienses en lascivas pesadillas,

contempla como cristaliza
el cuarzo en los abismos de la roca,
avispa o quizá abeja,
no sigas descifrando en los cometas
futuros que jamás llegaron,

rendida de cansancios incansables
durando desde edades desgastadas,
repara en que el recuerdo es
el cebo de la trampa de los días,
mi mano no la guía dios alguno,

mis armas se afilaron en la lluvia
de inviernos remordidos,
de lacias primaveras,
en nieblas de inexactas latitudes,
insecto, cual tú seas,

espíritus errantes,
dirige tus antenas a la bestia,
sitúa tu aguijón entre sus ojos,
ya seas el que fueres, muerde,
descarna hasta los huesos su cabeza,

escarba en sus entrañas y devóralas,
ya seas el que seas,
o tú serás la víctima
del culto a la rapiña y la avaricia,
a dioses que no creen en los hombres,

inútil regresar ni proseguir,
no hay vida en que no olvide que el olvido
debiera ser el limbo en el que viva,
sentados en la piedra,
cogidos de los hombros frente al cielo,

entonces las estrellas eran
muy blancas, muy pequeñas y distantes,
ignora los relojes,
el tiempo es ese río en que, desnuda,
no nadas en el agua que te baña,

ya fueres tú cual seas, cae
el puente que lo cruza, se derrumba
y arrastra la corriente sus arcadas
al fango sin memoria,
fricciona tus maxilas,

mi brazo no lo empuja augur alguno,
y clava tus mandíbulas,
no hay mar que no devuelva a sus orillas
las algas que arrancó, tras la tormenta,
inútil proseguir ni regresar,

adéntrate en sus vísceras,
los amos de la gleba en sus castillos
recuentan las monedas del saqueo,
impuestos comisiones y gravámenes,
el corazón devórales,

creían las sirenas que las algas
prestaban a los peces sus aletas,
las hadas no sabían
que un pene pesa igual que una sardina
o acaso un jurelillo,

si algo somos, mosca o mantis,
la anchoa y los testículos devórales
y escupe de tu labro ensangrentado
los pelos en el charco, somos
espíritus del hambre de los sueños,

los débiles inquietos animales
que en horas inusuales
su simple chispa obtienen,
estrellas diminutas, blancas,
brotando en el orgasmo deslumbrado,

la luz trozada en sombras, fluyen
quizá cuasicristales
de lógicas rituales y asimétricas,
espíritus errantes en la noche,
si somos, es el frío de los sueños.
.


ēgm. 2016

Wiedikon

Hemos llegado en el tren de dos pisos;
si dudas, desapareces,
si no dudas, dejarás de existir;
las campanas redoblan en la tarde,
los tranvías traquetean ansiosos
atronando Goldbrunnenplatz.

Llueve en los pasos de cebra amarillos,
paraguas contra el desprecio de dios:
sáldanos tú nuestras deudas;
la ingenua fealdad de adolescente
en los escaparates desolados
de Birmensdorferstrasse.

Sobrevuelo dudas y errores
en el rastro azul de la masa
para demostrarme a mí mismo
que aun estoy relleno de sangre humana;
vieiras al estilo Rías Baixas
en el horno de Rotachstrasse.

Hiedra, recuerdos indecisos,
y húmeda densidad vegetal;
maese Cuervo sobre las antenas
explica su breve razón
a los siempre indiferentes abetos
de los huertos de Schrennengasse.

Levanto una montaña ante mí,
los cómics de coleccionista,
olvido que los días se consumen,
la vieja Zenith Trans-Oceanic
junto a otras piezas de la antigüedad
de mañana en Badenerstrasse.

El olor del mirto, saúco seco,
Bienvenido al Hotel Verdura;
espadas cruzadas marcan las horas,
qué bonito lugar para morir;
fray Mirlo nos da las noticias
al atardecer en Bühlstrasse.

