Herberto Helder en carta al “JL”

“Agradezco a mí mismo no ser un cadáver…”


 

A propósito (y no solo…) de los textos dedicados a Herberto Helder y a sus 25 años de poesía que publicamos en nuestra última edición, el autor de La cuchara en la boca ha enviado al director del “JL”, para su publicación, el siguiente breve texto:

«Me han dicho que es difícil ser ingrato con quien muestra tenernos aprecio. A mí no me cuesta nada. Hubo un homenaje en Oporto en mi honor, en el cual no fui sentido ni hallado. No lo agradezco. Aparecieron artículos, noticias, dibujos de caras. No lo agradezco. Solo agradezco que me dejen en paz. Y le agradezco a Ud. que publique estas líneas, pocas, que no son para agradecer. Agradezco además a mí mismo no ser un cadáver, y eso, que es todo, no se lo agradezco a nadie más».

Jornal de letras, artes e ideias, nº 54, 15-28 de mazo de 1983

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Herberto Helder

Elegía múltiple


.
I

¿Cómo se podría deshacer en mí tu noble cabeza, esa
torre deslumbrada por el mudo calor de los días, por el
brillante hielo nocturno? Es por la cabeza
por donde los muertos maravillosamente pesan
en nuestro corazón. Esas flores intangibles a las cuales
tenemos miedo de sonreír, las armas
labradas, las liras que estremecen y cuelgan
sobre los ríos agitados de las cosas. Solo el amor las abre
y ve su confusa y grave geografía, las fuentes
libres de las que los pensamientos crecen
como el follaje iluminado de las antiguas edades
de oro.

Yo mismo levanto mi exigua cabeza de vivo,
intento situarme en un punto irradiante
de la Tierra, mirar al frente
con toda la inspiración de mi pasado, y estar
a la altura de los muertos, en la zona
espléndida y vasta
de su nobleza —recibir esa especie de fuerza
indestructible
que envuelve la cabeza ensamblada sobre los días y días,
de la que las rosas beben el gesto aéreo y la boca
la delicadeza misteriosa—.
Hay árboles que cercan a los animales soñadores, el gran
arco de las eras con los rápidos fuegos
atrapados como campanillas, y la fija voluntad
del hombre ardiendo y helándose
en el tiempo. En la orilla de los ríos se canta o se deja
que las manos corran, deslumbradas
por su gran luz
en el agua. Hay un nombre suspendido
sobre las estaciones del año. Esa cabeza
de los muertos —tu cabeza antigua como el verdín
en las piedras o el movimiento
de las corolas frías,
esa cabeza ostentosa rodeada de delgadas
víboras—
sube desde mi corazón hasta que mi cabeza
sea la posesiva y dulce cabeza
de los muertos.

II

Sobre mi corazón aún vibran sus pies: la alta
hermosura del oro. Y si despierto y me agito,
mi mano entreabre el sutil arbusto
de fuego —y yo estoy inmensamente vivo—.
Si con la nieve y el mosto le di al tiempo
la medida secreta, en mi vida tumultúan
los rostros más antiguos. No sé
qué es la muerte. Llenaba con mi deseo
el vestíbulo de la primavera, yo mismo me convertía
en un árbol abismado y cantor. Y la belleza es una llama
solitaria, un dardo que atraviesa
el sueño doloroso. Nada sé de los muertos.
Han dejado en mí sus pies sombríos, un súbito
fulgor de ausencia. —De mí, vivo y jadeante,
sé una flor de coral: delicada, roja—.

¿Por qué mueren así en el interior del vino cuando
se extasían y cantan? ¿Por qué se oscurecen los hombros
donde las vides se derramaban y subían las escaleras?
Uno a uno van naciendo mis pensamientos
nocturnos, y digo: ¿por qué mueren
los que tenían la carne con su peso y milagro y sonreían
sobre la mesa
como seres inmortales?

Y es ahora mi vida la que se cierra asombrada.
La vida honda y salvaje. Porque un día,
como se apaga la llamarada de un racimo,
el brillo se apagará donde estaba mi letra.
Bailaré una sola vez alrededor de la copa,
celebrando la última estación. Hoy
nada sé. Corren en mí los muertos, como agua
—con el murmullo helado de su incalculable ausencia—.

Y digo: ¿no refulgía la carne cuando
la primavera inclinaba la cabeza sobre su confusión?
¿No dormían junto al mosto con lirios en el pensamiento?
Helos en mí, los muertos largos, y digo: ¿si había
tanto oro dentro y fuera de ellos, por qué
se han extinguido?
Nada sé de los muertos.
Algún día he de ser como espuma absorta en torno
a un corazón, y de él se alzará una ola de púrpura,
un amor terrible.

—Porque era de oro macizo, y resonaba.

III

Había un hombre que corría por el rocío adentro.
El rocío de la madrugada.
Corría de noche, como en medio de la alegría,
por el rocío quieto de la noche.
Fulguraba en el rocío. Llevaba una flecha
por el rocío adentro, como si estuviera siendo cazado
alocadamente
por un cazador de quien nada se sabía.
Y era por el rocío adentro.
Brillaba.

No había animal que en su pelaje brillara
así en la muerte,
golpeando la hierba extasiada por una muerte
tan bella.
Porque la hierba tiene párpados abiertos
sobre estas imágenes tremendamente puras.

Por el rocío adentro.
De día. De noche.
Su cara golpeaba las candelas.
Golpeaba las cosas comunes de la mañana.
Había un hombre que era admirablemente perseguido.
Tomaba alegría en el pensamiento
del rocío. Corría.

He oído decir que los muertos respiran con luces transformadas.
Que tienen ojos ciegos como la sangre.
Este corría, asombrado.
Los muertos deben ser puros.
He oído decir que respiran.
Corren por el rocío adentro, y después
se extienden. Ayudan a los vivos.
Son dulces equivalencias, luces, ideas puras.

Veo que la muerte es como romper una palabra y pasar
—la muerte es pasar, como rompiendo una palabra,
a través de la puerta
hacia una nueva palabra—. Y veo
el mismo ritmo general. Como muerte y resurrección
a través de las puertas de otros cuerpos.
Como una cualidad ardiente de una cosa hacia
otra cosa, como los dedos transmiten fuego
a la creación entera, y el pensamiento
cesa y se oscurece
—como en medio del rocío el amor es total—.

Había un hombre que quedó tendido
con una flecha en la fantasía.
Su agua era antigua. Estaba
tan muerto que únicamente vivía.
Dentro de él golpeaban las puertas, y él corría
por las puertas adentro, de día, de noche.
Pasaba a todos los cuerpos.
Como de alegría, golpeaba los ojos de la hierba
que fija estas cosas puras.
Renacía.

