Alfred Tennyson

Ay golondrina, golondrina


Ay, dile, golondrina, tú que ambos conoces,
cuán brillante, mas feroz y voluble, es el Sur,
y sombrío, mas veraz y suave, es el Norte.

Ay, golondrina, golondrina, si pudiera seguirte y, liviano
sobre su celosía, pudiera yo cantar y piar,
y gorjear y trinar treinta millones de amores.

Ay, fuera yo cual tú, que ella podría tomarme
y depositarme sobre su pecho, y su corazón
podría mecer la nívea cuna hasta que me muriera.

¿Por qué tarda en vestir su corazón de amor,
demorándose como el fresno joven se demora
en vestirse cuando todo el bosque está verde?

Ay, dile, golondrina, ahora que tus crías vuelan,
dile a ella que, aunque frívolo en el Sur,
en el Norte es donde hace tiempo está mi nido.

Ay, dile que la vida es breve mas el amor prolongado,
y, si breve el sol del verano en el Norte,
breve es la belleza de la luna en el Sur.

Ay, golondrina que vuelas de los dorados bosques,
vuela junto a ella, y canta y cortéjala, y hazla mía,
y dile a ella, dile, que yo te voy siguiendo a ti.


Alfred Tennyson. O Swallow, Swallow (poetryfoundation.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O Swallow, Swallow

O Swallow, Swallow, flying, flying South,
Fly to her, and fall upon her gilded eaves,
And tell her, tell her, what I tell to thee.

O tell her, Swallow, thou that knowest each,
That bright and fierce and fickle is the South,
And dark and true and tender is the North.

O Swallow, Swallow, if I could follow, and light
Upon her lattice, I would pipe and trill,
And cheep and twitter twenty million loves.

O were I thou that she might take me in,
And lay me on her bosom, and her heart
Would rock the snowy cradle till I died.

Why lingereth she to clothe her heart with love,
Delaying as the tender ash delays
To clothe herself, when all the woods are green?

O tell her, Swallow, that thy brood is flown:
Say to her, I do but wanton in the South,
But in the North long since my nest is made.

O tell her, brief is life but love is long,
And brief the sun of summer in the North,
And brief the moon of beauty in the South.

O Swallow, flying from the golden woods,
Fly to her, and pipe and woo her, and make her mine,
And tell her, tell her, that I follow thee.

Eduardo García Prieto

Las Galicias ocultas


I

Bajo unas extensas y agobiadoras dunas de arena blanca y salobre, frente al colorido pueblo que tiene de nombre Corrubedo, al finalizar la «Costa de la Muerte», o al empezar, según por donde se mire, y la laguna del Vilar, laguna visitada por las aves nórdicas que reposan allí de su largo peregrinaje desde la helada tundra norteña hacia el desierto abrasador africano, se halla enterrada la misteriosa ciudad de Valverde.

En ningún libro figura la historia de esta ciudad sumergida bajo el mar de arena. Ni nadie puede decir que sepa la verdadera razón de la Celestial condena que motivó la desaparición de Valverde bajo las dunas.

Pero Valverde está allí. Y cuando en la noche en calma se abate sobre el mar y las tierras ribereñas la angustia del presentimiento de la tormenta por venir; cuando hasta los pinos parece que se asfixian con el aire sofocante y agobiador que deja a las aves marinas presas en sus nidos del acantilado y solamente el lejano chillido del búho se escucha bajo las estrellas, desde su tumba de arena sube a la superficie el sonido, la voz de bronce viejo, de las campanas de la iglesia de Valverde. Cuando el marinero o el campesino escucha esta campana, sabe que la tormenta será dura y peligrosa; que el mar no dará cuartel a quien sobre su lomo se halle pescando. Y que la mies será castigada en el campo, las viñas despojadas de los racimos verdes y el rayo abatirá el roble sobre la era.

Aún el eco de la campana enterrada se percibe rebotando de roca en roca por las laderas del monte, por los caseríos del valle y por los acantilados de la costa, cuando ya las olas comienzan a hinchar su vientre y el viento despeina su cresta de espuma. Y las estoicas rocas del acantilado son las primeras víctimas de la furia desatada del mar y del viento. Ingentes masas de agua recomienzan el asalto a la pétrea costa, tallando nuevas figuras en su rostro y modificando, la fisonomía del paisaje. Hasta lo alto de la torre del faro de Corrubedo alcanzan las salpicaduras de las olas que se estrellan contra las rocas, tal es la furia del mar embravecido.

