Sorda claridad

Las cosas que no quieren suceder
son las que ves en los sueños,
los fantasmas de la villa encantada
disfrutan de sus vacaciones,
y una máscara de negros colmillos

recorre los fríos pasillos,
nos atraviesa con la aurora
la luz que aguardaba en los cementerios
a la huida de los espíritus,
declina la respuesta de los dioses,

y el amanecer nos anuncia
que el mar volverá a ser azul
y blanco el arañazo de las olas,
la vuelta a la realidad es siempre
un mecanismo desgastado,

ignora a quien ignora
las leyes de la gravedad,
desnúdate, ven, vamos a nadar,
en el lejano abismo de los días
aún mi subrazón subsiste,

no se lo cuentes a papá
o nos encerrará en su medio miedo,
tierna tórtola turca,
no se lo digas a tu mami
o querrá bailar con nosotros,

si alguien cae a un terreno fragoso
y se queda a vivir en él,
tendrá que aceptar cada arroyo y risco,
o cada fugaz victoria o fracaso,
con la misma cara de memo,

inmenso, el cielo brilla intenso
de horizonte en horizonte,
y los sordos lo ven aún más oscuro,
mientras la luz arde ahí,
refulgiendo ante su ciega nariz,

ha dicho otro oráculo que
la realidad no es un orbe perverso
sino el lapso en el que eres
y deberás intentar entender,
en lugar de encender inciensos

y recitar vanas plegarias
en las mansiones encantadas,
los espectros no escuchan tus susurros
y se ríen furtivamente, atiende,
de los humos perfumados,

de los rezos aturdidos,
mientras la nova fulgura aún ahí,
liberando luz y energía,
nademos, ven, un poco más,
mi tierna tórtola turca,

un instante o una breve eternidad,
oh, la insondable niebla de los días,
la penumbra causa ceguera
y el alba solo defrauda a los ciegos
que nada esperaban ver,

desnudos, el sol entibia las peñas
sobre las cimas de la realidad,
bailemos algunas canciones más,
podrán correr y gritar
pero no podrán encontrarnos,

suele durar un rescoldo en la hoguera,
una mancha en las nubes,
una pausa en el flujo del discurso
que pueden ser interpretados
a su gusto por el chamán,

si el tiempo tampoco existe
no te entretengas dudando en la noche,
que ya no hay más, y es mucho
lo que nos queda por nadar,
nadie sabe ni sabrá, como viento

viene y en viento vuelve,
aunque corra, no nos alcanzará,
si ciertos líquenes en la profunda
umbría de la vida
prefieren ignorar la claridad,

otros, flemáticamente, persisten
aferrados a las rocas
sobre las cumbres de la realidad,
el mar se esmalta en cobalto
por la extendida alborada y las olas

calmadas arañan la arena
y se satura de luz la mañana
deslumbrando solo a los ciegos,
sí, suave tórtola turca,
sumidos en su sorda oscuridad,

mientras la luz está brillando ahí
y cuantos quieren verlos
ven cielos siempre sombríos
y, tenebrosa, la bruma los cerca
y el horror se abre bajo sus pies.

egm.2012

Hank Wothreed | Viviendo en la Era Pop

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Hank Wothreed. La forma del alma es un círculo perfecto, 1969

“Después de una prolongada estancia en la India recibiendo las enseñanzas del gurú Shanashana Kuritaderhana, Wothreed entrega una serie de impresionantes cuadros inspirados en las filosofías hindúes y el grafismo de los mandalas que tendrían gran influencia en el devenir del movimiento pop, como este vigoroso ‘The Form of Soul is a Perfect Circle’ en el que representa a la conocida cantante folk y por entonces compañera del artista, Manolih Pinkerton-Peres adoptando la postura de profunda meditación trascendental llamada pashalamandanga.”
(De ‘Pop and Lines To Plane’, obra del importante crítico neozelanovés Donald Shortsighted)

David Bowie

Hombre-estrella



Adiós, amor.
No sabía qué hora era
y había poca luz.
Me acerqué a la radio,
un tipo tocaba rock and roll
con mucha energía.
Entonces el fuerte sonido empezó a desvanecerse
y volvió como una voz lenta
en una onda de fase.
No era un locutor,
aquello era una confusa cháchara cósmica.

Hay un hombre-estrella aguardando en el cielo.
Le gustaría venir a conocernos
pero cree que nos volaría el cerebro.
Hay un hombre-estrella aguardando en el cielo;
nos ha dicho que no lo volaría
porque sabe que todo eso vale la pena.
Y me dijo:
Dejad que los niños lo pierdan,
dejad que los niños lo usen,
dejad que todos los niños lo bailen.

