Ni ella o él

Viviréis sin comprender
de qué hilos se os teje la vida:

Hablaréis
sin haber nunca escuchado,

oiréis
sin notar que el aire os habla,

andaréis
sin perder ningún camino,

bailaréis
sin sentir salvaje el ritmo,

follaréis
sin pensar en qué es el sexo,

rezaréis
sin que un dios pueda escucharos,

creeréis
sin creer en lo evidente,

miraréis
sin jamás ver los abismos;

moriréis
sin saber qué fue la vida.

Y, ¿amaréis?
Y ella y él.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Restas

Iceberg que el mar diluye,
en su rolar,
y ya es agua de este mar
sobre el que fluye.

Soy el río que a otro mar
lleva su cieno;
buscaré en un orto ajeno
desembocar.

En la mano traigo el gran
puñal de humo
y del río en que me asumo,
un gavilán.

Tras el rastro de la sal
quizá mi alma
hallará la rara calma
existencial.

Solo, aguardo en cualquier bar,
si el mal me quiere,
a que el tiempo decelere
por no esperar.

Y aunque duermo en un zaguán
que el frío amarra,
cuando el cosmos se desgarra
altero el plan:

Bebo el filtro de este grial
y observo el rito,
y en el caos infinito
quiebro mi mal.

En las olas del azar
vidas remonto…
Ay, —¡ay!— demasiado pronto
para esperar.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Corona de triunfo

El bronce corta el cuero
y al hierro, la eternidad.

¿Debo dejar constancia
de los hechos de mis contemporáneos?

Actúan igual, botarates,
que los hombres de hace diez mil años.

¿Debo hablar, yo, también,
de errores tantas veces renovados?

Sea el olvido su corona
y el silencio su merecido lauro.

El cuero teme al bronce
y el hierro, a la eternidad.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Páramos

Donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
G. A. Bécquer, Rima LXVI

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora.
L. Cernuda, Donde habite el olvido

.
A donde habita el olvido,
donde se alza la antigua
negra piedra solitaria
sobre el páramo terrífico;

donde se enzarza el olvido,
en la bruma remordida
de los recodos del tiempo
y las cimas del vacío;

donde se oculta el olvido,
entre los yermos jardines
sin aurora ni confines
en los senos de los siglos;

donde se hiela el olvido,
en la gran región desierta
del amor enarenado
en revueltos laberintos

donde se herrumbra el olvido;
a allá donde lato y vibro,
o acá, lejos,
donde olvido mi extravío…

a donde huye el olvido
huiré conmigo.

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Niño de corazón frío

Ama al frío, niño
de corazón río.
Como le dijo
el crambe al mar:

—Sin tu sal
que me inunda de sed
no rompería la red
de mi mal.

Sufre el viento, crío
de corazón mar.
Como le habló
la limosella al río:

—Sin tu arena
que me arrastra y me araña
no quebraré la maraña
de mi pena.

Ay, ese niño
del corazón río.
¿Qué más le dijo
el crambe al mar?

—Sin tu sal,
que me colma de calma,
se mustiaría mi alma
no inmortal.

Ay, ese crío
del corazón mar.
¿Qué más le habló
la limosella al río?

—Sin tu fuente,
que me da de beber,
se secaría mi ser
quietamente.

Así le dijo
la limosella al río;
esto le habló
el crambe al mar.

¡Ay, ese mi niño
de corazón frío!
Ai o meu meniño
do corazón mar!

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ēgm. 2019
Revisión del poema publicado en Luz de invierno en octubre de 2010

Romance del Infante Henryques

Yo no digo esta canción
sino a quien conmigo va.
Romance del conde Arnaldos
.

¡Quién hallara tal ventura
en las orillas del Sar
cual halló el Infante Henryques
una mañana sin par!

Yendo a recoger castañas
para asarlas en su lar
vio llegar una morena
que el río quiere pasar.

Las faldas trae de seda,
de azabache su collar;
sus labios, moras de zarza,
los ojos, algas del mar.

Mientras sonríe encantada
cantando viene un cantar
que la lluvia pone en calma,
al viento lo hace amainar;

a las aves de los cielos
las hace a tierra posar
y a los peces de lo hondo
los hace arriba asomar…

Allí habló el Infante Henryques,
el de ventura sin par:
«¡Por mi vida, moreniña,
canta otra vez tu cantar!»

Le respondió la rapaza,
tal respuesta le fue a dar:
«¡Solo canto mi cantiga
a quien me sabe besar!»
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ēgm. Santa Rosa, Barcelona, mayo de 2009
Publicado originalmente en Poesía y otras zarzas el 11 de enero de 2011
Romance del infante Arnaldos