En las viejas casuchas del pueblo marinero, las viejas arrugadas, que saben de muchas noches de temporales iguales, de noches y temporales que se han llevado a los hombres de la casa al fondo del mar, encienden las velas de llama temblorosa ante la imagen de la Virgen del Carmen e invocan su protección para los marineros que no han tenido tiempo de regresar al peirao o que no han escuchado la voz de aviso de la campana de la iglesia de Valverde.

Por los caseríos del valle, en Artes, en Vixán, en Bretal, en Olveira, en Axeitos, en Salmón, en Teira y todas las demás granjas de los labradores gallegos, se aprestan a la defensa: el ganado encerrado en las cuadras; los animales domésticos encerrados en los graneros. Puertas y ventanas reforzadas en sus cierres. Los pajares amarrados y bien sujetos con cuerdas al suelo, para que Eolo no se los lleve y desperdigue por el campo.

La voz de la campana de Valverde, la ciudad enterrada, les ha puesto sobre aviso; una vez más, ¿y cuántas más vendrán?, la llamada desde la tumba de arena, previno a sus feligreses que están arriba del peligro que les acecha. Y ellos lo escuchan y lo atienden.

II

Los ancianos del valle y los marineros viejos, los que han podido sobrevivir, de la costa, dicen que hace muchos años, muchísimos, tantos que nadie lo recuerda ni recuerda a sus abuelos ni a los abuelos de ellos que lo hayan visto, la ciudad de Valverde era una floreciente villa marinera, con un grande y amplio puerto y con centenares de barcos dedicados a la pesca y al comercio con otros puertos de la costa. La pesca no tenía secretos para los hombres de Valverde y el comercio era floreciente, por lo que la vida era alegre en la ciudad y sus mujeres hermosas y cuidadas. No tenían necesidad de hacer trabajos pesados y se resguardaban del sol bajo mantos de seda que los comerciantes traían de otros puertos.

Pero la vida regalada de los hombres de Valverde les hizo egoístas y perezosos; confiados en sus riquezas y en la sabiduría de las artes del comercio y de la pesca que dominaban a la perfección, se alejaron de Dios y de su Iglesia. El Pecado comenzó a rondar Valverde.

Una noche de verano, sin razón alguna, comenzó la mar a agitarse, el viento a enfurecerse y los hombres de Valverde no se preocuparon. Era noche de fiesta en la ciudad, todos los barcos, tanto pesqueros como de comercio, estaban bien amarrados en sus muelles y en la gran plaza del muelle hombres y mujeres reían y bailaban al son de los gaiteros.

El trino de las gaitas y el repique de los tambores, las risas de las mujeres y las broncas voces de los hombres impidieron que escucharan el tañer de las campanas de la iglesia que estaban llamando a sus fieles para el oficio del Santo Rosario. Las campanas sonaron y sonaron y ni uno solo de los feligreses escuchó la llamada.

El mar seguía enfureciéndose y, a la espalda de la ciudad, el viento del norte bajaba por el valle hacia el pueblo adquiriendo cada vez mayor furia; ajenos a todo lo que no fuera la fiesta que celebraban en el muelle, los habitantes de Valverde ni escuchaban el bramar del temporal ni el aviso de las campanas, que ahora repicaban anunciando el peligro.

Nubes de arena comenzaron a caer sobre la ciudad, arrastradas desde el valle por el viento enfurecido y olas de altura pavorosa se abatieron sobre el puerto; poco a poco el pueblo fue quedando cubierto por las aguas y la arena. Ya no se podía escuchar el son de los gaiteros ni de los tamboriles. Entre el ulular del viento y el rugido del mar, solamente se escuchaba el repique de las campanas…

Cuando amaneció ya había retornado la calma. El mar azul estaba tranquilo; una ligera brisa rizaba la superficie glauca de las aguas en la ensenada de Corrubedo y el cielo azul, era cruzado por las gaviotas perezosas que buscaban la ciudad de Valverde, en cuyos muelles siempre había restos de pescado abundantes, para su pitanza mañanera; pero Valverde no estaba. Se había ido. En su lugar estaban unas montañas de arena blanca que brillaban al sol de la mañana. Era todo lo que quedaba a la vista en el lugar en que la noche antes ocupaba la floreciente ciudad de Valverde.

