Álvaro Cunqueiro

Ese que canta


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Ese que canta muy bajo en la mañana
no soy yo. Las horas se van, se van
como nubes blancas tras los montes oscuros.
Sin música, ni palabras
de mí mismo vacías, y sin luz.

El que a mi lado sueñe, ese que no espere
de mí ni una mirada.
Quizá porque prefiero todo
lo que amé otrora, cuando sonreír sabía.
Pasé el tiempo acariciando la piel de mi memoria,
espejos que se encienden,
lámparas y rostros que a tientas reconozco,
tela sombría, y tibia y suave,
lluvia que viene a mis labios desde los días
de amor, abril antiguo, y rosas en el rosal.

El que a mi lado sueñe, ese que no espere
de mí ni una mirada,
pues solamente atiendo a mis recuerdos,
por si por la niebla de ellos pasan sus ojos verdes
a los que iban las mariposas del verano
como si fueran prados para sus juegos.


Álvaro Cunqueiro. Ese que canta baixiño na mañán (books.google.es)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Ese que canta baixiño na mañán

Ese que canta baixiño na mañán
eu non son. As horas vanse, vanse
como nubes brancas tralos montes escuros.
Sen música, nin palabras
de min mesmo baleiras, e sen luz.

O que ao meu carón soñe, ese que non agarde
nin unha ollada de min.
Quizabes porque prefiro todo
o que amei noutrora, cando sorrir sabía.
Pasei o tempo aloumiñando a pel da memoria miña,
espellos que se acenden,
lámpadas e rostros que a tentas recoñezo,
tea sombriza, e morna e suave,
choiva que me vén aos beizos dende os días
de amor, abril antigo, e rosas na roseira.

O que ao meu carón soñe, ese que non agarde
nin unha ollada de min,
que soamente atendo aos meus recordos,
por se pola néboa deles pasan os seus ollos verdes
aos que ían as bolboretas do verán
coma se fosen prados pra os seus xogos.

Álvaro Cunqueiro

Postrera elegía a Manuel Antonio


Diríamos que piedra para tu frente fría
—para tu alma mar y viento duro—.
Tú sí poeta, fallecido de algas verdes
tu único cuerpo, silencioso y breve.

Ahora escucha ahí, en ese otro lado,
donde a las mareas y a Dios y a la sombra toda
como el Nordeste se repite, fondo extraño,
viajero antiguo, gaviota en tu sangre.

Nosotros no lloramos. Finalmente tristes
desconsolado oído inacabable somos.


Álvaro Cunqueiro. Derradeira elexía a Manoel Antonio (books.google.es)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Derradeira elexía a Manoel Antonio

Diríamos que pedra para a túa fronte fría
—para a túa ialma mar e vento duro—.
Ti sí poeta, fenecido de algas verdes
o teu único corpo, silencioso e breve.

Agora escoita ehí, nese outro lado,
onde ás mareas e a Deus e á sombra toda
coma o Norés se repite, fondo estrano,
viaxeiro antergo, gueivota no teu sangue.

Nós non choramos. Finamente tristes
desconsolado ouvido inacabábel somos.

Álvaro Cunqueiro

Los sesenta nombres


Ustedes saben que los irlandeses, los gaélicos insulares, son sexagesimales, como nosotros ahora, los europeos modernos, somos centesimales. Por eso la preocupación lírica y mágica constante de los soñadores celtas de antaño era llegar a conseguir anotar los sesenta nombres de las sesenta hadas que había en la isla de San Patricio, benéficas y constantemente en activo, generalmente habitantes de las verdes colinas trebolares o de las claras fuentes. O a veces de una piedra movediza, o de unas antiquísimas ruinas.

El único daño que hacían estas hadas era con su ingenuidad, pues siendo inocentísimas le concedían a un hombre o una mujer unos dones que, sin que las hadas lo sospechasen, terminaban conduciendo al galardonado a una horrible tragedia y a la muerte. Veían un mozo hermosísimo, los cabellos dorados, gran jinete y hábil con la lanza, y le echaban encima profecías de heroico comportamiento –geasa se llama este voto que se hace por otro, y cuyo cumplimiento es inexcusable–, y, sin comerlo ni beberlo, el mozo que naciera soñador y apático, o sosegado domesticador de galgos y palomas, se encontraba de hoz y coz en el mundo de las grandes aventuras, con dragón hostil, con campeones que le arrebataban la esposa, con espectros y otros malignos, y con navegaciones por mares turbulentos.

En algún monasterio, como en San Lorenzo O’Toole, tuvieron un periodo determinado, durante el gobierno de un santo abad, los sesenta nombres, y fue de rúbrica allí el rezar, diciéndolos, pidiendo a Dios que las hadas nombradas se estuvieran quietecitas, no dando premios a nadie, salvo en la inevitable noche de San Juan.

Dos veces hubo que cambiar la lista de los sesenta nombres, según O’Bervrey, debido a que en el transcurso de los siglos dos hadas se pasaron al gremio de las mujeres normales, y por amor. Una de ellas, más tarde, ya casada, conocida por Mougha de Ceash, se enamoró de un antepasado del gran escritor Lord Dunsany, el autor de Los cuentos de un soñador. Lord Dunsany medía casi los dos metros, pero su antepasado algo más. El hada Mougha lo vio frotarse desnudo contra una piedra movediza que había en las proximidades de Armagh, y que andando el tiempo volaron los ingleses en los días de Lord Essex, porque decían que los espiaba. El hada, que debía ser de una fabricación un poco diferente de la de sus congéneres, sintió la necesidad de ser poseída carnalmente por el joven David, y se presentó desnuda ante él, también frotándose contra una piedra.

―¿Es para bien o para mal?― le preguntó David a la piedra.

Esta se echó a reír a carcajadas, y respondió:

―¡Es para bien!

Y allí mismo, en la dulce hierba de mayo, David tumbó a Mougha. Callaron a la vez los grillos del verde prado y las abubillas que andaban a ellos con su gritito ¡up!, ¡up!, ¡up!… David la encontró sabrosa, la llevó a su casa, la presentó a sus padres y se casó con ella por la Santa Iglesia. Con la pérdida de su virginidad, el hada perdió todos sus poderes y quedó reducida a la condición humana. Dicen que otras hadas se acercaban a la casa de David Killmore, especialmente cuando amamantaba a sus hijos.

La otra de las dos hadas que hubieron de dejar el escalafón fue una tal Lai de Donn, y puede decirse que ésta casi lo fue por santidad. Un padre prohibió bodas a sus hijos, que eran siete, excepto al mayor, pues no quería que llevasen los bosques paternos –entonces aún había bosques en Irlanda, no habían acabado con ellos los ingleses– a otras familias, conforme a la llamada «ley del terrón», que establecía determinados lazos de parentesco. El heredero se paseaba con su joven esposa, acariciándose y besándose, por la pumarada, dejándose ver de sus hermanos encerrados en una torre. Y éstos desesperaban. Un día en que los seis vieron a su hermano y a su cuñada hacer el amor en el pajar –era una dulce tarde de verano–, se dijeron que mejor que seguir sin goces carnales, y prisioneros de la avaricia y la terquedad paterna, alimentados con sopa de cebada y oveja salpresa, era morir. Y se disponían a darse la muerte, ahorcándose, cuando compadecida apareció ante ellos Lai de Donn y se les ofreció, para lo cual se transformó en seis mujeres diferentes que yacieron simultáneamente cada una con un hermano. Todos fueron muy felices, y el asunto duró en secreto, hasta que murió el padre, y el primogénito liberó a sus hermanos y les permitió matrimonio.

Lai de Donn se fue y quiso volver a las filas de las hadas, a los sesenta nombres, pero las otras hadas la rechazaron. Páidrac Colum, un gran poeta de Irlanda, dice que Lai le había tomado gusto a los besos, a las caricias, al fornicio, y que desde entonces se dedicó a la prostitución en las cercanías del pozo de San Patricio, en el condado de Armagh, la sede primada de la isla. Y de la historia de Lai de Donn proceden las historias que contaban los soldados de Isabel, la Reina Virgen, acerca de las hermosas mujeres que los asaltaban en la centinela nocturna, y puede decirse que los violaban. Era Lai de Donn, vagabunda y carnal, desdoblada en seis mujeres diferentes, y todas excitadas e incansables en el amor. Luego se dijo que todas las hadas de Irlanda eran putas públicas. Mentira.

Yo le he hecho una vez un poema, en mi lengua gallega, a Lai de Donn. Al final le pedía una noche. Yo tenía veinte años y acababa de leer en Colum su historia, la historia de su inmensa obra de misericordia.


Álvaro Cunqueiro, de la serie «El otro ovillo», Bazaar, nº 18, junio de 1978. La bella del dragón, (Editorial Tusquets, 1991)

Álvaro Cunqueiro

Reconocimiento de Harold Godwinson


Una noche de ceniza cayó sobre la tierra,
los faroles andaban solos por entre los muertos
y en las heridas del más herido de todos
Edith Swanehals ponía la luz violeta de sus ojos
por si aquel era Harold hijo de Godwin,
al que ella había amado tanto.
Y aquel mismo era,
la boca por la que salía un hilo de sangre
posada en la boca terrosa de una topera.

Venía de lejos el canto del mar. Edith se sentó
al lado del muerto
y con un hilo blanco que sacó de sus ensueños
comenzó a tejer un pañuelito
para tapar los ojos del Rey.

Se oía el mar, y las hojas secas del bosque
arremolinándose en los caminos entre las colinas.
La última caricia de Edith fue aquel callado tejer
cerca del muerto, y cuando salía la luna
mezcló hilos azules de la luz de la viajera con los suyos.
Las agujas iban y venían en silencio,
las manos moviéndose como quien arrulla a un niño.
Asegurándose de que aquel muerto era Harold,
la mirada violeta de Edith se adentraba más y más
en las oscuras heridas,
reconociendo la sangre del amante, y también la muerte.
Así fue que Edith estaba ya ciega
cuando le preguntaron quién
entre aquellas sesenta docenas de muertos
era Harold.
—Este, dijo señalando a tientas,
que hacía cantar a los ruiseñores en las noches de verano
cuando me besaba y me decía:
Swanehals, Cuello de Cisne, envejeceremos juntos
pero tú más lentamente.


