Anónimo / Bretón de los Herreros

De autor anónimo, el Manual del baratero, ó arte de manejar la navaja, el cuchillo y la tijera de los jitanos, editado en Madrid en 1849 y reeditado en facsímil en 2015, es un raro manual de pelea a navajas para rufianes, aunque afirma estar destinado a que el honrado ciudadano pueda defenderse de esos rufianes. Después de cuatro capítulos en que se ocupa científicamente del noble arte de la esgrima navajera, el manual concluye con un apéndice dedicado al “baratero”, el rufián por antonomasia, cuyo oficio es el matonismo y la extorsión y su herramienta la navaja. Remata, a su vez, este apéndice con un ameno poema de Manuel Bretón de los Herreros. Por ahí lo encontré en PDF y me pareció tan entretenida esta parte final que decidí trasladarla a la ortografía actual para esparcimiento e ilustración del lector desocupado. Al final se adjunta un glosario para mejor esclarecimiento de los abundantes vulgarismos, palabras en desuso y términos del caló que salpican tan instructivo relato.

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El baratero

Tipos sumamente particulares tiene España que puede decirse no se encuentran semejantes ni aun parecidos en otras naciones, pero ninguno tan marcado como el baratero, o sea el matón que saca un impuesto forzoso en los círculos de los tahúres que se llaman garitos. Este personaje truhanesco, nacido regularmente de la hez del pueblo y criado en las cárceles y presidios, tiene con frecuencia fin trágico, acarreado por sus hazañas, ya sea en medio de una playa o de un ejido, a manos de otro más valiente o más afortunado que él que le arrebaña el mondongo ante un público formado de charranes, soldados, ladrones y gachés, ya en el centro de una plazuela o descampado, encima de un tablado de alguna elevación y a manos del ejecutor de la Justicia, el cual después del «¿me perdonas?» consabido, le aprieta y descompone la cañería del pan con el mayor desenfado del mundo, aplicándole al cuello un corbatín de Vizcaya.

Tres son pues, las clases de barateros conocidos: el baratero de tropa, el de la cárcel y el de la playa; y vamos a hablar de ellos separadamente.
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El baratero de tropa, educado en los cuarteles y cantinas, donde hizo su trabajoso aprendizaje, es conocido en el acto por su aire ternejal y de perdonavidas, su apostura maja, siempre con un pitoche o cigarro en la boca y otro sostenido en la oreja, pelo más largo que todos los soldados de su compañía, la gorra de cuartel ladeada, la casaca sin abotonar por el pecho y el cuello de ella doblado hacia afuera, una mano en el bolsillo del pantalón y la otra colocada sobre la cadera y enseñando en el dedo meñique un anillo de latón; escupe por el colmillo y habla andaluz y caló; es muy moreno, casi siempre feo, y si es bizco, mejor; lleva el bigote unas veces corto y otras retorcido a lo borgoñón; habla guiñando el ojo y meneando una pierna. Es el temerón de la compañía y el sargento primero le releva de la mecánica del cuartel porque en ocasiones necesita dinero y el baratero le franquea su bolsillo, que está repleto merced a las trampas y puñaladas en que es tan entendido y le han alcanzado alto renombre y gran poer entre sus camaraas. El baratero de la compañía es el más holgazán de ella, sabe mal el ejercicio y desprecia completamente la ordenanza, pero en cambio maneja como ninguno la herramienta, juega a las chapas y a la brisca, al cané, a la treinta y una; bebe y triunfa, tiene moza, que es la cantinera del cuartel, y se hace obedecer de todos. En tiempo de campaña se bate como el primero, porque es valiente, y no queda el último para el pillaje porque es largo de uñas.

En los pueblos donde para, busca los garitos y en ellos hace sus ensayos entre la gente más perdida, con quien se relaciona amistosamente, la cual suele pagar su cariño y simpatías con una paliza o un par de puñaladas, que alcanza por alguna fullería no muy limpia.

Este baratero es enemigo nato de los paisanos, a quienes llama “patrones”; por un quítame allá esas pajas mete mano al primero que topa y que él cree le ha diquelado con malos clisos, y arma un zipizape de todos los diablos. El coronel se entera del escándalo y le mete en un calabozo, del que sale a los dos días más terne y echao pa alante y en disposición de armarla con cualsiquiera. Pega una paliza diaria a su querida y la abandona por la del cabo furriel, que se viene con él y a quien le corta la fila a la primera infidelidad que le hace.