El tiempo no será jamás así
ni los colores del sueño
volverán a brillar sobre la nieve:
se desliza la indiferencia
hacia el presente cargado de espectros
aquí, en Rotachstrasse, en Wiedikon.
.


ēgm. 2012

Hígado encebolliscado

OJO: Plato no apto para anticebollistas, chupacremas, lameaires ni melindríticos.

1. Hígado encebolliscado sencillo

Ingredientes ración

  • un filete de hígado de ternera de medio centímetro de grueso o así
  • una buena cebolla
  • aceite de oliva, harina, sal, pimienta
  • y nada más

Preparación

Pon al fuego una sartén y cubre el fondo con aceite. Pela la cebolla, córtala por la mitad y pícala en juliana no muy fina. Échala en la sartén y déjala a fuego medio hasta que se dore ligeramente.

Mientras, lava el hígado sin que el chorro del grifo lo golpee directamente y quítale la piel semitransparente que lo rodea. Si es ancho, córtalo por la mitad a lo largo. Córtalo en tiras de cerca de medio centímetro de ancho. Salpiméntalo.
En una fiambrera de plástico (eso que le llaman tuperguare o tuperbare) con cierre hermético, pon dos o tres cucharadas de harina, añade el hígado, ciérrala y sacúdela con estilo, como un barman agitando la coctelera, hasta que todos los trozos estén enharinados y separados unos de otros. Elimina la harina sobrante.

Cuando la cebolla esté bien doradita sácala de la sartén y resérvala junto al fuego. Acto seguido abre la fiambrera, añádele un poquito más de aceite a la sartén, deja que se vuelva a calentar y echa el hígado. Fríelo despacio, moviéndolo para que se hagan todos los trozos por igual. Cuando esté bien hecho, vuelve a añadir la cebolla y dale unas vueltas a toda la manduca.

Acompáñalo con patatas fritas o hervidas. Si son hervidas, disponlas primero en el plato y vuelca el hígado por encima.

2. Hígado encebolliscado con salsa

Ingredientes

  • Los mismos, más pimentón y vinagre de sidra

Preparación

La misma, hasta que la cebolla esté dorada. Entonces apartas la sartén del fuego y dejas que se enfríe.

Mientras tanto pones otra sartén con aceite y vas fríendo el higado.

Cuando la cebolla esté templada, añades a la sartén la punta de una cucharadita de pimentón dulce y otro tanto de harina, lo llevas al fuego y viertes unas gotas de vinagre de sidra y un poco de agua, y le pones un polvo de pimienta, lo remueves sin dejar que hierva y al cabo de un par de minutos:

a) viertes la salsa sobre el hígado y lo sirves junto con las patatas

o

b)  sirves el hígado con las patatas y viertes la salsa sobre todo ello .
.


Marmitón Miranda

Otro infierno

No nacimos para heredar un reino
a las cinco de la mañana,
sed en los ojos, frío en los cristales,
niebla en los sueños,
en grupo al asalto de los vagones,

contactos huidizos, auriculares
en los oídos, roces,
veladas miradas desencontradas,
perfume y loción de afeitar,
sudor, olor de fragmentos de vida,

gafas nuevas, zapatos viejos,
el paquete bien ceñido,
la chica apoya la cabeza
en su hombro mientras él dormita,
a las seis de la mañana,

sombras en las escaleras mecánicas,
espectros por los pasillos,
hasta surgir a las calles
y dispersarse hacia las oficinas,
las tiendas y los bares,

un cigarrillo en el portal,
te has equivocado de corbata
y tu dios no puede salvarte,
nimias circunstancias incontrolables
que van desbaratando el día,

no nacimos para heredar un reino
ni una fábrica de condones
a las siete de la mañana,
no recuerdo donde dejé el llavero,
caray, qué buena está esa,

a dónde vas vestida de putilla
a las siete de la mañana,
quizá al trabajo, o vuelves
de algún pozo tenebroso
que olvidarás antes del desayuno,