Tenía que telefonear a alguien,
así que te elegí a ti.
¡Eh, esto viene de muy lejos,
tú lo oirás también!
Pon la tele,
quizá salga en el canal dos;
mira por la ventana,
estoy viendo su luz.
Si nosotros brillamos
él podría aterrizar esta noche.
No se lo digas a tu papá
o del susto nos encerrará en el infierno.

Hay un hombre-estrella aguardando en el cielo.
Le gustaría venir a conocernos
pero cree que nos volaría el cerebro.
Hay un hombre-estrella aguardando en el cielo;
nos ha dicho que no lo volaría
porque sabe que todo eso vale la pena.
Y me dijo:
Dejad que los niños lo pierdan,
dejad que los niños lo usen,
dejad que todos los niños lo bailen.


David Bowie. Starman

La primera erección

La gravedad allá
es un poco más fuerte que en la Tierra,
todo comienza con una erección,
la confirmación del yo en su cosmos,
y me cansa tanto pensar,

sube niebla del río,
si no puedes soportar la belleza
al menos oculta tu estupidez,
las inexplicables explicaciones
que los crédulos creyentes se dan

a sí mismos para justificar
la enormidad de la chapuza cósmica
no debieran ser aceptadas
por los pálidos fantasmas burlones
ni por ningún ser racional,

sé lo que digo con lo que no digo
y he aprendido a escuchar el silencio,
el alacrán reduce el tiempo
a una sola pregunta
que conviene no formular,

aunque la gravedad aquí
sea apenas más débil
que en el centro del Universo,
allí donde alguna vez
pudo existir la singularidad

de una perfecta y cósmica erección,
el alcohol no ayuda pero entontece,
escucha a los que callan,
niebla, niebla desde el río,
todo acostumbra a comenzar

con un gran estallido,
como una cósmica eyaculación
que lanza su exuberancia de estrellas
hacia el arenal de esta playa
que la marea no desbordará,

en el silencio quedan tus secretos
perfilados en tinta azul
contra el pulido papel,
y la neblina por el níveo río
de tu galaxia local,

porque siempre es tarde
para hacer lo que no hicimos
también siempre es pronto
para hacer lo que no haremos,
esta gravedad que nunca podrá

mantenerme a mi yo sujeto,
en los cañaverales del pantano
susurra confusa la brisa
los sacramentos de la convulsión
primigenia y primordial

de la que germina el Universo,
vasto, expandiente y terso,
entre pedacitos de roca
mi corazón se disemina
en haces de dinámica fugaz,

en la cueva de las brujas
es revelada la tiniebla
como un dibujo en papel transparente,
caray, esta perversa gravedad
no quiere dejarme pensar,

desde el planeta aún distingues bien
la radiación de microondas
junto al denso pantano,
una sucia mancha blanca
contra la oscura eternidad,

la celebración del yo en su abismo,
hasta ahora voy respirando
la mezcla exacta de ozono, criptón,
oxígeno, nitrógeno y argón,
creerás que es fácil quizá

pero no sabrías hacerlo,
algas en el mar, hongos en el musgo,
líquenes bajo la profunda umbría
que la luz nunca rozó,
todos creemos saber respirar

mientras esperamos que role,
no lo ha visto nadie, niebla en el río,
sobre las rocas del río,
flores de esperma en el fuego, que role
hacia el infinito la gravedad,

me despierto en plena erección,
el alcohol no resuelve los problemas
pero embota los sentidos
y desactiva el revuelto cerebro,
ser un ser racional

no es una puta elección,
ser un liquen te permite vivir
lejos del roce de la luz
y de la comprensión del Universo,
nunca ha habido y nunca habrá,

en perenne eyaculación
aun después de la última implosión,
y varada entre esquivos asteroides
mi subrazón se hiela
con esta equivocada gravedad

que estanca mi pensamiento,
surfeando sobre el chorro de estrellas
desciendo la ola del tiempo
hacia las playas de este peñasco
que la resaca no descifrará,

y en un pequeño planeta sin dueño,
viento, marea y roca,
continúan entreabriendo la boca
los muertos en su sueño,
líquenes en la lienta oscuridad,

ignoro que conozco la pregunta,
finjo olvidar la respuesta,
me basta la visión del alacrán,
contemplo la fluidez de la galaxia
sin intuir ninguna señal,

niebla, las cándidas explicaciones
que no hay modo de aceptar,
vuelvo a despertarme en tensa erección
vislumbrando algún sueño cosmogónico
que no recordaré jamás,

sospecho que no es hora de pensar,
araña enterrada en su duna,
rebusco un amuleto entre los astros
que aparte de mí a los dioses
que estos crédulos gustan de adorar.