IV

La cuchara de pronto cae en el silencio de la lengua.
Me detengo con la helada imagen del tiempo en los sentidos
puros. Y sé que no es una flor abierta
ni la noche cercada de aguas extremas.
Me detengo por esta monstruosa
e ingenua fuerza de la muerte.
—La cuchara envuelta por el silencio extenuante
de mi boca, de mi vida—.

¿Qué hago? Sé bien cómo se alimenta un hombre,
y tímido y astuto
alimenta su irónica inspiración solar
—la inocente astronomía
de huesos y estrellas, venas y flores
y órganos genitales—
para que todo se construya dulcemente,
con las mujeres sentadas en sus vestidos cuajados,
sonriendo fijamente como los niños en la lírica
y tenebrosa densidad de la carne.

La cuchara llena de comida. Era un juego vivo,
apacible, ponderado —una
belleza evocadora y confusa—.
Ved: soy un hombre que instante a instante
ganaba un sabor de perenne
sentido, una duración de sombra extasiada,
laboriosa, inclinada en el grave centro
de la primavera —la sombra
de mis manos—.

La cuchara subía como un instrumento de creación,
firme subía en los dedos
como invocando, uniendo los fragmentos
del espíritu,
la mímica en la sugerida integridad
de la persona
colocada en la dulce integridad del tiempo.
Pero me detengo. Cae en el silencio de la lengua
la cuchara que era —¿quién sabe?— música,
intimidad, señal fortuita
de una esencia, un genio interior.

El puro roer lentamente roerá
la cuchara en la mano y la boca en la cuchara,
y en la sangre inmóvil el pudor de la imagen donde
se coagulaba la leve espesura de las casas. Esas que ardían
en la asimetría festiva y sagaz de las invenciones.
_____________________________________________________—Cae
en el silencio de la lengua la cuchara tan brusca.

V

No puedo oír cantar tan fríamente. Cantan
sobre mi vida.
Han traído la taciturna pureza de las grandes noches
del mundo.
Del antiguo elemento del silencio ha subido esa canción
devastadora. Oh feroz mundo puro,
oh vida incomparable. Cantan, cantan.
Abro los ojos bajo las aguas silenciosas
y veo que mi recuerdo es más remoto
que todo. Cantan fríamente.
No puedo oír cantar.

Si dijeran: Tu vida es un rosal. Mira
como bebe en lo anónimo de la estación.
La sangre resbala sobre ti cuando es tiempo de rosas.
Escucha: ¿No te maravilla
la sutileza de las espinas y las hojas diminutas?
—Si dijeran algo, yo me haría rico
de un nombre extremo—.
Que no canten, no florezcan.
No puedo sentir llenarse así la vida
como una canción fría y un rosal
tan propagado en mí.

Puede ser que resultara ilesa esta época del año,
y mi existencia de repente se colmase
de todo ese fervor.
Veo mi ardiente agudeza escurrirse hasta la maduración
confluente
de un minuto de verano. —¿Estaría yo
listo para la muerte?—
No, que no canten ese recuerdo de todo.
Ni rosal en la sangrienta delicadeza
de la carne, ni el verano con sus
símbolos de feroz plenitud.

Me gustaría pensar cada uno de mis dedos,
esta cítara descendida dentro de la obra.
Toda la tristeza como una vida admirable
llenando la eternidad.
Las frías canciones me despueblan, y los rosales
hacen que se enemisten las rosas
retiradas. Escucha: En la tristeza del estío enorme
se me desmorona la sangre una.
Yo mismo podría cantar un nombre masculino,
mi vida entera
tan fuerte e impura, tan saturada por el cálido silencio
de lo que no se sabe.

No se canta y florece. Nadie
madura en la mitad de su vida.
Se toca lentamente una parte suspendida del cuerpo
y la alta tristeza purifica los dedos.
Porque un hombre no es una canción fría ni
un rosal. No
es como un fruto entre hojas inspiradoras.
Un hombre vive una profunda eternidad que se cierra
sobre él, pero donde el cuerpo
arde más allá de cualquier símbolo, sin alma y puro
como un sacrificio antiguo.

—Por encima de frías canciones y rosales aterradores,
mi carne trabada nutre el silencio maravilloso
de una gran vida—.
Puede ser que todo esté bien en lo plural
de un mundo intenso. Pero
el amor es otro poder, la carne
vive de su absorta permanencia. Esta vida
de la que hablo
no se escurre, no alimenta los superlativos
cotidianos. Es única
y perenne sobre la escondida fluidez
de los movimientos.

______________________ —Un rosal, en verdad
incomparable, lo cubre todo con su distracción roja—.
Por detrás de la noche de colgantes
rosas, la carne es triste y perfecta
como un libro.

VI

Son claros los niños como candelas sin viento,
su corazón quiebra el mundo ciegamente.
Y yo voy sorprendiéndolos, embebido en mi poema,
por el terror de los días, cuando en su alma
los parques son más grandes y las aguas turbias se detienen
junto a la eternidad.
Las criaturas crean. Son esos los espacios
en donde nacen sus árboles.

Mientras las campanillas se purifican en la cima del fuego,
los niños se desmenuzan.
Su sangre evoca
la tristeza, tristeza, la tristeza
primordial.
—Enloquecen deprisa caídos en el milagro. Entran
en los siglos
entre cardúmenes fríos, con el cuerpo ensartado en las luces
y la mirada infinita de quien no posee alma.

Su grito se remonta al verano. Los inspira
la velocidad de la Tierra.
Los niños enloquecen en cosas de poesía.
Escuchad un momento como se quedan atrapados
en lo alto de ese grito, como la eternidad los acoge
mientras gritan y gritan.
—Les es dado el breve tiempo de un sueño
del que salen
asombrados y altos—. Todo en ellos se alimenta.
De allí la vida de un poema sale
por un lado apasionadamente; por el otro,
purificación.
En ellos se celebra la inmensidad
de los meses, la melancolía, la silenciosa
pureza del mundo.

¿Quién podrá pensar en los niños sin tener
espinas en las voces desiertas
hasta el fondo? Es mirándose en los espejos,
en la continuidad de la noche,
cuando las criaturas aparecen con el horror
de su candidez, los niños fundamentales, los grandes
niños vigilantes
—cantando, pensando, durmiendo alocadamente—.

No hay naranjas ni brasas o cuchillos iluminados
que la venganza no aparte.
Los niños invasores recorren
los nombres —llenan de una fría
locura inteligente
las raíces y las hojas de la garganta—.
Aprendemos con ellos los pasillos del aire,
la iluminación, el misterio
de la carne. Se van después, sangrientos,
innominables. Se van por la noche
noche —extremos y únicos—.
Y nada más somos que el Poema en el que los niños
se distancian alocadamente.
______________________________ Alocadamente.