confín de café y frituras,
tibias las manos, calor en los muslos
a las siete de la mañana,
plástico y papel de aluminio
en un sucio lienzo hiperrealista,

miedo a equivocarse y fallar,
cuando en realidad todo sigue igual,
triste chiquilla en minifalda,
sabes que el mundo se pudre sin ti,
flaco muchacho encorbatado,

tomes la decisión que tomes,
si todas las mariposas del mundo
vibraran sus alas a un tiempo
no podrían lograr que el leopardo
renunciara a su presa,

no nacisteis para heredar un reino
ni un imperio empresarial,
aferran y devoran los colmillos
y la hierba sigue creciendo
bajo las pezuñas de la manada,

a las siete de la mañana,
quedamos donde siempre
y regresaremos juntos a casa,
sombras por los pasillos,
espectros en los resquicios del tiempo,

lejos de la lírica y de la épica,
lejos de cualquier poema,
en grupo, sombras, espectros,
desvaídos pasajeros del alba,
no nacisteis para heredar un reino

ni un sillón en la mesa del consejo,
ni siquiera un asiento libre
a las siete de la mañana,
no nacimos para heredar ni el polvo,
ni en este ni en otro infierno.
.


ēgm. 2012

Manuel Antonio

 

De cuatro a cuatro

.
Hojas sin fecha de un diario de abordo

Al capitán D. AUGUSTO LUSTRES RIVAS
Con el recuerdo de las navegaciones hechas a la par

.

Intenciones

Llenaremos las velas
con la luz náufraga de la madrugada.
Colgando de dos puntos cardinales,
el esbelto columpio
del pailebote blanco.
Con sus doradas manos
saludan mil adioses las estrellas.

Inventaremos frustradas descubiertas
a barlovento de los horizontes
para acelerar los abolidos corazones
de nuestros veleros defraudados.

Halaremos del chicote
de un meridiano innumerado.

En la isla anónima
de cada singladura
espiaremos el remordimiento de la ciudad.
Ella, noctámbula, deshojará
como una margarita prostibularia,
la Rosa de los Vientos de nuestro corazón.

Enlazaremos adioses de espuma
hacia todas las playas perdidas.
Reuniremos cuadernos en blanco
de la novela errante del viento.
Pescaremos en la red de los atlas
estelas de Simbad.

Y cazaremos la vela
sobre el torso rebelde de las tormentas
para trincar la escota de una ilusión.

La fragata vieja

Tienes los ojos distantes
decorados de rostros joviales
que los viejos marineros
permutaron en los climas antípodas.

Llevas en el timón
un impulso de brazos tensos
que retorcieron los dilatados
horizontes del mar.

El viento,
atortorando,
deshojó de los velámenes
otoños de juventudes.

Comprabas collares circunmeridianos
en los bazares de estrellas.
Amarrabas faros dispersos
con el cimbrador calabrote de la estela.
Floreciste en el Mar
primaveras amargas
de espumas y escamados.

Aunque el viento se encalme
tembletea en tus velas
una ráfaga de transmigraciones.

En ese tu corazón innumerable
también crecen y descienden
las mareas de mi corazón

Travesía

Troqueles reiterados,
el reloj y el Sol
acuñaron monedas efímeras
que repetían todas
la misma cara y la misma cruz.

La costa y el Mar
escamotearon unánimes dorsos
permutadores de la misma
lejana evasión.

Tenemos un desvencijado diagrama
recosido por todos los ovillos del horizonte
que viraron proa, y la Rosa de los Vientos.

En la silueta de los barcos anónimos
puestos a flote por la madrugada,
extraviados en el derrotero del ocaso,
persistieron siempre
la misma espuma en la roda y la misma estela.

Ese intercambio de radiogramas
que reeditaron los faros y las estrellas
nos dio la multiplicación monótona
de las mismas letras del mismo morse.