Álvaro Cunqueiro. Recoñecemento de Harold Godwinson (studiahumanitatis.es)
wikipedia: Edith la Hermosa
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Recoñecemento de Harold Godwinson

Unha noite de cinza caíu sobor da terra,
as lanternas andaban soas por entre os mortos
e nas feridas do máis ferido de todos
Edith Swanehals poñía a luz violeta dos seus ollos
por se aquel era Harold fillo de Godwin
que ela amara tanto.
E aquel mesmo era
a boca pola que saía un fío de sangue
pousada na boca terrea dunha toupeira.

Viña de lonxe o canto do mar. Edith sentouse
a carón do morto
e cun fío branco que tirou dos seus soñares
comezou a tecer un pequeno pano
pra tapar os ollos do Rei.

Escoitábase o mar, e mailas follas secas do bosque
aremuiñando nos camiños entre os outeiros.
A derradeira caricia de Edith foi aquel calado tecer
perto do morto, e cando saía a lúa
mesturou fíos azúes da luz da viaxeira cos seus
—as agullas iban e viñan en silencio
as mans movéndose coma quen anaina un neno
asegurándose de que aquel morto era Harold
o mirar violeta de Edith adentrábase máis e máis
nas escuras feridas,
recoñecendo o sangue do amante, e maila morte.
Así foi que Edith xa estaba cega
cando lle preguntaron quén
entre aquelas sesenta ducias de mortos
era Harold
—Este, dixo sinalando, a tentas,
que facía cantar os reiseñores nas noites de verán
cando me bicaba e me decía
—Swanehals, Colo de Cisne, envelleceremos xuntos
pro ti máis lentamente.

Álvaro Cunqueiro

Linajes sirénidos en el Occidente europeo


En la revista Le Blason Flamant el profesor Jean Van Oestel publica un hermoso trabajo sobre aquellos linajes antiguos de Europa occidental que de alguna manera están relacionados con sirenas. Ya el llorado etnógrafo portugués doctor Fernando de Castro Pires de Lima se ocupó de este asunto; y, en su hermoso libro Adral, que ahora mismo llega a los escaparates de las librerías, el profesor Filgueira Valverde le dedica una nota referente a los linajes gallegos.

Por cierto, que a todo curioso lector gallego le recomiendo la lectura de este libro, en el que hay tanta noticia de los días pasados y tanta novedad galiciana fruto del saber del gran maestro pontevedrés.

Volviendo al tema. Resulta que en Normandía hay tres linajes que se precian de descender de sirenas, otros tres en Bélgica y Holanda, uno en Dinamarca, dos en Escocia y cuatro en Irlanda. No figura en la lista el linaje gallego de los Mariño, apellido que llevaba en segundo lugar mi abuelo paterno, don Carlos Cunqueiro y Mariño de Lobeira.

Mariños, Padín, Goyanes, dicen descender de una sirena. Lo que no sabemos es si de la misma sirena, ni cuál fue el suceso que dio origen a la leyenda; que tuvo necesariamente que haberlo. Supongamos un naufragio a la altura de Sálvora, o de la isla de Ons, y que de él se salva una hermosa dama de dorado cabello, que canta con dulcísima voz, y que se casa con un hidalgo del país, y tiene descendencia. Las gentes la tomarían, a la bella señora, por la sirena del mar. Y de estas bodas vendría el poner, la familia hidalga gallega, en su escudo una sirena sobre tres aguas azules.

Los Padín dicen que la sirena de la que descienden, y tienen cartas ejecutivas aprobadas en la Real Cancillería de Valladolid, tuvo amores nada menos que con don Roldán, marqués de Bretaña, el amigo de Carlomagno muerto en la rota de Roncesvalles. De estos amores quedó encinta la sirena –su nombre no nos ha llegado–, y cuando le vino la hora de dar a luz, se encontró cerca de una playa gallega, sin duda que en las Rías Bajas y aún más concretamente en la de Arosa. Dio a luz a un hermoso niño al que, por ser hijo de don Roldán, le pusieron en el bautismo Palatinus, de donde, por corrupción, viene Padín. Y de este doncel descienden todos los Padín que en Galicia han sido.

La historia estará siempre incompleta porque nunca sabremos quien recogió y crio a Palatinus, a quien se lo dejó la sirena. Palatinus, al parecer, nació sin rastro alguno en su cuerpo del linaje materno, sin cola como las sirenas, sin escamas, y en ninguno de sus descendientes, que se sepa, hubo salto atrás y salió ninguna nueva sirena.

De Palatinus descienden igualmente, al parecer, los Mariño y los Goyanes. Aunque bien habría podido ser que otros gallegos hubieran tenido amores con las sirenas que los rondaban, que rondaban las playas nuestras en los atardeceres de verano. Porque parece probado que es en el tiempo de verano y a la caída de la tarde cuando más y mejor canta la sirena, y que es difícil oírla matinal, salvo en la mañana de san Juan.

Con mi afición a poner por teatro, por autos y por misterios los sucesos prodigiosos, puedo imaginar que la playa donde dio a luz la sirena fue la de La Lanzada, y el recién nacido, depositado a los pies de Nuestra Señora que allí tiene antigua y famosa capilla. Podemos imaginar que la sirena fuera cristiana y que al dejarle el hijo suyo a la Virgen, se volviera al mar cantando el Ave Maria Stella.

En el estudio de Van Oestel se dice que los descendientes holandeses de una sirena tenían en el lomo derecho una mancha escamosa, y esto durante varias generaciones. De un linaje irlandés con ascendencia sirénida se dice que, al llegar la hora de morir, las mujeres que tenían mala voz y que quizá nunca habían cantado a lo largo de su vida, ahora, al final, se ponían a cantar en extraña lengua doloridas canciones que turbaban y hacían llorar a los que las escuchaban y, en algunos casos, en algún deudo suyo, los llevaban a la locura.

Cómo engendran y cómo daban la luz las sirenas no lo sabemos. Quienes más supieron de sirenas fueron los canónigos de la catedral de Ruan, en Normandía, que intentaban incluso cobrarles impuesto a estas señoras. Y si se moría ahogado un joven en la desembocadura del Sena, les echaban la culpa y las citaban para que remontaran el río y se presentaran en la Puerta Matilde, donde serían juzgadas y condenadas.

Lo que se sabe de las sirenas es que no tienen ombligo y que se les conoce la edad en los dientes, que con los años se les van poniendo azules. Las sirenas pueden vivir hasta trescientos años, y viven en anarquía, en el mar. Y que es cierto que además de ser encantadoras y de conquistar a los hombres con su belleza y con la dulzura extraña de su canto, que escucharlo es como drogarse, es verdad que poseen grandes tesoros escondidos que regalan a los hijos que tienen. Así, el Palatinus de nuestros arenales recibió de su madre, la amante de don Roldán, un gran tesoro y alhajas en abundancia.

En fin, el padre Feijoo no creía en las sirenas, aunque por otra parte creía en los tritones, si bien su voz, decía, no había sido escuchada modernamente.

Yo confieso que moriré un poco frustrado por no haber escuchado nunca cantar a la sirenita del mar.


Traducción de Linaxes serénidas no Occidente europeo, texto leído por el autor en Andar e ver por Galicia, programa emitido por Radio Nacional de España entre 1979 y 1980

Linaxes serénidas no Occidente europeo

Na revista Le Blason Flamant o profesor Jean Van Oestel publica un fermoso traballo sobre aquelas linaxes antigas da Europa occidental que de algunha maneira están relacionadas con sereas. Xa o chorado etnógrafo portugués doctor Fernando de Castro Pires de Lima ocupouse deste asunto; e, no seu fermoso libro Adral, que agora mesmo chega aos escaparates das librerías, o profesor Filgueira Valverde dedícalle unha nota referente ás linaxes galegas.
Por certo, que a todo curioso leitor galego recoméndolle a leitura deste libro, no que hai tanta noticia dos días pasados e tanta novidade galiciana fruto do saber do grande mestre pontevedrés.
Volvendo ao tema. Resulta que na Normandía hai tres linaxes que se precian de descender de sereas, outros tres en Bélxica e Holanda, un en Dinamarca, dous en Escocia e catro en Irlanda. Non figura na lista a linaxe galega dos Mariño, apelido que levaba en segundo lugar o meu avó paterno, don Carlos Cunqueiro e Mariño de Lobeira.
Mariños, Padín, Goyanes, din descender dunha serea. O que non sabemos é se da mesma serea, nin cal foi o suceso que deu orixe á lenda; que tivo necesariamente que habelo. Supoñamos un naufraxo á altura de Sálvora, ou da illa de Ons, e que se salva del unha fermosa dama de dourado cabelo, que canta con docísima voz, e que se casa cun fidalgo do país, e ten descendencia. As xentes tomaríana, á bela señora, coma a serea da mar. E destas vodas viría o poñer, a familia fidalga galega, no seu escudo, a unha serea sobre tres augas azuis.
Os Padín din que a serea da que descenden, e teñen cartas executivas aprobadas na Real Cancillería de Valladolid, tivo amores nada menos que con don Roldán, marqués de Bretaña, o amigo de Carlomagno morto na roita de Roncesvalles. Destes amores quedou encinta a serea ―o seu nome non nos chegou―, e cando lle veu a hora de dar a luz, atopouse perto dunha praia galega, sen dúbida que nas Rías Baixas e aínda máis concretamente na de Arousa. Deu a luz un fermoso neno ao que, por ser fillo de don Roldán, puxéronlle no bautismo Palatinus, de donde, por corrupción, ven Padín. E deste doncel descenden todolos Padín que en Galicia foron.
A historia estará sempre incompleta porque nunca sabremos quen recolleu e criou a Palatinus, a quen llo deixou a serea. Palatinus, ao parecer, naceu sen rastro algún no seu corpo da linaxe materna, sen cola coma as sereas, sen escamas, e en ningún dos seus descendentes, que se saiba, houbo salto atrás e saiu unha nova serea.
De Palatinus descenden igualmente, ao parecer, os Mariño e os Goianes. Aínda que ben puidera ser que outros galegos tiveran amores coas sereas que nos rondaban, que rondaban as praias nosas nos luscofuscos do verán. Porque parece probado que é no tempo do verán e á caída da tarde cando máis e mellor canta a serea, e que é difícil ouvila matinal, salvo na mañá de san Xoan.
Coa miña afición a poñer por teatro, por autos e por misterios os sucesos prodixiosos, poido imaxinar que a praia donde deu a luz a serea foi a d’A Lanzada, e o recén nado, depositado aos pés da Nosa Señora que alí ten antiga e famosa capela. Podemos imaxinar que a serea fose cristiana e que ao deixarlle o fillo seu á Virxe, se volvese ao mar cantando o Ave Maria Stella.
No estudo de Van Oestel dise que os descendentes holandeses dunha serea tiñan no lombo dereito unha mancha escamosa, e isto durante varias xeracións. Dunha linaxe irlandesa con ascendencia serénida dise que, ao chegar a hora de morrer, as mulleres que tiñan mala voz e se cadra nunca cantaron ao longo da sua vida, agora, no final, púñanse a cantar en estraña lingua cancións doentes que turbaban e facían chorar aos que as escoitaban e, nalgúns casos, nalgún deudo seu, chegaban á loucura.
Como enxendran e como daban a luz as sereas non o sabemos. Quenes máis souberon de sereas foron os canónigos da catedral de Ruan, en Normandía, que intentaban incluso o cobrarlles imposto a estas señoras. E se morría afogado un mozo na desembocadura do Sena, botábanlles a culpa e as citaban para que remontasen o río e se presentasen na Porta Matilde, onde foran xulgadas e condenadas.
O que se sabe das sereas é que non teñen embigo e que se lles coñece a idade nos dentes, que cos anos se lles van poñendo azuis. As sereas poden vivir até trescentos anos, e viven en anarquía, na mar. E que é certo que ademáis de ser encantadoras e de conquistar aos homes coa súa beleza e coa dozura estraña do seu canto, que escoitalo é coma drogarse, é verdade que posúen grandes tesouros agachados que regalan aos fillos que teñen. Así, o Palatinus dos nosos areais recibiu da súa nai, a amante de don Roldán, un grande tesouro e alfaias a bandeo.
En fin, o pai Feixoo non cría nas sereas, mais por outra banda cría nos tritóns, aínda que a súa voz, decía, non fora escoitada modernamente.
Eu confeso que morrerei un pouco frustrado por non ter escoitado nunca cantar á sireniña do mar.