VII

Los hombros se me estremecen con la inesperada ola
de mis veintinueve años. Debo despedirme de ti:
mañana moriré.
Tal vez empiece a morir en tu mano derecha,
altanera y caliente en mi mano
sofocada. Ahora mismo en Europa
comienza la paulatina iluminación de la retama. Es mi vida
recorrida por un alcohol penetrante, es la inmediata
atención al misterioso trabajo de la edad.

Veintinueve años ahora, en Europa, sobre los canales
sombríos de la carne, sobre un vasto secreto.
¿Será tan solo esto, un punto móvil
de la eternidad —esto—, el sofocamiento veloz y profundo
de la vida entera en mi garganta? ¿Y después
el encendido de las luces, Bruselas como una sala
de antorchas y en lo alto las almenas
nubladas de los astros? Debo mirar con una gran
memoria aquello que termina en la violencia triste
del poema.

Estamos en las habitaciones, hay flores en las mesas.
De Babilonia parten ríos. Detrás de las cortinas
me despido. Mañana voy a morir. Tengo
veintinueve bocas urdiendo
la falsa dulzura de la confusión. Los países construyen
la torre sombría del amor. Dame tu mano
pensativa y antigua, deja que aún se queme por un instante
la locura masculina
de mi vida. Piensa un poco en la belleza
ignota de las cosas: peces, flores, el sueño terrible
de las personas o su respiración
que arde y brilla y se apaga en la superficie
de las lágrimas ocultas. Piensa un poco en la sonrisa
rapidísima
que nunca desaparece del silencio, en la candela
que cubre con agujas de oro los escombros
de los lirios Y por encima de todo extiende
tu pequeña mano eterna. Cae
tú misma en la tiniebla caliente de mi
ciega mano masculina de
veintinueve
años. Tengo veintinueve años o una ola
inesperada que estremece mi carne o mi garganta
llena de sangre actual —mañana moriré—.

Una vez vi a alguien tomar en las manos, entre veloces
pavesas, piedras que parecían
inmortales. Eran casas que se levantaban
sobre mi corazón. Vi que cogían
animales heridos, flores inmaturas, objetos
pequeños, imágenes instantáneas y perdidas. Hacían
alguna cosa eterna. Era gente
de veintinueve años que se despedía dolorosa
pormenorizada
violentamente de una parte de su carne, la parte
más iluminada de su
carne de veintinueve años. Mañana
moriré.
.


Herberto Helder. Elegia múltipla
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Elegia múltipla

I
Como se poderia desfazer em mim tua nobre cabeça, essa
torre deslumbrada pelo mudo calor dos dias, pelo
brilhante gelo nocturno? É pela cabeça
que os mortos maravilhosamente pesam
no nosso coração. Essas flores intangíveis para as quais
temos medo de sorrir, as armas
lavradas, as liras que estremecem e pendem
sobre os rios agitados das coisas. Só o amor as abre
e vê sua confusa e grave geografia, as fontes
livres de onde os pensamentos crescem
como a folhagem iluminada das antigas idades
do ouro.

Eu próprio levanto minha exígua cabeça de vivo,
procuro colocar-me num ponto irradiante
da terra, olhar de frente
com toda a inspiração do meu passado, e estar
à altura dos mortos, na zona
esplêndida e vasta
da sua nobreza — receber essa espécie de força
indestrutível
que envolve a cabeça montada sobre os dias e dias,
de que as rosas bebem o jeito aéreo e a boca
a delicadeza misteriosa.
Existem árvores cercando os animais sonhadores, o grande
arco das eras com os fogos rápidos
presos como campânulas, e a fixa vontade
do homem ardendo e gelando
no tempo. À beira dos rios canta-se ou deixa-se
que as mãos corram, deslumbradas
da sua grande luz
nas águas. Existe um nome suspenso
sobre as estações do ano. Essa cabeça
dos mortos — a tua cabeça antiga como o verde
nas pedras ou o movimento
das corolas frias,
essa cabeça sumptuosa rodeada de estreitas
víboras —
sobe do meu coração até que a minha cabeça
seja a possessiva, doce cabeça
dos mortos.

II
Sobre o meu coração ainda vibram seus pés: a alta
formosura do ouro. E se acordo e me agito,
minha mão entreabre o subtil arbusto
de fogo — e eu estou imensamente vivo.
Se com a neve e o mosto dei ao tempo
a medida secreta, na minha vida tumultuam
os rostos mais antigos. Não sei
o que é a morte. Enchia com meu desejo
o vestíbulo da primavera, eu próprio me tornava uma árvore
abismada e cantante. E a beleza é uma chama
solitária, um dardo que atravessa
o sono doloroso. Nada sei dos mortos.
Deixaram em mim os pés sombrios, um súbito
fulgor de ausência. — De mim, vivo e ofegante,
sei uma flor de coral: delicada, vermelha.

Porque morrem assim no interior do vinho quando
se extasiam e cantam? Porque escurecem os ombros onde
as videiras se derramavam e subiam as escadas?
Um a um vão nascendo meus pensamentos
nocturnos, e eu digo: porque morrem
os que tinham a carne com seu peso e milagre e sorriam
sobre a mesa
como seres imortais?

E agora é a minha vida que assombrada se fecha.
A vida funda e selvagem. Porque um dia,
como se apaga a labareda de um cacho,
o brilho se apagará onde estava a minha letra.
Dançarei uma só vez em redor da taça,
festejando a última estação. Hoje
nada sei. Correm em mim os mortos, como água —
com o murmúrio gelado da sua incalculável ausência.

E digo: não refulgia a carne quando
a primavera inclinava a cabeça sobre a sua confusão?
Não dormiam junto ao mosto com lírios no pensamento?
Ei-los em mim, os mortos longos, e digo: se havia
tanto ouro dentro e fora deles, porque
se extinguiram?
Nada sei dos mortos.
Um dia hei-de ser como espuma absorta em volta
de um coração, e dele se erguerá uma onda de púrpura,
um amor terrível.

— Porque era de ouro firme, e ressoava.

III
Havia um homem que corria pelo orvalho dentro.
O orvalho da muita manhã.
Corria de noite, como no meio da alegria,
pelo orvalho parado da noite.
Luzia no orvalho. Levava uma flecha
pelo orvalho dentro, como se estivesse a ser caçado
loucamente
por um caçador de que nada se sabia.
E era pelo orvalho dentro.
Brilhava.

Não havia animal que no seu pêlo brilhasse
assim na morte,
batendo nas ervas extasiadas por uma morte
tão bela.
Porque as ervas têm pálpebras abertas
sobre estas imagens tremendamente puras.

Pelo orvalho dentro.
De dia. De noite.
A sua cara batia nas candeias.
Batia nas coisas gerais da manhã.
Havia um homem que ia admiravelmente perseguido.
Tomava alegria no pensamento
do orvalho. Corria.