egm.2012

Moebius

Stoë Orkeo


―¿Qué demonios es eso?…
―¡De eso se trata, Sir, que no lo sé! ¡Ha surgido en la pantalla y no hay manera de borrarlo!
¡Saluto! ¡Acabáis de entrar en la Zona Tar’Ai…! ¡Así que, ojo…! ¡Magia!
―¡Es horrible! ¡Estoy rompiéndome!
Rzzkktth. Acércate por aquí…
―Noooo.
…ya que quieres verme.
Bartmagoo tiene la sensación de ser estirado hasta una distancia enorme… Está tan asustado que la razón le falla…
¡Stoë Orkeo!…
El servicio de recepción… ¿Dónde está el servicio de recepción?
¡Ya va! ¡No hace falta gritar! ¡Aquí cada cual cumple con su obligación!
―Canicas… Con el tiempo tendré miles… Y respecto a esos dos capullos de la calle de la Bandeja, les voy a… ¡Mamá!… ¡Vuelve! Las calles de Armjourth están vacías y oscuras… La salamandra proyecta fulgores danzantes sobre la pared, encima de mi cama…
¡Eh!… ¿Eres tú, Orne Batmagoo?…
―Es el dragón, que me conoce bien… Está ahí, escondido. ¡Quiere morderme en la cabeza! Es el Dragón Rojo… Está furioso… ¡Quiere comerme los pensamientos!
Lo sé… ¡Sube! ¡El Tar’Ai está esperándote! ¡Qué cara se te ha puesto, Orne Batmagoo! Ya se ve que no estás contento… Nunca estáis contentos cuando estáis desnudos…
―Mama no volverá nunca… Ahora lo sé… Me abandona cuando detrás de la puerta de cristales, en el oscuro pasillo, la bestia de garras afiladas, de colmillos-agujas, se acerca para morderme los tobillos… Entonces me unto con grasa de cerdo… Subo a su cama…
¡Es la regla aquí, mi estimado Orne!… Los comunicantes tienen que estar desnudos. Has de saber, para tu tranquilidad, que a mí ese espectáculo me deja frío.
―Los otros niños… Los otros niños no conocen mi verdadero rostro y además, Sper, ¿quieres ser mi amigo? ¡Sper!… Vamos debajo de la escalera del patio… Juguemos en la oscuridad… Se tocan la piel… Hacen brotar líquidos opalescentes… ¡Sper! Me has traicionado… ¡Estuve llamándote en vano, ayer mismo, delante de tu casa, durante interminables horas! ¡Caray!… Me han mentido… ¡Es como todos! ¡Por el Interplano! ¿Cómo he podido dejarme engatusar por ese enano grasiento de Sper Gossi?… Durante estos años no ha hecho más que darme órdenes… Yo era su esclavo, al servicio de su ambición megalómana… Y él ahora es emperador. Y yo… ¿qué soy? ¡Nada!
Hemos llegado.


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John Larcher, Resumen
Ediciones del Garaje
Fuenpozuelos, 2009, 7ª edición
Fragmento del capítulo segundo

Boris Vian

Hazme daño, Johnny



Él se levantó junto a mi escote.
De pie, era más bien bajito.
Me dije: Ya lo tengo en el bote,
a mi cama se viene este niñito.
Me llegaba solo hasta el mentón,
pero era fuerte como cualquiera.
Me siguió a mi habitación
y le grité: Vamos allá, mi fiera.

Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Llévame hasta el cielo… ¡zum!
Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Me gusta el amor que hace ¡bum!

Él va a hacerle daño. Él va a hacerle daño.
Él va a hacerle daño. Él va a hacerle daño.

Llevaba solo los calcetines, animados
con rayas en azul y en amarillo.
Me miró con ojos asustados.
No entendía nada aquel pardillo,
y me dijo con cara desolada:
Yo no le hago daño ni a una mosca.
¡Me enfadé! Le di una bofetada
y le chillé salvaje y hosca:

Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Yo no soy ninguna mosca… ¡zum!
Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Me gusta el amor que hace ¡bum!

Venga, hazle daño. Venga, hazle daño.
Venga, hazle daño. Venga, hazle daño.

Al ver que no me daba guerra
le insulté muy duramente,
le llamé lo más feo de la tierra
y alguna cosa mucho menos corriente.
Eso lo despertó de pronto
y me dijo: Quieta, para el carro,
me has tomado por un pobre tonto.
Te voy a dejar como un cacharro.

Me haces daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Con los pies no… ¡zing!
Me haces daño, Johnny, Johnny, Johnny.
No me gusta el amor que hace ¡bing!

Él le ha hecho daño. Él le ha hecho daño
Él le ha hecho daño. Él le ha hecho daño.