 

Álvaro Cunqueiro

[La sirena Venadita]


Al Faris Ibn Iaquim al-Galizí (1611-1681)

—¡Las Molucas son famosas! Y hay mucho señorío chino en el comercio y las nativas siempre están saliendo del baño y pidiéndole a los árabes que las sequen.

Simbad saca mapa y Sari lo extiende en el suelo, y con la contera de su bastón le dice al piloto por donde caen las Molucas, y se inclina Arfe el Joven y justo donde está la Moluca Mayor encuentra un cabello largo y dorado y se lo enseña a Simbad.

—¿Acaso es rubita de pelo?

Simbad se pone colorado, cierra los ojos y asiente tres o cuatro veces con la cabeza. Deja el bastón, y con ambas manos coge el cabello que le ofrece Arfe el Joven, roza la mejilla con él, suspira, envuelve la hebra de oro en un dedo figurando un anillo, besa allí y cuenta:

—¡Ay, Venadita, Venadita! ¡Pues como nunca llegué en todo este tiempo repasando mares a donde cae la Moluca Mayor, no pude darme cuenta de que ella me había dejado este recuerdo de seda! Una sirena del mar llamada Venadita, amigo mío. Se sentaba a mi lado y quería que le enseñase por mapa por donde vendría a verme. ¡Mira que si llega a venir a darme serenata desde el Yadid! Pequeñita, ninguna como ella, y toda vestidita de su cabello dorado, y se sentaba en la arena de la playa —eso sí, manteniendo algo de cola en el mar; las sirenas pueden estar en tierra firme a condición de mantener una pizca de su parte de pez tocando agua…—, se sentaba, digo, y todo era probar mi ropa, mi pamela, mi capa de damasco, mi chilaba de lino albar, mi camisola de verano… Todo le iba sobrado, claro es, que fue el encuentro por cuando yo andaba en las doscientas libras nuestras, que me pesé para ver cuanto podría con sus patas el Ave Roc. Pero la niña disfrutaba con esto y no sabía ser engañadora, y cuando se ponía a cantar, con la cabecita apoyada en mis rodillas y acariciándome los pies y barriendo de ellos las arenas con su suave pelo, de repente se paraba y me decía:

—¡Ay, Simbad, no creas nada, hombre!

—Y la preciosa estaba hablándome de una isla que hay debajo de las aguas, donde el que llega, y mientras esté allí, tiene que escoger una figura de pájaro o de ave mayor, y yo podría andar de pavo real, y en todo es uno el pájaro o ave que escoge, y se le da compañera en la familia y la cocina según el pedido natural, y cuando te canses y vuelvas a la superficie del mar, puedes traer un saquito de piedras preciosas… Mi sirena Venadita a veces se echaba a llorar, que decía que no sabía inventar nada más que eso y que ya le habían dicho las otras que como no sacara otra gracia de países o de canto que no ganaría para un peine de oro. ¿Y qué es una sirena sin peine de oro? Y fue habiendo entre nosotros más intimidad, y mucho cariño, y entre las peñas de la Moluca Mayor estábamos escondidos al atardecer y nos pasamos a besos y otras gracias, y ella siempre probando la ropa mía y cada día tenía que llevar yo prendas nuevas de lo mejor, y hasta quiso probar mis calzones, que cabían tres como ella en cada pernera, y se los puso en la cabeza por la bragueta, que entonces se llevaban calzones de orina pronta, que no sé por qué pasó esa moda…

—¡Era una gran comodidad! —dice Mansur— Yo todavía uso alguno.

—Pues iba diciendo que probó los calzones, y como por el calor de las Molucas, yo andaba en camisa y la camiseta era un medio jubón con vainica, quedé con la barriga al aire, y fue cuando Venadita se percató de que yo tenía ombligo. ¡Mucho se rio! Todos los días tenía que dejarle mirarlo, y metía en él un dedito, e incluso una vez se propasó a darme un beso allí, y cuando nos despedimos, que vino delante de mi nao, silbando para enseñarme una corriente que va tres cuartas por debajo de la flor, y yo había metido en los camarotes a toda la tripulación por que no la viesen a la señora Venadita, me gritaba desde el mar que mucho iba a echar en falta los juegos con mi ombliguito…

—Le regalé un peine de oro, y ya sabes como son las mujeres: Para que vieran las otras que ya sabía ganarse la vida, quiso quedarse una temporada en aquellas playas. ¡Que no sé qué chiste le haría a doña Venadita ahogar molucos!

Desenrolló Simbad el cabello dorado y lo depositó donde había aparecido, en la Moluca Mayor.

—¡Aunque no hubiera clavo en las Molucas, Arfe amigo! ¡Todos los corazones tienen su gacela!


Álvaro Cunqueiro, Si o vello Sinbad volvese ás illas…, fragemto (Editorial Galaxia, 1961)

Álvaro Cunqueiro

En la más ardua cumbre


En la más ardua cumbre, donde hadas y destinos
liberan sus anhelos en la noche al holgar,
tengo un hato de brezos que guardan veinte pinos,
vigías solitarios hacia la luz lunar.

Y allí, al lado, ceñida de aurifloridos tojos,
muy cerca de una fuente, besada de espadaña,
—¡Santa consagración de mis vagos antojos!—
tengo una ermita blanca tendida en la montaña.

Y ya son mis amigas las aves de rapiña
y tengo por amada un águila muy niña
que en un vuelo los rayos del sol sabe cortar.

Se me unen las urracas, comadres de la cumbre,
y cuando cae la nieve yo enciendo una gran lumbre
y estamos de tertulia en torno de mi lar…


Álvaro Cunqueiro. No máis esvío cume (books.google.es)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

No máis esvío cume

No máis esvío cume, onde as fadas dos sinos
ceiban os seus anceios nas tebras a vagar,
teño un rabaño de urces, que gardan vinte pinos,
vixías isolados cara á luz do luar.

E alí, ao carón, cinguida de aurifloridos toxos,
pretiño dunha fonte, bicada da espadaña,
—Santa consagración dos meus vagos antoxos!—
teño unha ermida branca no colo da montaña.

Xa fixen amizade coas aves de rapiña,
e teño, por amada, unha aguia pequeniña
que nun voo a raiola do sol sabe cortar.

Véñenme as pegas, as comadres do cume;
e cando cae a neve eu acendo un gran lume,
e facemos fiada ao redor do meu lar…

Álvaro Cunqueiro

Añoranzas de mi blanca señora


¿Me escuchas así, mi señora amada,
cuando del pecho mío el trovo arde,
o detrás de ti la sombra de mi sueño
locamente a la tuya abraza y besa?

¡Oh, dulce el peso de tu cuerpo en mi imaginación echado!
En este río de mi vagar sin fin
¿qué incendiado navío no navega en la noche?

—¿Por qué este corazón tanta flor mustia,
por qué no es mortal de tanto fuego la ceniza,
por qué aún soy yo de tanta palabra boca?

Mi blanca señora, cuerpo delgado:
este bosque es del tiempo de la más reciente luna,
y ese malvís que tanto aire enflauta
cada día que amanece renace y silba.
Amante, en mi vaso aún canta la sed.

¡Esa luna nevada, amor, que de tu cuerpo
crece con la noche sobre las cumbres de mis ojos!
Deja que rosee, al arrimo de los cerezos,
en las islas de tus ojos el alba rumorosa.
Adormécete a mi lado, en tanto quiebra el día
bajo un techo de alondras, tímidas cantoras.

—¡Ese sueño que por dentro se escurre
y poco a poco asoma a mi rostro!
¿Hace falta, quizá, un caballo rojo
o un ala mortal y fría para saltar fuera de esta lengua de fuego?


Álvaro Cunqueiro. Soedades da miña branca señor (books.google.es)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Soedades da miña branca señor

Escóitasme así, miña señor amada, cando do peito o meu trobo arde,
ou atrás de ti a sombra do meu soño
loucamente á túa abreixa e bica?

Ouh doce o peso do teu corpo no meu maxín deitado!
Neste río do meu vagar sin fin,
qué incendiado navío non navegas na noite?

―Por que este corazón tanta frol murcha,
por que non é mortal de tanto lume a cinza,
por que inda son eu de tanta verba a boca?

Miña branca señor, corpo delgado:
este bosque é do tempo da máis recente lúa,
i ese malvís que tanto áer enfrauta
cada día que amence renasce e asubía.
Amante, no meu vaso aínda canta a sede.

Esa lúa nevada, amor, que do teu corpo
medra coa noite sober dos cumes dos meus ollos!
Deixa que rose, ao arrimo das cerdeiras,
nas illas dos teus ollos a i-alba rumorosa
Adormece ao meu carón, namentras quebra o día
baixo un teito de alaudas, tímidas cantadoras.

