John Ashbery

Desorden y luz


Respuesta: Yo lo dejaría.
Ella perdió a su marido Era hora.
Cuanto más borroso sea, el gran complicador
nos tiene en cuenta a todos.

No sé qué es esto, un residuo.
No llegarás para siempre. Hace décadas,
después de que los perros lo inspeccionaran,
pasó a formar parte de su repertorio.

…Entra y tobillos alrededor como si
fuera el dueño del lugar (que lo era, en cierto modo).
La atrajo la acción rápida por su parte.
Esto no fue de mañana. Era más como

dentro de una semana. Estaré a tu lado, buscando
lo que ambos sabemos que está ahí: nuestra desmoronada
infraestructura. Te mantienes lejos.
Debes estar de broma. Tu píldora, urgió él.

Toma un desayuno salvaje,
obvio y caliente. Ahí tienes, apasionante
como una canción. Es decir, eso nos dijo que dijéramos.
Los árboles parecen estar de acuerdo.


John Ashbery. Disorder and Light (newyorker.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Disorder and Light

Answer: I would dump it.
She lost her husband. It was time.
The more blurry it’s gonna be, the great complicator
takes us all into account.

I don’t know what this is, remnant.
You won’t get there forever.
Decades ago, after the dogs inspected it
it became part of their repertory.

… Comes in and ankles around like
he owned the place (which he did, in a sense).
Fast action on their part drew her on.
This wasn’t morning. It was more like

a week from now. I’ll be on your side, searching
for what we both know is there: our crumbling infrastructure.
You stay out of it.
You’ve got to be kidding me. Your pill, he urged.

Have a wild breakfast,
eyed and mulled. There you go, passionate
as a song. I mean, that’s what he told us to say.
The trees seem to agree.