III

Hoy siguen allí las dunas. Y la larga playa a sus pies. Las dunas, según se puede comprobar, unas veces están a la derecha del llano que se abre a su espalda, ante el valle largo y triste; otras veces están a la izquierda. Aseguran los ancianos de los alrededores, que las dunas se mueven en la noche para tapar las salidas que los hombres enterrados de Valverde están cavando desde aquella noche para salir a la superficie. El Genio que tiene aprisionado al pueblo de Valverde les deja llegar a vislumbrar la superficie, y cuando ya están a punto de salir a la luz del sol, mueve las dunas y vuelve a enterrar a Valverde y a la esperanza de sus hombres bajo las montañas de arena blanca y fina. Por eso en las dunas no crece vegetación alguna, porque siempre están en movimiento.

Pero el repique de sus campanas se sigue escuchando por los pescadores y los labriegos, en las noches que preceden a las tormentas pavorosas.


Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de mayo de 1969.
(He corregido, en el primer párrafo, entre el dolorido pueblo por frente al colorido pueblo y, en el último de la segunda parte, cursado por cruzado.

La chispa obtenida

Del frío de los sueños somos
espíritus fugaces
vagando confundidos por la tierra,
hormiga o escarabajo,
el viento solo sopla en un sentido

y barre los recuerdos al pasado
guardándolos en cercos infranqueables,
observa los relojes, muros
de sol, de mecanismos o de arena,
inútil proseguir

ni aun retroceder,
atiende a la emisión del cesio,
o grillo o saltamontes,
distancia que se aleja hacia el futuro
ligando con enlaces quebradizos

el ciclo de arrebatos o derrotas,
momentos inusuales,
privados de palabras los rituales
de lógicas ignotas,
observa los cristales,

comprende que los ritmos son eternos,
contempla el movimiento del granito,
recibe como un don
tu exigua asignación de sexo,
la chispa que, obtenida, fluye

inmune a los impulsos del insomnio,
soñando el relojero puede
mudar la luz en sombras,
luciérnaga o libélula,
los negros convertir en melodías

de gris y evanescencia,
planetas que basculan el vacío
fortuito de los cosmos divergentes,
amor, genialidad, azar,
expulsa tu egagrópila indigesta,

moscarda o mariposa,
en evos no explorados ni medidos,
sin gafas la vidente en la baraja
escruta el universo,
no pienses en lascivas pesadillas,

contempla como cristaliza
el cuarzo en los abismos de la roca,
avispa o quizá abeja,
no sigas descifrando en los cometas
futuros que jamás llegaron,

rendida de cansancios incansables
durando desde edades desgastadas,
repara en que el recuerdo es
el cebo de la trampa de los días,
mi mano no la guía dios alguno,

mis armas se afilaron en la lluvia
de inviernos remordidos,
de lacias primaveras,
en nieblas de inexactas latitudes,
insecto, cual tú seas,

espíritus errantes,
dirige tus antenas a la bestia,
sitúa tu aguijón entre sus ojos,
ya seas el que fueres, muerde,
descarna hasta los huesos su cabeza,

escarba en sus entrañas y devóralas,
ya seas el que seas,
o tú serás la víctima
del culto a la rapiña y la avaricia,
a dioses que no creen en los hombres,

inútil regresar ni proseguir,
no hay vida en que no olvide que el olvido
debiera ser el limbo en el que viva,
sentados en la piedra,
cogidos de los hombros frente al cielo,

entonces las estrellas eran
muy blancas, muy pequeñas y distantes,
ignora los relojes,
el tiempo es ese río en que, desnuda,
no nadas en el agua que te baña,

ya fueres tú cual seas, cae
el puente que lo cruza, se derrumba
y arrastra la corriente sus arcadas
al fango sin memoria,
fricciona tus maxilas,

mi brazo no lo empuja augur alguno,
y clava tus mandíbulas,
no hay mar que no devuelva a sus orillas
las algas que arrancó, tras la tormenta,
inútil proseguir ni regresar,

adéntrate en sus vísceras,
los amos de la gleba en sus castillos
recuentan las monedas del saqueo,
impuestos comisiones y gravámenes,
el corazón devórales,

creían las sirenas que las algas
prestaban a los peces sus aletas,
las hadas no sabían
que un pene pesa igual que una sardina
o acaso un jurelillo,

si algo somos, mosca o mantis,
la anchoa y los testículos devórales
y escupe de tu labro ensangrentado
los pelos en el charco, somos
espíritus del hambre de los sueños,

los débiles inquietos animales
que en horas inusuales
su simple chispa obtienen,
estrellas diminutas, blancas,
brotando en el orgasmo deslumbrado,

la luz trozada en sombras, fluyen
quizá cuasicristales
de lógicas rituales y asimétricas,
espíritus errantes en la noche,
si somos, es el frío de los sueños.