―Ese sono que por dedentro escorre
e pouco a pouco amósase ao meu rostro!
Fai falla, quezais, un cabalo roxo
ou unha aza mortal e fría pra brincar fora desta lingua de lume?

Álvaro Cunqueiro

Doce poemas apócrifos


1. Cuando fallece un hombre

Cuando fallece un hombre, muere una ciudad.
Se va él, pero no solo.
Se lleva sueños, palabras, deseos que fueron, besos,
tristezas, amistades, grandes carcajadas. Todo esto
en el hatillo que le fue entregado.
Pero también se lleva de los otros:
el aroma de aquel rincón, aquella hora
de sol de invierno en la plaza, la fuente
bajo los plátanos, el olor a miel de la confitería, unos
¡buenos días, señora Pepa!, y ella sonriendo, gorda;
la discusión en el Comité: ¡yo estoy por la
mejora del ganado negro! No sabía por qué.
Él amaba un cierto paisaje, una cierta
forma de las estrellas, y la hierba, y el canto del gallo,
una cierta voz en los hombres, y un color en las vacas.
Y la ciudad —el mundo— decía: Mijail me está viendo también.
Y seguía, seguían las horas, las estaciones, los siglos.
El mundo, porque alguien lo miraba, seguía yendo.
Pero un día cualquiera cien Mijail mueren
y el mundo se acaba, perdido, solo, sin que nadie lo mire
amorosamente, como es debido.

Firmado como de Decio Arveanu, rumano. Publicado el 9 de agosto de 1964.

2. Erikson se vuelve para escuchar a su juventud

Y cuando se dio cuenta, se quitó la gorra
para llenarla con las flores del prado.
—Pero las flores están solamente
en un sueño, mecidas por una brisa tibia,
que también era sueño, sueño, sueño—.
Había tenido los años como trigo dorado
en las manos, en el corazón, en las palabras.
—En los ojos también, sí, con los que medía
el talle de la muchacha y la carrera de las estrellas—.
Pero no lo supo entonces.
Ahora que por vez postrera sueña
que escucha al cuco en el ciprés,
con la gorra parda en la mano y los huesos
solamente calentados por los recuerdos
—¡oh hondo pozo negro, vida agotada,
perros sueltos del corazón, violín sin cuerdas!—,
se vuelve: la perdida juventud debe estar cantando
más allá de las colinas, del mar, de las colinas,
del mar. Aún cantando.

Firmado como de Sigurd Hallkness con el añadido “Da Paixón de Erikson”, ‘De la Pasión de Erikson’. Publicado en 1966.

3. Yo quisiera tener las voces

Yo quisiera tener todas las voces,
las que sirven para decir amor.
La voz de la madre que desde la ventana
¡adiós! dice al hijo que se va al mar.
—Y la voz de la madre, que desde la puerta,
¡bienvenido seas! dice al hijo que viene del mar—.
Y también al hombre, o al amante.
Para decir amor tiene que haber voces como de bosque
o de río en cascada, y aun otras
suaves como una piel suave.
La voz de Francisco para decir amor a toda cosa
y voces de amor carnal, casi suspiros.
Y al final, cuando tuviera todas las voces
—¡adiós, enamorada mía, que vas a mondar
arroz a las lagunas; adiós, dama de Duino
que lloras lágrimas de oro y encaje de Venecia!—,
al final, digo, ser dueño de esa voz secreta
que solamente un oído escuche,
que viene como viene la noche,
sin saber de dónde,
poniéndose su blusa de estrellas.

Firmado como de Enzo Carletti da Murona, italiano. Publicado el 10 de julio de 1966.

4. El vagabundo

Metí todos mis días en un hatillo remendado
y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos
—infancia, juventud, madurez, vejez—,
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.

Firmado como de Eliano Ardeanu, rumano. Publicado el 23 de noviembre de 1969.

5. Ya fue la tierra

Ya fue la tierra, ya no es.
O mejor dicho, se fue la tierra,
quizá por el aire, quizá por el mar.
—Nube e isla deberían tener
la misma definición en las geografías—.

Ya fue la tierra. Desde donde vivo prisionero
no puedo dar testimonio de que haya
árboles, pastizales, ríos, montes,
el desierto de Arabia, y aquella planicie
cenagosa, donde en una colina estaba el pueblo en que nací,
y desde donde veía como el Adigio iba hacia el mar.

Cemento y cemento, hierro y hierro. Solo.
Pero, cuando vuela una golondrina y yo sé que es abril,
o cuando llueve, o cuando nieva,
¿podría yo decir que no hay tierra, que ya fue,
que es cosa de historia, desde el tragaluz
de la celda de cemento en la que vivo?

Firmado como de Carlo da Marjolana, italiano, con el añadido “de De cando vivía soio, 1958, na cadea de Rusia”, (‘de De cuando vivía solo, 1958, en la prisión de Rusia’). Publicado el 15 febrero de 1970.

6. Aún no sé para qué…

Debe haber por ahí gente
a la que le sobre un poco de tiempo de su vida,
y podría dármelo a mí, que agoto el mío
echado en mi asiento, al lado de la arena caliente
y del esqueleto del ciervo que creía
que al norte había fuentes de agua fresca.
Mis ojos ya no saben distinguir un árbol en otoño
de una mujer que se yergue del suelo
después de haber parido un niño rubio
y lo levanta sobre su cabeza.
No diferencio las lenguas ni los vientos
y he olvidado ya el regazo de mi madre
y a Katty, a la que besé en una oreja y lloró.
Muriendo, pido una limosna de tiempo
aunque no sé para qué…

Firmado como de Erik Triggvason, sueco, con el añadido “De Vidas e mais vidas”, (‘De Vidas y más vidas’). Publicado el 21 de junio de 1970.

7. El tiempo de los pobres

Los pobres tienen mucho más tiempo que los ricos
—y también más frío, más hambre, más soledad,
más lluvia, más sol, más luna, más viento—.
Se conocen entre ellos, y tienen una lengua propia
hecha de miedo y de rabia, humildosa en la corteza
y por dentro llena de dientes afilados.
Entre los pobres de mi isla aprendí
que cuando muere un niño la gente olvida el habla,
y solo al día siguiente vuelve aprender a hablar,
primero los otros niños, después la madre, después los perros.

Firmado como de Argret Svaden, danés, con el añadido “de As outras vidas”, (‘de Las otras vidas’). Publicado el 12 de julio 1970.

8. La nao de Sigvar Sigvarson

¡Vamos, halcón de la ribera, del mar mayor!
Pinté una serpiente de oro en mi vela
y en mi pecho me tatuaron el nombre de mi perro,
Sok, mi perro pastor, el que guarda mi rebaño.
Quiero, cuando yo vaya por el gran mar
y no vea tierra al este,
que mis guerreros lean en mi pecho
el nombre de mi perro; yo tumbado en un lecho de cueros,
echando una siesta, pero oyendo decir ¡Sok!
y soñando con los pastizales de Bjora, donde mi perro
reúne el rebaño al anochecer y ladra contando
las pardas ovejas al entrar en el redil
mientras mansamente cae la nieve.
Y mi nave navegando por riberas
de sol, limoneros, viñas y olivares.

Firmado como de Argret Svaden, igual que el anterior y publicado en la misma fecha.

9. Tantos caminos busqué

No para volver a mi casa
sino a aquella ciudad mencionada en el viejo libro,
acostada en la llanura polvorienta, entorno a una torre,
muchos caminos busqué, entré y salí por laberintos
y en la boca de la cueva saludé a la Polar.
En ligeros veleros pasé el mar con ella.
Y siempre yo, libre y virgen, entre las muchachas desnudas
bajo los puentes de ríos sin nombre,
o a las puertas de un burdel, con mi gorro rojo,
por curiosidad de ver mujeres tan usadas.
Yo soñaba aquella ciudad del viejo libro
en días de vendimia, cuando entran en ella
los burros negros con canastos llenos de racimos.
Ya solo con pasar dos hojas más del libro
yo me encontraba en la bodega catando vino tinto.
Un solemne calor me henchía y yo llegaba
a ser un rey allá abajo,
galopando a la sombra de los abedules.
Pero, verdaderamente, soñaba con aquella ciudad
porque no existía,
y yo vivía en una isla llamada Tulé,
de oficio remendador de redes, veinte años, cojo y soltero.
El libro había llegado a Tulé por el mar, en una botella.
Cosas que les suceden a los soñadores.

Firmado como de Frank Sigmundson, sueco, con el añadido “do libro O soñador en Tulé”, (‘del libro El soñador en Tulé’). Publicado el 18 de julio 1970.

10. Aquellos otros ríos

Nacido en una isla pequeña, peñascosa;
yo nunca había visto un río, pero soñé un centenar.
En el mapa de la escuela eran venas azules.
Y cuando por primera vez un río,
corriendo el agua oscura por entre sauces, vi,
y pasar bajo un puente de ocho arcos, lloré,
mientras lo llamaba por su nombre,
dulce como un nombre de mujer.
Y del río surgió aquella del rubio cabello,
y poniendo un dedo sobre sus labios
me dijo: «Calla, y no lo despiertes.
Vete enseguida, no te bañes en sus aguas,
que se tragará tu mirada.
¡Que nada hay que le guste tanto a un río
como un joven extranjero con los ojos vírgenes
de mirar ríos!»
Y la hermosa acariciaba el lomo del río
como si se tratara de un buey bien cebado,
como mi madre el lomo de un buey en la era de la casa
antes de que los criados salieran con él para la feria de las Quendas de mayo.
Aquellos otros ríos azules de los sueños y del mapa,
¿dónde estaban, dónde están, hermosa del rubio cabello,
Lorelei, Lorelei, que me salvaste la vida?

Firmado como de Knut Tellanken, supuestamente traducido por M. Mª Seoane a partir de una traducción del islandés al inglés de W. S. Potter. Publicado el 27 septiembre 1970.

11. Los tres reyes

Melchor estaba esperando
a Gaspar y Baltasar.
Hicieron fuego en un alto
y le añadieron piedras preciosas.
Siete palabras de oro dijo uno,
siete de incienso dijo otro,
siete de mirra dijo el negro,
y los tres a coro otra secreta;
que así se hace, con un fuego encendido,
una estrella.
—¿Por qué parte queda el mundo?
Se preguntaban los tres.
La estrella alumbraba en el cielo.
—¡Ay!, ¿por qué parte quedará Belén?
Y un zagal que recogía broza
los oyó y se rio y les gritó:
—Mira qué tres sabios de Oriente,
mira qué tres Magos de pimpirimpel:
Déjense guiar por la estrella,
y ya llegarán a Belén.
Y el zagal dejó la broza
y saltando se echó a andar,
y llegó a Belén antes
que Melchor, Gaspar y Baltasar.