John Ashbery

El pato Lucas en Hollywood


Algo extraño está reptando a través de mí.
La Celestina solo tiene que gorjear las primeras líneas
de “I Thought about You” o algo suave de
Amadigi di Gaula para cualquier cosa —un bote mentolado
de Levadura Rumford, unos pendientes de plástico, Speedy
Gonzales, lo último de Helen Topping Miller y su prolífico
escritorio, un fajo de sugerentes fotos gris-beis, con bordes
mal cortados— y venir traqueteando por el irisado arriate
donde Pistachio Avenue embiste al bloque 2300 de Highland
Fling Terrace. Me prometió que me sacaría de aquí,
ese viejo dibujante ruin, ¡pero mira lo que me
ha hecho ahora! Ni me atrevo a acercarme al reflejo atenuado
en la taza del tapacubos, tan ictéricos, tan déconfits son sus
rasgos; divertidos, sin duda, para algunos frenólogos charlatanes
con sala de espera tupida de helechos, pero nunca lo que dirías
amigables. Aunque todo se está ahogando hasta el extremo del
silencio. Ahora mismo una tormenta magnética pendía del trozo
de cielo sobre el garaje de Fudds, reduciéndolo —drásticamente—
al aura de una cabaña de troncos azul jazmín sobre
un cobertor, recuerdo de la Venta de La Mesilla. De pronto todo
es detestable. No quiero volver adentro jamás. Tú conoces
a suficiente gente borrosa en esta esmeralda isla de tráfico; no,
no gente, idas y venidas, más: chapoteos, cuchicheos, estrafalaria
pero efectivamente equipadas infanterías de revueltas vegetales
de ardillas-locas, empenachadas, puntiagudas en el pequeño
castillo de cartón blanco en la ruta del molino. «Por el
perezoso río arriba, ¿cómo de felices podríamos ser?»
¿De qué modo acabará? Aquel resplandor de geranio
sobre Anaheim era la ley antidisturbios leída por el
petardo tamaño Etna que explotó en el último minuto en
una carte de Tendre en cuyo ángulo inferior derecho
(duro por la punzante trampa de arena que rodea la parcela
de espárragos de algolágnicas nuits blanches) Amadís seduce
a la princesa de Cléveris en una juerga de micciones a medianoche
en el Tamigi con los Wallets (Walt, Blossom y el pequeño
Sleezix) en una barcaza de lamé “prestada” por Ollie,
la temible señora de las túnicas en las películas. ¡Espera!
¡Tengo un anuncio! Este amplio, tibio y serpenteante
Leteo civilizado (apenas puedes distinguir los mástiles de cintas
de los chalets de nécessité en su juncosa orilla) lleva a Tofet, el
vertedero-encantado, complejo no-tan-residencial, ¡del cual
algunos viajeros regresan! Todo este momento es la ingle
de un gigante borborígmico que incluso ahora
está rodando sobre nosotros en su sueño. Adiós praderías,
albercas, humedales. La alegoría se desenreda
demasiado pronto; una lluvia de agudos arpones de caoba es
todo lo que hay que señalar entre los tornados. Yo tengo
solo mi vida intermitente en tus pensamientos para vivir,
lo que es como pensar en otro idioma. Todo
depende de si alguien te recuerda a mí.
Que esto es una fabulación, y que esos “otros tiempos”
son de hecho los silencios del alma, elegidos entre diamantes
sobre terciopelo estigio, importa menos de lo que debería.
El prodigioso sincronismo puede ser arreglado para convencerles
de que vivimos en una dimensión, la nuestra. Mientras yo en
el extranjero por todas las costas de la oscura destrucción busco
la liberación para todos nosotros, pienso en ese idioma: su
gramática, aunque torturada, ofrece pabellones
en cada nueva bifurcación de caminos. Ambulancias
pastel los recogen rápido y los llevan a los hospitales.
«Es todo trozos, lentejuelas, parches realmente; nada
permanece solo. ¿Qué fue de la evolución creativa?»
Aglavaine suspiró. Entonces, a su Sélysette: «Si su
único logro es acabar menos aburrido que los demás,
¿qué nos mantiene aquí? ¿Por qué no partir de inmediato?
Tengo que quedarme aquí mientras ellos permanezcan allí;
ríe, bebe, pasa un buen rato. En mis tiempos
uno se tendía bajo las recias hojas verdes,
fingiendo no darse cuenta de cómo se desangraban en
el agua celeste las incoloras regiones flotantes que
supuestamente no nos preocupan. Y también nosotros
llegamos a donde los otros llegan: noches de resistencia física,
o, si de día, nuestro comportamiento era anárquicamente
correcto, al menos para los estándares del Nuevo Brutalismo,
entonces todo crecía taciturno por previo acuerdo. Nos
desvanecimos en bateau, bajo la cobertura de tofe oscuro.
No son los fastidiosos defectos, sino lo escalofriante
del producto final. Cierto, pedir menos sería locura, aunque
si él es el resultado de sí mismo, ¡cuánto mejor deberíamos
ser para él! ¡Y qué poco, al final, tenemos esto en cuenta!
¿Es el arrugado satén brillante de un estuche que una vez
contuvo unas pistolas de duelo nuestro único reconocimiento
de ese color? No me gusta esto, sin embargo esta decepcionante
secuela de nosotros mismos ha sido aplaudida en Londres
y San Petersburgo. En algún lugar los cuervos rezan
por nosotros». La tormenta terminó de incubarse. Y por tanto
ella preguntó a cuantos entraban por la gran puerta, pero a nadie
encontró que hubiera oído hablar de Amadís,
ni del austero Aurangzeb, su primer amor. A algunos
de ellos esto no les importaba ni un bledo, pues todo
por definición es completitud (así
razonaban en absoluta oscuridad), ¿por qué no
aceptarlo como le plazca revelarse? Como cuando
los rascacielos bajos desde las nubes más bajas revelan
una torreta aquí, una cornisa art déco allí, y por último quizá
el esquema que podría conducir a un sentido, pero que
permanece oculto en los misterios de la paginación.
No lo que vemos, sino cómo lo vemos es lo que importa; todo
es igual, lo mismo, y saludamos a quien anuncia
el cambio como saludaríamos al cambio mismo.
Toda vida no es más que una invención; recíprocamente,
el delgado tomo que se te resbala de la mano quizá no es el
vínculo perdido en este picnic invisible cuya influencia
envuelve nuestro sentido de ello. Por tanto vivaqueemos
en esta gran autopista rubia, no interrumpida por
velados escrúpulos o adivinanzas trilladas. La mañana es
inconsistente. Agárrate a lo sexual, balanceándote
sobre el horizonte como un niño
en una jornada de pesca. Nadie sabe realmente,
ni le preocupa, si esta es la totalidad de cuyas partes
fueron otorgados —una vez— sino que deambulan por
la tradición más que custodiarla. Este mantillo de
juego los mantiene interesados y ocupados mientras la gran
materia imprecisa puede decidir qué quiere, qué planos, qué
ciudades modelo, cuánto espacio sobrante. La vida, nuestra
vida, de todos modos, está en medio. No nos interesa
ni tampoco notamos que el cielo es verde, un papagayo,
pero tenemos nuestra seriedad donde nos conviene,
insincera, intrigada, invitando a más,
siempre invocando al eco, un día de verano.