Se puso su pequeña camisa,
su pequeño traje, su pequeño calzado
y bajó la escalera sin prisa
dejándome un hombro dislocado.
Por esta clase de matones
bien vale la pena lo que gasté.
Ahora tengo en las nalgas moratones
y juro que nunca más diré:

Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Llévame hasta el cielo… ¡zum!
Hazme daño, Johnny, Johnny, Johnny.
Me gusta el amor que hace ¡bum!

Oh, Johnny…

¡La leche! ¡Me hizo mucho daño!


Fais-moi mal Johnny (wikipedia.org)

Magali Noêl. Fais-moi mal Johnny

Ignorando las estrellas

El día en que los humanos
descendieron sobre el planeta Tierra,
huraño en un desierto extraño,
estaba yo cogiendo albérchigos
en el huerto de la abuela,

la araña bajo el austero
laberinto de la duna,
y del río, el cocodrilo entre el fango,
de la banquisa, el oso sobre el hielo,
solos, acechan, se ocultan,

extraño en un planeta huraño,
escrutando un firmamento
que ya no emite más sofismas,
mientras los infectos insectos
en sus cubiles ignoran el grado

de su insustancial estulticia,
viviendo como si entendieran algo,
orando como si los dioses
pudieran descifrar sus oraciones
ni desentrañar los oráculos,

sin sospechar la belleza,
mira a las libélulas en la ciénaga,
ven antes de que vuelva el viento,
antes de que la neblina
oculte su color en sus gríseos,

oh, no pueden suponer la belleza
del escarabajo bajo la ortiga,
el cardo marino en la arena
y los cormoranes junto al roquedo
o el quelpo en el océano,

el nimbo cernía el volcán,
lo sabes primero y después lo tienes
en la cuesta del pinar,
atravesando estratos fluentes,
cada y cada vez más profundos,

sientes subir el flujo
hacia la arcana cumbre hendida
en la obscena fantasía facial,
la lábil lava tranquila
desciende la ladera del volcán,

lejos del fuego mi instante ardía,
inmerso en la contemplación del tiempo,
aunque eres tan feliz y espléndido
no podrás evitar los códigos,
lo sientes primero y después lo ves,

sabe el tonto al menos que es tonto,
lejos del tiempo mi instante está ardiendo,
niega el estúpido su estupidez,
semen vertido sobre el fuego,
tela azul, vela azul en blanco azar,

ser de la materia incorpórea,
la sangre refundida en lava y sal,
solos, acechan, se encorvan,
araña en un planeta insecto,
con que debieran hacerse los hombres,

ciega llamarada en el ciego cielo,
fingiendo ser un alga insomne
que fluctúa en la rompiente,
tan solo un sargazo inerte
mecido en la marea incierta,

quien no sufre no disfruta,
ay, no saben padecer la belleza,
nada ve quien nunca escucha,
quien no mira, no oye nada, nunca,
de la luz sobre la luz crepitante

hablando el lascivo lenguaje
del sol sobre el desierto y de la lluvia
sobre el estanque y los junciales,
lo tuve, lo vi y lo supe
cuando en la suave montaña que sube

desde el pasado transversal
hasta lo que no debieras soñar,
la pálida lava se deslizaba
a la sangre consagrada
a los dioses infernales, y tienes

que hacerlo, así, con calma,
como el alga en la rompiente,
derelicto en la marea indecisa,
déjate atraer y empujar,
pedazo de mierda undívaga,

entre las olas que llegan
y el reflujo que jamás volverá,
y no les des de comer a las hienas,
labrado de los pulsos incorpóreos,
el menhir contra el dolmen,

con que debieran hacerse los hombres,
oculto, acechante, solo,
ya no entran más mensajes,
malva, starwatcher, en tus venas,
de las islas siderales,

cada día mueren su vida inocua,
desprecian lo que no desean,
destruyen lo que les estorba,
odian lo que les acompleja
y no pueden admitir la belleza

de las libélulas en el estero,
en el arduo acantilado el charrán,
la piel contra la piel erecta,
y yo, que me comía los albérchigos
en la cuesta del pinar.

egm.2012

Guillaume Apollinaire

69 6666 …6 9…


Los inversos 6 y 9
se dibujan como una cifra exacta:
69
Dos serpientes fatídicas
Dos lombrices
Número impúdico y cabalístico
6: 3 y 3
9: 3 3 y 3
La trinidad
La trinidad en todo
que se reencuentra
con la dualidad
Pues 6 dos veces 3
y trinidad 9 tres veces 3
69 dualidad trinidad
Y estos arcanos podrían ser más oscuros
pero tengo miedo de sondearlos
Quién sabe si no está allí la eternidad
más allá de la chata muerte
que se divierte dando miedo
Y el hastío me envuelve
como un vago sudario de encaje sombrío
esta noche