Firmado como de Enzio Buoncompagni, italiano, con el añadido “Do Libro das cousas sinxelas”, (‘Del Libro de las cosas sencillas’). Publicado el 27 de diciembre 1970.

12. Desde aquellas ventanas

¡Si aquella mujer, en aquella ventana,
fuera una mujer joven y hermosa
y tuviera una vista tal que pudiera
contemplar mi rostro, y percatarse
de cuánta hambre de amor tengo!
¡Os juro que no puedo vivir sin mujer!
El mismo perro mío, que me lame los pies, lo sabe.
Pero, ¿por qué iba a tener ella esa divina mirada
que deja ver de ventana a ventana
a través de la ancha plaza, y ella no tiene amor,
y yo, en cambio, que tengo todo el amor del mundo,
no puedo ver siquiera, sobre los castaños de Indias,
si ella es joven, si es hermosa?
Y si llora cuando yo lloro, corazón, corazón vacío.
¿Por qué no habrá, ¡oh Dios!, esas miradas?

Firmado como de Giorgio Cantalupo, italiano, con el añadido “De Ninguén ensina a soñar, o seu derradeiro libro, 1970”, (‘De Nadie enseña a soñar, su último libro, 1970’). Publicado el 17 de enero de 1971.


Nota
Entre 1964 y 1980 Álvaro Cunqueiro publicó en las páginas del diario Faro de Vigo varios centenares de traducciones al gallego de poetas de múltiples orígenes, desde Shakespeare y Dante a Jack Kerouac, Leonard Cohen o incluso Li Po. Pero entre ellas Cunqueiro deslizó una docena de poemas de autoría propia que disfrazó como traducciones de distintos idiomas y firmó con nombres falsos. Todos habrían sido traducidos al gallego por un supuesto Manuel María Seoane, excepto el primero de los publicados, firmado como traducción de Álvaro Labrada.
No son raras estas imposturas entre poetas, traductores y mistificadores de toda capa. Así en algunas antologías de poesía griega y romana publicadas en España figura algún que otro poema de la mano exclusiva del propio traductor.
Del olvido en el que yacían en la profundidad de las hemerotecas fueron rescatados estos poemas de Álvaro Cunqueiro por Iago Castro Buerger en su trabajo de 2004 Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunqueiro. Si bien se incluye allí un poema, “Os rizos da señora MacKenzie”, de autor real, el periodista y poeta italiano Antonio Barolini, que por un doble error tipográfico aparece como Bariolim, pero que efectivamente es autor de las Elegie di Croton, 1959, que Cunqueiro cita en su versión.
Los poemas fueron publicados por primera vez en libro en Álvaro Cunqueiro, Poesía 1933-1981, editorial Galaxia 2011, editados por Xosé-Henrique Costas y Iago Castro Buerger, con el epígrafe Poemas apócrifos, donde se incluye de nuevo a Antonio Barolini y aparece un poema antes ignorado, Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade.

Os alófonos fantásticos. Poemas descoñecidos de Álvaro Cunmqueiro (poesiagalega.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Doce poemas apócrifos

Cando se fina un home
Cando se fina un home, morre unha cidade.
Vaise íl, pro non soio.
Leva soños, verbas, desexos que foron, bicos,
tristuras, amistades, grandes risadas. Todo isto
no fardelo que lle foi dado.
Pro tamén leva dos outros:
o aroma de aquel recuncho, aquela hora
de sol de inverno na praza, a fonte
sob os plátanos, o cheiro de mel da confiteiría, uns
¡bos días, señora Pepa!, i-ela sorrindo, gorda;
a discusión no Comité: ¡eu estou póla
mellora do gado mouro! Non sabía por qué.
Il amaba unha certa paisaxe, unha certa
forma das estrelas, i-as herbas, i-o canto do galo,
unha certa voz nos homes, i-unha color nas vacas.
I-a cidade —o mundo— decía: Mijail estame vendo tamén.
E seguía, seguían as horas, as estaciós, os séculos.
O mundo, porque alguén o miraba, seguía indo.
Pro un día calisquer cen Mijail morren
i-o mundo acaba, perdido, soio, sin que ninguén o olle
amorosamente, como é debido.

Erikson vólvese pra escoitar a súa mocidade
E cando se decatou, quitou a pucha
pra enchela coas froles do prado.
—Pro as froles están somentes
nun soño, abaneadas por un ventiño morno,
que tamén era soño, soño, soño.
Tivera os anos coma trigo dourado
nas mans, no corazón, nas verbas.
—Nos ollos tamén si, cos que medía
o van da moza e a carreira das estrelas.
Pro non o soupo daquela.
Agora que por vez derradeira soña
que escoita o cuco no alcipreste,
coa pucha parda na man, e os ósos
somentes quentados polos recordos,
—ouh fondo pozo mouro, vida esgotada,
cas ceibados do corazón, violín sen cordas!—
vólvese: a perdida mocidade debe de estar cantando
máis aló dos outeiros, do mare, dos outeiros,
do mare. Aínda cantando.

Eu quixera ter as voces
Eu quixera ter tódalas voces,
as que sirven pra decir amor.
A voz da nai que dende a fiestra
adeus di ó fillo que vai pró mar.
—I-a voz da nai, que dende a porta,
¡benvido sexas! di ó fillo que ven do mar.
E tamén ó home, ou ó amante.
Pra decir amor ten que haber voces como de bosque
ou de río en fervenza, e deloutras
soaves coma unha pel soave.
A voz de Francisco pra decir amor a toda cousa
e voces de amor carnal, cáseque salaios.
I-a final, cando tivera tódalas voces,
—adeus, namorada miña, que vas a mondar
arroz nas lagoas, adeus, dama de Duino
que choras bágoas de ouro i-encaixe de Venecia!
á final, digo, ser dono disa voz segreda
que somentes un ouvido escoite,
que ven coma ven a noite,
sin saber de onde,
vestíndose a sua chambra de estrelas.

O vagabundo
Metín tódolos meus días nun fardelo mendado
e boteime a andar.
Eu mesmo faguía os camiños que me levaban
lonxe, mais aló dos bosques,
pola beira do mar, polo mar mesmo.
E no fardelo, a carón dos días meus,
—infancia, mocidade, madureza, vellice—
iba metendo o pan das esmolas.
Algunha vez o pan aínda estaba quente i ó tocalo
resucitaba un día de meu no que, mociño,
ollei unha dona fermosa que collía frores no xardín.
No sur, agasallábanme con vasos de viño.
Pro, xa é tempo de volver. Canso, e xa non sei soñar.
Coma un trobo rachado por un raio,
ya non enxamian as abellas no verán
drento de min. Soños non hai nin inquedanzas.
Na vella casa farei lume, e contareille ás chamas
como é que morre un vagabundo.

Xa foi a terra
Xa foi a terra, xa non é.
Ou mellor dito, foise a terra,
quizaves polo áer, quizaves pola mar.
—Nuben e illa deberían ter
a mesma definición nas xeografías.

Xa foi a terra. Dende onde vivo prisoeiro
non podo dar testimoño de que haxa
arbres, pasteiros, ríos, montes,
o deserto de Arabia, i aquela chaira
lamagosa, onde nun outeiro estaba o pobo en que nascín,
e de onde ollaba coma o Adigio iba pro mar.

Cemento e cemento, ferro e ferro. Soio.
Pro, e cando voa unha anduriña i eu sei que é abril,
ou cando chove, ou cando neva,
podería eu decir que non hai terra, que xa foi,
que é cousa de historia, dende a fiteira
da celda de cemento na que vivo?

Aínda non sei para que…
Ten de haber por ahí xente
á que lle sobre un pouco de tempo da súa vida,
e podería darmo a min, que esgoto o meu
deitado na miña sede, a carón da area quente
e do esquelete do cervo que coidaba
que ao norde había fontes de auga fresca.
Os meus ollos xa non saben distinguir un arbre no outono
dunha muller que se ergue do chan
despoixas de ter parido un neno louro
e o levanta sober da súa cabeza.
Non diferencio as falas nin os ventos
e teño xa esquencido o colo da miña nai
e a Katty, á que biquei nunha orella e chorou.
Morrendo, pido unha esmola de tempo
aínda que non sei para que…

O tempo dos probes
Os probes teñen muito máis tempo que os ricos
—e tamén máis frío, máis fame, máis soedade,
máis choiva, máis sol, máis lúa, máis vento.
Coñécense entre eles, e teñen unha fala propia
feita de medo e de raiba, humildosa na coda
e por dedentro chea de dentes afiados.
Entre os probes da miña illa adeprendín
que cando morre un neno, a xente esquece a fala,
e soio ao día seguinte volven adeprender a falar,
pirmeiro os outros nenos, logo a nai, logo os cas.

A nao de Sigvar Sigvarson
Imos, falcón da ribeira, do mar maior!
Pintei unha serpe de ouro na miña vela
e no meu peito tatuáronme o nome do meu can,
Sok, o meu can de pastor, o que garda o meu rebaño.
Quero, cando eu vaia polo gran mar
e non vexa terra ao leste,
que os meus guerreiros lean no meu peito
o nome do meu can, eu tumbado nun leito de coiros,
botando unha soneta, pro ouvindo decir ¡Sok!
e soñando cos pasteiros de Bjora, onde o meu can
axunta o rebaño á noitiña, e ladra contando
as pardas ovellas entrando no cortello,
namentras manseliño folerpa.
E a miña nave navegando por ribeiras
de sol, limoeiros, viñas e oliveiras.

Tantos camiños busquei
Non pra volver á miña casa
senón a aquela vila refranada no vello libro,
deitada na chaira poeirenta, arredor dunha torre,
muitos camiños busquei, entrei e saín por laberintos
e na boca da cova saudei á Polar.
En lixeiros veleiros pasei o mar con ela.
E sempre eu, libre e virxe, entre as rapazas núas
sob as pontes de ríos sin nome,
ou ás portas dun burdel, co meu gorro roxo,
por curiosidade de ver mulleres tan usadas.
Eu soñaba aquela vila do vello libro
en días de vendima, cando entran nela
os burros negros con canastros cheos de asios.
Xa somentes con pasare dúas follas máis no libro,
eu atopábame na adega catando viño roxo.
Un solene calor enchíame i eu chegaba
a sere un rei acolá embaixo,
agallopando á sombra das abidueiras.
Pro, verdadeiramente, soñaba con aquela vila
porque nóna había,
i eu vivía nunha illa chamada Tulé,
de oficio remendador de redes, vinte anos, coxo e solteiro.
O libro chegara a Tulé polo mar, nunha botella.
Cousas que lle acontecen aos soñadores.