John Ashbery. Daffy Duck In Hollywood (poets.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Daffy Duck In Hollywood

Something strange is creeping across me.
La Celestina has only to warble the first few bars
Of “I Thought about You” or something mellow from
Amadigi di Gaula for everything—a mint-condition can
Of Rumford’s Baking Powder, a celluloid earring, Speedy
Gonzales, the latest from Helen Topping Miller’s fertile
Escritoire, a sheaf of suggestive pix on greige, deckle-edged
Stock—to come clattering through the rainbow trellis
Where Pistachio Avenue rams the 2300 block of Highland
Fling Terrace. He promised he’d get me out of this one,
That mean old cartoonist, but just look what he’s
Done to me now! I scarce dare approach me mug’s attenuated
Reflection in yon hubcap, so jaundiced, so déconfit
Are its lineaments—fun, no doubt, for some quack phrenologist’s
Fern-clogged waiting room, but hardly what you’d call
Companionable. But everything is getting choked to the point of
Silence. Just now a magnetic storm hung in the swatch of sky
Over the Fudds’ garage, reducing it—drastically—
To the aura of a plumbago-blue log cabin on
A Gadsden Purchase commemorative cover. Suddenly all is
Loathing. I don’t want to go back inside any more. You meet
Enough vague people on this emerald traffic-island—no,
Not people, comings and goings, more: mutterings, splatterings,
The bizarrely but effectively equipped infantries of happy-go-nutty
Vegetal jacqueries, plumed, pointed at the little
White cardboard castle over the mill run. “Up
The lazy river, how happy we could be?”
How will it end? That geranium glow
Over Anaheim’s had the riot act read to it by the
Etna-size firecracker that exploded last minute into
A carte du Tendre in whose lower right-hand corner
(Hard by the jock-itch sand-trap that skirts
The asparagus patch of algolagnic nuits blanches) Amadis
Is cozening the Princesse de Cleves into a midnight micturition spree
On the Tamigi with the Wallets (Walt, Blossom, and little
Sleezix) on a lamé barge “borrowed” from Ollie
Of the Movies’ dread mistress of the robes. Wait!
I have an announcement! This wide, tepidly meandering,
Civilized Lethe (one can barely make out the maypoles
And châlets de nécessitê on its sedgy shore) leads to Tophet, that
Landfill-haunted, not-so-residential resort from which
Some travellers return! This whole moment is the groin
Of a borborygmic giant who even now
Is rolling over on us in his sleep. Farewell bocages,
Tanneries, water-meadows. The allegory comes unsnarled
Too soon; a shower of pecky acajou harpoons is
About all there is to be noted between tornadoes. I have
Only my intermittent life in your thoughts to live
Which is like thinking in another language. Everything
Depends on whether somebody reminds you of me.
That this is a fabulation, and that those “other times”
Are in fact the silences of the soul, picked out in
Diamonds on stygian velvet, matters less than it should.
Prodigies of timing may be arranged to convince them
We live in one dimension, they in ours. While I
Abroad through all the coasts of dark destruction seek
Deliverance for us all, think in that language: its
Grammar, though tortured, offers pavillions
At each new parting of the ways. Pastel
Ambulances scoop up the quick and hie them to hospitals.
“It’s all bits and pieces, spangles, patches, really; nothing
Stands alone. What happened to creative evolution?”
Sighed Aglavaine. Then to her Sélysette: “If his
Achievement is only to end up less boring than the others,
What’s keeping us here? Why not leave at once?
I have to stay here while they sit in there,
Laugh, drink, have fine time. In my day
One lay under the tough green leaves,
Pretending not to notice how they bled into
The sky’s aqua, the wafted-away no-color of regions supposed
Not to concern us. And so we too
Came where the others came: nights of physical endurance,
Or if, by day, our behavior was anarchically
Correct, at least by New Brutalism standards, all then
Grew taciturn by previous agreement. We were spirited
Away en bateau, under cover of fudge dark.
It’s not the incomplete importunes, but the spookiness
Of the finished product. True, to ask less were folly, yet
If he is the result of himself, how much the better
For him we ought to be! And how little, finally,
We take this into account! Is the puckered garance satin
Of a case that once held a brace of dueling pistols our
Only acknowledging of that color? I like not this,
Methinks, yet this disappointing sequel to ourselves
Has been applauded in London and St. Petersburg. Somewhere
Ravens pray for us.” The storm finished brewing. And thus
She questioned all who came in at the great gate, but none
She found who ever heard of Amadis,
Nor of stern Aureng-Zebe, his first love. Some
They were to whom this mattered not a jot: since all
By definition is completeness (so
In utter darkness they reasoned), why not
Accept it as it pleases to reveal itself? As when
Low skyscrapers from lower-hanging clouds reveal
A turret there, an art-deco escarpment here, and last perhaps
The pattern that may carry the sense, but
Stays hidden in the mysteries of pagination.
Not what we see but how we see it matters; all’s
Alike, the same, and we greet him who announces
The change as we would greet the change itself.
All life is but a figment; conversely, the tiny
Tome that slips from your hand is not perhaps the
Missing link in this invisible picnic whose leverage
Shrouds our sense of it. Therefore bivouac we
On this great, blond highway, unimpeded by
Veiled scruples, worn conundrums. Morning is
Impermanent. Grab sex things, swing up
Over the horizon like a boy
On a fishing expedition. No one really knows
Or cares whether this is the whole of which parts
Were vouchsafed—once—but to be ambling on’s
The tradition more than the safekeeping of it. This mulch for
Play keeps them interested and busy while the big,
Vaguer stuff can decide what it wants—what maps, what
Model cities, how much waste space. Life, our
Life anyway, is between. We don’t mind
Or notice any more that the sky is green, a parrot
One, but have our earnest where it chances on us,
Disingenuous, intrigued, inviting more,
Always invoking the echo, a summer’s day.