Cuando el regimiento pernocta en alguna población es visitado el baratero de cada compañía por los barateros que hay allí, que muchas veces son desertores de presidio que se hallan ocultos sin olfatearlo la Justicia; se llaman camaraas o compares y van a beber juntos unas copas o cañitas, que se tiran a la cara a la más pequeña contradicción o gesto desabrido; se salen a la calle y, empuñando los alfileres, se tiran dos o tres mojadas que sirven para que la amistad eche entre ellos hondas raíces; se presentan mutuamente en los garitos en que mandan o comen, pero con la expresa condición de no inquietar a naide ni querer cobrar los chavos donde los cobra su camará.
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Sigamos con el baratero de la cárcel. Este es el género más temido de todos. De muchacho ha sido matachín, en cuyo oficio aprendió todos los modos de “destripar”; las horas que tenía libres, que eran las más, se entretenía en saquear los bolsillos del prójimo elegante o de cualquiera que le deparaba la suerte indistintamente; conocía a la primera ojeada al patán o paleto; engañábale bajo cualquier pretexto y le espantaba los parnés sin que lo advirtiera, los cuales iba a jugar al cané con otros muchachos a quienes ganaba lo que tenían a fuerza de trampas y de amenazas obscenas. Si a pesar de todo era él el perdidoso, allí de su genio y sus manos, tiraba del pincho y lograba que a la fuerza le entregaran sus caudales, lo cual le iba dando nombradía entre los pilletes y gatería de la ciudad. Así fue aumentando en años y picardías dejando el pabellón bien puesto en las tabernas, cárceles y garitos, donde su fama era colosal. Por último, sentada ya su reputación y haciéndose temer de todos los ternejales del matadero, lo llevaron por vigésima vez al estaribel sus fechorías y mala lengua. Puesto en él, no se contentó con una posición brillante entre los presos, sino que aspiró a más y lo alcanzó: Estaban jugando en el patio a las chapas como una veintena de ellos y mi hombre llega al corro, tose de una manera particular y, con voz ronca y sosegada, pregunta, mirando de reojo a una enorme navaja que estaba hincada en el suelo:

—¿De quién es esa friolera?

—Mía —repuso el dueño de ella con un gesto que daba horror—, y naide come aquí sino yo.

—Pues, camará, me jace mal al estómago y la quieo gomitar —y dándola con el pie la hizo rodar un buen trecho por el suelo.

¡Allí fue Troya, ánimas benditas! El que cobraba los chavos defendió valientemente su derecho adquirido, pero no tanto que mi Chato (algún nombre le habremos de dar), entrándole la herramienta por el vientre, no le echara el cuajar al aire con grande admiración de tan honrados circunstantes. Desde entonces es el baratero de la cárcel y nadie le tose, cumpliendo con su deber sin que mala mui le quite la honra.

¿Queréis, lectores curiosos, conocer al buen Chato entre aquella multitud que rebulle en el patio? Mirad, allí a la derecha, entre aquel corro de pelgares… ya disteis con él. Su estatura es más bien pequeña que alta, ancho de espaldas, la fisonomía repugnante y estúpida, muy moreno, grandes patillas y largos tufos sobre la frente que lleva recogidos hacia un lado y algo caídos sobre la ceja izquierda. Su traje está en completa proporción con su figura; ancho pantalón de pana verde sostenido en la cintura por una disforme faja de estambre, que es a la vez su pequeño maletín en donde guarda los dineros, la tea y la baraja; calza alpargatas o borceguíes de becerro bastante grotescos; está comúnmente en mangas de camisa y lleva atado alrededor de la cabeza un pañuelo de yerbas que le da un aspecto siniestro y horripilante. Escusado es decir que su querida, que es lumia, está en la galera, y su padre concluyó sus días a manos del verdugo de Valladolid, en cuyo canal dejó fama de “malas tripas” y “mu campechano”.