Ouvi dizer que os mortos respiram com luzes transformadas.
Que têm os olhos cegos como sangue.
Este corria, assombrado.
Os mortos devem ser puros.
Ouvi dizer que respiram.
Correm pelo orvalho dentro, e depois
estendem-se. Ajudam os vivos.
São doces equivalências, luzes, ideias puras.
Vejo que a morte é como romper uma palavra e pasar

— a morte ê passar, como rompendo uma palavra,
através da porta,
para uma nova palavra. E vejo
o mesmo ritmo geral. Como morte e ressurreição
através das portas de outros corpos.
Como uma qualidade ardente de uma coisa para
outra coisa, como os dedos passam fogo
à criação inteira, e o pensamento
pára e escurece

— como no meio do orvalho o amor é total.
Havia um homem que ficou deitado
com uma flecha na fantasia.
A sua água era antiga. Estava
tão morto que vivia unicamente.
Dentro dele batiam as portas, e ele corria
pelas portas dentro, de dia, de noite.
Passava para todos os corpos.
Como em alegria, batia nos olhos das ervas
que fixam estas coisas puras.
Renascia.

IV
A colher de súbito cai no silêncio da língua.
Paro com a gelada imagem do tempo nos sentidos
puros. E sei que não é uma flor aberta
ou a noite cercada de águas extremas.
Paro por esta monstruosa,
ingénua força da morte.
— A colher envolvida pelo silêncio extenuante
da minha boca, da minha vida.

Que faço? Bem sei como se alimenta um homem,
e tímido e arguto
alimenta a sua irónica inspiração solar,
a inocente astronomia
de ossos e estrelas, veias e flores
e órgãos genitais —
para que tudo se construa docemente,
com as mulheres sentadas nos seus vestidos coalhados,
sorrindo fixamente como as crianças na lírica,
tenebrosa densidade da carne.

A colher cheia de alimento. Era um jogo vivo,
manso, ponderado — uma
beleza evocativa e confusa.
Eis: sou um homem que instante a instante
ganhava um sabor de perene
sentido, uma duração de sombra extasiada,
laboriosa, inclinada no grave centro
da primavera — a sombra
das minhas mãos.

A colher subia como um instrumento da criação,
firme subia nos dedos
como que invocando, unindo os fragmentos
do espírito,
a mímica na sugerida integridade
da pessoa
colocada na doce integridade do tempo.
Mas paro. Cai no silêncio da língua
a colher que era — quem sabe? — música,
intimidade, sinal fortuito
de uma essência, um génio interior.

O puro roer devagar roerá
a colher na mão e a boca na colher,
e no sangue imóvel o pudor da imagem onde
coagulava a leve espessura das casas. Essas que ardiam
na assimetria festiva e sagaz das invenções.
— Cai
no silêncio da língua a colher tão brusca.

V
Não posso ouvir cantar tão friamente. Cantam
sobre a minha vida.
Trouxeram a taciturna pureza das grandes noites
do mundo.
Do antigo elemento do silêncio subiu essa canção
devastadora. Oh feroz mundo puro,
oh vida incomparável. Cantam, cantam.
Abro os olhos debaixo das águas silenciosas,
e vejo que a minha lembrança é mais remota
que tudo. Cantam friamente.
Não posso ouvir cantar.

Se dissessem: a tua vida é uma roseira. Vê
como bebe no anónimo da estação.
O sangue escorrega por ti quando é altura de rosas.
Ouve: não te maravilha
a subtileza de espinhos e folhas pequeníssimas?
— Se dissessem alguma coisa, eu ficaria rico
de um nome extremo.
Não cantem, não floresçam.
Não posso sentir encher-se assim a vida
como uma canção fria e uma roseira
tão espalhada em mim.

Pode ser que fosse ilesa esta época do ano,
e minha existência de repente se tomasse
por todo esse fervor.
Vejo minha ardente agudeza escoar-se até ã maturidade
confluente
de um minuto de verão. — Estaria eu
completo para a morte?
Não, não cantem essa lembrança de tudo.
Nem roseira na sangrenta delicadeza
da carne, nem o verão com seus
símbolos de feroz plenitude.

Gostaria de pensar cada um dos meus dedos,
esta cítara descida dentro da obra.
Toda a tristeza como uma vida admirável
enchendo a eternidade.
As frias canções despovoam-me, e as roseiras
tornam desavindas as rosas
recuadas. Ouve: na tristeza do estio enorme
alui-se-me o uno sangue.
Eu próprio poderia cantar um nome masculino,
a minha vida inteira
tão forte e impura, tão preenchida pelo quente silêncio
do que se não sabe.

Não se canta e floresce. Ninguém
amadurece no meio da sua vida.
Toca-se lentamente uma parte suspensa do corpo,
e a alta tristeza purifica os dedos.
Porque um homem não é uma canção fria ou
uma roseira. Não
é um fruto como entre folhas inspiradoras.
Um homem vive uma profunda eternidade que se fecha
sobre ele, mas onde o corpo
arde para além de qualquer símbolo, sem alma e puro
como um sacrifício antigo.

— Por sobre frias canções e roseiras aterradoras,
minha carne ligada nutre o silêncio maravilhoso
de uma grande vida.
Pode ser que tudo esteja bem no plural
de um mundo intenso. Mas
o amor é outro poder, a carne
vive de sua absorta permanência. Esta vida
de que falo
não se escoa, não alimenta os superlativos
diários. É única
e perene sobre a escondida fluência
dos movimentos.

— Uma roseira, mesmo
incomparável, cobre tudo com a sua distracção vermelha.
Por detrás da noite de pendidas
rosas, a carne é triste e perfeita
como um livro.

VI
São claras as crianças como candeias sem vento,
seu coração quebra o mundo cegamente.
E eu fico a surpreendê-las, embebido no meu poema,
pelo terror dos dias, quando
em sua alma os parques são maiores e as águas turvas param
junto à eternidade.
As crianças criam. São esses os espaços
onde nascem as suas árvores.

Enquanto as campânulas se purificam no cimo do fogo,
as crianças esmigalham-se.
Seu sangue evoca
a tristeza, tristeza, a tristeza
primordial.
— Enlouquecem depressa caídas no milagre. Entram
pelos séculos
entre cardumes frios, com o corpo espetado nas luzes
e o olhar infinito de quem não possui alma.

Seu grito remonta ao verão. Inspira-as
a velocidade da terra.
As crianças enlouquecem em coisas de poesia.
Escutai um instante como ficam presas
no alto desse grito, como a eternidade as acolhe
enquanto gritam e gritam.
— É-lhes dado o pequeno tempo de um sono
de onde saem
assombradas e altas. Tudo nelas se alimenta.
Dali a vida de um poema tira
por um lado apaixonadamente; por outro,
purificação.
Nelas se festeja a imensidade
dos meses, a melancolia, a silenciosa
pureza do mundo.