Guillaume Apollinaire. 69 6666 …6 9… (cobra-le-cynique.fr)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

69 6666 …6 9…

Les inverses 6 et 9
Se sont dessinés comme un chiffre étrange
69
Deux serpents fatidiques
Deux vermisseaux
Nombre impudique et cabalistique
6 : 3 et 3
9 : 3 3 et 3
La trinité
La trinité partout
Qui se retrouve
Avec la dualité
Car 6 deux fois 3
Et trinité 9 trois fois 3
69 dualité trinité
Et ces arcanes seraient plus sombres
Mais j’ai peur de les sonder
Qui sait si là n’est pas l’éternité
Par-delà la mort camuse
Qui s’amuse à faire peur
Et l’ennui m’emmantelle
Comme un vague linceul de lugubre dentelle
Ce soir

Son de oleaje

Liquen bajo el subsuelo,
ofiura sobre el bentos,
consigues incluso creer
que también perdura la oscuridad,
qué eres,

allende el lugar tenebroso
en el que estás confinado a vivir,
vibra el agua en la ninfa,
sirenas vigilantes en las algas
y los prados de posidonias,

se encrespan los cardos marinos,
chillan las aves del mar en su vuelo
sobre las peñas, las olas
susurran preguntas de arena,
qué eres,

tiembla el crambe en el roquedal,
la primera ola movió sus pies,
la segunda lo derribó,
la tercera lo fue arrastrando
hacia los misterios del mar,

entiendes que es un papel,
tan solo los hombres sueñan con dioses,
evita su mirada en los abismos,
no creas la canción de las sirenas,
qué eres,

grisáceo arrecife sin costa,
cuando regresa la calma a la orilla
el viento en las rocas subraya
el rito inmemorial de la marea,
las algas y la arcana oscuridad,

de la bajamar   sigue el denso olor,
cede al estupor   de la pleamar,
cae con la planicie que se hunde
hacia la negrura insondable,
qué eres,

el págalo desde la altura
ignora todo tu desconcierto,
ocúltate en la tiniebla más fina,
porque, aunque fuera un papel de dios,
no más que un papel sería,

fluye trozada en sombras,
se disuelve en toboganes
la luz profunda hacia el bentos
sin hallar las pupilas en tus ojos,
apenas los trasluces de los congrios,

declives ondulantes, prismas,
no busques la mirada de los dioses,
ofiura, seas lo que fueres,
yaciendo en el fango del bentos,
el mismo fango sin memoria

en que las algas derivan al rojo,
donde los peces comienzan a andar,
extiende tus brazos escuálidos,
absorbe la penumbra en la pendiente
hadal de los olvidos abisales,

helecho en el acantilado,
musgo en el húmedo muro,
recuerda que el recuerdo es nada más
carnada del anzuelo de los días,
qué eres,

no hay tiempo en el silencio,
el cadáver del niño vagabundo,
perdido en las eternidades
donde ensueñan las crédulas sirenas,
jamás descansará en la tibia paz,

al fin llegas a entender
que existes sin temer la oscuridad
y desarrollas tu papel
aun después de saber que es una farsa,
qué eres,

la arena susurra, pregunta
en el frío de los sueños, sisea
el viento bajo las rocas
y la lluvia sobre el océano,
solo los niños seducen sirenas,

no escrutes la mirada de los dioses,
tú, hecho de la materia incorpórea
de la que, probablemente,
en esta antigua oscuridad,
deberían estar hechos los hombres.

egm.2012

Alfred Tennyson

Ay golondrina, golondrina


Ay, dile, golondrina, tú que ambos conoces,
cuán brillante, mas feroz y voluble, es el Sur,
y sombrío, mas veraz y suave, es el Norte.

Ay, golondrina, golondrina, si pudiera seguirte y, liviano
sobre su celosía, pudiera yo cantar y piar,
y gorjear y trinar treinta millones de amores.

Ay, fuera yo cual tú, que ella podría tomarme
y depositarme sobre su pecho, y su corazón
podría mecer la nívea cuna hasta que me muriera.

¿Por qué tarda en vestir su corazón de amor,
demorándose como el fresno joven se demora
en vestirse cuando todo el bosque está verde?

Ay, dile, golondrina, ahora que tus crías vuelan,
dile a ella que, aunque frívolo en el Sur,
en el Norte es donde hace tiempo está mi nido.

Ay, dile que la vida es breve mas el amor prolongado,
y, si breve el sol del verano en el Norte,
breve es la belleza de la luna en el Sur.