Aqueles outros ríos
Nado nunha illa pequena, peñascosa;
eu nunca ollado tiña un río, pro soñei un centenar.
No mapa da escola eran veas azúes.
E cando por primeira vez un río,
correr a iauga escura por entre salgueiros, vin,
e pasar sob unha ponte de oito arcos, chorei,
namentras o chamaba polo seu nome,
doce coma un nome de muller.
E do río xurdíu aquela do loiro cabelo,
e pondo un dedo sober dos seus beizos
díxome: Cala, e nóno despertes,
vaite axiña, non te bañes nas súas augas,
que che xantará o mirar.
Que nada hai que lle goste tanto a un río
coma un mozo estranxeiro cos ollos virxes
de ollar ríos!
E a fermosa aloumiñaba o lombo do río
coma si se tratase dun boi ben cebado.
Coma miña nai o lombo dun boi na eira da casa
denantes de que os criados saísen con íl pra feira das quendas de maio.
Aqueles outros ríos azúes dos soños e do mapa
ónde estaban, ónde están, fermosa do loiro cabelo,
Lorelei, Lorelei, que me salvache a vida?

Os tres reises
Melchor estaba agardando
a Gaspar e Baltasar.
Fixeron lume nun alto
y amecéronlle pedras preciosas.
—Sete verbas de ouro dixo un,
sete de incenso dixo outro,
sete de mirra dixo o mouro,
i os tres a un tempo outra segreda,
que así se fai, cun lume aceso,
unha estrela.
—De que parte cae o mundo?
Preguntábanse os tres.
A estrela alumeaba no ceo.
—Ai!, de que parte caerá Belem?
E un rapaz que collía molime
escoitounos e riuse e berroulles:
—Mira que tres sabios de Oriente,
mira que tres Magos de pimpirimpel:
déixense guiar pola estrela,
e xa chegarán a Belem.
E o rapaz deixou o molime
e brincando botouse a andar,
e chegou a Belem denantes
que Melchor, Gaspar e Baltasar.

Dende aquelas fiestras
Si aquela muller, naquela fiestra,
fose unha muller nova e fermosa,
e tivese unha vista tal que poidese
contemplar o meu rostro, e decatarse
de canta fame de amor teño!
Xúrovos que non poido vivir sin muller!
O mesmo can meu, que me lambe os pés, o sabe.
Pro, por que iba a ter ela esa diviña ollada,
que deixa ver de fiestra a fiestra,
a traveso da ancha praza, i ela non ten amor,
i eu, en troques, que teño todo o amor do mundo,
non poido ver xiquer, sober dos castiñeiros de Indias,
si ela é nova, si é fermosa?
E si chora cando eu choro, corazón, corazón valeiro.
Por qué non haberá, ouh Deus!, isas miradas?

 

Álvaro Cunqueiro

Yo soy Edipo


No sabía que lo fuese
hasta que maté a mi padre
y me acosté con mi madre. Un hombre
marcado para siempre por un sino fatal
como potro en el aprisco con el hierro, para siempre.
Mi padre me asaltó a un tiempo
por los cuatro caminos de la encrucijada.
Me miró —hay miradas como murciélagos
que van y vienen, raudas—, escupió en la mano de la lanza
y vino contra mí. Él mismo
se adentró en mi hierro. Estaba escrito.

Le adiviné a la Esfinge su decir secreto
y me casé con mi madre. Cuando la dejé preñada
se acordaba de un niño que había tenido
y que le quitaron cuando aún no lo había visto sonreír.
Iban a matarlo en el monte, o entregarlo a las fieras.
Aquella bolita de mantequilla,
aquel pelito oscuro, aquellas manecitas inquietas
era yo, regresado a la madre como varón,
y a la corona de Tebas como asesino.

Yo soy Edipo. Si examináis bien el caso,
un inocente. Ahora viejo y cansado me acuesto
en las tinieblas, que me arropan
como una madre arropa a su niño.


Álvaro Cunqueiro. Eu son Edipo (paulatinygriego.wordpress.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Eu son Edipo

Non sabía que o fora
ate que non matei a meu pai
e deiteime con miña nai. Un home
marcado pra sempre por un sino fadal
como un poldro no curro co ferro, pra sempre.
Meu pai saíume a un tempo
polos catro camiños da encrucillada.
Miroume, —hai miradas como morcegos
que van e veñen, raudas. Cuspín na man da lanza
e veu decontra min. El mesmo
adentrouse no meu ferro. Estaba escrito.

Acerteille á Esfinxe o seu decir segredo
e caséi coa miña nai. Cando a deixaba preñe
lembrábase dun neno que tivera
e ao que lle quitaron cando aínda nóno vira sorrir.
Iban matalo no monte, ou dálo ás feras.
Aquela baluguiña de manteiga,
aquel peliño mouro, aquelas manciñas inquedas
era eu, regresado á nai como varón,
e á coroa de Tebas como asesino.

Eu son Edipo. Si mirades ben o caso,
un inocente. Agora vello e canso déitome
nas trebas, que me arroupan
como unha nai arroupa ao seu neno.

Álvaro Cunqueiro

Yo soy Dánae


Yo soy Dánae. Desnuda caía en el lecho come
bianca neve scende senza vento.
Y él llegó secreto con su fulgor
convertido en monedas de oro que cayeron
sobre mí, y alrededor, y en el suelo.
Se dio una voz a sí mismo y aquel oro de ceca
se arremolinó en un amén y se hizo el varón.
Me encontró virgen, me surcó y me sembró.
Me bebió, como quien se echa con sed sobre un río.
Pero lo pasado, pasado.
Ahora soy vieja, y en un reino de columnas derribadas
voy y vengo por entre los cipreses y las palomas.
Me toman por loca y creen que miento
cuando digo que fui desvirgada por Zeus.
Por burlarse de mí hacen saltar una moneda en el mármol
y yo creo que él vuelve, y me quito la ropa
y me dejo caer desnuda en la hierba come
bianca neve scende senza vento.
Ni oigo sus risas. Ya soy vieja
pero nunca pude salir de aquel sueño de antaño.


Nota
come bianca neve scende senza vento’ (como blanca nieve desciende sin viento): Imitación del verso ‘e bianca neve scender senza venti’ de Guido Cavalcanti en el soneto Biltà di donna cuya traducción el propio Cunqueiro publicó en Faro de Vigo el 10 de abril de 1977. Aquí mi versión.

Álvaro Cunqueiro. Eu son Danae (paulatinygriego.wordpress.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Eu son Danae

Eu son Dánae. Núa caía no leito come
bianca neve scende senza vento.
E chegou segredo coa fúlgura
convertido en moedas de ouro que caíron
sobre de min, e arredor, e no chan.
Díxose a si mesmo unha voz e aquel ouro de ceca
arremuiñouse nun amén e fíxose o varón.
Atopoume virxe, sucoume e sementou.
Bebeume, como quen se deita con sede sobre un río.
Pro, o pasado pasado.
Agora vou vella, e nun reino de columnas derrubadas
vou e veño por entre os cipreses e as pombas.
Téñenme por tola, e coidan que minto
cando digo que fun desvirgada por Zeus.
Pra burlarse de min chinchan unha moeda no mármore
e eu coido que el volve, e tiro a roupa
e déixome caír núa na herba come
bianca neve scende senza vento.
Nin escoito as súas risas. Xa vou vella
pro nunca puiden saír daquel soño de antano.

Álvaro Cunqueiro

Las mil caras de Shakespeare (Fragmentos)


Hay pocos poetas tan grandes como Shakespeare, ha dicho Jean Paris, pero ninguno más enigmático.
(…)