egm.2012

Wiedikon

Hemos llegado en el tren de dos pisos;
si dudas, desapareces,
si no dudas, dejarás de existir;
las campanas redoblan en la tarde,
los tranvías traquetean ansiosos
atronando Goldbrunnenplatz.

Llueve en los pasos de cebra amarillos,
paraguas contra el desprecio de dios:
sáldanos tú nuestras deudas;
la ingenua fealdad de adolescente
en los escaparates desolados
de Birmensdorferstrasse.

Sobrevuelo dudas y errores
en el rastro azul de la masa
para demostrarme a mí mismo
que aun estoy relleno de sangre humana;
vieiras al estilo Rías Baixas
en el horno de Rotachstrasse.

Hiedra, recuerdos indecisos,
y húmeda densidad vegetal;
maese Cuervo sobre las antenas
explica su breve razón
a los siempre indiferentes abetos
de los huertos de Schrennengasse.

Levanto una montaña ante mí,
los cómics de coleccionista,
olvido que los días se consumen,
la vieja Zenith Trans-Oceanic
junto a otras piezas de la antigüedad
de mañana en Badenerstrasse.

El olor del mirto, saúco seco,
Bienvenido al Hotel Verdura;
espadas cruzadas marcan las horas,
qué bonito lugar para morir;
fray Mirlo nos da las noticias
al atardecer en Bühlstrasse.

El tiempo no será jamás así
ni los colores del sueño
volverán a brillar sobre la nieve:
se desliza la indiferencia
hacia el presente cargado de espectros
aquí, en Rotachstrasse, en Wiedikon.

egm.2012

Otro infierno

No nacimos para heredar un reino
a las cinco de la mañana,
sed en los ojos, frío en los cristales,
niebla en los sueños,
en grupo al asalto de los vagones,

contactos huidizos, auriculares
en los oídos, roces,
veladas miradas desencontradas,
perfume y loción de afeitar,
sudor, olor de fragmentos de vida,

gafas nuevas, zapatos viejos,
el paquete bien ceñido,
la chica apoya la cabeza
en su hombro mientras él dormita,
a las seis de la mañana,

sombras en las escaleras mecánicas,
espectros por los pasillos,
hasta surgir a las calles
y dispersarse hacia las oficinas,
las tiendas y los bares,

un cigarrillo en el portal,
te has equivocado de corbata
y tu dios no puede salvarte,
nimias circunstancias incontrolables
que van desbaratando el día,

no nacimos para heredar un reino
ni una fábrica de condones
a las siete de la mañana,
no recuerdo donde dejé el llavero,
caray, qué buena está esa,

a dónde vas vestida de putilla
a las siete de la mañana,
quizá al trabajo, o vuelves
de algún pozo tenebroso
que olvidarás antes del desayuno,

confín de café y frituras,
tibias las manos, calor en los muslos
a las siete de la mañana,
plástico y papel de aluminio
en un sucio lienzo hiperrealista,

miedo a equivocarse y fallar,
cuando en realidad todo sigue igual,
triste chiquilla en minifalda,
sabes que el mundo se pudre sin ti,
flaco muchacho encorbatado,

tomes la decisión que tomes,
si todas las mariposas del mundo
vibraran sus alas a un tiempo
no podrían lograr que el leopardo
renunciara a su presa,

no nacisteis para heredar un reino
ni un imperio empresarial,
aferran y devoran los colmillos
y la hierba sigue creciendo
bajo las pezuñas de la manada,

a las siete de la mañana,
quedamos donde siempre
y regresaremos juntos a casa,
sombras por los pasillos,
espectros en los resquicios del tiempo,

lejos de la lírica y de la épica,
lejos de cualquier poema,
en grupo, sombras, espectros,
desvaídos pasajeros del alba,
no nacisteis para heredar un reino

ni un sillón en la mesa del consejo,
ni siquiera un asiento libre
a las siete de la mañana,
no nacimos para heredar ni el polvo,
ni en este ni en otro infierno.
.


ēgm. 2012