Carlos García Gual

Una investigación. ¿Quién mató a Layo?


Me parece que esa pregunta básica es un buen punto de partida para subrayar la originalidad de la intriga dramática en la pieza de Sófocles: hay un cadáver que reclama venganza. Un asesinato no resuelto, ya lejano en el tiempo, exige una urgente investigación criminal. Se debe reabrir el caso de Layo. Y encontrar y castigar al asesino, no ya para que el muerto repose de una vez en su tumba, sino porque los miasmas del delito infectan la ciudad. Son los dioses ahora los que, enviando la peste, avisan de esa urgencia. Y es el propio gobernante quien decide encargarse del asunto, puesto que este concierne a la ciudad. El tyrannos escucha el clamor del pueblo y toma en sus manos, decidido a llegar hasta el fondo, la investigación, la salvaguardia de la polis.

Es el principio de cualquier novela policíaca: en primer plano, un asesinato sin sentido y un criminal desconocido. Pero, como se ha dicho, la trama policíaca se sitúa aquí en un plano muy elevado, pues no se trata del cadáver de uno cualquiera, sino que el muerto era el anterior rey de la ciudad. El asesinato es antiguo, pero es ahora, en circunstancias que exigen la investigación, cuando el nuevo monarca, su sucesor, se impone la tarea de buscar y castigar por fin al matador de Layo. Y se pone a ello con un interés extraordinario: «Como si se tratara del de mi propio padre» afirma Edipo. El asunto tiene un claro matiz político, pero también se revela, en esas palabras del sabio Edipo, como un empeño muy personal, en el que los espectadores atenienses, que ya saben quién fue el asesino, y quién el padre de Edipo, captan una trágica ironía. Al dar con el culpable vengará justamente a Layo y así apaciguará la ira de los dioses, que han enviado la peste como castigo a la ciudad por su negligencia al respecto. El caso se cerró entonces, hace muchos años, sin una investigación a fondo y las noticias que trajo el único superviviente de la emboscada en que murió Layo fueron confusas. Pero la ciudad se encontraba agobiada por una feroz y angustiosa amenaza: la Esfinge destruía a sus jóvenes guerreros uno tras otro. Hasta que apareció felizmente el héroe salvador, ese extranjero, Edipo, que es quien ahora ocupa el trono y está casado con la que fue esposa del difunto Layo. Tal vez nadie echara de menos a ese rey violento.

La peste se interpretaba como un castigo divino según la antigua tradición mítica. Ya en el canto I de la Ilíada el dios Apolo, irritado, envía con sus flechas la peste mortífera que diezma a los aqueos, para castigar el ultraje de Agamenón a su sacerdote Crises, y desaparece cuando la ira del dios es aplacada y la afrenta al sacerdote reparada. Ahora los tebanos, al tiempo que entierran a sus muertos, hacen constantes sacrificios a los dioses y acuden en masa a los altares con ramos implorando su socorro. Y, de nuevo, espera la intervención salvífica de Edipo, su sabio y justo rey. Un crimen sin resolver deja en el aire una mancha, un miasma o un agos, según los términos griegos, que debe borrarse mediante el justo castigo para así purificar de nuevo a la ciudad. También aquí Apolo, el dios de la purificación, está presente con su estatua en escena.

Por otra parte, hay que reconocer que los dioses avisan tarde. El crimen sucedió hace casi veinte años, cuando Edipo aún no había llegado a Tebas. Este es un aspecto en el que, frente a la versión homérica, Sófocles innova estupendamente. La trama escénica muestra la maestría del dramaturgo en su juego con el tiempo. Desde que Layo murió han pasado muchas cosas: Edipo se ha casado con Yocasta, ha tenido cuatro hijos y ha gobernado feliz y sabio en Tebas. Ahora la peste invita a resucitar el pasado y en breves horas todo se aclarará. De la pregunta «¿Quién mató a Layo?» Edipo pasará a otra, tal vez más angustiosa: «¿Pero quién soy yo?». Y al fin él, en muy breve plazo, descubrirá simultáneamente la identidad del asesino y la suya propia. La intriga es, en efecto, complicada: no solo hay que descubrir quién es el asesino, sino a la vez quien es el detective, que resultará ser, a la vez, el juez y el verdugo del enigmático caso. No hay un ejemplo más patético de la tremenda aventura que puede ser el conocerse a sí mismo. Cumple Edipo, para su desdicha, el consejo de los sabios recogido en el atrio del santuario de Delfos: Gnothi seautón, «Conócete a ti mismo».


Carlos García Gual, Enigmático Edipo. Mito y tragedia (fragmento)

 

Carlos García Gual

De don Artús de Bretaña


Cuenta Caxton en su prólogo a Le Morte D’Arthur que hay nueve grandes héroes, los mejores de todos los tiempos, que merecen ser por siempre recordados. Tres son paganos: Héctor de Troya, Alejandro el Grande, y Julio César. Tres son judíos: Josué, David, y Judas Macabeo. Tres son cristianos: Arturo, Carlomagno, y Godofredo de Bouillon. En ese excelente prefacio a la vasta compilación de las novelas de Sir Thomas Malory –que desde su editio princeps antecede a la larga versión en prosa inglesa de las aventuras y maravillas artúricas– afirma que es el rey Arturo el primero y más valioso e importante de los tres mejores reyes de la Cristiandad, así como el más renombrado y digno de recordación, especialmente entre los ingleses, sus compatriotas.