Cuando el buen Chato arma un escándalo en la Casa de poco trigo y llega a entrar el alcaide para registrar a los presos y buscar las navajas, jamás se la encuentra, aunque le mande desnudar. Sábela esconder como ninguno, ya pegada con pez en la planta del pie, ya metida en el ano, burlando así la sagacidad del calabocero.
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Los barateros de playa, si bien no tan desalmados como el Chato, son sin embargo de intenciones perversas y suelen llegar a ser matones de las cárceles y presidios, pues en realidad en nada se diferencian, siendo unas las costumbres y una la idea del “honor” que ellos se han formado; que también los barateros dicen que tienen honor, aunque para nosotros su honor vale tanto como el que sacan los ladrones de su villana profesión.

Agachados debajo de la proa de un falucho, varado a la orilla del mar en la playa de Málaga, se hallan cuatro o seis charranes con sus cenachos al lado; una barajilla sucia y mugrienta, que por su estado pegajoso suelen llamarla allí “de arropiero” y en Castilla “de turronero”, corre de mano en mano. El juego que los entretiene se llama ya el cané o ya el pecao. En la arena hay algunos cuartos de los que meten. Su mirar es inquieto y zozobroso, porque temen la llegada repentina de un alguacil, que arrebañando la “mesa” consigue además coger a alguno y dar con él en la cárcel. Pero en los alreores no se dica ninguno, y el juego continúa con sus blasfemias e interjecciones correspondientes.

De pronto y sin saber cómo, se asomó al corro una cabeza que llevaba calado un gorro encarnado algo descolorido; la cara de aquella cabeza era atezada, tenía unas patillas de boca de jacha, grandes y pobladas cejas. La susodicha cabeza pertenecía a un cuerpo alto, robusto, en cuya cintura se liaba una faja moruna y de cuyo hombro izquierdo pendía una chaqueta forrada de bayeta encarnada: era un baratero.

—Ahí va eso —dijo el jaquetón tirando al corro una cosa liada en un papel de estraza en que antes se había envuelto pescado frito; era una baraja.

Uno de los charranes le mira al rostro, recoge los naipes y se los devuelve al matón, diciéndole:

—Estimando, camará, nojotros no nesesitamo jeso.

Chiquiyo —le repone el “héroe del Perchel”—, venga aquí el barato, y… ¡sonsoniche!

Los charranes recogen los chavos y se levantan mirando al cobraor con aquel aire pillesco y zumbón propio de los de su clase. Al matón se le ajuma el pescao, alza la mano y quie pegales, pero uno de ellos da un salto atrás, desembucha una tea y, sin andarse en piquis miquis, ¡zas! le pega un metío que da con el baratero en tierra.

Las olas del mar bañan al poco rato un cadáver…

Pero pasados unos dos meses se oía por las calles de la población una campanilla y la voz de un hombre que decía:

—¡Para hacer bien y decir misas por el alma de un pobre que van a ajusticiar!
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A fin de perfeccionar el cuadro anterior trasladamos aquí la linda composición del distinguido poeta don Manuel Bretón de los Herreros, titulada

El baratero

Al que me gruña le mato,
que yo compré la baraja,
_____ ¿está osté?
Ya desnudé la navaja:
largue el coscón y el novato
_____ su parné,
porque yo cobro el barato
en las chapas y el cané.

Tiemblan sargentos y cabos
cuando me pongo furioso,
_____ ¿está osté?
En donde yo campo y toso
no hay ternejales, no hay bravos,
_____ ¡cachipé!
porque yo cobro los chavos
en las chapas y el cané.

A naide temo ni envidio:
soy muy feroz y muy crúo,
_____ ¿está osté?
Y si la ley del embúo
me echa mañana a presidio,
_____ yo sabré
cobrar en Seuta el susidio
de las chapas y el cané.

Rico truján y buen trago…
¡tengo una vida de obispo!
_____ ¿está osté?
Mi voluntá satisfago
y a costa ajena machispo,
_____ ¿y por qué?
Porque yo cobro y no pago
en las chapas y el cané.

Así camelo y recluto
el corazón de mi mosa,
_____ ¿está osté?
Y aunque ha peinao corosa
seré su rey asoluto:
_____ ¡lo seré!
mientras me paguen tributo
en las chapas y el cané.