Quem há-de pensar para as crianças, sem ter
espinhos nas vozes desertas
até ao fundo? É vendo-se aos espelhos,
no seguimento da noite,
que as crianças aparecem com o horror
da sua candura, as crianças fundamentais, as grandes
crianças vigiadoras —
cantando, pensando, dormindo loucamente.

Não há laranjas ou brasas ou facas iluminadas
que a vingança não afaste.
As crianças invasoras percorrem
os nomes — enchem de uma fria
loucura inteligente
as raízes e as folhas da garganta.
Aprendemos com elas os corredores do ar,
a iluminação, o mistério
da carne. Partem depois, sangrentas,
inomináveis. Partem de noite
noite — extremas e únicas.
— E nada mais somos do que o Poema onde as crianças
se distanciam loucamente.
Loucamente.

VII
Os ombros estremecem-me com a inesperada onda dos meus
vinte e nove anos. Devo despedir-me de ti,
amanhã morrerei.
Talvez eu comece a morrer na tua mão direita,
alterosa e quente na minha mão
sufocada. Agora mesmo na europa
começa a vagarosa iluminação das giestas. É a minha vida
percorrida por um álcool penetrante, é a imediata
atenção ao misterioso trabalho da idade.

Vinte e nove anos agora, na europa, sobre os canais
sombrios da carne, sobre um vasto segredo.
Será apenas isto, um ponto móvel
da eternidade, isto — a sufocação veloz e profunda
da vida inteira na minha garganta? E depois
o acender das luzes, bruxelas como uma câmara
de archotes e ao alto as ameias
enevoadas dos astros? Devo olhar com uma grande
memória aquilo que acaba na violência triste
do poema.

Estamos nos quartos, há flores nas mesas. De babilónia
partem rios. Por detrás das cortinas,
despeço-me. Amanhã vou morrer. Tenho
vinte e nove bocas urdindo
a falsa doçura da confusão. Os países constroem
a torre sombria do amor. Dá-me a tua mão
pensativa e antiga, deixa que se queime ainda um instante
a loucura masculina
da minha vida. Pensa um pouco na beleza
ignota das coisas: peixes, flores, o sono terrível
das pessoas ou o seu respirar
que arde e brilha e se apaga à superfície
das lágrimas ocultas. Pensa um pouco no sorriso
rapidíssimo
que jamais desaparece do silêncio, na candeia
que cobre com agulhas de ouro os escombros
dos lírios. E por cima de tudo estende
a tua pequena mão eterna. Cai
tu própria na treva quente da minha
cega mão masculina de vinte
e nove
anos. Tenho vinte e nove anos ou uma onda
inesperada que me estremece a carne ou a minha garganta
cheia de sangue actual — amanhã morrerei.

Vi um dia alguém tomar nas mãos, entre faúlhas
velozes, pedras que pareciam
imortais. Eram casas que se levantavam
sobre o meu coração. Vi que tomavam
animais feridos, flores imaturas, objectos
breves, imagens instantâneas e perdidas. Faziam
alguma coisa eterna. Era gente
de vinte e nove anos que se despedia dolorosa
pormenorizada
violentamente de uma parte da sua carne, a parte
mais iluminada da sua
carne de vinte e nove anos. Amanhã
morrerei.


Herberto Helder

Mujeres corriendo


.
Mujeres corriendo, corriendo por la noche.
El ruido de mujeres corriendo, recordadas, corriendo
como yeguas abiertas, como sonoras
corredoras magnolias.
Mujeres por la noche adentro llevando en las patas
grandiosos pañuelos blancos.
Corriendo con pañuelos muy vivos en las patas
por la noche adentro.
Pañuelos vivos con las patas abiertas
como magnolias
corriendo, recordadas, patas por la noche
viva. Llevando, recordando, corriendo.

Es su ruido golpeando como estrellas
en las puertas. El cielo encima, las crines negras
golpeando: es su ruido. Recordadas,
corriendo. Estrellas. Yo escucho: pasan, recordando.
Las grandiosas patas blancas abiertas en el ruido,
a la puerta, con el cielo recordando.
Crines corriendo por la noche, pañuelos vivos
golpeando como magnolias llevadas por la noche,
abiertas, corriendo, recordando.

De repente, las letras. La cara sofocada como
si fuera abril en un rincón de la noche.
La cara en medio de las letras, sofocada en un rincón,
de repente.
Mujeres corriendo, de puerta en puerta, con pañuelos
sofocados, recordando letras, llevando
pañuelos, letras, en las patas
negras, grandiosamente abiertas.
Como si fuera abril, sofocadas en el medio.
Era su ruido, como si fuera abril en un rincón
de la noche, recordando.

Escucho: son ellas que parten. Y llevan
la sangre llena de letras, las patas floridas
sobre la cabeza, corriendo, pensando.
Se arrojan a la noche con el sueño terrible
de un pañuelo vivo.
Y van golpeando con las estrellas en las puertas. Y sobre
la cabeza blanca, las patas recordando
por la noche adentro.
La cara sofocada, el ruido abriéndose, muy
recordado. Y la cabeza corriendo, y yo escucho:
son ellas que parten, pensando.

Entonces me despierto por dentro y, recordando, me hago
a un lado. Y las escucho correr, llevando
grandiosos pañuelos contra la noche con estrellas
golpeando en las patas
como magnolias pensando, abiertas, corriendo.
Escucho a un lado: es el ruido. Son ellas, recordando
a un lado, con las patas
en medio de las letras, la cara sofocada
corriendo por las grandiosas puertas, las crines
blancas golpeando. Y yo escucho: es su ruido
con las patas negras, con las magnolias negras
contra la noche.
.


Herberto Helder. Mulheres correndo, correndo pela noite
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Mulheres correndo, correndo pela noite

Mulheres correndo, correndo pela noite.
O som de mulheres correndo, lembradas, correndo
como éguas abertas, como sonoras
corredoras magnólias.
Mulheres pela noite dentro levando nas patas
grandiosos lenços brancos.
Correndo com lenços muito vivos nas patas
pela noite dentro.
Lenços vivos com suas patas abertas
como magnólias
correndo, lembradas, patas pela noite
viva. Levando, lembrando, correndo.

É o som delas batendo como estrelas
nas portas. O céu por cima, as crinas negras
batendo: é o som delas. Lembradas,
correndo. Estrelas. Eu ouço: passam, lembrando.
As grandiosas patas brancas abertas no som,
à porta, com o céu lembrando.
Crinas correndo pela noite, lenços vivos
batendo como magnólias levadas pela noite,
abertas, correndo, lembrando.