John Ashbery

Gente interesante de Terranova


Terranova es, o lo era, un lugar lleno de gente interesante.
Como Larry, que se reía de sí mismo en las esquinas
por unas monedas. Estaban el ruso que se presentaba como
El Gran Duque, y del que decían que era un verdadero duque
de algún sitio, y la mujer que lo acompañaba a menudo en sus rondas.
El doctor Hanks, el matasanos, era un cirujano realmente bueno
cuando no estaba absolutamente borracho, que era casi todo el tiempo;
aún medio borracho podía realizar una cirugía craneal decente.
Estaba el ciego que no hablaba nunca
pero producía sonidos espectrales con una sierra musical.

Estaba Walsh, con su tienda de comestibles selectos.
Qué placer cuando mamá o papá
nos llevaban hasta allí, patinando sobre la resbaladiza nieve
y el hielo, y nos premiaban con un exótico higo dulce.
Tenían tés de todos los países que te puedas imaginar
y muchos pastelitos de Escocia, raros jereces
y madeiras para premiar a las tías y los tíos que venían a bailar.
En la eterna luz de las tardes de verano era una alegría
solo el estar allí y pensar. Dábamos largos paseos por el campo,
que siempre eran detenidos por algún que otro pantano. Entonces
era hora de volver a casa, lo que a todo el mundo le parecía bien,
al descubrir cada uno que él o ella podrían dar una cabezadita.

En fin, allí había un mayor porcentaje de personas interesantes
per cápita que casi en cualquier lugar de la Tierra, pero la población
era escasa, lo que significa que no había tantas personas interesantes.
Pero por todo eso nos amábamos unos a otros y tuvimos momentos
interesantes recogiendo el cerebro de los demás y secando redes
en los muelles de madera. Siempre llegaban algunos de nosotros.
Es un lugar del mundo de completa belleza, lo que nadie puede
negar —lo declaro— y de fuertes fronteras con las que tropezar.