Ay, golondrina que vuelas de los dorados bosques,
vuela junto a ella, y canta y cortéjala, y hazla mía,
y dile a ella, dile, que yo te voy siguiendo a ti.


Alfred Tennyson. O Swallow, Swallow (poetryfoundation.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

O Swallow, Swallow

O Swallow, Swallow, flying, flying South,
Fly to her, and fall upon her gilded eaves,
And tell her, tell her, what I tell to thee.

O tell her, Swallow, thou that knowest each,
That bright and fierce and fickle is the South,
And dark and true and tender is the North.

O Swallow, Swallow, if I could follow, and light
Upon her lattice, I would pipe and trill,
And cheep and twitter twenty million loves.

O were I thou that she might take me in,
And lay me on her bosom, and her heart
Would rock the snowy cradle till I died.

Why lingereth she to clothe her heart with love,
Delaying as the tender ash delays
To clothe herself, when all the woods are green?

O tell her, Swallow, that thy brood is flown:
Say to her, I do but wanton in the South,
But in the North long since my nest is made.

O tell her, brief is life but love is long,
And brief the sun of summer in the North,
And brief the moon of beauty in the South.

O Swallow, flying from the golden woods,
Fly to her, and pipe and woo her, and make her mine,
And tell her, tell her, that I follow thee.

Eduardo García Prieto

Las Galicias ocultas


I

Bajo unas extensas y agobiadoras dunas de arena blanca y salobre, frente al colorido pueblo que tiene de nombre Corrubedo, al finalizar la «Costa de la Muerte», o al empezar, según por donde se mire, y la laguna del Vilar, laguna visitada por las aves nórdicas que reposan allí de su largo peregrinaje desde la helada tundra norteña hacia el desierto abrasador africano, se halla enterrada la misteriosa ciudad de Valverde.

En ningún libro figura la historia de esta ciudad sumergida bajo el mar de arena. Ni nadie puede decir que sepa la verdadera razón de la Celestial condena que motivó la desaparición de Valverde bajo las dunas.

Pero Valverde está allí. Y cuando en la noche en calma se abate sobre el mar y las tierras ribereñas la angustia del presentimiento de la tormenta por venir; cuando hasta los pinos parece que se asfixian con el aire sofocante y agobiador que deja a las aves marinas presas en sus nidos del acantilado y solamente el lejano chillido del búho se escucha bajo las estrellas, desde su tumba de arena sube a la superficie el sonido, la voz de bronce viejo, de las campanas de la iglesia de Valverde. Cuando el marinero o el campesino escucha esta campana, sabe que la tormenta será dura y peligrosa; que el mar no dará cuartel a quien sobre su lomo se halle pescando. Y que la mies será castigada en el campo, las viñas despojadas de los racimos verdes y el rayo abatirá el roble sobre la era.

Aún el eco de la campana enterrada se percibe rebotando de roca en roca por las laderas del monte, por los caseríos del valle y por los acantilados de la costa, cuando ya las olas comienzan a hinchar su vientre y el viento despeina su cresta de espuma. Y las estoicas rocas del acantilado son las primeras víctimas de la furia desatada del mar y del viento. Ingentes masas de agua recomienzan el asalto a la pétrea costa, tallando nuevas figuras en su rostro y modificando, la fisonomía del paisaje. Hasta lo alto de la torre del faro de Corrubedo alcanzan las salpicaduras de las olas que se estrellan contra las rocas, tal es la furia del mar embravecido.

En las viejas casuchas del pueblo marinero, las viejas arrugadas, que saben de muchas noches de temporales iguales, de noches y temporales que se han llevado a los hombres de la casa al fondo del mar, encienden las velas de llama temblorosa ante la imagen de la Virgen del Carmen e invocan su protección para los marineros que no han tenido tiempo de regresar al peirao o que no han escuchado la voz de aviso de la campana de la iglesia de Valverde.

Por los caseríos del valle, en Artes, en Vixán, en Bretal, en Olveira, en Axeitos, en Salmón, en Teira y todas las demás granjas de los labradores gallegos, se aprestan a la defensa: el ganado encerrado en las cuadras; los animales domésticos encerrados en los graneros. Puertas y ventanas reforzadas en sus cierres. Los pajares amarrados y bien sujetos con cuerdas al suelo, para que Eolo no se los lleve y desperdigue por el campo.

La voz de la campana de Valverde, la ciudad enterrada, les ha puesto sobre aviso; una vez más, ¿y cuántas más vendrán?, la llamada desde la tumba de arena, previno a sus feligreses que están arriba del peligro que les acecha. Y ellos lo escuchan y lo atienden.