¿Fue la última ráfaga de viento
lo que nos deshojó de todos los recuerdos?

El Mundo,
que ya no sabe
más que repetir un giro consabido,
rasgó clandestinamente
las hojas imprevistas de los calendarios.

Con nuestras manos suicidas
esparciremos en el carrusel de los vientos
los cuatro puntos cardinales.
Mientras
el timonel
arrumbará proa a Ningún Sitio.

Repetiremos los cansados corazones
cronometrando monotonías.

En las velas indecisas
hojea el viento un indeleble
álbum de leitmotivs.

El minutero
—tic-tac—
asumió el compás de las travesías.

De codos en la baranda

Encontramos esta madrugada,
en la trampa del Mar,
una isla perdida. (1)

Armaremos de nuevo la trampa.
Va a salir el Sol
improvisado y desorientado.

Tenemos ya tantas estrellas
y tantas lunas sumisas
que no caben en el barco ni en la noche.

Juntaremos pájaros sin geografía
para jugar con las distancias
de sus alas abrazadoras.

Y los adioses de las nubes,
mudos e irremediables.

Y armaremos una red de estelas
para recuperar las añoranzas
con su viaje realizado
por los océanos de nuestro corazón.

_____
1. Mar adentro es una isla de agua rodeada de cielo por todas partes.

Solos

Fuimos quedándonos solos
el Mar, el barco y nosotros.

Nos han robado el sol.
El paquebote esmaltado
que cosía con sedales de humo
ágiles cuadros sin marco.

Nos han robado el viento.
Aquel velero que se evadió
por la cuerda floja del horizonte.

Este océano desatracó de las costas,
y los vientos de la Roseta
se orientaron al olvido.
Nuestras soledades
vienen de tan lejos
como las horas del reloj.
Pero también sabemos la maniobra
de los navíos que fondean
a sotavento de una singladura.

En el cuadrante estático de las estrellas
se quedó parada esta hora:
El cadáver del Mar
hizo del barco un ataúd.

Humo de pipa. Añoranza.
Noche. Silencio. Frío.
Y nos quedamos nosotros solos.
Sin el Mar y sin el barco,
nosotros.

…Al ahogado

Se te llevaron los ojos,
relingadores de lejanías
y pescadores de profundidades.

Se te llevaron la voz,
sumergida en la gruta giróvaga
por donde se escurren las tempestades.

Se te llevaron las fuerzas,
enmalladas en la red sonora
de los cordajes erectos.

El viento aún excavaba
con sus garras de espuma,
en la rompiente
más sepulturas.

Ibas reuniendo soledades.
Por un agujero del Mar
te hundiste un día, buscándote.

La novia goleta,
enlutada de blanco,
que cose rutas olvidadas,
agita en el viento sus velas
como el pañuelo de las despedidas.

Guardia de 12 a 4

Envergada en un mástil de la Luna
nos aguarda la medianoche.

La campana de proa,
emotiva voz astral,
zarpó bogando despedidas.

Se extraviaron los pasos del Mar
por los senderos del viento desertor.
Y se perdió por la popa,
desamarrada,
la estela.

Fuimos transbordándonos
al cabotaje de las constelaciones.
Inventores de pseudocontinentes
que hemos de descubrir,
observamos las rutas
balizadas de luceros.

Con un farol en la mano
cronometramos el pulso de las tormentas
que predicen los semáforos astrales:
—¡Se avecina un naufragio
con la ausencia cómplice del Sol!

Ven, vientecillo del mar,
ven, vientecillo marero.
Ven, vientecillo del mar,
vente, nuestro compañero.
(popular)

Y las horas a sotavento
van desviándose de nosotros.

El alba intrusa
dio las cuatro horas.
Era la campana de proa
que volvía del Mar,
la voz desarbolada,
el velamen frustrado.

Recalada

Encontraremos en el muelle
las hojas evadidas
del calendario de nuestros sueños.