Bien puede darse allí el culto a los poderes ctónicos, pero rara vez
es evidente. Eso nos encantaba también, ya que formábamos parte
de todo lo que sucedía, lo malo y lo bueno, y todos los matices
intermedios, felices de responder cuando pasaban lista, o competir
en los concursos de ortografía. Era demasiado de una cosa buena,
pero al menos ya se acabó. Están haciendo un documental sobre ello,
según me han contado. Lo pondrán pronto en un cine próximo a tu casa.


John Ashbery. Interesting People of Newfoundland (griffinpoetryprize.com)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Interesting People of Newfoundland

Newfoundland is, or was, full of interesting people.
Like Larry, who would make a fool of himself on street corners
for a nickel. There was the Russian who called himself
the Grand Duke, and who was said to be a real duke from somewhere,
and the woman who frequently accompanied him on his rounds.
Doc Hanks, the sawbones, was a real good surgeon
when he wasn’t completely drunk, which was most of the time.
When only half drunk he could perform decent cranial surgery.
There was the blind man who never said anything
but produced spectral sounds on a musical saw.

There was Walsh’s, with its fancy grocery department.
What a treat when Mother or Father
would take us down there, skidding over slippery snow
and ice, to be rewarded with a rare fig from somewhere.
They had teas from every country you could imagine
and hard little cakes from Scotland, rare sherries
and Madeiras to reward the aunts and uncles who came dancing.
On summer evenings in the eternal light it was a joy
just to be there and think. We took long rides
into the countryside, but were always stopped by some bog or other.
Then it was time to return home, which was OK with everybody,
each of them having discovered he or she could use a little shuteye.

In short there was a higher per capita percentage of interesting people
there than almost anywhere on earth, but the population was small,
which meant not too many interesting people. But for all that
we loved each other and had interesting times
picking each other’s brain and drying nets on the wooden docks.
Always some more of us would come along. It is in the place
in the world in complete beauty, as none can gainsay,
I declare, and strong frontiers to collide with.

Worship of the chthonic powers may well happen there
but is seldom in evidence. We loved that too,
as we were a part of all that happened there, the evil and the good
and all the shades in between, happy to pipe up at roll call
or compete in the spelling bees. It was too much of a good thing
but at least it’s over now. They are making a pageant out of it,
one of them told me. It’s coming to a theater near you.

John Ashbery

Siringa


A Orfeo le gustaba la alegre calidad individual
de las cosas bajo el cielo. Por supuesto Eurídice era parte
de aquello. Pero un día todo cambió. Orfeo abrió
grietas en las rocas con su lamento. Ni montes ni barrancos
pudieron resistirlo. El cielo se estremeció de un confín
a otro, casi a punto de ceder completamente.
Entonces Apolo le dijo en voz baja: «Déjalo todo en la tierra.
¿Tu laúd, para qué? A qué obstinarse en un son aburrido que pocos
siguen, salvo unos cuantos pájaros de plumas polvorientas,
representaciones sin vida del pasado.» ¿Y por qué no?
También las demás cosas deben cambiar.
Las estaciones ya no son como eran antes,
pero es la naturaleza de las cosas que sean vistas una sola vez,
a medida que suceden, chocando entre ellas, siguiendo adelante
de algún modo. Ahí fue donde Orfeo cometió su error.
Por supuesto Eurídice se desvaneció en las sombras;
y sería así aunque él no se hubiera dado la vuelta.
Inútil quedarse allí como una toga de piedra gris mientras pasa destellando
la entera rueda de la historia registrada, sin habla, incapaz de proferir
un comentario sensato sobre el elemento más inspirador de su séquito.
Tan solo el amor permanece en la mente, y algo que esas personas,
esos otros, llaman vida. Cantando con exactitud,
de suerte que las notas asciendan desde el pozo del sombrío
mediodía rivalizando con las diminutas y brillantes flores amarillas
que brotan por todo el borde de la cantera, abarca
los diferentes pesos de las cosas.
                                                                      Pero no es suficiente
simplemente seguir cantando. Orfeo lo comprendió
y no le importó demasiado obtener su recompensa en el cielo
después de que las bacantes lo hubieran despedazado,
semienloquecidas por su música, mientras él tocaba.
Algunos dicen que fue por cómo trató a Eurídice.
Pero probablemente la música tuvo más que ver en ello, y
la forma en que la música transcurre, emblema
de la vida y cómo una nota no puede ser aislada
y decirse que es buena o mala; hay que
esperar a que haya acabado. «El fin corona todo»,
lo que significa también que el tableau está equivocado.
Pues aunque los recuerdos, de una estación, por ejemplo,
se fundieran en una sola instantánea, no se puede guardar, atesorar
ese momento estático. También es fluido, fugaz;
Es un cuadro fluido, paisaje, aunque vivo, mortal,
sobre el cual una acción abstracta está trazada en bastas
y rudas líneas. Y pedir algo más
es convertirse en el junco agitado por la lenta
y poderosa corriente, la planta trepadora
juguetonamente arrastrada, pero sin participar en la acción
nada más que esto. Luego en el encapotado cielo violáceo
las descargas eléctricas, aparentemente débiles al principio, estallan
en un chaparrón de inmóviles llamas anaranjadas. Los caballos
ven cada uno una porción de la verdad, y aun así cada uno piensa:
«Soy un inconformista. Nada de esto me está sucediendo,
aunque puedo entender el lenguaje de los pájaros, y
el itinerario de las luces atrapadas en la tormenta es del todo evidente para mí.
Su disputa termina en música de igual modo
que los árboles se mecen más fácilmente al viento tras una tormenta estival
y está sucediendo en las entrelazadas sombras de los árboles costeros, ahora, día tras día».