El actor: Si hay mil verdades, vistámonos con ellas

(…)
¿Quién fue Shakespeare? Quizá a él no le disgustaría la solución que algunos dan a los problemas que plantea su persona como autor de sus obras. Solución que consiste, como es sabido, en aceptar que William Shakespeare no las escribió.
El nacido en Stratford del Avon sería el “negro” de un hombre genial, que por varias razones querría permanecer en la oscuridad. Habría entonces un pseudo-Shakespeare como hay un pseudo-Dionisio o un pseudo-Geber. El nombre de Shakespeare encubriría una enorme mistificación, que por otra parte no es la única en la historia de la literatura, de creer a algunos. No recuerdo donde leí una larga lista: La Ilíada la escribió Salomón, la Odisea la hermosa Nausicaa, las comedias de Terencio, la Eneida virgiliana y las Odas de Horacio serían obras de monjes medievales, los Anales de Tácito los habría forjado Poggio Bracciolini, Beowulf sería de la mano del rey Alfredo, las obras de Corneille de la de Molière, lo mismo que las fábulas de La Fontaine, etc. Pero ¿quién podría ser el autor oculto que le dejaba firmar a Shakespeare? Entre lo que sabemos del hombre Shakespeare y lo que vemos en su obra, es poco decir que hay un abismo, y que para franquearlo es necesario recurrir a la mística del genio. A los anti-stratfordianos les es muy fácil gritar que un provinciano, casi un aldeano, del que se duda si sabía escribir, puede mostrar difícilmente un conocimiento de la etiqueta palaciega tan completo como en Trabajos de amor perdidos, o redactar en Enrique V escenas en francés. ¿Y cómo dispondría él, sin graves estudios, del vocabulario más rico y variado de todos los tiempos? ¿Cómo hablaría de Venecia o de Navarra, a dónde no había ido? ¿A qué episodios de su mediocre vida se ceñirían los grandes temas trágicos de Hamlet o de Coriolano? ¿A qué amores el drama de los Sonetos, la “dama morena” y el “dueño-dueña” de su pasión? No. William Shakespeare, de Stratford del Avon, no puede saber de caza ni de guerras, ni de política, ni de medicina, ni de derecho, ni de música, ni de Venecia, ni de historia romana… Tantos misterios que llevan a creer que Shakespeare no es más que una vulgar máscara, un hombre de paja tras el que está el otro.
¿Qué otro? Alguien nacido alrededor de 1560 y muerto hacia 1615. Un letrado, de alto nacimiento y educación, que había leído a Ovidio y Plutarco, y quizá a Séneca –“la mejor lectura para un hombre que quiera mandar a los otros”–, que sabía italiano y francés. O mejor, un erudito salido de Oxford o de Cambridge, con tan diversas cosas en el zurrón que podría tratar de la guerra de Troya en Troilo y Cresida, de historia romana en Julio César y Antonio y Cleopatra, de estrategia en Enrique V, de derecho en El mercader de Venecia o en El cuento de invierno, de patología mental en Hamlet o en Lear, de náutica en La tempestad… un hombre de experiencia, gran viajero, gran amante, político al tanto de las intrigas de la corte y de los asuntos extranjeros, en relaciones más o menos secretas con la policía política y las cancillerías, pero que por algún motivo, sea dignidad social, sea profesión, sea miedo de persecuciones, habría escogido el incógnito. Una docena de personas responde a esas condiciones. Y se va hacer de ellas otros tantos Shakespeare posibles.
En 1856, Miss Delia Bacon, americana, que se decía descendiente del filósofo, hace público que William Shakespeare es el seudónimo de su abuelo. Otro americano, un tal Hart, ocho años antes ya había adelantado la sospecha. Las investigaciones de miss Bacon la llevaron muy en seguida a un manicomio. Pero en el mismo año, un tal W.H. Smith en su Bacon and Shakespeare, publica una carta de Sir Tobie Matthew a Bacon, en la que se lee que “el espíritu más prodigioso de mi nación que yo haya conocido de este lado del mar, lleva el nombre de Vuestra Gracia, aunque sea conocido por otro”. Matthew era un católico romano y la carta venía de Francia. ¿Quería sugerir que Bacon era conocido del otro lado del Canal con el nombre de Shakespeare? Sidney Lee probó qué Matthew acababa de encontrar a un jesuita inglés, de nombre Bacon, que en Francia, escondiéndose, se hacía llamar Southwell. Desde 1883 en adelante la cosa va a más. Mrs. Pott, Ignace Donnell, Edwin Reed y Mrs. Wells-Gallup desarrollan el tema. Mrs. Pott encuentra cuatro mil cuatrocientas analogías entre las obras de Shakespeare y las de Bacon. Se fue más lejos. Ignace Donnell, creyente en la sumergida Atlántida, encuentra en la obra de Shakespeare mensajes secretos que se refieren a la isla perdida. Finalmente comparece el juez Webb quien con su libro El misterio de Shakespeare quiere dar definitivamente a Bacon las obras de Shakespeare. Y no solo las de Shakespeare: también las de Marlowe, las de Greene, las de Peele, la Anatomía de la melancolía de Burton, pasajes de La reina de las hadas de Spencer, y además Bacon, quedaba probado, era hijo natural de Isabel, la reina virgen, y del conde de Leicester.
Fue un francés, Abel Lefranc, en 1919, con su libro Bajo la máscara de W. Shakespeare, quien derribó la tesis baconiana y dio paso a otra. Se presenta otro candidato: William Stanley, sexto conde de Derby. Bacon era, sin duda, un hombre de gran saber, pero se necesitaba algo más para escribir las obras de Shakespeare: hacían falta los intereses de un gran señor para darle su color político, para hacer de ellas un breviario de la historia elisabethiana. El conde de Derby vivió en lugares donde Shakespeare sitúa alguna de sus obras. En Nerac, por ejemplo, donde sucede Trabajos de amor perdidos, en Verona, en Florencia, en Venecia, cuando Stanley viaja por Italia con aquel medio preceptor, medio secretario, emparentado con John Hawkood, el condottiero que los toscanos conocerán con el nombre de Giovanni Acuto, el amigo de Catalina de Siena. En la biografía de Derby, Lefranc busca y encuentra el origen de algunas piezas. El fracaso del matrimonio de Derby con Isabel de Vere será el origen de los cinco dramas del amor traicionado: Mucho ruido y pocas nueces, Troilo y Cresida, Otelo, Cimbelino y El cuento de invierno. Hamlet tendría su origen en la historia de María Estuardo, en el asesinato de Darnley por Bothwell. Y en Timón de Atenas, en Antonio y Cleopatra, en Coriolano estaría en fin la hora amarga de la renuncia al poder político. Pero Derby murió en 1642 y Shakespeare en 1613. Desde la muerte de Shakespeare, Derby no escribe ni una línea. Tardó mucho en morir.
Calvin Hoffman, un americano, buscó otro candidato: Marlowe, el dramaturgo. Pero Marlowe falleció demasiado pronto, en un burdel, apuñalado. Entonces hay que inventar una desaparición de Marlowe, que no habría muerto, sino que aprovechándose de aquella puñalada de tahúr, se escondería en el mismo momento en que estaba acusado de blasfemia, de ultrajes a la reina, de satanismo, de depravación. La falsa muerte le permite viajar: Francia, Italia, quizá España. Shakespeare, en Londres, mientras, firma sus obras.
Ingeniosas, complejas, todas estas tesis fueron poco a poco reducidas a polvo. Y entonces llega una nueva, pues hay que privar a cualquier precio a Shakespeare de la paternidad de sus obras. Se inventa una especie de sindicato. Grandes señores, ilustres eruditos, se habrían unido para escribirlas. Shakespeare presta solo el nombre. Verbigracia, Tito Andrónico sería escrito por Marlowe, Kydd y Greene; Trabajos de amor perdidos, por Oxford y Derby; Julio César por Ben Johnson, Marlowe y Beaumont; Troilo y Cresida, por Chapman y Greene… Si ahora Shakespeare viera y escuchara, ¿no le asomaría a los labios una sonrisa? ¿No es este el colmo del cambio, del “travestí”, de la variedad infinita de la persona que él amaba tanto?

El espejo del mundo

Otra cuestión tiene quizá más interés y está relacionada con la anterior. Muchos críticos coinciden en que para escribir las obras de Shakespeare era necesario ser muy culto e instruido. Ahora bien, Shakespeare no era instruido ni culto, luego no escribió sus obras. Pero como dice Jean Paris, el silogismo vale para otros dominios, y no será muy fácil admitir que un arribista como Bacon pueda llegar a la renuncia sublime de La tempestad, o que casi un príncipe como Derby rebaje su estilo ampuloso a las charlatanerías de un Falstaff. No. Todas estas teorías cometen el mismo pecado: confundir el bagaje libresco con esa cultura viva de la que hablaba Goethe y que Hamlet definirá como una conciencia abierta y maravillada. ¿Sabía francés? Muy poquito, pese a la escena entre Catalina y Alicia en el Enrique V. Hugh Trevor-Roper alabó su conocimiento de Venecia en el Mercader. Bien mirado, todo se reduce a la evocación del Canal y de Rialto, a usar las palabras ‘ducal’ y ‘góndola’… ¿Pero, todas estas nuevas no puede tenerlas de los cien venecianos que por entonces había en Londres? Un magistrado inglés, Spencer, loó los conocimientos jurídicos de Shakespeare, puestos de manifiesto en el proceso de Shyllock y en el divorcio de Leontes. Otro dijo que Shakespeare debería saber tocar varios instrumentos para poder emocionarse como Lorenzo por la música a la luz de luna. Ya se sabe que Shakespeare está lleno de errores históricos, geográficos. Eran cosas que había oído y que no le interesaban, en el fondo. Era decorado. Volvemos a la afirmación de Curtis de que la imagen shakespeariana del mundo real es la de un primitivo. Los anacronismos abundan, y la perspectiva está tan ausente como en los cuadros del Quattrocento. Ciertamente Coriolano está vestido de toga, y pronuncia sus discursos en el Foro o en el Capitolio, porque es en Plutarco donde Shakespeare lo leyó; pero Plutarco no describió la arquitectura de las casas romanas, ni la apariencia de las calles de Roma, y Shakespeare no buscó en otra parte información precisa, que no le interesaba, o no le parecía indispensable. Podrían multiplicarse los ejemplos, y mostrar, comparando entre ellos diversos fragmentos, que el lenguaje del amor, del odio, de la cólera, de la ironía según los países donde la acción se desarrolla, ni según la nacionalidad de los personajes, recibe ninguna colaboración particular de las circunstancias de tiempo o lugar. El mundo real que describen las obras shakespearianas puede situarse indiferentemente en Padua, en Venecia, en Roma, en Navarra o Sicilia, en Windsor, Londres o Elsinor. No es específicamente italiano, francés o danés. Es inglés, pero por encima de todo es shakespeariano. Las Ardenas se truecan en el extenso y tupido bosque de Arden, como en A vuestro gusto. En otros términos, es un mundo poético, y en último análisis, es un estilo.
¿Fue Shakespeare a Dinamarca? ¿Por qué no? Pero entonces habría que sorprenderse de que haya hablado en Hamlet de “elevadas colinas” junto a Elsinor, o “de una pequeña montaña que avanza por la orilla hasta el mar”. La orilla de Elsinor es llana. No es un fiordo. Ni una gallega ría. Es una cosa rectilínea. Y no vale deducir de esto que Shakespeare no visitó Elsinor, sino que si lo visitó, cuando escribió su tragedia no se preocupó para nada de la exactitud geográfica. ¿Qué valor de prueba hay que dar, entonces, a los diversos detalles en los que se funda la hipótesis de un Shakespeare tan viajero?
Ciertos errores manifiestos han sido interpretados por los especialistas como si fueran errores nuestros, no los de Shakespeare. En Bien está lo que bien acaba, un personaje para ir de Francia a Santiago el Mayor pasa por Florencia. Los eruditos explican que había en Florencia un santuario dedicado a Santiago el Mayor, y que Shakespeare no lo confundió con Santiago de Compostela. Pero, ¿por qué Shakespeare mandaría a un personaje a visitar un desconocido santuario toscano, cuando las peregrinaciones a Compostela eran célebres en Inglaterra, aun en su tiempo? En Los dos hidalgos de Verona, se embarca en Verona para ir a Milán; hay que vigilar y no perder la marea, “lose the tide”. Se nos dice que “tide” aquí no significa marea, sino las crecidas súbitas del Adigio. Por muchas crecidas que haya, por el Adigio no se puede ir a Milán. En La comedia de los errores, Padua está en Lombardía, Bohemia tiene mar y Delfos es una isla rusa. Héctor cita a Aristóteles en la guerra de Troya. Ulises, al terminar un discurso, dice: ¡Amén! Cleopatra usa corsé y su criada habla de san Mateo. Los efesios hablan de América. Coriolano cita a Galieno, que nacerá seis siglos más tarde, el rey Johán amenaza Angers con cañones en el 1214, Enrique V bebe vino de Canarias cincuenta años antes del descubrimiento de las islas, quiere echar a los turcos de Constantinopla, donde no entrarán hasta treinta y un años después de su muerte…
Shakespeare solamente se preocupa de dar forma a los conocimientos más dudosos. Compra en casa de los Field el almanaque del año, y allí tiene a Titania, y a Puck, el más grande de los espíritus, a Ariel y las brujas. Para los calderos de estas tiene los mejunjes, las hierbas, en la farmacopea de Medea, en la versión de las Metamorfosis ovidianas de Goldwin, donde también aprende aquello del misterioso vapor que cuelga de los cuernos de la luna. No tiene ninguna necesidad de ir a Italia. Le basta con ir a la taberna de la Sirena o de la Mitra, para oír a un marinero cualquiera de la Hansa o a un genovés o veneciano, que cuentan y cuentan. Los libros que leyó se saben: Belleforest, las Vidas paralelas traducidas por North y de las que copió, poemizadas, páginas enteras. Parece que en la escuela había leído los primeros libros de la Eneida y la Guerra de las Galias. Pero cualquier noticia, cualquier memoria, desata en él la luz. Un autor se acuerda de todo, en el momento en que le conviene acordarse. La obra de Shakespeare no se presenta como la de un hombre que haya recorrido el mundo, por los caminos y por los libros, y que se acordara de haberlo recorrido, sino como la de un hombre que inventó el mundo, o por lo menos un mundo.
Los partidarios de la tesis anti-stratfordiana no se cansan de repetir que un simple comediante, salido de la pequeña burguesía provincial, poco instruido, no podía tener conocimientos tan vastos y diversos. Es desconocer los prodigios de memoria y las facultades de asimilación del genio. La cultura de Shakespeare, se ha dicho, es la del autodidacta inspirado. La única evidencia interna, insistirá Curtis, de la obra shakespeariana es que esta obra fue concebida y existe en términos puramente teatrales. Ella es visión y forma, y accesoriamente testimonio. Shakespeare no conoció del mundo exterior más que Stratford, Londres y la campiña inglesa. “Su escena es el Universo, afirmará Curtis, no porque él lo haya recorrido, sino porque lo lleva en él”.
Es pues un mundo el que nos ocupa, un mundo que guarda aún para nosotros toda su riqueza y todos sus secretos. Y sin embargo sugerirá a Gabriel Marcel, el lector de Shakespeare, sobre todo cuando trata de obras tales como Hamlet, El rey Lear o La tempestad, que no puede dejar de pensar que el poeta llegó a un conocimiento de la condición humana que, por la amplitud y la fuerza de penetración, sobrepasa, quizá, o al menos iguala, las cimas a que llegaron los filósofos. “La cuestión del hombre, dice Paul Reyher en el Ensayo sobre las ideas en la obra de Shakespeare, no parece verdaderamente plantearse para el poeta más que en el Hamlet”. Para Marcel estamos por primera vez en esta tragedia en presencia de una vista de conjunto de la condición humana, y el filósofo francés quiere conceder mucha importancia al pasaje famoso en el acto II, escena 2, e incluso para lo que se refiere a la actitud religiosa del dramaturgo:
“¡Qué obra magistral el hombre! ¡Cómo es noble en la razón, infinito en sus facultades, sus movimientos su rostro, cómo es resuelto en los actos, angélico en el pensamiento, cómo parece un Dios! ¡La maravilla del universo, el parangón de todo lo que vive! Y sin embargo, ¿qué vale a mis ojos esta quintaesencia del polvo? El hombre no tiene encanto para mí, no, y la mujer no más, aunque tu sonrisa quiera indicar lo contrario”.