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Glosario
ahumársele el pescado a alguien. Enfadarse, perder los estribos.
ajumar. Ahumar. Ver ‘ahumársele…’
alfiler. Navaja.
alreores. Alrededores.
barato. Cantidad de dinero que cobraba a los jugadores de cartas el baratero, voluntaria o forzosamente, a cambio, en principio, de vigilar la presencia de las autoridades.
cachipé (caló).  Exclamación admirativa, significa verdad, realidad, y se emplea en este sentido traduciéndola en «¡Olé por la verdad!» cuando se aplaude a un cantador o a un bailador. (Rafael Salillas)
caló. Variedad del romaní que hablan los gitanos de España, Francia y Portugal. (Diccionario Real Academia Española)
camará (pl. camaraas). Camarada, amigo.
camelar (caló). Enamorar.
cané. Juego de naipes y de envite, parecido al monte.
cañería del pan. El gaznate o tráquea.
cañita. Caña, vaso cilíndrico, de entre 4 y 5 cm de diámetro y unos 10 de alto, usado para beber vino o licores.
casa de poco trigo. Cárcel.
cenacho. Cesta de esparto o palma.
chapas. Juego de azar en el que se lanzan al aire dos monedas iguales y gana quien saca dos caras.
charrán. Pillo, tunante.
chavos. Dinero.
clisos (caló). Ojos.
comer. Cobrar el barato.
compare. Compadre, amigo.
corbatín de Vizcaya. Garrote vil, instrumento con que se aplicó en España la pena de muerte desde 1820 hasta 1974.
corosa. Coroza, cono alargado de papel engrudado que como señal afrentosa se ponía en la cabeza de ciertos condenados, y llevaba pintadas figuras alusivas al delito o a su castigo. (DRAE)
coscón. Avispado, astuto.
crúo. Crudo, bruto.
cuajar. Estómago.
cualsiquiera. Cualesquiera, cualquiera.
cuartos. Dinero.
dicar (caló). Ver.
diquelar (caló). Mirar.
embúo. Embudo.
ensayo. Faena, delito.
espantar los parnés. Hurtar, robar.
estaribel (caló). Cárcel.
estimando. Respetuosamente, sin ánimo de ofender.
faja moruna. Tira de tela, generalmente de color rojo, que rodea el cuerpo por la cintura con una o varias vueltas.
fila (caló). Cara.
friolera. Cosa de poca importancia.
fullería. Trampa, engaño.
gaché (caló). Hombre joven.
galera (caló). Cárcel.
gatería. Conjunto de delincuentes (gato = ladrón).
gomitar. Vomitar.
herramienta. Navaja.
jacer. Hacer.
jacha. Hacha.
jaquetón. Persona insolente y arrogante.
jeso. Eso.
lumia (caló). Prostituta.
machispo. Me achispo, me emborracho.
majo. Presumido.
matachín. Matarife.
metío. Metido, golpe que se da a una persona acometiéndola. (DRAE)
mojada (caló). Puñalada, navajada.
mondongo. Intestinos.
mosa. Moza, amante.
mu. Muy.
mui (caló). Lengua.
naide. Nadie.
osté. Usted. ¿está osté? = ¿se entera usted?
pañuelo de yerbas. Pañuelo de tela basta con dibujos estampados en colores oscuros.
parné (caló). Dinero.
patillas de boca de jacha. Patillas largas que se extienden por la mandíbula, tomando la forma de una hoja de hacha (jacha).
pecao. Pecado, juego de naipes en el que pierde quien se pase de nueve puntos.
pegales. Pegarles.
pelgar. Holgazán.
peinar coroza. Llevar una coroza.
Perchel, El. Barrio de Málaga, situado antiguamente en las afueras, en el que se secaba pescado colgándolo en perchas.
pillete. Pillo.
pincho. Navaja.
piquis miquis. Tiquismiquis, escrúpulos.
pitoche. Pitillo, cigarrillo.
poer. Poder, autoridad.
quie. Quiere.
quieo. Quiero.
Seuta. Ceuta, ciudad autónoma española en el norte de África en la que hubo un famoso penal. Las expresiones ‘estar en Ceuta’ o ‘ir a Ceuta’ equivalían a ‘estar en la cárcel’ o ‘ir a la cárcel’.
sonsoniche (soniche, caló). Silencio, chitón.
susidio. Subsidio, impuesto.
tea (caló). Navaja.
temerón. Baladrón, fanfarrón.
terne. Que se jacta de valiente.
ternejal. Terne.
truján (caló). Tabaco.
tufo. Mechón de pelo.

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Manual del baratero (PDF descargable)
Rafael Salillas. El delincuente español, Vocabulario de caló jergal
Adaptación de Enrique Gutiérrez Miranda