Pero es tarde para arrepentirse de todo ello, incluso
sabiendo que el remordimiento aparece siempre tarde, ¡tan tarde!
A lo que Orfeo, una nube azulada de contornos blancos,
responde que estos, por supuesto, no son en absoluto remordimientos,
tan solo una erudita y detallada exposición de
hechos incuestionables, un inventario de guijarros a lo largo del camino.
Y poco importa cómo ha desaparecido todo,
o cómo llegó a donde se dirigía; no es ya
material para un poema. Su asunto
importa demasiado, y no lo bastante, permaneciendo allí impotente
mientras el poema pasa como un rayo, la cola en llamas, un malvado
cometa que grita odio y desastres, pero tan vuelto hacia su interior
que el significado, bueno o no, nunca podrá
ser conocido. El cantor piensa
constructivamente, edifica su canto en fases progresivas
como un rascacielos, pero a última hora se aleja.
En un instante el canto se sumerge en una oscuridad
que le lleva a su vez a inundar el continente entero
de oscuridad, para no ser visto. El cantor
debe entonces ocultarse, ni siquiera aliviado
de la funesta carga de las palabras. El estrellato
es para unos pocos, y sobreviene mucho más tarde
cuando todo recuerdo de aquella gente y de sus vidas
ha desaparecido en las bibliotecas, en microfilm.
Algunos aún se interesan por ellos. «¿Pero qué fue
de tal y cual?» preguntan de vez en cuando. Pero yacen
gélidos y postergados hasta que un arbitrario coro habla
de un incidente totalmente distinto con un nombre similar
en cuyo relato hay sílabas ocultas
de lo que ocurrió hace ya mucho tiempo
en alguna pequeña ciudad, un verano cualquiera.


John Ashbery. Syringa (poets.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