(…)

Final

Falleció el día aniversario de su nacimiento, el 23 de abril de 1616. Como Casio, en Julio César (V, 3). Y quizá tres versos suyos brillaron un breve instante en el fondo de su memoria: “En este día alenté por vez primera. La rueda del tiempo hizo su viaje. Donde comencé, voy a terminar”. ¡Cuántas veces el moribundo no habría cantado a la muerte y la resurrección! Pero eran otros los que morían y resucitaban, esos a los que él prestaba las palabras en la escena y daba una cara nueva, espejo de un alma. ¿No tienta una antología, un manojo de frases? “Morir, dormir.”, “Estamos hechos con la misma tela que los sueños y nuestra corta vida termina en un sueño.”, “¡Oh, encantadora, adorable muerte, fetidez embalsamada, sana podredumbre! Yérguete del lecho de la noche eterna, tú que golpeas toda posteridad de odio y de terror, y yo besaré tus huesos asquerosos, encajaré las niñas de mis ojos en tus órbitas vacías, anillaré mis dedos con tus gusanos familiares, llenaré mi garganta con tu ceniza apestosa, para ser como tú una innoble carroña…”. Pero es, quizá, en Medida por medida donde está la más shakespeariana de todas las consideraciones humanas ante la hora postrera: “Sí, pero morir, ir no se sabe dónde, yacer helado en lo inmutable, y pudrirse. Este cuerpo sensible y caliente y movedizo, convertirse en un puñado de lodo blando. Este espíritu encantado, sumergirse en un mar de fuego, o perderse una región fría, cercada de murallas de hielo. Ser cautivo de los vientos ciegos, llevado sin tregua alrededor de este globo flotante. Ser más miserable que el más miserable de los condenados que gritan cosas inciertas y todas allá en lo oscuro… ¡Es en demasía horrible! ¡La vida terrenal más penosa, más maldita, que la edad, la enfermedad, el hambre o la prisión puedan imponer a una criatura, es un paraíso en comparación con lo que nos aterra de la muerte!”. La muerte es entonces el mal absoluto, la peor degradación que podemos sufrir. Pero también Shakespeare nos dirá que hay que desprenderse de todas las ilusiones, que hay que aceptar lúcidamente: “Consentid en la muerte, y entonces la muerte y la vida misma os serán más dulces”. No sabemos lo que nos aguarda. Todo lo que sabemos es que la envoltura mortal retornará a los elementos de los que nació, y que este reposo en el seno del Universo libra al ser la inocencia y la eternidad. Y lentamente la naturaleza la ennoblecerá con sus maravillas:

Bajo cinco brazas de agua duerme tu padre
De sus huesos nace el coral
De sus ojos nacen las perlas.
Nada en él de evanescente
Que el mar no metamorfosee
En preciosa, extraña cosa
Y las ninfas del océano
Su campana de hora en hora tocan:
Ding, dong, ding, dong, yo bien escucho…

Morir es, pues, también, entrar en la gran poesía de la tierra. “La muerte es el nido del fénix”. Un tiempo vendrá en que la poesía establezca su reinado sobre de la tierra. Un sueño, sin duda, pero del que la infancia conserva el secreto. Reencontrarlo –reencontrar esa inocencia– es reencontrar el sentido de la naturaleza, y es entrar entonces también en el mundo encantado de los elfos, de los duendes, de las ninfas, de la Reina Mab, “la paridora de las hadas”, de Oberón y de Titania. Equivale al Edén. Así, en el pensamiento y en el sueño del gran alquimista, la poesía es la piedra filosofal. Él había querido soñar siempre, William Shakespeare, porque quizá la vida soñada es mucho más larga: “yo creo ver en sueños nubes que se abren, revelando riquezas prestas a caer sobre mí, aunque al despertar yo lloro del deseo de seguir soñando todavía más”. Pero se va, cuando la rueda del tiempo dio una vuelta. De todas las mil caras, uno quiere imaginar la de Próspero, en la última hora. Quizá sus palabras finales fueron aquellas que nos acarician: “No tengáis miedo: la isla está llena de resonancias, de acentos, de suaves melodías que encantan sin herir… Si me despierto, hay voces que vuelven a adormecerme de nuevo…”


Álvaro Cunqueiro. As mil caras de Shakespeare, publicado en el nº 6 de la revista Grial, agosto de 1964, y en libro en Universo Cunqueiro, editorial Sotelo Blanco, 2005

Álvaro Cunqueiro

Los cuatro jefes de la casa de Gingiz


Adonde el viento va, va el primero,
hijo escogido y raudo en el caballo.
—Reposa, príncipe, en el suelo la cabeza
y corónate con la arena del desierto.

Y tú, segundo jefe, alza la tienda
de telas tejidas con hilos de miedo.
—La noche se queja en tu frágil sueño
como el halcón del rey en guante oscuro.

Bebía vino caliente en copa de oro el tercero
cuando una espada le hendió la garganta.
Rojo vino y roja sangre en las manos y las rosas,
y en las estrellas, a las que llamaba por su nombre.

Y el cuarto, mi amado señor, ahora fugitivo,
al que celebran con gacelas y tórtolas,
ese para el que guirnaldas de camelias
se trenzan silenciosas en las cañadas del atardecer:

Una sombra que, semejante a Orestes,
vendrá un día a la plaza, donde los que venden
espadas y coplas, potros y vasos
descubren, si él sonríe, que es amargo el dátil.

La casa de Gingiz se extinguió hace mil años.
Yacen sus cuatro reyes en un oasis
y la dulcísima agua de diez fuentes
se vierte por los caños de sus huesos.


Álvaro Cunqueiro. Os catro chefes da casa de Gingiz (books.google.es)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Os catro chefes da casa de Gingiz

Onde o vento vai, vai o primeiro,
fillo escolleito e raudo no cabalo.
―Apousa, principe, no chan a testa
e coróate coas areas do deserto.

E ti, o segundo chefe, ergue a tenda
con telas tecidas con fíos de medo.
―A noite quéixase no teu fráxil sono
coma o falcón de El Rei na luva moura.

Bebía viño quente en copa de ouro, o terceiro,
cando unha espada lle furou a gorxa.
Rubio viño e rubio sangue nas mans e nas rosas,
e nas estrelas, ás que chamaba polo seu nome.

E o cuarto, meu amado señor, agora fuxitivo,
a quen se gaba coa pomba e a gacela,
ese pra quen guirlandas de camelias
se trenzan silandeiras nos quenlles do serán:

Unha sombra que somellando a Orestes
virá un día á praza, onde os que venden
espadas e cancións, poldros e vasos,
descobren, si el sorrí, que é amargue o dátil.

A casa de Gingiz finouse hai mil anos.
Seus catro reis xacen nun oasis,
e a docísima auga das dez fontes
escurre polos canos dos seus ósos.