De repente, as letras. O rosto sufocado como
se fosse abril num canto da noite.
O rosto no meio das letras, sufocado a um canto,
de repente.
Mulheres correndo, de porta em porta, com lenços
sufocados, lembrando letras, levando
lenços, letras — nas patas
negras, grandiosamente abertas.
Como se fosse abril, sufocadas no meio.
Era o som delas, como se fosse abril a um canto
da noite, lembrando.

Ouço: são elas que partem. E levam
o sangue cheio de letras, as patas floridas
sobre a cabeça, correndo, pensando.
Atiram-se para a noite com o sonho terrível
de um lenço vivo.
E vão batendo com as estrelas nas portas. E sobre
a cabeça branca, as patas lembrando
pela noite dentro.
O rosto sufocado, o som abrindo, muito
lembrado. E a cabeça correndo, e eu ouço:
são elas que partem, pensando.

Então acordo de dentro e, lembrando, fico
de lado. E ouço correr, levando
grandiosos lenços contra a noite com estrelas
batendo nas patas
como magnólias pensando, abertas, correndo.
Ouço de lado: é o som. São elas, lembrando
de lado, com as patas
no meio das letras, o rosto sufocado
correndo pelas portas grandiosas, as crinas
brancas batendo. E eu ouço: é o som delas
com as patas negras, com as magnólias negras
contra a noite.


 

Herberto Helder

Contó que iba por la playa, desnudo, corriendo


.
Contó que iba por la playa, desnudo, corriendo.

La arena, el sol, el mar
y la profundidad extenuante del cielo lo embriagaban.
Tenía extrema conciencia de su desnudez,
y eso también lo embriagaba.

Llevaba un proyecto, o una misión, iba cargado con ello,
pero se trataba de algo innombrable.
En la playa había gente, gente —parece—
con esa disponibilidad sin expectativa de la gente en la playa.

Estaban en traje de baño, ociosos y ajenos,
y cuando él pasó por en medio de aquella gente,
la desnudez que tenía lo embriagó aún más.
Después se encontró tres escalones de piedra y los subió.
Continuó corriendo, pero —según contó— el cielo, el agua
y la arena, ahora perdidos, habían dejado en él un espacio vacío
en el que la idea de misión comenzó a crecer,
de modo que él se sentía como loco por la prisa
y la intensidad de la misión.
Corría por un laberinto de piedra negra y en los pasillos estrechos
había casas bajas, también de piedra, sin tejado
y sin puertas ni ventanas.

Eran cubos negros abiertos por arriba
y con agujeros rectangulares a diversos niveles.
Corriendo por los laberintos, con toda su prisa
y con la intensa ansiedad de aquel mensaje tan oscuro,
vio de súbito que tenía dos largos penes blancos,
delgados y largos como dos serpientes
y que se contorsionaban y enroscaban uno en otro.

No sintió miedo, ni tampoco espanto,
porque pensó que eso también formaba parte de la misión.
Pero cuando avistó a una mujer
que venía en el sentido contrario al suyo,
procuró taparse con las manos aquellos penes-serpientes
nacidos de la misma sombría raíz cuando corría por los laberintos.

Las serpientes, mientras tanto,
se escapaban por entre sus dedos, descendían por sus piernas,
subían por su vientre hasta el pecho, avanzaban
en todas las direcciones, con sus pequeñas cabezas crueles,
sagazes y famélicas.

Lleno de terror, se detuvo ante una de aquellas casas.

Cuando entró —contó él—
ya había perdido su fuerza y ligereza de mensajero,
y solo sentía miedo.
La casa estaba vacía como todas las demás y, como ellas,
sin techo y sin puertas ni ventanas.
En aquel cubo negro y descubierto,
donde adivinaba excrementos y restos podridos de comida,
a través de una luz siniestra,
pensó que había venido desde lejos,
recorriendo con su desnudez los caminos del día
y aquellos laberintos tenebrosos,
solo para encontrarse vacío, cercado por la podredumbre.

Las dos serpientes blancas seguían agitándose
entre sus piernas abiertas.
.


Herberto Helder. Contou que caminhava pela praia, nu, correndo
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Contou que caminhava pela praia, nu, correndo

Contou que caminhava pela praia, nu, correndo

A areia, o sol, o mar
e a profundidade extenuante do céu embriagavam-no.
Tinha extrema consciência da sua nudez,
e isso também o embriagava.

Ia com um projecto, ou uma missão, estava carregado disso,
mas tratava-se de uma coisa inominável.
Na praia havia gente, gente – parece –
com aquela disponibilidade sem expectativa de gente na praia.

Estavam em fato de banho, ociosos e alheios,
e quando ele passou pelo meio dessa gente,
a nudez que tinha ainda o embriagou mais.
Depois encontrou três degraus de pedra, e subiu-os.
Continuou a correr, mas – segundo contou – o céu,
a água e a areia, agora perdidos, haviam deixado nele um espaço vazio
onde a ideia de missão se pôs a crescer,
de modo que ele se encontrava como que louco da pressa
e densidade da missão.
Corria por um labirinto de pedra negra, e nos corredores estreitos
havia casas baixas, também de pedra, sem telhado
e sem portas e janelas.

Eram cubos negros abertos em cima
e com buracos rectangulares a diversos níveis.
Correndo pelos labirintos, cheio da sua pressa
e com a espessa ansiedade daquela mensagem tão obscura,
viu de súbito que tinha dois longos pénis brancos,
delgados e longos como duas serpentes,
e que se contorciam e enroscavam um no outro.

Não sentiu medo, sequer espanto,
pois imaginava que isso também fazia parte da missão.
Mas quando avistou uma mulher
que vinha em sentido contrário ao dele,
procurou tapar com as mãos aqueles pénis-serpentes
nascidos da mesma sombria raiz, quando corria pelos labirintos.

As serpentes, no entanto,
escapavam-se por entre os dedos, desciam-lhe pelas pernas,
subiam pelo ventre até ao peito,
avançavam em todas as direcções, com as suas pequenas cabeças cruéis,
sagazes e esfaimadas.

Cheio de terror, parou em frente de uma daquelas casas.

Quando entrou – contou ele –
havia já perdido a sua força e leveza de mensageiro,
e apenas sentia medo.
A casa estava vazia como todas as outras e, como elas,
sem tecto e sem portas e janelas.
Naquele cubo negro e devassado,
onde adivinhava excrementos e restos podres de comida,
através de uma luz sinistra,
pensou que viera de longe,
percorrendo com a sua nudez os caminhos do dia
e estes labirintos tenebrosos,
apenas para se encontrar vazio, cercado pela podridão.

As duas serpentes brancas continuavam a fremir
entre as suas pernas abertas.


Herberto Helder

Las palabras


.
Quedarán para siempre abiertas mis
salas negras.
Amarrado a la noche
yo canto con un lirio negro sobre la boca.