Las nuevas calles de siempre
exhibirán el escaparate
de las mismas novias inéditas.

Fumaremos en las pipas despectivas
todas las transeúntes
hostilidades mudas.

El vaso deslabiado en otro puerto
lo acabaremos aquí, en este mismo bar,
junto al marinero desconocido
que nos repite la misma
ubicua sonrisa rubia.

En los burdeles ya saben
que nuestra moneda
tiene el anverso de oro
y el reverso sentimental.

Los ecos imprevistos
de nuestra canción sonámbula
apagarán las farolas de la madrugada.

Mañana despertaremos
en la ausencia de esta jornada.
Se soslayó una página
del diario afectivo.

Éramos los espectadores
en la prestidigitación
de una hora artificial.

Navy Bar

Este bar tiene balanceos.
Y también está listo
para hacerse a la vela.

Nos llenaron los vasos
con toda el agua del Mar
para componer un cóctel de horizontes.

Colgados de las horas
atlas geográficos de esperantos
están sin traducción.
Y tartalean las pipas
con el ademán políglota de las banderas.

Esa canción improvisada
es la misma
que ya se improvisó en algún lugar.

¿Quién ha llegado a avisarnos
de esa cita nocturna que tenemos
con el viento al N.E.
en la encrucijada de las estrellas apagadas?

Aquí bebe de incógnito
el Marinero Desconocido
—sin geografía ni literatura—.
La noche de los naufragios
con su brazo salvavidas
aferrará con nosotros una vela de chubascos.

El último vaso
estaba lleno de despedidas.

Por las calles dispersas
íbamos encerrándonos
cada uno dentro de su alta-mar.

En el residuo de algún vaso
todas las noches naufraga el Bar.

Balada del pailebote blanco

Escuchábamos al viento,
riéndose malévolo
debajo de su disfraz.
Y también contó el barco
la historia del piloto,
la del gaviero y la del rapaz.
Vosotros ya lo sabéis todo.
Eso que dicen las estampas
del libro de Simbad.
Pero él nos contó el resto:
«Estrenaba el horizonte
una largura audaz…»
El barco fue recorriendo
las cicatrices sentimentales
que le dejaron viejos navegantes.
Y los adioses que lleva en la vela,
grabados por miradas
tristes definitivas y distantes.
Un día se hizo a la mar
con la palabra segada en los labios.
Y ya nunca volvió.
Ahora yo busco a un viejo marinero,
o una historia del pailebote blanco,
o cualquier cosa…
¿qué sé yo!

Escuchábamos al viento
riéndose malévolo
debajo de su disfraz.
Mas la historia del pailebote blanco
no la sabía el piloto,
ni el gaviero,
ni el rapaz.

El portafolio del viento

El viento perdió las hojas
de su portafolio.
—¿Esas que los chubascos,
mecanógrafos,
teclean en el manual de los mástiles?

Las gaviotas no tienen quitasol
pero hacen raudos equilibrios
sobre el alambre transparente
de todas las ortodrómicas del cielo.

El pailebote sin velas
—¿Serán esas que el viento
se llevó en su portafolio?
también hace equilibrios en la estela.

Con la boca abierta
—se le cae la baba—
está mirándonos, bobalicón, el Sol.

Lied ohne Worte

Fluctúa un desbordar de marejadas
tanteando los cielos sin hallar la Luna.
Pero la Luna esta noche
desertó de los calendarios.
Marchita entre dos hojas
—violetas, pensamientos—
del manual póstumo
—otoño, madrigales—
que versifiqué yo.

Suaves olas unánimes
se reorganizan detrás del viento.
Cuando pase la última ráfaga
nos dirá adiós
con el pañuelo blanco del gaff topsail.

Alude a un fracaso
de hojas amarillas;
y se renueva la sonrisa de los mástiles,
siempre con ramas nuevas y joviales.