Syringa

Orpheus liked the glad personal quality
Of the things beneath the sky. Of course, Eurydice was a part
Of this. Then one day, everything changed. He rends
Rocks into fissures with lament. Gullies, hummocks
Can’t withstand it. The sky shudders from one horizon
To the other, almost ready to give up wholeness.
Then Apollo quietly told him: “Leave it all on earth.
Your lute, what point? Why pick at a dull pavan few care to
Follow, except a few birds of dusty feather,
Not vivid performances of the past.” But why not?
All other things must change too.
The seasons are no longer what they once were,
But it is the nature of things to be seen only once,
As they happen along, bumping into other things, getting along
Somehow. That’s where Orpheus made his mistake.
Of course Eurydice vanished into the shade;
She would have even if he hadn’t turned around.
No use standing there like a gray stone toga as the whole wheel
Of recorded history flashes past, struck dumb, unable to
utter an intelligent
Comment on the most thought-provoking element in its train.
Only love stays on the brain, and something these people,
These other ones, call life. Singing accurately
So that the notes mount straight up out of the well of
Dim noon and rival the tiny, sparkling yellow flowers
Growing around the brink of the quarry, encapsulizes
The different weights of the things.
But it isn’t enough
To just go on singing. Orpheus realized this
And didn’t mind so much about his reward being in heaven
After the Bacchantes had torn him apart, driven
Half out of their minds by his music, what it was doing to them.
Some say it was for his treatment of Eurydice.
But probably the music had more to do with it, and
The way music passes, emblematic
Of life and how you cannot isolate a note of it
And say it is good or bad. You must
Wait till it’s over. “The end crowns all,”
Meaning also that the “tableau”
Is wrong. For although memories, of a season, for example,
Melt into a single snapshot, one cannot guard, treasure
That stalled moment. It too is flowing, fleeting;
It is a picture of flowing, scenery, though living, mortal,
Over which an abstract action is laid out in blunt,
Harsh strokes. And to ask more than this
Is to become the tossing reeds of that slow,
Powerful stream, the trailing grasses
Playfully tugged at, but to participate in the action
No more than this. Then in the lowering gentian sky
Electric twitches are faintly apparent first, then burst forth
Into a shower of fixed, cream-colored flares. The horses
Have each seen a share of the truth, though each thinks,
“I’m a maverick. Nothing of this is happening to me,
Though I can understand the language of birds, and
The itinerary of the lights caught in the storm is
fully apparent to me.
Their jousting ends in music much
As trees move more easily in the wind after a summer storm
And is happening in lacy shadows of shore-trees, now,
day after day.”

But how late to be regretting all this, even
Bearing in mind that regrets are always late, too late!
To which Orpheus, a bluish cloud with white contours,
Replies that these are of course not regrets at all,
Merely a careful, scholarly setting down of
Unquestioned facts, a record of pebbles along the way.
And no matter how all this disappeared,
Or got where it was going, it is no longer
Material for a poem. Its subject
Matters too much, and not enough, standing there helplessly
While the poem streaked by, its tail afire, a bad
Comet screaming hate and disaster, but so turned inward
That the meaning, good or other, can never
Become known. The singer thinks
Constructively, builds up his chant in progressive stages
Like a skyscraper, but at the last minute turns away.
The song is engulfed in an instant in blackness
Which must in turn flood the whole continent
With blackness, for it cannot see. The singer
Must then pass out of sight, not even relieved
Of the evil burthen of the words. Stellification
Is for the few, and comes about much later
When all record of these people and their lives
Has disappeared into libraries, onto microfilm.
A few are still interested in them. “But what about
So-and-so?” is still asked on occasion. But they lie
Frozen and out of touch until an arbitrary chorus
Speaks of a totally different incident with a similar name
In whose tale are hidden syllables
Of what happened so long before that
In some small town, one indifferent summer.

John Ashbery

Un poema del malestar


Los hombres comprenden al fin el río de la vida,
malinterpretándolo, a medida que se ensancha y sus ciudades
se tornan más densas y oscuras, cada vez más lejanas.

Y desde luego esa remota densidad nos conviene,
como a corderos o tréboles le convendría
si las cosas se hubieran construido para ser diferentes.

Pero ya que no me entiendo a mí mismo, tan solo segmentos
de mí mismo incomprendidos entre sí, no hay
razón para que tú quieras hacerlo; nunca podrías,

aunque ambos lo quisiéramos. ¿Existen aún aquellas torres?
Debemos verlo de este modo, a lo largo de esas líneas
hasta que la mente se eleve, como almenas de contrachapado.


John Ashbery. A Poem of Unrest (poetryfoundation.org)
Traducción de Enrique Gutiérrez Miranda

A Poem of Unrest

Men duly understand the river of life,
misconstruing it, as it widens and its cities grow
dark and denser, always farther away.

And of course that remote denseness suits
us, as lambs and clover might have
if things had been built to order differently.

But since I don’t understand myself, only segments
of myself that misunderstand each other, there’s no
reason for you to want to, no way you could

even if we both wanted it. Do those towers even exist?
We must look at it that way, along those lines
so the thought can erect itself, like plywood battlements.