Con la lepra en la boca,
con la lepra en las manos.
Este mamífero tiene sal alrededor,
este mineral transpira, la primavera se precipita.

Con la lepra en el corazón.
Pero de repente,
solo llegar a la ventana y ver un paisaje temblando
de miedo.

Y una vida más lenta
solo con una estrella a cuestas,
una tonelada de luz inquieta,
una estrella respirando como un carnero
vivo.

Igual que esta especie de fiesta dolorosa,
apenas un manojo de cabellos violentos
y su olor a pimienta,
en el lado oscuro
como se canta que las salas van a levantar
el vuelo.

Se quedarán para siempre abiertas estas manos exageradas
en diez dedos con sueño,
como una rosa encima del pene.

En la cima del tallo de sangre,
esa flor confusa.
Un equilibrio igual,
solo la estrella en la cima del éxtasis.

Solo alguna cosa parada en la cima de una visión
temblorosa.
La primavera, que yo sepa,
tiene la sal como color inmóvil,

Por un lado entra la noche,
así de súbito negra.

De una punta a otra se llena el espacio
alisando tablas.
Se rasga seda para aprender el ritmo.
Abrazo un cuerpo con las camelias
ardiendo.

Abiertas para siempre las negras partes
de más de una estación.

De este mismo modo
las mujeres caminan por las galerías transparentes,
y el palacio quema la noche en la que estoy
cantando.

Es posible aún cortar por la mitad el oficio de ver,
y en un lado hay espejos ebrios,
en el otro un cardumen ilegible de sonidos
oscuros.

Se sabe entonces por el silencio de alrededor,
se sabe alrededor que son lirios
sonoros.

Al paso
las mujeres cosechan estos sonidos irrumpientes,
y las manos se quedan negras junto a la belleza
insensata.

Sonríen después con un talento
terrible.
Llevamos a cuestas un carnero palpitante.

Pesa tanto una estrella
cuando despierta en las salas negras abiertas de par en par,
y las manos toman un manojo de cabellos dolorosos,
y sobre la boca un lirio en brasa,
blanco, blanco,

que no nos deja respirar.
La lepra en la boca,
que no nos deja respirar.

Un manojo de lepra contra el cuerpo,
como esto entonces solo el movimiento de aguas oscuras
por los canales de un canto,
como un palacio de salas negras abiertas
para siempre.

Este animal respira como un espejo de pie,
en el aire,
en el aire.
.


Herberto Helder. As palavras
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

As palavras

Ficarão para sempre abertas as minhas
salas negras.
Amarrado à noite,
eu canto com um lírio negro sobre a boca.

Com a lepra no coração.
Mais de repente,
só chegar à janela e ver uma paisagem tremendo
de medo.

E uma vida mais lenta
só com uma estrela às costas,
uma tonelada de luz inquieta,
uma estrela respirando como um carneiro
vivo.

Igual a esta espécie de festa dolorosa,
apenas um ramo de cabelos violentos
e o seu odor a pimenta,
no lado escuro
como se canta que as salas vão levantar
o seu voo.

Ficarão para sempre abertas estas mãos exageradas

em dez dedos com sono,
como uma rosa acima do pénis.

Ao cimo do caule de sangue,
essa flor confusa.
Um equilíbrio igual,
só a estrela ao cimo do êxtase.

Só alguma coisa parada no cimo de uma visão
tremente.
A primavera, que eu saiba,
tem o sal como cor imóvel,

Por um lado entra a noite,
assim de súbito negra.

De uma ponta à outra enche-se o espaço
aplainando tábuas.
Rasga-se seda para aprender o ritmo.
Abraço um corpo com as camélias
a arder.

Abertas para sempre as negras partes
de mais uma estação.

Semelhante a isto
as mulheres andam pelas galerias transparentes,
e o palácio queima a noite onde estou
cantando.

É possível ainda cortar ao meio o ofício de ver —
e num lado há espelhos bêbedos,
no outro um cardume ilegível de sons
obscuros.

Sabe-se então pelo silêncio em volta,
sabe-se em volta que são lírios
sonoros.

Passando
as mulheres colhem estes sons irrompentes,
e as mãos ficam negras junto à beleza
insensata.

Elas sorriem depois com um talento
terrível.
Levamos às costas um carneiro palpitante.

Pesa tanto uma estrela
quando se acorda nas salas negras abertas de par em par,
e as mãos agarram um ramo de cabelos dolorosos,
e sobre a boca um lírio em brasa,
branco, branco,

que não nos deixa respirar.
A lepra na boca,
que não nos deixa respirar.

Um ramo de lepra contra o corpo,
como isto então só o movimento de águas obscuras
pelos canais de um canto,
como um palácio de salas negras abertas
para sempre.

Este animal respira como um espelho de pé,
no ar,
no ar.


Herberto Helder

De tal manera en el tiempo…


.
de tal manera en el tiempo si es que se engañan de tal manera
siempre se engañan en cualquier cosa se engañan
en el poco tiempo que tienen para morir
de tal manera se engañan en las palabras que se engañan
en la cabeza que tienen
que tienen poca
y por eso cuando meten los dedos en la materia
se ve que la materia no estaba aún madura
¿qué prisa es esa? es la de que ya les huya enero y estén aún
en septiembre u octubre
¿de qué les valen las flores de la estación si cambian
rosas por margaritas silvestres?
de tal manera los aromas en las narinas de los búfalos
y las mariposas de plata se posan
apenas en nombres vagos no en corolas feroces
en las primaveras con grandes espacios entre palabras
¿pero qué buscan? ¿nombres?
¿apenas nombres entre tantos desastres?
yo no sé, yo tiemblo de dolor apenas
ante los nombres no vistos y tan aspirados que apetezca
morir por un nombre o dos o tres
juntos, exactos, repetidos,
como exactamente en pleno trance loco
entre las flores de los nombres como:
diccionario hoja tras hoja,
y aun así es como una especie de miedo,
con un temblor en el fondo de nuestra edad
que vamos a ver dónde están las personas que han huido
de nuestra vida, y cuándo fue que los tocamos,
o en la camisa o en el cabello o al azar en los dedos,
y qué nombres eran los nombres de ellos entre
todos los nombres de la tierra,
y cuándo fue: si fue en el descubrimiento
o en los fines de mes o
en medio de una tarea leve como peinarse,
o resucitar en plena luz por
primera vez
o por última vez, justo antes de salir de las tinieblas
hacia las grandes danzas entre el aire y el agua,
sal ahora: y corta el cordón,
y entre sangre, ojos cerrados, abre toda la boca,
y respira mucho hasta casi caer borracho o loco
por la voz: el nombre y sobre todo nombre a nombre
cada cosa alrededor hasta que lo alcance
la ciencia de todos los nombres,
cosa a cosa de la tierra al final tan pequeña
que incluso él la domina,
en el dominio de los nombres,
y entonces lo suspende todo con miedo a que acabe allí con un solo nombre
el múltiple mundo matricial,
el mundo de las madres locas
.