Novia mía,
vestida de luna,
que romantizas
¡tan cursi!
en el jardín.

Me senté a proa
fumándome una pipa.
Pero otra noche pensaré en ti.

La estrella desconocida

Yo te he visto a menudo asomada
a aquella ventana
—¡tan a trasmano!—
que colgaste de una constelación.

El horizonte arrancaba cada día
para ti
la hoja de calendario de una vela.

Pero nunca se enmalló
en la falsa red de los mapas celestes
tu rubia virginidad.
Cómplice la noche,
enjaulaba el sextante de los marinos
ingenuas perversiones catalogadas.

Viuda reiterada de todos los veinte años
que los marineros repiten
cada vez que se ahogan,
Jamás supieron los cadáveres sin rumbo
que tú los amortajabas con tu mirar.

Aproábamos ya la medianoche.
A sotavento de nuestra singladura
va a menudo una nube desarbolada.
Con su esponja de sombra
borró para siempre tu mudo perfil.

El alba nueva me ha sorprendido
rebuscando entre los luceros
una despedida que se me perdió.

Calma de 6 a 8

Por la rompiente se desliza el Sol
tras los ausentes oleajes.
Las velas flojas,
póstumo rompeolas de los chubascos,
cosen los jirones con hilos de sol tibio.

Una gaviota ventrílocua
picoteando el aullido inmortal
que los ahogados dejaron flotando.

La puesta de sol se cerrará
dentro del más intacto disco.
Nuestras pipas atentas,
placenteramente acodadas.
En un instante el vapor intruso
cosió de prisa la relinga del horizonte.

Allende el mundo
está el castillo de proa.
Hay un viejo marinero
que viene de vuelta de todos los naufragios
y trae el hilo de las aventuras
—no se sabe el final—
que las dársenas estáticas
han visto evadirse a bordo de los bricbarcas.
—El capitán Pardeiro
no se ahogó.
“Se perdió” con el bergantín—.

Se ha ajustado en sordina,
alargada como una nuestra mirada,
la bocina del Mar.
Oscila en la mareta ligera
un remordimiento o pesadilla.
El navío,
las manos trincadas,
va borrando la estela con los pies.

Ya no vendrá el viento
pues la noche cerró todas las puertas.
—Esa luz desvelada
en la ventana de la Luna—.

Al dar la hora imprevista del relevo
cosió las cuentas sueltas
del toque de las Trinidades.
El cielo se ha ido, macilento y friolero.

¿Todo ha acabado?
¡Oh milagro!
Las mismas estrellas
aún están,
aún están allí.

Descubierta

¿Quién cerró esta noche
la ventana azul del Mar?
Este Mar fugitivo
de todas las orillas.
Náufrago de la neblina
que desvió el rumbo
de los puntos cardinales.

Se quedaron las gaviotas
tres singladuras a sotavento.
Se desorientaron los delfines,
entrometidos e impunes.

Hoy nadie da con la relinga
con que aferrar el paño del horizonte.
Y este atardecer tampoco
atraparemos al Sol.

El Sol era un pájaro triste
que se posaba en el penol.

Ocio

Gaviotas que llevan en el pico
las cartas de los marineros enamorados.
Vapores burgueses
que nos ofrecen el reembroque de su humo.
Pero nuestras velas encalmadas
espantan a bandazos
las horas como a moscas.

Vigo está tan lejos
que se han desorientado las cartas marinas.

Una pipa más,
con calma,
hasta ver la hora que da el reloj.
¿Entra un viento gélido?
—¡Muy bien!

Se enrollará la pausa
en sus espirales.

Y no sabemos
(basta ya de paréntesis)
añadirnos otra vez
a todo eso que se nos olvidó.

S. O. S.

Todos presentíamos que la noche
preparaba algún sofisma.
Y el faro extraviado
lanzaba un S-O-S
en el morse
—clave Orión—
de las estrellas.