II

Los ancianos del valle y los marineros viejos, los que han podido sobrevivir, de la costa, dicen que hace muchos años, muchísimos, tantos que nadie lo recuerda ni recuerda a sus abuelos ni a los abuelos de ellos que lo hayan visto, la ciudad de Valverde era una floreciente villa marinera, con un grande y amplio puerto y con centenares de barcos dedicados a la pesca y al comercio con otros puertos de la costa. La pesca no tenía secretos para los hombres de Valverde y el comercio era floreciente, por lo que la vida era alegre en la ciudad y sus mujeres hermosas y cuidadas. No tenían necesidad de hacer trabajos pesados y se resguardaban del sol bajo mantos de seda que los comerciantes traían de otros puertos.

Pero la vida regalada de los hombres de Valverde les hizo egoístas y perezosos; confiados en sus riquezas y en la sabiduría de las artes del comercio y de la pesca que dominaban a la perfección, se alejaron de Dios y de su Iglesia. El Pecado comenzó a rondar Valverde.

Una noche de verano, sin razón alguna, comenzó la mar a agitarse, el viento a enfurecerse y los hombres de Valverde no se preocuparon. Era noche de fiesta en la ciudad, todos los barcos, tanto pesqueros como de comercio, estaban bien amarrados en sus muelles y en la gran plaza del muelle hombres y mujeres reían y bailaban al son de los gaiteros.

El trino de las gaitas y el repique de los tambores, las risas de las mujeres y las broncas voces de los hombres impidieron que escucharan el tañer de las campanas de la iglesia que estaban llamando a sus fieles para el oficio del Santo Rosario. Las campanas sonaron y sonaron y ni uno solo de los feligreses escuchó la llamada.

El mar seguía enfureciéndose y, a la espalda de la ciudad, el viento del norte bajaba por el valle hacia el pueblo adquiriendo cada vez mayor furia; ajenos a todo lo que no fuera la fiesta que celebraban en el muelle, los habitantes de Valverde ni escuchaban el bramar del temporal ni el aviso de las campanas, que ahora repicaban anunciando el peligro.

Nubes de arena comenzaron a caer sobre la ciudad, arrastradas desde el valle por el viento enfurecido y olas de altura pavorosa se abatieron sobre el puerto; poco a poco el pueblo fue quedando cubierto por las aguas y la arena. Ya no se podía escuchar el son de los gaiteros ni de los tamboriles. Entre el ulular del viento y el rugido del mar, solamente se escuchaba el repique de las campanas…

Cuando amaneció ya había retornado la calma. El mar azul estaba tranquilo; una ligera brisa rizaba la superficie glauca de las aguas en la ensenada de Corrubedo y el cielo azul, era cruzado por las gaviotas perezosas que buscaban la ciudad de Valverde, en cuyos muelles siempre había restos de pescado abundantes, para su pitanza mañanera; pero Valverde no estaba. Se había ido. En su lugar estaban unas montañas de arena blanca que brillaban al sol de la mañana. Era todo lo que quedaba a la vista en el lugar en que la noche antes ocupaba la floreciente ciudad de Valverde.

III

Hoy siguen allí las dunas. Y la larga playa a sus pies. Las dunas, según se puede comprobar, unas veces están a la derecha del llano que se abre a su espalda, ante el valle largo y triste; otras veces están a la izquierda. Aseguran los ancianos de los alrededores, que las dunas se mueven en la noche para tapar las salidas que los hombres enterrados de Valverde están cavando desde aquella noche para salir a la superficie. El Genio que tiene aprisionado al pueblo de Valverde les deja llegar a vislumbrar la superficie, y cuando ya están a punto de salir a la luz del sol, mueve las dunas y vuelve a enterrar a Valverde y a la esperanza de sus hombres bajo las montañas de arena blanca y fina. Por eso en las dunas no crece vegetación alguna, porque siempre están en movimiento.

Pero el repique de sus campanas se sigue escuchando por los pescadores y los labriegos, en las noches que preceden a las tormentas pavorosas.


Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de mayo de 1969.
(He corregido, en el primer párrafo, entre el dolorido pueblo por frente al colorido pueblo y, en el último de la segunda parte, cursado por cruzado.