Ese tema de los nueve paladines heroicos era, como Caxton mismo dice, un tópico bien divulgado desde mucho tiempo antes entre los doctos. La mejor ilustración plástica del mismo la constituye su representación en el grupo de esculturas de la Fuente Hermosa de Nuremberg. Construida entre 1385 y 1392, es decir, un siglo antes de la edición de Malory por Caxton (1485), este espléndido monumento del gótico tardío nos ofrece unas imágenes de los nueve héroes universales, alternando con las figuras de los siete príncipes alemanes, y los profetas y los evangelistas, como un testimonio brillante de su gloria y ejemplaridad. En la amplia plaza del mercado de esta antigua e imperial ciudad alemana puede verse aún la estatua del buen rey Arturo, espejo de príncipes cristianos. Con su barba recortada y bífida, con su noble y ensimismada expresión, esta imagen de Arturo es una de las más atractivas del fabuloso y trágico monarca de Bretaña, estilizada a la moda del otoño medieval.

La más antigua representación de Arturo se encuentra en una famosa arquivolta de la «Porta della Pescheria» en la Catedral de Módena, en el norte de Italia. En el espacio semicircular de la arquivolta se halla representada una escena que podría estar sacada de cualquier relato artúrico, porque evoca un episodio épico: seis caballeros –tres a cada lado– asedian un castillo defendido por tres guerreros que tienen prisionera a una dama. Los personajes tienen grabados sus nombres al lado y así se les identifica bien. La dama es Winlogee (una forma del nombre bretón de Ginebra); los defensores del castillo, Burmaltus, Carrado y Marrok (Durmart, Caradoc, y Mardoc); los atacantes, Artus de Bretania, Isdernus, Galvaginus, Galvariun, Che, y otro más sin nombre. Junto a Arturo están ya algunos de sus más famosos camaradas de aventuras: Ider, Galván, Ganelón y Cay. La escena grabada alude a un episodio que podemos interpretar fácilmente: los caballeros acaudillados por Artur acuden a rescatar a la reina, raptada por el felón señor del castillo. Pero esta escena esculpida, con los nombres latinos de sus figurantes, tiene un especial interés por su fecha temprana: entre 1100 y 1120, unos cincuenta años antes que la primera novela artúrica que hayamos conservado. Seguramente fue un conteor bretón que viajaba con la tropa del Duque de Normandía en la Primera Cruzada el que aportó su relato para que un cantero italiano lo recordara en la piedra de la Catedral, donde quedó como muestra perenne de la temprana difusión de la «materia de Bretaña».

Contrastemos por un momento las dos imágenes: la del Arturo de este relieve románico y la de Arturo como el mejor rey de la Cristiandad –codeándose con Carlomagno y con el conquistador de Jerusalén–, imágenes que distan largo trecho en el tiempo y su recepción histórica. Entre la una y la otra discurre el caudaloso río de las leyendas artúricas, una fabulosa literatura de ficción que ha convertido su figura en el centro de un universo mítico de universal resonancia, de extraña y perdurable fascinación.

Por obra y gracia de esa literatura Arturo de Bretaña se aparece como el más prestigioso monarca medieval, rodeado de una fastuosa corte de caballeros, los paladines de la Tabla Redonda, los defensores del orden y la cortesía en un mundo enigmático, en los limites de la realidad y la magia. (…) El espejismo del mundo artúrico encandiló a una gran parte de la Europa medieval, porque el mítico Arturo es mucho más que un héroe nacional británico. Muchos contribuyeron a la difusión de las leyendas de Arturo y con muchas hebras se tejió la trama de su historia novelesca. Los conteors bretones difundieron y tradujeron los episodios fantásticos, los «cuentos de aventuras» en los que se expresaba la fantasía y la degradada mitología céltica, una literatura épica oral de extrañas y antiguas raíces. Los novelistas franceses recogieron esas narraciones y las pusieron en verso y las escribieron en la pauta cortés y romántica de la época. La propaganda con la que los reyes normandos de Inglaterra, los Plantagenet establecidos tras la conquista a mediados del siglo XI, quisieron glorificar su pasado para competir en prestigio con otros soberanos europeos, apoyó decididamente la entronización de Arturo como el magnífico rey de un tiempo pasado de perdurable esplendor. Algunos grandes poetas alemanes tradujeron y reinterpretaron, ahondando en sus simbolismos, los relatos de los novelistas franceses. También se tradujeron pronto al galés esos textos novelescos, cruzándose con ecos de otros relatos perdidos, con remotos cuentos familiares de Irlanda y Gales. De los juglares las historias pasaron a los novelistas cortesanos, y luego algunos sagaces clérigos retocaron las novelas para infundirles un sentido más espiritual y trascendente.

Como vehículo de la ideología de los caballeros –una clase social amenazada por el decurso histórico– la literatura artúrica estilizó su moral e idealizó una visión romántica de la sociedad caballeresca y cortés. Construyó un brillante mundo de ficción, que fue acogido con un sorprendente éxito en toda la Europa medieval y perduró como un mágico y misterioso ámbito romántico durante siglos.


Carlos García Gual. Historia del Rey Arturo y de los nobles y errantes caballeros de la Tabla Redonda, capítulo primero, ‘La invención de Arturo, fabuloso monarca’, fragmento (Alianza Editorial 1983)