Esos brazos abiertos de la vela
son los mismos del viento
que se ha desperezado.
En la mano del Mar olvidadizo
los luceros picotean su alimento.
La estrella de los cabarets,
con un cigarrillo en los labios,
pide lumbre a los cuatro puntos cardinales.
Por la Galaxia llena de cuarcillos
un astro viejo va con su farol.

¿Qué prevén los almanaques
para esta medianoche?
Pero aún no sabemos
de qué parte llegará la medianoche.
Y el faro extraviado
agotará su stock de S-O-S.

Al reverso de la noche

Luceros degollados
se desangran de oro en el Mar.

A la par de nosotros,
la Luna
traza estelas infecundas.

Mientras ensueña, la mareta
va hojeando el libro de las velas.

Irredentos velámenes exhaustos
resignados a colgar de la cruz.

Estrellas inconscientes
mecanizan el obseso tictac.

El agua toda de los océanos
se absorbió en una lágrima.

Y el pañuelo blanco del nuevo día
enjugará los ojos del cielo.

Adiós

Entre la calima,
trasponiendo mi mirada,
se rehuyó el velamen.
Nos dejó la bahía
llena de su ausencia
y la mañana, sin perspectiva.

Ahora en tierra,
separado de mi mismo
por un océano de singladuras,
el viento de la Ría
va pasando la hoja de cada emoción.

—El Sol indeferente.
Sirena aguardentosa de los vapores.
Un retazo de humo
en el rompeolas del paisaje.
Los engranajes de la grúa
trituran la tibia mañana—.

Debajo de mis pasos
brota la estela de la Villa natal.
Ella, con los brazos llenos de sueño,
se obstina en salvarme de un antiguo naufragio.
Y mis oídos incautos
quieren dormir en el regazo
de las cantigas viejas.

Yo registraba todos los secretos
de mis manos vacías,
porque algo hubo que se me perdió en el Mar.

…alguien que llora dentro de mí
por aquel otro yo
que se va en el velero
para siempre,
como un muerto,
con el peso eterno de todos los adioses.
.


Manuel Antonio. De catro a catro
Manuel Antonio. De catro a catro
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

El día de la niebla

El barquito de papel de periódico
en el río naufragó,
los niños observaban en la orilla
como la niebla iba confundiendo
los prados y el camino,

la bruma lóbrega y viscosa
que al barquito se llevaba
con labios de anhelante hostilidad,
los niños ahora corrían
hacia el pan con chocolate,

expandiéndose y creciendo
la niebla descendió hacia las orillas,
inundó el valle como una riada
densa, voluminosa, lenta,
que después de disolver en sí misma

algunas esperanzas vagas,
algún sueño descolorido,
desapareció llevándose el tiempo
en el aire impaciente de la noche,
y cada estrella volvió a su lugar,

cada planeta regresó a su órbita,
la luna iluminó a los criminales
y cada delito fue cometido
en la hora y en el sitio oportunos,
y los niños ya duermen,

vibra el agua en el ojo de la ninfa,
y cualquier ser humano
fue amado por otro ser humano
a la hora y en el lugar pactados,
en la niebla y bajo la lluvia,

a la luz de la luna o las farolas
o bajo el sol de la playa,
o en los fríos desiertos desolados
o las junglas devastadas,
el barquito de papel

nunca jamás regresará,
y los niños sueñan con brujas,
el pasado se marchó por el río
el día de la niebla inconsistente
y nunca podrá regresar,

olvida todo el tiempo bajo el tiempo,
recuerda que el ayer nunca ocurrió,
y una niebla,
sobre el río ramas rotas arrastran
lóbrega bruma

junto al pasado como un derelicto
hasta enterrarlo en la arena
con los desperdicios de la marea,
redes, algas,
y en su susurro los sauces revelan

que un grito ahoga a otro grito,
gaviotas,
que un beso disipa otro beso,
cerezas,
que un lobo reemplaza a otro lobo

en la jerarquía de la manada,
aullidos
contra la fluorescencia del crepúsculo,
y un día empuja a otro día,
vencejos,

como un rey sucede a otro rey
y una araña substituye a otra araña
retejiendo su trampa en la cornisa
en la que el vencejo cazó,
los niños,

coloca una bolsa nueva
en el cubo de la basura
y acuérdate de seguir olvidando
los desperdicios del tiempo,
recuerda que el pasado no existió.
.