La chispa obtenida

Del frío de los sueños somos
espíritus fugaces
vagando confundidos por la tierra,
hormiga o escarabajo,
el viento solo sopla en un sentido

y barre los recuerdos al pasado
guardándolos en cercos infranqueables,
observa los relojes, muros
de sol, de mecanismos o de arena,
inútil proseguir

ni aun retroceder,
atiende a la emisión del cesio,
o grillo o saltamontes,
distancia que se aleja hacia el futuro
ligando con enlaces quebradizos

el ciclo de arrebatos o derrotas,
momentos inusuales,
privados de palabras los rituales
de lógicas ignotas,
observa los cristales,

comprende que los ritmos son eternos,
contempla el movimiento del granito,
recibe como un don
tu exigua asignación de sexo,
la chispa que, obtenida, fluye

inmune a los impulsos del insomnio,
soñando el relojero puede
mudar la luz en sombras,
luciérnaga o libélula,
los negros convertir en melodías

de gris y evanescencia,
planetas que basculan el vacío
fortuito de los cosmos divergentes,
amor, genialidad, azar,
expulsa tu egagrópila indigesta,

moscarda o mariposa,
en evos no explorados ni medidos,
sin gafas la vidente en la baraja
escruta el universo,
no pienses en lascivas pesadillas,

contempla como cristaliza
el cuarzo en los abismos de la roca,
avispa o quizá abeja,
no sigas descifrando en los cometas
futuros que jamás llegaron,

rendida de cansancios incansables
durando desde edades desgastadas,
repara en que el recuerdo es
el cebo de la trampa de los días,
mi mano no la guía dios alguno,

mis armas se afilaron en la lluvia
de inviernos remordidos,
de lacias primaveras,
en nieblas de inexactas latitudes,
insecto, cual tú seas,

espíritus errantes,
dirige tus antenas a la bestia,
sitúa tu aguijón entre sus ojos,
ya seas el que fueres, muerde,
descarna hasta los huesos su cabeza,

escarba en sus entrañas y devóralas,
ya seas el que seas,
o tú serás la víctima
del culto a la rapiña y la avaricia,
a dioses que no creen en los hombres,

inútil regresar ni proseguir,
no hay vida en que no olvide que el olvido
debiera ser el limbo en el que viva,
sentados en la piedra,
cogidos de los hombros frente al cielo,

entonces las estrellas eran
muy blancas, muy pequeñas y distantes,
ignora los relojes,
el tiempo es ese río en que, desnuda,
no nadas en el agua que te baña,

ya fueres tú cual seas, cae
el puente que lo cruza, se derrumba
y arrastra la corriente sus arcadas
al fango sin memoria,
fricciona tus maxilas,

mi brazo no lo empuja augur alguno,
y clava tus mandíbulas,
no hay mar que no devuelva a sus orillas
las algas que arrancó, tras la tormenta,
inútil proseguir ni regresar,

adéntrate en sus vísceras,
los amos de la gleba en sus castillos
recuentan las monedas del saqueo,
impuestos comisiones y gravámenes,
el corazón devórales,

creían las sirenas que las algas
prestaban a los peces sus aletas,
las hadas no sabían
que un pene pesa igual que una sardina
o acaso un jurelillo,

si algo somos, mosca o mantis,
la anchoa y los testículos devórales
y escupe de tu labro ensangrentado
los pelos en el charco, somos
espíritus del hambre de los sueños,

los débiles inquietos animales
que en horas inusuales
su simple chispa obtienen,
estrellas diminutas, blancas,
brotando en el orgasmo deslumbrado,

la luz trozada en sombras, fluyen
quizá cuasicristales
de lógicas rituales y asimétricas,
espíritus errantes en la noche,
si somos, es el frío de los sueños.

egm.2012

Wiedikon

Hemos llegado en el tren de dos pisos;
si dudas, desapareces,
si no dudas, dejarás de existir;
las campanas redoblan en la tarde,
los tranvías traquetean ansiosos
atronando Goldbrunnenplatz.

Llueve en los pasos de cebra amarillos,
paraguas contra el desprecio de dios:
sáldanos tú nuestras deudas;
la ingenua fealdad de adolescente
en los escaparates desolados
de Birmensdorferstrasse.

Sobrevuelo dudas y errores
en el rastro azul de la masa
para demostrarme a mí mismo
que aun estoy relleno de sangre humana;
vieiras al estilo Rías Baixas
en el horno de Rotachstrasse.

Hiedra, recuerdos indecisos,
y húmeda densidad vegetal;
maese Cuervo sobre las antenas
explica su breve razón
a los siempre indiferentes abetos
de los huertos de Schrennengasse.

Levanto una montaña ante mí,
los cómics de coleccionista,
olvido que los días se consumen,
la vieja Zenith Trans-Oceanic
junto a otras piezas de la antigüedad
de mañana en Badenerstrasse.

El olor del mirto, saúco seco,
Bienvenido al Hotel Verdura;
espadas cruzadas marcan las horas,
qué bonito lugar para morir;
fray Mirlo nos da las noticias
al atardecer en Bühlstrasse.

El tiempo no será jamás así
ni los colores del sueño
volverán a brillar sobre la nieve:
se desliza la indiferencia
hacia el presente cargado de espectros
aquí, en Rotachstrasse, en Wiedikon.

egm.2012