Herberto Helder. De tal maneira no tempo…
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

De tal maneira no tempo…

de tal maneira no tempo se é que se enganam de tal maneira
sempre se enganam em qualquer coisa enganam-se
no tempo que pouco têm para morrer —
de tal maneira se enganam nas palavras que se enganam
na cabeça que têm
que a têm pouca —
e por isso quando metem os dedos na matéria
vê-se que a matéria não estava madura ainda —
que pressa é essa? é a de já lhes fugir janeiro e estarem ainda
em setembro ou outubro —
de que lhes valem as flores da época se trocam
rosas por margaridas silvestres?
de tal maneira os aromas nas narinas dos búfalos
e as borboletas de prata pousam
apenas em nomes vagos não em corolas ferozes
nas primaveras com grandes espaços entre palavras —
mas que procuram eles? nomes?
apenas nomes entre tantos desastres?
eu não sei, eu tremo de dor apenas
perante os nomes não vistos e aspirados tanto que apeteça
morrer por um nome ou dois ou três
juntos, exactos, repetidos,
como exactamente em pleno transe louco
entre as flores dos nomes como:
dicionário folha atrás de folha,
e mesmo assim é como uma espécie de medo,
com um tremor no fundo da nossa idade
que vamos ver onde estão as pessoas que fugiram
da nossa vida, e quando foi que lhes tocámos,
ou na camisa ou no cabelo ou ao acaso nos dedos,
e que nomes eram os nomes deles entre
todos os nomes da terra,
e quando foi: se foi na descoberta
ou nos fins dos meses ou
a meio de uma tarefa leve como pentear-se,
ou ressuscitar em plena luz pela
primeira vez
ou pela última vez, logo antes de sair das trevas
para as grandes danças entre o ar e a água,
sai agora: e corta o cordão,
e entre sangue, olhos fechados, abre a boca toda,
e respira muito quase até cair bêbedo ou louco
pela voz: o nome e sobretudo nome a nome
cada coisa em torno até que o alcance
a ciência dos nomes todos,
coisa a coisa da terra afinal tão pequena
que mesmo ele a domina,
no domínio dos nomes,
e então suspende tudo com medo que ali acabe com um só nome
o múltiplo mundo matricial,
o mundo das mães loucas


Herberto Helder

Bicicleta


.
Allá va la bicicleta del poeta en dirección
al símbolo, en un día de verano
ejemplar. De pulmones en la espalda y boca
al aire, el poeta patilargo le da a la pata
en los pedales. Un gran recuerdo, las señales
de días sobrenaturales y la historia
secreta de la bicicleta. El símbolo es sencillo.
Los émbolos del corazón al ritmo de los pedales,
allá va el poeta en dirección a sus
señales. Le da a la pata
como los otros animales.

El sol es blanco, las flores legítimas, el amor
confuso. La vida es para siempre tenebrosa.
Entre las rimas y el sudor, aparece y des
aparece una rosa. En el día de verano,
violenta, la fantasía olvida. Entre
el nacimiento y la muerte, el movimiento de la rosa florece
sabiamente. Y la bicicleta se espacia
del milagro. El poeta aprieta el manillar y derrapa
en el instante de la gracia.

De pulmones a la espalda, la vida es para siempre
tenebrosa. La pata del poeta
apenas osa ahora pedalear. En mitad del aire
se distrae la flor perdida. La vida es corta.
Puta vida subdesarrollada.
La boca del poeta recorre los puntos cardinales.
El sol es blanco, el campo plano, la muerte
cierta. No hay sombra de señales.
Y el poeta le da a la pata como los otros animales.

Si la noche cae ahora sobre la rosa pasada,
y el día de verano se recoge
a su nada, ¿y la única dirección es la propia noche
hallada? De pulmones a la espalda, la vida
es tenebrosa. Muerte es transfiguración,
por la imagen de una rosa. Y el poeta patilargo
de rosa interior le da a la pata en los pedales
de la confusión del amor.
Por la noche secreta de los caminos iguales,
el poeta le da a la pata como los otros animales.

Si el sur es hacia atrás y el norte es hacia un lado,
es para siempre la muerte.
Agarrado al manillar y de pulmones a la espalda
como un neumático pinchado,
el poeta pedalea el corazón transfigurado.
En el recuerdo más antiguo la dirección de la muerte
es la misma que la del amor. Y el poeta,
al final más mortal que los otros animales,
le da a la pata en los pedales hacia un verano interior.
.


Herberto Helder. Bicicleta
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Bicicleta

Lá vai a bicicleta do poeta em direcção
ao símbolo, por um dia de verão
exemplar. De pulmões às costas e bico
no ar, o poeta pernalta dá à pata
nos pedais. Uma grande memória, os sinais
dos dias sobrenaturais e a história
secreta da bicicleta. O símbolo é simples.
Os êmbolos do coração ao ritmo dos pedais –
lá vai o poeta em direcção aos seus
sinais. Dá à pata
como os outros animais.

O sol é branco, as flores legítimas, o amor
confuso. A vida é para sempre tenebrosa.
Entre as rimas e o suor, aparece e desaparece
uma rosa. No dia de verão,
violenta, a fantasia esquece. Entre
o nascimento e a morte, o movimento da rosa floresce
sabiamente. E a bicicleta ultrapassa
o milagre. O poeta aperta o volante e derrapa
no instante da graça.

De pulmões às costas, a vida é para sempre
tenebrosa. A pata do poeta
mal ousa pedalar. No meio do ar
distrai-se a flor perdida. A vida é curta.
Puta de vida subdesenvolvida.
O bico do poeta corre os pontos cardeais.
O sol é branco, o campo plano, a morte
certa. Não há sombra de sinais.
E o poeta dá à pata como os outros animais.

Se a noite cai agora sobre a rosa passada,
e o dia de verão se recolhe
ao seu nada, e a única direcção é a própria noite
achada? De pulmões às costas, a vida
é tenebrosa. Morte é transfiguração,
pela imagem de uma rosa. E o poeta pernalta
de rosa interior dá à pata nos pedais
da confusão do amor.
Pela noite secreta dos caminhos iguais,
O poeta dá à pata como os outros animais.

Se o sul é para trás e o norte é para o lado,
é para sempre a morte.
Agarrado ao volante e pulmões às costas
como um pneu furado,
o poeta pedala o coração transfigurado.
Na memória mais antiga a direcção da morte
é a mesma do amor. E o poeta,
afinal mais mortal do que os outros animais,
dá à pata nos pedais para um verão interior.