ēgm. 2012

Un día escampó

Durante cientos de miles de años
llovió displicentemente
sobre la tierra vacía de vida,
arabescos de mariposa,
y un día sin día escampó,

nuevos mundos nacen continuamente
para que otros mueran al mismo tiempo
y en los taludes del presente
la nostalgia es tan solo el agitado
soplo del viento en el crambe,

la mariposa fulgura, siguiendo
el tenso arabesco del pez
por el río que fluye hacia la luz
bajo las móviles sombras trenzadas
de los sauces y las mimbreras,

y tener alguna esperanza
de que el sueño vuelva a ser como fue,
fulguración de los peces,
resulta un pulcro ejercicio de angustia
en lo alto del farallón,

la mariposa nunca volará
otra vez esa misma sombra,
olvida la memoria en la hojarasca,
como el pez no nada dos veces
el agua que ya ha fluido,

calculas mal el tiempo, y es por eso
que sueles llegar tarde al vado,
olvida los recuerdos imborrables,
que cruza el río del presente,
ya sabes, del pasado hacia el futuro,

fumareles en el risco,
charranes y pagazas en el sol,
expulsado del paraíso
y arrojado también de los infiernos,
gran ganga, viviendo una inacabable

continua temporada de rebajas,
yo soy de Aldán,
y ya me suicidé en otros bajíos,
recuerda que olvidaste tus recuerdos,
ahora no sé morir,

no hay nadie en el andén ni hay ningún tren
y la ciudad ha muerto,
no hay nadie en el burdel ni el aeropuerto,
y se incendió el edén,
nadie sabe quién fue Hank Woothreed

ni qué mariposas amó
en el vado de las tres piedras,
entre la montaña y el arenal,
entre las viñas, los pinares
y los cañaverales junto al mar,

mientras nuevos mundos nacían
y otros morían bajo la corriente
del río de casijamás, y aquí
tanto tiempo ha estado lloviendo
que la humedad es religión,

pero comienza a escampar
en las dunas de la playa,
en las islas del presente,
detrás de los barrancos del futuro
donde el nada fluctuaba,

vibra la gota en la ninfa,
gran ganga, buen tanga,
sí, fiebre, sube un poco más de fiebre
a tu perfil personal,
algún eco quedará resonando

en las viscosas mimbreras del río,
donde el pez traza su dibujo
de sombríos violetas
y fríos verdeazules vacilantes
junto al vado del hoy,

donde el nada convergía
en la levedad del crambe,
la fugacidad de la arena
y la brevedad del océano
en las peñas de la ría de Aldán,

olvida el porvenir en el sargazo,
recuerda nada más quien eres hoy,
no deja su matiz la mariposa,
pero no volverá a volar
aquel aire que ya esquivó,

en los claros farallones la luz
reconfigura su fulgor,
el verde quiere ser azul ardiente
y el malva, el rojo de unos labios
siempre anhelantes… bajíos…

no muda el celaje de sus escamas
nunca el pez ni jamás vuelve a encontrar
el cauce que ya remontó,
recuerda que el futuro no ha venido,
olvídate de ser quien no serás,

mientras mueren estos,
otros mundos nacen continuamente
en los marjales del río de ahora,
olvida todo el tiempo entre las algas,
acuérdate de ser quien eres hoy,

en el agua verduzqueante,
sobre la Tierra sumergida
sólidamente llovió
durante miles, millones de años,
y un día infinito escampó.
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ēgm. 2012